Capítulo 4 #3
—Pues mejor que mejor, amigo Jaime —respondió De Palacios con una sonrisa cautivadora—.
La movilidad puede variar por muchas razones y un resultado aislado no siempre cuenta toda la historia.
El estrés, la ansiedad, el tabaco, el alcohol, la alimentación o la falta de actividad física pueden influir.
También intervienen los niveles hormonales.
La testosterona, esa hormona a la que se culpa hasta del mal genio, participa en la producción y maduración de los espermatozoides.
El ejercicio moderado, el descanso y unos hábitos adecuados pueden ayudarnos.
Mirad la sociedad en la que vivimos: avanzamos deprisa, descansamos poco y el cuerpo termina pasándonos factura. E irá a peor, recordadlo.
No les permitió interrumpirlo.
—La buena noticia es que muchos de esos factores pueden controlarse porque dependen de nuestros hábitos.
Repetiremos las pruebas que sea necesario repetir y estudiaremos el ciclo de Maider con detenimiento.
Si modificamos algunas costumbres y añadimos el tratamiento adecuado, estaremos más cerca de la línea de meta.
Hizo un gesto afirmativo mientras miraba a Jaime en busca de aprobación.
—Por supuesto. Estoy dispuesto a todo —aseguró él, convencido.
—Eso está muy bien, pero sin olvidar que aquí trabajaremos con los dos. Nada de cargar toda la responsabilidad sobre ella —
dijo el médico, señalando a Maider con una inclinación de cabeza—. El embarazo es cosa de una pareja y el tratamiento también
debe serlo.
Maider agradeció aquellas palabras. Por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía haber comprendido el peso que soportaba.
—Fenomenal. Ahora es el momento de que yo deje de hablar y vosotros expongáis vuestras dudas.
Jaime y Maider se miraron sin saber muy bien qué decir. Habían acudido con decenas de preguntas, pero la seguridad del médico había conseguido que todas pareciesen menos urgentes.
—Imagino que os preguntaréis si todo esto es muy caro — continuó De Palacios, rescatándolos del silencio—. Es normal que cualquiera lo piense, pero debo deciros que no lo es en absoluto, especialmente si tenemos en cuenta que hablamos de traer un hijo al mundo. Eso no tiene precio, desde luego.
Hizo un ademán de obviedad.
—No creo que el dinero sea un problema, doctor —explicó Jaime—, pero sí nos gustaría conocer una cantidad aproximada, si no le importa.
—¿Cómo me va a importar? Es la pregunta más razonable del mundo.
El médico apoyó las manos en la mesa y se inclinó un poco hacia ellos.
—En primer lugar, necesitaremos una analítica completa de ambos. Ya puestos, por el mismo precio comprobaremos el colesterol, el ácido úrico, las transaminasas y otros valores generales que pueden sernos útiles. Serán unas tres mil pesetas en total. ¿Correcto hasta aquí?
Jaime hizo un gesto de aprobación para que continuara.
—También realizaremos una exploración ginecológica y una citología a Maider, que costarán otras tres mil pesetas.
Estudiaremos sus ciclos y, con el conjunto de resultados, mi equipo y yo decidiremos qué medicación conviene administrar, en qué dosis y durante cuánto tiempo.
Esto es lo más importante. En el supuesto más caro, el tratamiento farmacológico podría rondar las veinte mil pesetas.
Buscaremos regular y controlar la ovulación y os indicaremos los días más propicios para que os améis.
Sonrió al emplear aquella última expresión. Maider bajó la mirada, algo ruborizada, pero la naturalidad del médico evitó que se sintiese violentada.
—En total, incluyendo las pruebas, la medicación y las consultas posteriores, estaríamos hablando de unas treinta y cinco mil pesetas, arriba o abajo. No os encontraréis con sorpresas ni con gastos que no hayamos explicado antes.
—Y, si todo va bien, ¿qué ocurriría con el parto y esas cosas? — preguntó Jaime.
—¿Conocen el Igualatorio Médico?
—Sí, claro.
—Pues aquí disponemos de algo parecido, pero centrado en la maternidad y la puericultura.
Podríais pagar una cuota mensual o una única anual, con un diez por ciento de descuento.
Eso incluiría las consultas, las revisiones y, entre otras cosas, una revisión anual obligatoria de nuestros bebés durante sus primeros años, aunque no presenten ningún problema de salud.
De Palacios pronunció «nuestros bebés» con absoluta naturalidad, como si los hijos de sus pacientes pasaran a pertenecer de algún modo a la institución desde antes incluso de ser concebidos.
Jaime y Maider, necesitados de esperanza, interpretaron aquellas palabras como una demostración de compromiso.
—Los costes del parto rondarían entre las cincuenta y las sesenta mil pesetas, con habitación individual para la madre y, por supuesto, alojamiento para su marido. Cuando llegue el momento, conoceréis de antemano cada detalle.
Aquello terminó de convencerlos. Jaime miró a Maider. Antes incluso de encontrar sus ojos supo que ella estaba de acuerdo.
—Pues empezamos cuando usted diga, doctor.
De Palacios sonrió y juntó las manos con satisfacción.
—¡Magnífico, familia! Empezamos hoy mismo con las pruebas.