Capítulo 4 #2
Maider guardó silencio unos instantes. Se había prometido que no volvería a ilusionarse con una consulta nueva, pero percibió algo diferente en la voz de Jaime.
—Como quieras —aceptó al fin, sin dar aún muestras de alegría.
* * *
Durante la cena, Jaime le relató cuanto había sucedido: la conversación de las secretarias, el embarazo de la hermana, la recomendación de la clínica y la llamada realizada desde el despacho. Dejó para el final el dato de que ya tenían una cita concertada.
—El lunes 13, a las seis —anunció, mostrándole el papel en el que había apuntado la fecha—. La primera consulta es gratuita y nos atenderá el propio De Palacios.
Maider leyó la nota como si aquel trozo de papel contuviese una promesa. Intentó protegerse de otra posible decepción.
—Ya nos han dicho muchas veces que todo está bien, Jaime.
—Precisamente por eso. Si no tenemos nada que nos impida ser padres, tiene que existir una solución. La hermana de esa mujer llevaba casi siete años intentándolo y ahora espera gemelos. Nosotros no podemos rendirnos todavía.
—No sé si podría soportar otro tratamiento para nada.
Jaime le tomó la mano por encima del mantel.
—Entonces no haremos nada que tú no quieras. Iremos, escucharemos al médico y decidiremos juntos. No tienes que demostrarle nada a nadie, y mucho menos a mí.
La alegría y la seguridad con las que expuso cada detalle consiguieron que Maider se animara y volviese a brillar por primera vez en mucho tiempo. La posibilidad de una salida, por remota que fuese, había aflojado el nudo que llevaba meses oprimiéndole el pecho.
Las casi dos botellas de Ramón Bilbao Reserva de 1976 que bebieron también pusieron su granito de arena.
Hablaron de otras cosas, rieron como antes y, durante un rato, dejaron de ser la pareja que no podía tener hijos.
Al regresar a casa hicieron el amor con cariño y pasión y, lo más importante, sin la presión de buscar un embarazo.
Hacía meses que no disfrutaban el uno del otro con aquella libertad.
* * *
El día de la ansiada cita, Jaime y Maider llegaron a la policlínica diez minutos antes de la hora.
Quedaron impresionados por la magnitud del centro.
Desde el exterior, un enorme rótulo situado en la azotea indicaba que la institución ocupaba por completo el edificio de seis plantas.
La fachada, sobria y limpia, tenía más aspecto de hospital privado que de clínica especializada.
En la planta baja los recibió una amplia recepción. Una mujer uniformada, amable y sonriente, comprobó sus nombres en una agenda y les indicó que debían subir al primer piso, donde se encontraba el despacho del doctor De Palacios.
Un hilo musical reproducía música clásica a bajo volumen.
Las melodías, combinadas con los suelos enmoquetados en verde oliva, producían una sensación de tranquilidad difícil de describir.
La moqueta amortiguaba las pisadas y la música parecía envolverlo todo e invitar a hablar en voz baja.
Los demás pacientes se habían dejado contagiar por la misma atmósfera: nadie alzaba la voz y las conversaciones apenas superaban el murmullo.
A Jaime y Maider les pareció un auténtico remanso de paz.
Cuando llegaron al primer piso, encontraron un vestíbulo de generosas dimensiones, amueblado con dos butacas y un sofá.
A ambos lados se abrían sendas puertas. La de la derecha, de aspecto hospitalario, mostraba un rótulo rojo: «Solo personal autorizado».
La de la izquierda era de madera clara, tenía cristales opacos y lucía una placa dorada: «Despachos de dirección».
Al comprender que debían entrar por esta última, se sintieron importantes y valorados. No los habían enviado a una consulta cualquiera ni los habían dejado aguardando en una sala repleta de pacientes. Iban a recibirlos en la dirección de la policlínica.
—Parece que aquí saben tratar a la gente —susurró Jaime a su esposa, cada vez más convencido de haber acertado al solicitar aquella cita.
Maider le sonrió, nerviosa. Se alisó la falda con ambas manos antes de cruzar la puerta.
Al otro lado encontraron un gran salón donde los aguardaba una enfermera de sonrisa permanente.
—El doctor los espera —les comunicó, al tiempo que les indicaba que la siguieran.
En el centro de la pared derecha se alzaba una puerta doble de roble labrado.
La enfermera abrió una de las hojas y, con un gesto de la mano, los invitó a entrar.
Al cruzar el umbral descubrieron un despacho fastuoso, de dimensiones poco habituales.
Era más de cuatro veces mayor que el que Jaime ocupaba como directivo en su empresa.
Lejos de resultarle ostentoso, aquello lo impresionó para bien: interpretó la amplitud y la riqueza del mobiliario como señales inequívocas del éxito profesional de su propietario.
Muebles de madera maciza decoraban la estancia con gusto.
Detrás de la mesa se exhibían una docena de diplomas enmarcados, que ambos evitaron leer por pudor, como si examinarlos equivaliera a poner en duda al hombre que estaba a punto de atenderlos.
En una librería lateral se alineaban volúmenes médicos encuadernados en piel.
El escritorio de nogal, enorme y perfectamente ordenado, completaba la imagen de autoridad.
Al verlos entrar, el doctor De Palacios se levantó y acudió a recibirlos con paso firme y los brazos abiertos. Era un hombre elegante, de sonrisa blanca y perfecta, acostumbrado a apropiarse de una estancia desde el primer instante.
—Queridos míos, no se queden ahí. Pasen y tomen asiento — los invitó con galantería.
Se dirigió primero a Maider.
—¿Cómo van esos ánimos, querida? Aquí lo más importante es que estés contenta y tranquila. Un buen estado de ánimo siempre facilita las cosas.
Soltó toda la retahíla sin esperar respuesta, sosteniéndole la mirada con un aire familiar y confiado. Maider se contagió de su entusiasmo. El nudo que le atenazaba el estómago desde que habían salido de casa empezó a disiparse como por arte de magia.
Después, el médico tendió la mano a Jaime.
—Jaime, un placer, caballero. Espero que me tengas bien cuidada a esta señorita. Ahora eso es lo más importante.
Dicho esto, le guiñó un ojo cómplice a Maider. Ella sonrió, complacida por el gesto.
—Bueno, parejita, antes de nada quiero que tengáis muy presente que esto que vosotros estáis viviendo con pena, e incluso con angustia, lo sufren decenas de parejas aquí mismo, en Madrid, y cientos en toda España. No estáis solos.
Abrió los brazos como si pretendiera acogerlos a ambos.
—Perdonad si me tomo demasiadas confianzas al tutearos y saltarme las formalidades. Aquí somos como una gran familia y, desde este momento, vosotros vais a formar parte de ella. Y, por supuesto, vuestros hijos también.
Los miró alternativamente, buscando su aprobación. Jaime y Maider estaban encantados. Aquel médico tan reputado sabía romper el hielo de una consulta incómoda, animarlos y seducirlos desde el primer momento.
—No hay que avergonzarse ni culparse, porque esto no es culpa de nadie. Aunque apareciera una dificultad en uno de los dos, seguiría siendo algo que nadie elige, ¿verdad?
Ambos se miraron y sonrieron con complicidad. Tenían la sensación de encontrarse en el lugar indicado; en el mejor lugar, de hecho. Ojalá hubiesen oído hablar de aquella policlínica mucho antes.
—Según las pruebas que nos han realizado en otros centros, ninguno de los dos tiene un problema fisiológico que impida el embarazo —explicó Jaime, deseoso de aclarar aquel punto—.
Lo único que apareció en mi seminograma fue que los espermatozoides tenían una movilidad algo más baja de lo normal, pero nos dijeron que no era suficiente para justificar lo que ocurre.
Se sintió incómodo al revelar el dato, pese a que estaban ante un médico.