Capítulo 2 #3
Había lujuria en su mirada.
—Bueno, me pones en un compromiso —respondí, sonriendo—. Si te digo que sí y luego no cumplo tus expectativas, quedaré
como un engreído.
Le dediqué una sonrisa algo avergonzada. Aquella chica me estaba llegando muy dentro.
—Vamos, mójate —insistió con voz melosa mientras tiraba de mi camisa.
—Creo que sí. De hecho, nunca he tenido quejas —repuse.
—Voy a contarte un secreto: las mujeres educadas nunca se quejan. Simplemente te dejan de forma educada.
Ladeó la cabeza para hacerme entender que sabía de qué hablaba.
—Supongo que tienes razón. Ahora me has dejado jodido.
—Bueno, no te preocupes. Lo averiguaré enseguida —dijo con otra sonrisa.
—Si me metes presión, no sé si saldrá mi mejor versión — objeté, esperando no hacer el ridículo.
—No seas tonto. ¿Cómo te gusta hacerlo?
Tenía muy claras mis preferencias y, hasta unos minutos antes, sabía todas las guarradas que le habría pedido, pero algo había cambiado.
—No me parece justo. Es tu última vez en este trabajo, así que lo haremos como a ti te guste.
Hice una sonora exhalación.
—Espero dejarte un buen recuerdo.
—Es un detalle muy bonito. Ven, yo te guío —dijo mientras tiraba de mí hacia la cama.
Sin lugar a dudas, aquella fue la mejor hora de toda mi vida. Lo hicimos dos veces, con sensualidad y, puedo decirlo, incluso con cariño y complicidad. Al terminar la segunda, la besé con dulzura. Cuando recuperé el aliento, la miré a los ojos.
—Podría enamorarme de ti. Eres increíble, y no lo digo solo por el sexo, que también.
Sonrió por enésima vez y me pareció descubrir una dulce sinceridad en su mirada, o quizá solo quise verla.
—Has estado francamente bien. He disfrutado mucho, de verdad.
La creí. No podía negarle nada a aquella mujer.
—Voy a darte mi número personal. Me gustaría volver a verte en tu nueva faceta. Además, en mi trabajo suelo necesitar los servicios de buenos abogados —le dije mientras me vestía—. Por cierto, ¿eres tan buena abogada como…?
—Soy la mejor —respondió, divertida.
Saqué una libreta del bolsillo de la chaqueta y apunté mi número en una de las hojas. La arranqué y se la tendí.
Ella miró el papel brevemente, como si dudara, antes de hablar:
—Apunta el mío en tu móvil.
Había en su voz algo puro que no sé describir.
Sorprendido, obedecí de inmediato. Mientras introducía los nueve números que me dictaba, me atreví a preguntar:
—¿Cuál es tu verdadero nombre?
Sonrió con cierta vergüenza. Era la primera vez que no se mostraba segura y decidida, y eso me gustó: significaba que se estaba sincerando conmigo.
—Alejandra —respondió en voz baja mientras bajaba la mirada.
—Es precioso, casi tanto como tú —dije con total sinceridad.
Esbozó una sonrisa tímida mientras se apartaba el pelo con una mano.
—No me has dicho tu nombre ni a qué te dedicas. Sabes mucho de mí y yo no sé nada de ti.
—Me llamo Eduardo, pero, por favor, llámame Edu —contesté antes de hacer una breve pausa—. En cuanto a mi trabajo, te lo diré la próxima vez que nos veamos. Así tendremos algo de qué hablar.
No podía contarle en aquel momento que era detective privado. Eso lo habría estropeado todo casi con total seguridad.
—Me parece bien, Edu —convino con su voz melosa y agradable.
Con naturalidad, recogí el reloj de la mesilla y me lo coloqué de nuevo en la muñeca. Después me incliné sobre ella y la besé por última vez.
—Llámame cuando quieras. Si te llamo yo, me sentiré como un acosador y no quiero molestarte.
—No me molestarás. Dentro de un par de días estaré instalada en mi nuevo piso. Después de eso, puedes llamarme cuando quieras.
Volvió a besarme.
Sin lugar a dudas, aquel había sido el mejor día de trabajo de mi vida.
Salí de la habitación con la chaqueta colgada del brazo derecho.
Las dos cámaras continuaron grabando y, por casualidad, recogieron ángulos diferentes del salón donde las chicas se reunían con los clientes.
Yo soy así, morboso y cotilla a partes iguales.
Nunca se sabe a quién puede uno grabar en una situación comprometida ni qué puede sacar de ello, aunque, por supuesto, no hablo de extorsión.
Ya en la calle, regresé al coche para hacer la llamada. Siempre es la parte más desagradable del trabajo: confirmar al cliente que sus sospechas estaban fundadas y partirle el corazón. Aunque, en aquel caso, mi cliente era un auténtico cabrón.
Me disponía a marcar su número cuando vi en la pantalla el aviso de un correo entrante en la cuenta asociada a la página web.
Otro posible cliente, pensé. Decidí leer primero el mensaje y llamar después.
Me parecía una prioridad razonable intentar conseguir un nuevo cliente antes de dar una mala noticia a otro.
El asunto del correo era, cuando menos, sugerente: «Provisión de fondos». Una buena manera de captar toda mi atención. Me dispuse a leer.
Buenos días:
Necesito que lleve a cabo una investigación para mí. Es, digamos, de naturaleza sensible y delictiva. Acudo a usted, y no a la policía, por motivos que le explicaré más adelante.
De momento prefiero, por seguridad, que no nos veamos en persona y que nuestras comunicaciones se realicen por correo electrónico.
Entiendo que no es el modo habitual de proceder, por lo que, para demostrarle que se trata de una petición seria, me he permitido remitir a su oficina documentación sobre el caso y una provisión de fondos en metálico.
Si, después de revisar el contenido del envío, decide aceptarme como cliente, iremos acordando los siguientes pagos.
Gracias por su tiempo.
Gabriel
Me quedé medio pasmado y bastante incrédulo.
Soy una persona desconfiada por lo general, y más aún con asuntos como aquel.
Podía tratarse de una broma de alguno de mis amigos; más de una vez me habían llamado haciéndose pasar por supuestos clientes.
Pero he de reconocer que la curiosidad me corroía.
Decidí dirigirme directamente a la oficina. Ya llamaría a mi cliente desde allí. Estaba a una media hora en coche, contando con el tráfico, así que me puse en marcha a toda prisa. Opté por llevar el vehículo al garaje para evitar una posible multa por rebasar el tiempo de estacionamiento permitido.
Salí del aparcamiento subterráneo con paso acelerado.
Quería resolver mis dudas. Primero, por pura curiosidad; segundo, porque aquello podía romper la maldita rutina.
Hacía un par de años que no investigaba nada que no fuesen infidelidades, estafas a aseguradoras o empleados deshonestos con sus empresas.
Investigar algo más importante, o simplemente diferente, sería gratificante.
Entré en el portal del número cuarenta y cinco de la calle de Rodríguez San Pedro, donde tenía mi oficina, en la primera entreplanta. Nada más verme, Jesús, el portero, me salió al paso.
—Señor Eduardo, han traído un sobre para usted —me comunicó mientras entraba en su garita para buscarlo.
Comprobé que la etiqueta no pertenecía a ninguna empresa de mensajería. Solo contenía la dirección y el nombre de mi agencia. No había remitente.
—Jesús, ¿quién lo ha traído?
—Un mensajero de esos que van en bicicleta.
—¿De qué empresa?
Se encogió de hombros por toda respuesta.
Cogí el paquete y, sin abrirlo, entré en la oficina.
Me senté frente al escritorio de madera y lo sopesé entre las manos.
Era un sobre marrón acolchado, de tamaño A4.
Tiré de la lengüeta abrefácil y miré en su interior.
Otro sobre, más pequeño y blanco, llamó mi atención.
Era el típico sobre para guardar dinero.
Lo saqué y lo abrí de inmediato.
Contenía un fajo de billetes de cincuenta euros. Los conté.
Dos mil euros.
Sin duda, aquello empezaba a gustarme, y ni siquiera sabía de qué demonios se trataba.
Vacié el resto del contenido sobre la mesa: unos recortes de periódico, varias fotografías, una llave antigua de paletón y otra pequeña, tubular.
Me quedé contemplándolo todo, dispuesto a iniciar el examen, cuando caí en la cuenta de que antes debía llamar a mi cliente y, por supuesto, a Carla.