Capítulo 3
Luci
Luci estaba sentada en su habitación, frente al espejo, sobre una silla de madera y mimbre que había fabricado su padre, Antonio.
Se peinaba y repeinaba la media melena rubia con unas manos incapaces de permanecer quietas.
Quería estar lo más guapa posible, como si su aspecto pudiera ayudar a que todo saliese bien.
Llevaba tres noches sin dormir, presa del miedo y la angustia. Sabía que aquel era un día decisivo y que, sucediese lo que sucediese, su vida cambiaría por completo.
Como todos los sábados por la tarde, había quedado con él. Su relación era clandestina desde el primer encuentro, casi un año atrás. Sin embargo, Luci confiaba en que aquella fuese la última vez que la prohibición pesara sobre su amor.
Arkaute, 8 de febrero de 1982
Aquella mañana comenzaba la formación de la primera promoción de la Ertzaintza en la Academia de Policía de Arkaute. Lucía y otras cinco compañeras habían acudido como voluntarias para colaborar en el reconocimiento médico de los alumnos recién ingresados.
Un equipo médico se encargaría de las exploraciones y permanecería allí por si alguno de los ejercicios físicos provocaba una lesión.
A los futuros agentes también se les realizarían análisis de sangre.
Ahí era donde intervenían Luci y sus compañeras: como ATS, serían las encargadas de extraer y etiquetar las muestras.
En la cancha de baloncesto habían improvisado una sala de reconocimiento con una hilera de mesas y camillas. Luci ocupó uno de los puestos, ordenó los tubos y comprobó por última vez que tenía preparado todo lo necesario.
La experiencia les había enseñado que la corpulencia o el valor de un hombre no servían de mucho frente a una aguja. Por eso habían solicitado una camilla para cada mesa. Tenerlas cerca evitaría algún golpe y ahorraría a los más aprensivos el bochorno de desmayarse delante de sus compañeros.
Cuando se abrieron las puertas de la cancha, los alumnos se aproximaron a los puestos sin demasiada prisa. Ninguno parecía dispuesto a ser el primero. Las seis mujeres, vestidas de blanco, los aguardaban con la sonrisa amable y tranquilizadora que habían perfeccionado durante años de trabajo.
—¿Es la primera vez que te extraen sangre? —preguntó Luci al primero que se sentó frente a ella.
—No. En la mili nos pinchaban como al ganado.
—Puedes tumbarte en la camilla si te encuentras más cómodo. No hay nada de qué avergonzarse.
—No hace falta. No es para tanto.
Uno tras otro, los futuros agentes fueron pasando por su puesto. Al cabo de una hora, el último ocupó la silla frente a ella.
—Lleváis una mañana entretenida, ¿eh? —comentó a modo de presentación.
—La verdad es que no ha sido para tanto. ¿Es la primera vez que te extraen sangre?
—La primera vez que va a hacerlo una belleza.
Luci se sonrojó de inmediato. No estaba acostumbrada a recibir piropos y, mucho menos, a que se los dedicasen con semejante descaro.
—Si lo prefieres, puedes tumbarte en la camilla —continuó, aferrándose al cuestionario—. No hay por qué avergonzarse.
—Me alegra que pienses así. Nunca habría imaginado una mentalidad tan liberal en alguien como tú.
El joven se levantó y caminó hacia la camilla.
—Me refería a…
—Sé a qué te referías y me alegra que me lo hayas pedido.
Le guiñó un ojo, examinó la estrecha superficie y añadió:
—Es un poco pequeña para los dos, pero me pondré debajo. No quiero aplastarte.
Luci miró de reojo a sus compañeras. Por fortuna, todas seguían atendiendo a sus últimos pacientes y ninguna parecía haber escuchado.
—Por favor, déjalo ya —suplicó, cada vez más incómoda.
—Pero si solo he seguido tus indicaciones. Y estoy muy de acuerdo con ellas.
—Extiende el brazo derecho y remángate la camisa —ordenó con toda la seriedad que pudo reunir.
—Haré todo lo que me pidas.
Luci le colocó un torniquete de goma por encima del codo y lo apretó más de lo necesario, aunque él ni siquiera se inmutó. Palpó la zona interior del brazo hasta localizar una vena y limpió la piel con alcohol.
—Ahora no te muevas y, sobre todo, no digas nada o te haré daño.
Él asintió sin apartar de ella la mirada. Cuando la aguja atravesó la piel, observó el brazo con curiosidad.
—Tienes buena puntería, sí, señora.
—Me lo has puesto fácil. Se te marcan mucho las venas.
Cuando llenó los tubos necesarios, retiró la aguja y presionó la zona con un algodón.
—Sujétalo con fuerza durante unos minutos para que no sangre.
El joven obedeció, pero puso la mano izquierda sobre la de ella y la mantuvo apretada contra su brazo. Luci volvió a ruborizarse, esta vez con mucha más intensidad. Tiró de la mano hasta liberarse y regresó a su mesa sin decir nada.
—Tienes unas manos muy suaves. Otra cosa más que me gusta de ti —dijo él—. ¿Te veré luego por ahí fuera? Seguro que, si te veo, el primer día se me hace más llevadero.
Ya se había incorporado y volvía a estar sentado frente a ella. Luci ordenó los tubos y comenzó a etiquetarlos, evitando mirarlo.
—Nosotras nos marchamos enseguida. Hemos terminado el trabajo y regresamos a Bilbao —mintió.
El autobús de vuelta era el mismo que utilizaría el equipo médico, por lo que serían los últimos en abandonar la academia.
—Sería una pena no volver a verte. Además, yo también soy de Bilbao. Podríamos quedar un día para tomar algo.
—Es evidente que no puedo hacer eso, ¿no te parece?
—¿No te dejan relacionarte con nadie?
—Sí, pero…
—Entonces está arreglado. Luego me das tu teléfono y quedamos —concluyó con una sonrisa triunfal—. No me has dicho tu nombre y me gustaría dirigirme a ti como es debido.
Luci dudó antes de responder:
—Lucía.
—Lucía… Me gusta tanto como tú. Yo soy Germán Ruiz. Hasta luego, Lucía.
Germán se había fijado desde el principio en la alianza de oro que ella llevaba en el anular derecho, pero aquello no lo detuvo. Antes de que terminara la jornada consiguió que aceptara volver a verlo.
Una semana después quedaron en el Café Iruña de Bilbao. Pasaron una tarde agradable y, antes de despedirse, Germán la invitó al cine para el sábado siguiente.
—¿Qué película quieres ver? —preguntó ella a modo de aceptación.
—Me han recomendado El cartero siempre llama dos veces .
—No la conozco.
—Perfecto, entonces.
Al terminar la película, la besó por primera vez.
* * *
Bilbao, enero de 1983
Una vez más, habían quedado en el Café Iruña.
Solían ocupar uno de los bancos corridos de una esquina, porque allí disfrutaban de algo más de intimidad.
Para Luci, cada una de aquellas citas estaba prohibida por su condición.
Germán también evitaba que alguien descubriese la relación.
Lo suyo estaba mal, muy mal, a los ojos de casi cualquiera.
Ella llegó primero, como de costumbre. Pidió un café con leche en la barra y lo llevó hasta la mesa de mármol blanco.
Supuso que la cafeína no ayudaría a calmar sus nervios, pero estaba helada y necesitaba algo caliente.
Se quitó el chaquetón y lo dejó sobre el banco.
Después colocó sobre la mesa las enormes gafas de cristales oscuros con las que solía ocultarse cuando quedaba con él.
Vertió dos sobres de azúcar en la taza y removió el café sin levantar la mirada.
Le gustaba aquel establecimiento. Tenía un encanto especial, casi ajeno al paso del tiempo.
Observó a las parejas que ocupaban las mesas cercanas.
Eran jóvenes como ellos, pero no tenían que esconderse de nada ni de nadie.
Se cogían de las manos, se abrazaban e incluso se besaban en público.
Hasta aquel día, Luci y Germán no habían podido permitirse ninguna de esas muestras de cariño. Ella había decidido dejarlo todo atrás para que eso cambiase.
Unos minutos después lo vio aparecer al otro extremo del salón.
Vestía pantalones de pana beige, camisa blanca y una cazadora de cuero marrón.
Era alto, de ojos negros, pelo castaño y mandíbula firme bajo una barba poblada.
Luci sabía que atraía las miradas de otras mujeres cuando caminaban juntos.
Aquella tarde volvió a pensar en lo guapo que era.
Se levantó para recibirlo y, sin darle tiempo a reaccionar, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en la boca. Germán se quedó inmóvil. Luci nunca se mostraba cariñosa en público y jamás la había visto actuar con tanta libertad.
—Voy a dejarlo —anunció ella. Los ojos le brillaban de emoción—. Esta misma noche, cuando regrese, se lo diré. Finalmente podremos estar juntos.
—Eso es estupendo. Vas a ser libre por fin —respondió él,
aunque la sorpresa tardó demasiado en desaparecer de su rostro—. Sentémonos. Tenemos que celebrarlo.
Hizo una seña al camarero y tomó asiento.
—Había pensado que podríamos vivir juntos —dijo Luci mientras se acomodaba frente a él.
Germán titubeó.
—Quizá sea un poco precipitado. Por lo que me has contado de tus padres, podría traerte problemas con tu familia y no me gustaría.
—Estoy harta de tener que contentarlos en todo. Bastante he hecho ya por ellos y por sus caprichos. Es hora de que piense en mí y en mi felicidad, ¿no crees?
—Claro que sí, pero sabes que ahora voy de un sitio a otro por el trabajo. No podré establecerme en ningún lugar hasta que tenga un destino definitivo.
—No me importa. Aunque tengamos que mudarnos cada pocos meses, quiero estar contigo todos los días. Además…
Se interrumpió. Llevaba tres noches buscando el modo de decírselo y, cuando al fin llegó el momento, apenas le salió la voz.
—Dentro de poco seremos tres.
—¿Qué has dicho? ¿Cómo que tres?
Germán había comprendido la insinuación, pero necesitaba escuchar otra cosa.
—Estoy embarazada.
—¿Estás segura? ¿No será solo un retraso?
—No. Eso pensé al principio, pero ya no hay ninguna duda. Estoy de algo más de dos meses.
Germán se levantó de golpe, se llevó las manos a la cintura y dio dos pasos junto a la mesa.
—Joder… Joder…
Había hablado demasiado alto. Las conversaciones de las mesas cercanas se apagaron y varias personas volvieron la cabeza hacia ellos. Al percatarse, Germán se sentó de nuevo.