Errores del destino Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—¿Estás completamente segura? —insistió en voz baja.

—Trabajo en una maternidad. Claro que estoy segura.

Germán no podía creer que aquello le estuviese sucediendo por segunda vez en una misma semana.

Desde hacía nueve meses mantenía una relación con Adela, otra enfermera rubia de ojos azules.

Dos días antes, ella también le había comunicado que estaba embarazada.

Él apenas lo había pensado antes de prometerle que se casarían.

A sus ojos, Adela no era tan inteligente como Luci, pero estaba libre de ataduras y su padre ocupaba un cargo importante en el Gobierno Vasco.

Germán estaba convencido de que aquella relación podría favorecer su carrera como ertzaina.

Había planeado continuar unos meses más con Luci, disfrutar de algunos encuentros y enfriar después el noviazgo con cualquier pretexto.

No quería herirla. Sin embargo, mientras contemplaba su expresión ilusionada, comprendió que estaba a punto de destrozarla.

—Luci…

Calló y la miró con una vergüenza que ella detectó de inmediato.

—Dime, Germán. Me estás asustando.

—No puedo tener ese hijo contigo. He conocido a otra mujer y me he enamorado —mintió—. Hoy venía dispuesto a contártelo. Vamos a casarnos, pero no encontraba la forma de decírtelo.

—¿Te has enamorado? —preguntó Luci, incrédula—. Yo te adoro. Pensaba que tú también me querías. ¿Cómo iba a haber hecho todo esto contigo si no? ¿Sabes a qué me he expuesto por estar a tu lado?

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.

—Baja la voz, por favor. Nos está mirando todo el mundo.

—Me da igual. ¡Eres un cabrón! Yo estaba dispuesta a dejarlo todo y tú…

Alzó la mano derecha y extendió los dedos ante él.

—Me he quitado la alianza.

Cogió el abrigo y se dispuso a marcharse. Germán la sujetó del brazo.

—Espera. Hablemos, por favor.

Luci permaneció unos segundos en pie antes de sentarse de nuevo. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas.

—No puedes tener un hijo tú sola. En tus circunstancias…

—Esta noche voy a dejarlo todo. No puedo hacer otra cosa, contigo o sin ti.

—Sabes que tu familia no lo entenderá. Estarás sola.

—Me las arreglaré.

Lo dijo con más rabia que convencimiento.

—Podrías abortar —susurró Germán.

—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo se te ocurre pensar que yo sería capaz de algo así?

—Yo lo pagaría. Después podrías empezar de nuevo. Encontrarías a alguien mejor que yo y serías feliz.

—Hasta hace cinco minutos era feliz —murmuró, bajando la mirada—. Estaba convencida de que me querías. Qué tonta he sido. Para ti solo he sido un pasatiempo.

—Lo siento. Nunca quise hacerte daño.

Aquello sí era verdad. Germán le tenía cariño, aunque no el suficiente para renunciar a nada por ella.

—¿Quieres a la otra?

La pregunta lo sorprendió.

—Sí, claro que sí.

—¿Desde cuándo estás con ella?

—Desde hace unos meses.

No se atrevió a ser más preciso.

—Qué ilusa he sido…

—No digas eso. Te tengo mucho cariño, pero supongo que uno no elige de quién se enamora.

Luci rompió a llorar. Había imaginado muchas reacciones posibles ante la noticia del embarazo, pero nunca que Germán pudiese llevar meses con otra mujer. Se sintió estúpida por no haber sospechado nada.

—Qué idiota he sido —repitió mientras se secaba la nariz sin preocuparse ya por las miradas—. Me las arreglaré. Que te vaya bien.

—Quiero ayudarte. Por favor, déjame hacerlo.

—Ya has hecho bastante. Adiós, Germán. Espero que seas feliz.

Lo dijo de corazón. Luci era así.

Se puso el chaquetón y caminó hacia la salida sin volver la vista. Germán se quedó solo, incómodo consigo mismo, aunque también aliviado por haberse quitado de encima una parte del problema.

En la calle, Lucía Manuela García echó a andar sin rumbo. Tras los cristales ahumados de las gafas, las lágrimas resbalaban por su rostro. Pensaba en sus padres, Antonio y Cándida, y estaba convencida de que la repudiarían en cuanto supieran lo ocurrido.

Bilbao bullía por las rebajas de enero, pero ella avanzaba sin prestar atención a los escaparates ni a la gente que se cruzaba en su camino. Su vida iba a cambiar aquel mismo día, como había previsto. Solo que de un modo muy distinto al que había soñado.

Todo se había desmoronado.

Durante un instante imaginó que se arrojaba a la ría desde el puente del Arenal.

El pensamiento fue tan fugaz como aterrador.

No tenía valor para hacerlo y, además, la vida que crecía en su interior era inocente.

Su bebé aún podía tener la oportunidad de vivir una existencia plena y feliz, aunque ella no supiera cómo ofrecérsela.

Apartó aquella idea y entró en la primera cabina telefónica que encontró. Estaba en la Gran Vía, cerca de los grandes almacenes y del Banco de Bilbao. Buscó unas monedas en el bolsillo y las introdujo en la ranura con dificultad. Las manos no dejaban de temblarle.

No quería hacer la llamada, pero era la única salida que se le ocurría. Marcó un número que sabía de memoria. Después de tres tonos, una voz de mujer respondió al otro lado de la línea.

—Clínica De Palacios, ¿en qué puedo ayudarle?

Luci reconoció a Graciela.

—Con la consulta del señor García, por favor —pidió, impostando una voz más grave para que no la reconociese.

—Le paso.

—Carlos García al habla.

—Carlos, soy yo. Ha ocurrido algo. Lo dejo todo, hoy mismo. ¿Puedo dormir esta noche en tu casa?

Hubo un breve silencio. Carlos trataba de procesar la ambigüedad de sus palabras, aunque había comprendido lo esencial en cuanto escuchó su voz.

—¿Dónde estás? —preguntó con dulzura.

—En la Gran Vía, junto al Banco de Bilbao.

—Escúchame, pitucha: ve a la estación y toma el primer autobús a Madrid. Yo me encargo de todo.

—¿Y si no hay plaza?

—La habrá. Y, si no, espera al siguiente. No vuelvas sola al convento.

—Gracias. Te quiero.

—Yo también te quiero, pitucha.