Capítulo 4
La consulta
Jaime y Maider se habían casado dos años atrás, después de un noviazgo de otros tres durante el cual no habían llegado a compartir vivienda, como era habitual en aquellos tiempos.
Se querían más cada día que pasaba y ambos estaban convencidos de haber encontrado a la persona con la que envejecer.
Sin embargo, pese a todo el empeño que habían puesto, Maider no se quedaba embarazada.
Habían recorrido numerosas consultas especializadas y en todas habían recibido un diagnóstico muy parecido: no existía ninguna causa concluyente que impidiese una gestación, pero esta no se producía.
Las pruebas de Maider parecían normales y el seminograma de Jaime solo había mostrado una movilidad algo inferior a la deseable, insuficiente, según los médicos, para explicar por sí sola la ausencia de embarazo.
Aquello había terminado por desanimar a la pareja.
Deseaban consumar su matrimonio teniendo al menos dos hijos, aunque en la intimidad soñaban con tres.
Habían hablado muchas veces de cómo sería su familia, de los nombres que elegirían y hasta de la habitación que convertirían en dormitorio para el primer bebé.
Al principio, aquellas conversaciones los llenaban de ilusión.
Con el paso de los meses empezaron a evitarlas porque siempre terminaban haciéndoles daño.
Si el ánimo de Jaime estaba bajo, el de Maider se encontraba por los suelos.
Había rozado los límites de una depresión incipiente porque se consideraba responsable de lo que ocurría y se culpaba a sí misma, pese a que ningún médico le había dado motivos para hacerlo.
Los tratamientos hormonales a los que se había sometido para favorecer la ovulación habían empeorado su estado.
Sufría cambios constantes de humor y tan pronto reía como rompía a llorar sin una razón aparente.
A veces se encerraba en el cuarto de baño para que Jaime no la viese.
Él temía perder a la mujer alegre y vital con la que se había casado y se sentía impotente por no encontrar el modo de ayudarla.
Nadie de su entorno familiar sabía lo que les ocurría.
El pudor les impedía hablar del asunto y la vergüenza, aunque ninguno de los dos hubiese sabido explicar de qué debían avergonzarse, acababa por imponer el silencio.
En aquellos años, las dificultades para concebir rara vez se comentaban con naturalidad.
La pareja llegó a convencerse de que eran los únicos a quienes les sucedía algo tan desgraciado, pues sus amigos y familiares parecían tener tantos hijos como deseaban y anunciaban cada nuevo embarazo con una facilidad que a ellos les resultaba dolorosa.
«¿Por qué a nosotros?», se preguntaban uno y otro en sus respectivas soledades, procurando no formular jamás la pregunta en voz alta.
* * *
El viernes 3 de diciembre, mientras se encontraba en la oficina, Jaime escuchó por casualidad una conversación entre dos de las secretarias de dirección.
Las mujeres hablaban junto a un archivador, a pocos metros del pasillo que conducía a su despacho.
Eran conocidas por saber cuanto ocurría en la empresa y por divulgarlo con mayor rapidez de la que tardaban las noticias en producirse.
—¿Te acuerdas de que te conté que mi hermana y su marido no conseguían tener hijos?
—Cuenta, cuenta —respondió la otra. Dejó de inmediato sobre una mesa el bloque de carpetas que llevaba en los brazos y se acercó a su compañera.
—Pues ya está casi de nueve meses —reveló la primera—.
No hemos querido decir nada antes porque estaban muy nerviosos.
Imagínate: después de casi siete años sin resultados, habían pensado incluso en adoptar.
¿Te imaginas? Criar al hijo de otros, que bien podría ser un demente o un asesino.
Esas cosas pasan, ya sabes. ¡Qué horror, solo de pensarlo!
Pero al final van a tener gemelos. ¿Te lo puedes creer?
De nada a dos de golpe. Están como locos de contentos.
Gesticulaba con una mano mientras con la otra se atusaba, coqueta, los tirabuzones de su melena rubia recién salida de la peluquería.
—¿Y cómo ha sido? ¿Qué ha cambiado? —preguntó su compañera, que adoraba los chismes.
—Fui precisamente yo quien les habló de una clínica buenísima especializada en todo lo relacionado con la maternidad.
El señor director es íntimo amigo del dueño.
Debieron de hacer juntos el servicio militar, y ya sabes cuánto une eso a los hombres —continuó, tocándose de nuevo el pelo y dándose aires de importancia—.
Como sabes el aprecio que me tiene, un día me recomendó el sitio y hasta me consiguió una cita para mi hermana y su marido.
Evitó explicar que la recomendación había llegado después de uno de tantos miércoles por la tarde en que ella y el director se citaban en un hotel de las afueras.
Allí hacía cuanto él le pedía, incluso cosas que no habría consentido con su propio marido.
Aquello no formaba parte de la versión que compartía con sus compañeras.
—¿Y se lo dijiste así, sin más?
—Un día vino mi hermana a casa a tomar café. Estaba tan desanimada que me lancé y le hablé del centro. Se llama Policlínica De Palacios y está cerca del estadio Santiago Bernabéu. Es un lugar enorme, ¡parece un hospital! Dicen que tienen los tratamientos más novedosos y el mejor personal.
—Sí, he oído hablar muy bien de ese sitio. Por lo visto, la gente con dinero da a luz allí.
—Pues se pusieron en sus manos y fíjate: a la primera, embarazados, y por partida doble.
Jaime, detenido al otro lado del pasillo, no podía creer lo que acababa de oír. La expresión le cambió por completo. Después de meses de resignación, un rayo de esperanza irrumpió en su vida con tanta fuerza que momentáneamente olvidó que estaba escuchando una conversación ajena.
No lo dudó. Debía contárselo a Maider de inmediato. Si la noticia servía para animarla un poco, sería mejor telefonearla que esperar hasta la noche. Dio media vuelta y regresó a su despacho, cerró la puerta y se sentó ante la mesa.
Descolgó el teléfono con intención de llamar a su esposa, pero se detuvo antes de marcar.
No quería darle otra esperanza que pudiera acabar en decepción; la pobre ya había sufrido bastante.
Primero telefonearía a la clínica. Si conseguía una cita antes de hablar con ella, la propuesta dejaría de ser un simple rumor escuchado en un pasillo.
Sacó del último cajón de su escritorio las Páginas Amarillas y buscó entre los centros médicos.
No tardó en encontrar la policlínica. Un anuncio a toda página describía los tratamientos y servicios que ofrecían.
Las fotografías mostraban instalaciones modernas, habitaciones individuales y personal con batas impecables.
A Jaime le pareció un centro serio y solvente.
Además, un anuncio como aquel debía de costar un riñón. Se decidió a llamar.
Cuatro tonos después, respondió una mujer de voz muy amable:
—Policlínica De Palacios, ¿en qué puedo ayudarle?
—Quería concertar una cita para una consulta de fertilidad — dijo Jaime en voz baja, todavía avergonzado.
Aunque se encontraba solo en la intimidad de su despacho, sabía que las paredes eran de papel. Aquellas dos arpías bien podían estar ahora con la oreja pegada a la puerta, tratando de averiguar por qué se había alejado con tanta prisa.
—¿Sería su primera consulta con nosotros?
—Así es, sí.
—Muy bien, señor. La primera consulta con el doctor De Palacios es gratuita y sin compromiso. Él mismo los atenderá y les explicará las pruebas que considere necesarias, los posibles tratamientos y sus costes.
—Me parece muy bien —convino Jaime. Una sonrisa empezó a dibujársele en el rostro.
—De acuerdo. Deme un momento para consultar la agenda del doctor.
Se produjo una breve pausa. Jaime oyó el roce de unas hojas y unas voces apagadas al otro lado de la línea.
—La primera cita disponible es dentro de diez días, el lunes 13, a las seis de la tarde. ¿Les viene bien?
—Nos viene perfectamente —repuso él, mucho más tranquilo.
No se molestó en comprobar su agenda. Si era necesario, se pediría el día libre. Sabía que su jefe no haría preguntas; al fin y al cabo, él era uno de los pilares de la empresa.
—Facilíteme, entonces, su nombre y el de su esposa para formalizar la cita, además de un número de teléfono por si se produjera algún cambio.
Jaime le dio los datos, anotó la fecha en un papel y se despidió con efusividad.
Miró el calendario de sobremesa y recordó que era viernes.
Al día siguiente no tendría que trabajar.
Podían salir a cenar, dormir sin despertador y, quizá, recuperar durante unas horas la vida que llevaban antes de que cada encuentro íntimo se convirtiera en un intento frustrado de concebir.
Volvió a marcar. Esta vez se sabía el número de memoria.
—Restaurante Jockey, le atiende Bernardo.
—Bernardo, soy Jaime. Dime que puedes reservarme una mesa para dos esta noche —suplicó.
—Amigo Jaime, algo podremos hacer. ¿A qué hora la quieres?
—A las diez sería perfecto.
—Pues dicho y hecho. Nos vemos esta noche, campeón.
—Gracias, Bernardo. Me has salvado la vida.
Estaba pletórico. Sabía que no debían hacerse nuevas ilusiones, pero tenía una corazonada. Aquella vez sería la definitiva. Maider volvería a sonreír; solo por conseguir eso merecía la pena gastar cuanto fuese necesario. No se podía poner precio a la felicidad, o eso pensaba entonces.
Marcó el número de casa.
—¿Diga? —preguntó Maider al descolgar. Su voz carecía de emoción.
—Cariño, esta noche nos vamos de celebración. Tengo buenas noticias.
—Cari, no me apetece salir, de verdad —intentó convencerlo con su voz melosa. Sabía que casi siempre funcionaba.
—Ya lo sé, pero hazme caso, por favor. He reservado en Jockey. Verás como lo pasamos bien.
—¿Qué noticias son esas?
—Te las contaré durante la cena. Solo puedo adelantarte que he conseguido una cita que puede cambiar las cosas.