Capítulo 5
Carlos y Luci
El autocar de Continental Auto llegó a la terminal de la calle de Alenza con más de una hora de retraso.
Para entonces, Carlos ya había dado dos vueltas a la manzana con su Ford Sierra gris metalizado.
No había encontrado dónde detenerse sin entorpecer la entrada y salida de los autobuses, de modo que continuó avanzando muy despacio, pendiente de cada persona que abandonaba el edificio.
Localizó a Luci bajo una marquesina, algo apartada de los demás viajeros.
Las grandes gafas de pasta marrón, impropias de una noche de enero, la delataron de inmediato.
Estaba inmóvil, con una pequeña bolsa de viaje a los pies y los brazos cruzados sobre el pecho.
Carlos hizo una nueva vuelta para colocarse junto a ella.
Luci reconoció el coche en cuanto lo vio acercarse. Dudó un instante antes de recoger la bolsa, pero Carlos ya había abierto la puerta del acompañante desde dentro. Ella subió, dejó el equipaje entre los pies y cerró sin pronunciar palabra.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Me has dejado muy preocupado —preguntó Carlos.
Era el mayor de los once hijos de Antonio y Cándida y, desde que eran pequeños, había sentido que debía cuidar de todos sus hermanos. Con Luci aquella responsabilidad era aún mayor. Se llevaban varios años, pero siempre habían estado unidos de un modo especial.
—Vámonos de aquí, por favor.
Carlos no insistió. Se incorporó al tráfico y condujo en dirección al Parque del Oeste. De vez en cuando la miraba de reojo. Luci mantenía el rostro vuelto hacia la ventanilla y no se había quitado las gafas. Parecía estar contemplando las calles, aunque en realidad no veía nada.
—No quiero ir todavía a tu casa —dijo ella al cabo de unos minutos—. Necesito contártelo antes.
—Está bien.
Carlos encontró un lugar donde estacionar cerca del paseo de Camoens. Apagó el motor y se volvió hacia su hermana.
—¿Te apetece que demos una vuelta mientras me lo cuentas?
Luci miró hacia el parque. La noche era fría y apenas quedaban paseantes, pero agradeció la posibilidad de hablar sin tener que sostener la mirada de Carlos.
—Sí. Será mejor.
Él bajó primero, sacó la bolsa del coche y la guardó en el maletero. Después esperó junto a la puerta del acompañante hasta que Luci salió. No volvió a preguntarle nada. Comprendía que debía permitirle encontrar por sí misma el momento de empezar.
Caminaron bajo la luz amarillenta de las farolas. Luci se aferró a su brazo con las dos manos, igual que hacía de niña cuando recorrían juntos los caminos del pueblo. El gesto conmovió a Carlos y confirmó sus temores: fuese lo que fuese, su hermana estaba aterrada.
—No sé ni cómo decirte esto —comenzó ella—. Espero que no me juzgues. No puedo recurrir a nadie más.
—Sabes que siempre podrás contar conmigo.
Continuaron andando unos metros en silencio. Carlos procuraba adaptar el paso al de ella. Luci buscaba las fuerzas necesarias para pronunciar unas palabras que, desde aquella tarde, parecían haber cambiado el significado de su vida entera.
—Estoy embarazada y sola —soltó al fin, atropelladamente—. Él no va a hacerse cargo del bebé. Estoy sola.
Rompió a llorar nada más decirlo.
Carlos sintió el impulso de detenerse en seco, pero siguió caminando. Le pasó el brazo izquierdo por los hombros y la atrajo hacia sí. Durante unos segundos fue incapaz de ordenar las preguntas que se agolpaban en su cabeza.
—¿Lo sabe alguien más, aparte del padre?
Luci negó con la cabeza.
—Hablaré con ese cabrón y…
—¡No! —lo interrumpió ella, soltándose de su brazo—. Por favor. No quiero volver a verlo. Después de lo que ha ocurrido hoy, no lo quiero en mi vida.
—Tendrá que hacerse cargo de alguna manera. No puede dejarte así y desaparecer.
Carlos contenía la rabia con dificultad. No conocía todos los detalles, pero ya imaginaba al responsable aprovechándose de la ingenuidad de su hermana y abandonándola en cuanto había surgido un problema.
—Lo tendré yo sola. Ya me las apañaré.
La firmeza de aquellas palabras no engañó a ninguno de los dos.
—¿De cuánto tiempo estás?
—Algo más de dos meses.
—¿Y estás completamente segura?
Luci se quitó las gafas. Tenía los párpados hinchados y los ojos enrojecidos.
—Trabajo en una maternidad, Carlos. Claro que estoy segura.
Él asintió, arrepentido de haber formulado una pregunta tan torpe.
—Perdóname. Es que no me esperaba… —Se interrumpió y respiró hondo—. Vamos paso a paso. Esta noche vienes conmigo y mañana ya veremos. En mi casa puedes quedarte todo el tiempo que necesites.
—Gracias. Ahora mismo solo necesito un lugar donde dormir unos días, mientras busco algo y decido qué hacer.
—No tendrás que buscar nada con prisas. Ya te he dicho que puedes quedarte conmigo.
Luci bajó la mirada. La seguridad con la que él hablaba alivió una parte de la angustia que la había acompañado durante todo el viaje.
—¿Qué vas a decirle a la madre superiora? —preguntó Carlos.
—No lo sé. Me aterra pensar en lo que me dirá, en lo que pensará de mí.
Pasó un ángel entre ellos. Caminaban ahora mucho más despacio.
—No creo que se haya encontrado nunca con una situación igual —continuó Luci—. Una de sus monjitas deja la orden porque se ha quedado embarazada. Va a tratarme como a una…
—Como tu hermano mayor, te prohíbo que pienses nada de eso acerca de ti misma —la interrumpió Carlos—.
Estas cosas han sucedido toda la vida, desde que existe la Iglesia, y seguirán sucediendo mientras no cambien algunas de sus estúpidas reglas.
La madre superiora tendrá que entenderlo.
Y, si no lo entiende, quizá no sea tan buena cristiana como exige su cargo.
Luci se detuvo y lo miró a los ojos. A Carlos nunca le había preocupado incurrir en contradicciones al hablar de religión.
Renegaba de los curas, de las jerarquías y del Dios castigador que algunos utilizaban para gobernar la vida ajena, pero creía con firmeza en la compasión, el perdón y las buenas obras.
Había salido de una orden de frailes sin perder por ello sus convicciones; más bien las había hecho suyas.
—Gracias —murmuró ella.
No supo qué más decir. Se alegraba de tener a alguien como él a su lado. El peso que sentía sobre los hombros no había desaparecido, pero por primera vez desde que salió del Café Iruña podía compartirlo.
—¿Qué gracias ni qué gracias? Soy tu hermano, ¡joder!
Luci consiguió sonreír mientras una nueva lágrima le recorría la mejilla.
—Quizá sea mejor que no le expliques el motivo —continuó Carlos después de meditar unos segundos—. Renuncias y nada más. No estás obligada a confesarle tu vida entera. Ella sabe tan bien como nosotros que muchas vocaciones nacen de una imposición familiar. Lo tendrá que aceptar.
Carlos hablaba por experiencia. A él también lo habían conducido hasta una orden religiosa cuando era adolescente.
Antonio y Cándida no habían necesitado obligarlo de manera explícita; les había bastado con repetir cuánto orgullo supondría para la familia tener un hijo consagrado a Dios.
Carlos había obedecido porque deseaba complacerlos y porque, a aquella edad, aún confundía las expectativas de sus padres con su propia voluntad.
Nunca llegó a encajar en aquel mundo. Aguantó varios años hasta que encontró la forma de provocar su expulsión.
Su regreso a casa ocasionó una lipotimia a Antonio, que le retiró la palabra durante casi dos años.
Con el tiempo, sin embargo, el escándalo quedó sepultado bajo los problemas cotidianos y los numerosos acontecimientos de una familia tan grande.
Con Luci había sucedido algo parecido, aunque ella sí había encontrado un sentido profundo en la vida religiosa.
Amaba a Dios, disfrutaba cuidando a las pacientes y se sentía útil dentro de Las Misericordes de Jesús.
De no haberse enamorado de Germán, probablemente habría permanecido en la orden para siempre.
—Pero pensará que lo hago precisamente por esto —dijo Luci, posando una mano sobre su vientre todavía plano.
—Que piense lo que quiera. Una cosa es lo que sospeche y otra muy distinta que tú se lo hayas contado. Tampoco diremos nada, por ahora, a ninguno de los demás.
No hacía falta aclarar a quién se refería. Además de Carlos, Luci tenía otros nueve hermanos y hermanas. En una familia de once hijos, cualquier secreto podía extenderse con una rapidez asombrosa.
—No quiero que se enteren papá y mamá —dijo ella—. No todavía.
—No se enterarán por mí.
—Aquello les afectó mucho, pero esto sería demasiado. Sobre todo ahora, con la arritmia de mamá.
—No puedes decidir tu vida pensando únicamente en cómo reaccionarán ellos.
—Estoy harta de hacer precisamente eso. Tú, por ser hombre, lo tuviste más fácil. Lo tuyo fue un escándalo, pero ya casi ni se acuerdan. Si yo aparezco embarazada y sin marido, no me lo perdonarán jamás.
Carlos asintió en silencio. Quiso decirle que sus padres terminarían aceptándolo, pero no estaba seguro y se negó a ofrecerle un consuelo en el que él mismo no confiaba.
Reanudaron la marcha. Una ráfaga helada agitó las ramas desnudas de los árboles. Carlos se quitó la bufanda y se la colocó a su hermana alrededor del cuello.
—Hay otra posibilidad —dijo al cabo de un rato—. No tienes que decidirlo ahora y no quiero que pienses que pretendo quitarte de encima ningún problema. Si decides tenerlo y criarlo, te ayudaré. Pero quizá debas plantearte la adopción.
Luci volvió la cabeza hacia él. Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato.
—Aunque no te lo creas, yo también lo he pensado.
—Sé que es duro.
—Él me dijo que abortara.
Carlos apretó las mandíbulas.
—Menudo cabrón.
—Dijo que lo pagaría. Como si el dinero pudiera solucionarlo todo.
—Qué fácil resulta para algunos decidir sobre una vida que no llevan dentro —musitó Carlos con rabia—. El mundo se va a la mierda, ¡joder!