Capítulo 2 #2
Las mujeres de la estancia eran bellezas auténticas y tuve la impresión de que mi investigada desentonaría entre ellas.
Era una mujer guapísima que acababa de cumplir treinta y cinco años, pero aquellas chicas representaban una competencia despiadada.
A mi juicio, rondaban entre los veinticinco y los treinta, aunque eso era lo de menos.
Parecían modelos, con cuerpos esculturales que los vestidos apenas ocultaban.
Decidí esperar un poco más, pues supuse que Alicia se estaría cambiando para vestirse de acuerdo con las demás.
Unos minutos después se abrió la puerta situada tras el grupo y tres nuevas bellezas entraron en la estancia.
Saludaron a sus compañeras y se unieron a la conversación.
Alicia tampoco parecía estar entre ellas y yo empezaba a impacientarme.
¿Dónde demonios se había metido? ¿Estaría ya con un cliente?
No creía que le hubiese dado tiempo a cambiarse durante los minutos que yo había esperado en la calle, pero todo era posible.
Entonces me quedé petrificado.
Sí que estaba allí. Era una de las tres mujeres que acababan de entrar, pero parecía otra persona.
Llevaba el pelo rubio recogido en una larga trenza que antes no tenía y lucía un vestido negro muy corto, con un gran escote en la parte delantera y la espalda completamente descubierta. Sin duda, era la más bella de todas.
Como desconocía el funcionamiento de aquella singular elección, hice una seña al hombre que me había acompañado desde la entrada. Acudió de inmediato.
—Ya me he decidido. Quiero a la rubia de la trenza —le dije casi al oído cuando se inclinó hacia mí.
—Perfecto, caballero. Le acompañaré a una de nuestras suites y ella se reunirá con usted dentro de unos minutos.
Señaló con la mirada el corredor donde se encontraban las habitaciones y lo seguí.
La suite era grande; debía de tener unos veinticinco metros cuadrados.
Contaba con una cama king size sobre la que habían dispuesto dos almohadones blancos y dos albornoces nuevos del mismo color.
A ambos lados, sendas baldas de madera hacían las veces de mesillas.
Supuse que allí no se necesitaban cajones.
No había armarios de ningún tipo, tan solo dos sillones reclinables y dos percheros para colgar la ropa, justo enfrente de la cama.
Un muro de bloques de cristal translúcido separaba la habitación del baño. Este también era amplio: tenía dos lavabos suspendidos de cristal, una ducha con mampara a modo de pasillo y un jacuzzi con capacidad para al menos cuatro personas.
La verdad es que las instalaciones eran dignas de un buen hotel de cuatro estrellas. Todo estaba muy limpio y olía a rosas con ligeros matices de lavanda. Siempre me fijo en los olores. Es una especie de manía compulsiva que me dice mucho de los lugares y, sobre todo, de las personas.
El hombre había llevado hasta allí mi botella de champán, la cubitera y un juego de copas limpias. Después se despidió con una simple sonrisa.
Antes de nada, debía colocar las dos microcámaras que llevaba preparadas para grabar una prueba de que Alicia se prostituía.
Una de ellas estaba oculta en un falso botón de mi chaqueta, así que colgué la prenda en uno de los percheros y dejé la solapa orientada hacia la cama.
Pulsé el botón de encendido y empecé a valorar otro ángulo para la segunda cámara: mi elegante reloj de pulsera.
Las exiguas mesillas eran la mejor opción para un accesorio como aquel.
Me lo quité, activé la grabación y dejé la esfera apuntando hacia la cama.
Aquellas pequeñas cámaras contaban con objetivos gran angular, por lo que no era necesario encontrar un encuadre exacto.
Cuando estuve satisfecho, decidí acomodarme.
Me quité los zapatos y me recosté sobre el agradable colchón.
Preferí dejar el espumoso hasta que llegase Alicia; no quería achisparme mientras trabajaba.
Para matar el tiempo, comprobé que disponían de una red wifi sin contraseña y con buena velocidad.
Busqué en internet el nombre de la empresa que aparecía en la puerta y, para mi sorpresa, existía.
Tenía el domicilio social en una localidad gallega y un objeto social deliberadamente ambiguo: representaciones, marketing y relaciones públicas.
Los minutos pasaban y mi cita no aparecía.
Llevaba más de media hora allí, pero se me hacía extraño salir a exigir que me trajeran a la chica, por lo que decidí esperar un poco más, muy a mi pesar.
Caminé por la estancia, destapé los geles de baño para olerlos y comprobé los bajos de la cama en busca de pelusas o cualquier indicio de suciedad, aunque todo estaba inmaculado.
Consulté el correo de la empresa, después el personal, y navegué por la web sin rumbo.
Cuando llevaba esperando casi una hora, me decidí a salir y protestar. Me puse los zapatos y avancé por el pasillo hacia el salón. En ese momento apareció el hombre que me había acompañado desde el principio. Al verme, percibí en su cara un gesto inequívoco: se había olvidado de mí.
—Señor, cuánto lo lamento. No me explico cómo se me ha podido ir de la cabeza. Nada más dejarlo aquí, una de las chicas me ha requerido por un problema que exigía mi atención inmediata y, después de eso…
Hizo varias muecas de sincera disculpa.
—Llevo una hora esperando —espeté en voz baja. No quería montar una escena.
—Lo sé, señor. Amalia ya no está disponible y lo lamento de veras. Ha salido para prestar un servicio externo, pero, en compensación, elija a la chica que desee. Por supuesto, invita la casa. Le aseguro que no volverá a ocurrir.
Guardé silencio durante unos instantes mientras adoptaba mi expresión más decepcionada y memorizaba el nombre profesional de mi investigada.
—Si vuelvo por la ciudad, ¿podré solicitar los servicios de Amalia en mi hotel? —pregunté. Aquello lo simplificaría todo.
—Por supuesto, caballero. Ahora mismo le daré su tarjeta para que pueda llamarla y concertar una cita.
Aquello era eficiencia máxima: las chicas tenían sus propias tarjetas corporativas. Me entregó la de Amalia y, después de examinarla brevemente, la guardé en la chaqueta.
—Veamos a las chicas, entonces —dije, aceptando su invitación.
Había valorado la posibilidad de rechazarla, simulando malestar. Sin duda, eso habría hecho un detective pulcro y honesto, pero yo no soy así. Si veo una oportunidad de oro como aquella, la aprovecho, y que me quiten lo bailado.
—Por supuesto —repuso él.
Al entrar en el salón comprobé, con gran placer, que había cuatro bellezas disponibles.
Fue una sensación extraña: no necesitaba ni elegir, pues cualquiera de ellas parecía una diosa.
Señalé a una morena de ojos negros y piel bronceada que lucía un sensual vestido blanco.
El hombre le hizo una seña y ella se acercó, me dio dos besos y se presentó como Bianca.
Yo evité dar nombre alguno porque no lo consideré necesario.
De nuevo en la suite, me sentía raro, muy raro, de hecho.
Aunque el servicio fuese una cortesía de la casa, yo continuaba en horas facturables, de modo que, de una forma u otra, aquella era la primera vez en diez años de profesión que iban a pagarme por follar.
Y, además, con semejante mujer. Quise ser educado y, por supuesto, satisfacer mi curiosidad innata.
—¿Quieres una copa de champán? —le ofrecí, señalando la cubitera.
—Sí, por favor —respondió con una sonrisa que me dejó sin palabras durante unos instantes.
—Veo que eres española. ¿Eres de por aquí?
La pregunta no pareció molestarla ni pillarla por sorpresa, por lo que supuse que buena parte de los clientes harían aquella y muchas otras.
Los hombres somos unos perfectos imbéciles: queremos creernos irresistibles o conquistadores incluso con las prostitutas, sobre todo si son de lujo, como era el caso.
Imaginé que unos buenos modales les agradarían en cierta medida.
—Soy de un pueblo cercano a Oviedo —dijo con naturalidad.
—Entonces es como si ahora mismo estuviese con Miss Asturias —afirmé con sinceridad.
Sonrió antes de responder:
—Muchas gracias.
—¿Llevas mucho tiempo en esto? No pretendo ser indiscreto; es solo curiosidad —aclaré.
—No tiene importancia —dijo—. Algo más de dos años. Se gana mucho dinero y se conoce a personas importantes.
Alzó la copa hacia mí.
—Brindemos —propuso con su encantadora sonrisa.
—Por ti, porque cumplas tus sueños —respondí, devolviéndole la sonrisa.
—Eres muy amable. Hoy es mi último día en esto. De hecho, creo que eres el último cliente que recibiré.
—¡Vaya! Menudo honor. ¿Y después qué harás?
Se quedó callada, como si valorase si debía decir la verdad o no contarme nada.
—No tienes por qué responder. A veces soy un poco impertinente —atajé—. Me has caído bien y…
Me interrumpí durante unos segundos.
—Solo era eso.
Me miró directamente a los ojos con aquellos ojazos negros.
—Soy abogada. Con parte del dinero que he ganado, adquiriré una participación y entraré como socia en un importante bufete. Ya lo tengo negociado —explicó antes de dar un breve sorbo a la copa—. Así pasaré de vender mi cuerpo a vender mi alma.
Sonrió de nuevo, y yo con ella.
—¿Cuánto has ganado en este tiempo? —pregunté con expresión cómplice.
Me miró con divertida incredulidad.
—Pero bueno, ¿qué eres, de Hacienda o algo así? —preguntó con sorna.
—Es pura curiosidad. Y que conste que deseo que hayas ganado un buen pico; seguro que lo mereces.
Me observó durante unos segundos antes de responder:
—Algo más de un millón —soltó sin apartar la mirada, como si esperase mi reacción.
—¡La Virgen! Me he equivocado de trabajo todo este tiempo — dije, sonriendo.
—Bueno, bueno… Eres mono, pero con eso no basta. Hay que ser bueno de verdad en la cama. ¿Eres bueno haciéndolo? —me retó con la mirada.
—¿Te parezco mono? —pregunté, halagado.
—Eres guapo y lo sabes, pero tienes que contestar a la pregunta. Yo he respondido a todas las tuyas. ¿Eres o no eres bueno follando?