Capítulo 2
El curioso
A mi lado descansaba una cámara bridge Sony con un zoom óptico de cincuenta aumentos y una lente Carl Zeiss, preparada para tomar fotografías o grabar vídeo, según se precisase.
La calle Zurbano estaba bastante concurrida a esas horas, pero en el portal número nueve solo había entrado un repartidor y habían salido un par de vecinas. Ni rastro de mi objetivo.
Dada la hora, cada vez era más posible que aquella tarde no saliese de casa.
Sus rutinas eran las propias de una madrugadora: iba al gimnasio o a correr siempre antes de las seis y media de la mañana y después acudía a su trabajo, en una conocida oficina de Madrid, donde tenía jornada continua.
Las tardes, al menos cuatro días a la semana, eran mi objetivo.
No seguía una pauta fija, por lo que debía permanecer día tras día al acecho.
Llevaba unos seis días siguiendo a aquella mujer y casi todos habían sido más de lo mismo.
Hacía un par de jornadas había comprendido por fin cómo conseguía escabullirse.
Eso me permitió elaborar el plan para aquella tarde.
La ruptura de la rutina me hacía estar más alerta, aunque la experiencia me decía que, por sí sola, no significaba nada.
Por lo general, salía de casa vestida de forma elegante, pero discreta.
Caminaba un par de manzanas hasta entrar en una estación de metro, y no siempre escogía la misma.
Era precavida. Yo la seguía con prudencia y me apeaba donde ella lo hacía, pero en ese punto todo se complicaba.
Nada más salir a la calle, se montaba en un coche que la esperaba a una hora pactada y se escabullía, dejándome por completo fuera de juego.
Como seguirla por mi cuenta se había convertido en una misión imposible, tuve que pedir ayuda a Carla.
Entre los dos elaboramos un plan sencillo para eludir su simple pero efectivo sistema de seguridad.
Carla la seguiría a pie y viajaría con ella en el metro mientras me mantenía informado de la línea, la dirección y cualquier transbordo.
Yo cruzaría la ciudad en coche tan deprisa como me fuese posible.
De ese modo trataría de llegar a la estación de destino justo antes de que la mujer subiera al vehículo que, sin duda, la llevaría hasta su destino real.
Con el tráfico madrileño, aquello resultó mucho más difícil de lo que habíamos estimado.
La primera vez que lo intentamos, una manifestación me dejó detenido durante media hora nada más ponerme en marcha.
La segunda llegué casi un minuto tarde y, a pesar de que Carla me facilitó la matrícula, el color y el modelo del coche, además de la dirección que había tomado, me resultó imposible localizarlo.
Era como jugar a la lotería, pero estaba dispuesto a seguir intentándolo.
Poco después, la puerta del portal se abrió y la mujer apareció en la calle. Avisé a Carla y, cuando ambas desaparecieron en el metro, abandoné mi puesto de observación, me acomodé al volante y puse el coche en marcha.
Aquella tarde era nuestro tercer intento y, por fin, lo logramos.
Gracias a las indicaciones de Carla, llegué a la salida correcta justo cuando la mujer aparecía en lo alto de la escalera mecánica.
Para conseguirlo había conducido de manera desenfrenada por las calles de la ciudad, jugándome una buena multa y puede que hasta la vida.
No sabría describir con precisión el morbo que me produjo aquello.
Siempre subía en la parte trasera del coche que la aguardaba, y este se ponía en marcha de inmediato.
Me situé detrás del vehículo, pero dejé un margen de dos coches entre él y yo para pasar lo más desapercibido posible.
El mío era un modelo muy corriente, por lo que habría podido seguirlos más de cerca sin levantar sospechas.
Aun así, siempre prefería contar con cierta distancia.
Era deformación profesional pura y dura.
El Audi se movía al ritmo del tráfico, ni rápido ni despacio, como la mayoría de los vehículos.
Enfiló la M-30 hacia el norte y tomó el enlace con la A-1.
Aquello no me preocupó, ya que ella solía regresar a casa unas horas más tarde.
En principio podría seguirlos sin dificultad, aunque no lo sabría hasta unos kilómetros más adelante.
Continuaron por la autovía hasta el desvío de Alcobendas y Arroyo de la Vega.
Temía que aquel Audi A6 de último modelo decidiera dar rienda suelta a su caballería, porque entonces me resultaría imposible seguirlo sin asumir demasiados riesgos.
Pero no me inquieté. Nunca lo hacía cuando la situación escapaba a mi control: si no salía bien, planearía el siguiente paso y a otra cosa.
Evidentemente, me molestaba que me dejasen atrás, aunque más por la intriga del momento y por mi competitividad que por cualquier otro motivo.
Si no lo conseguía aquel día, lo haría al siguiente o al otro.
El Audi abandonó la A-1 por el ramal que conducía a la zona empresarial y comercial de Arroyo de la Vega.
Cruzó una amplia rotonda y tomó la subida hacia los edificios situados junto a un conocido centro comercial.
Casi de inmediato se detuvo en doble fila.
La puerta trasera derecha se abrió justo cuando yo pasaba a su lado y ella descendió del vehículo.
Aparqué entre otros dos coches situados en ese mismo lado de la calle.
Con calculada parsimonia, salí dándole la espalda y fingí revisar algo junto a la puerta mientras la observaba a través del retrovisor izquierdo.
Saqué el paquete de tabaco con cámara incorporada y la seguí con la mirada reflejada en el espejo.
Cruzó la calzada y se dirigió directamente al portal más cercano.
Era un edificio de construcción reciente y líneas tan modernas como las del centro comercial.
Pulsó el interfono y la puerta se abrió de inmediato.
Justo cuando la perdía de vista, el automóvil que la había llevado hasta allí pasó veloz a mi lado. Supuse que su trabajo había concluido.
Esperé unos diez minutos junto a mi coche, simulando consultar algo en el teléfono móvil, aunque en realidad hacía fotografías del edificio para incorporarlas después al expediente, además de guardar la ubicación GPS.
A continuación me dirigí con decisión hacia la entrada y examiné el portero automático.
Desde mi posición no había conseguido ver qué botón había pulsado, pero no resultó difícil adivinarlo.
Las etiquetas indicaban el número de piso y la letra correspondiente a cada puerta del rellano, de la A a la F.
Sin embargo, en la fila del cuarto piso, donde debería haber aparecido «4D», no figuraba nada.
El espacio estaba en blanco. Para un buen observador, aquel sencillo intento de pasar inadvertido resultaba más que suficiente.
Pulsé el botón y, tres segundos después, sonó el grave zumbido del portero automático.
Empujé la puerta, que cedió con facilidad.
En el interior, una fila de buzones presidía la antesala de los ascensores y las escaleras.
Di un rápido vistazo en busca del 4D, pero no estaba.
Ninguna de las celdas metálicas mostraba aquella numeración.
Entonces reparé en un cajón sin etiqueta que contenía varios folletos publicitarios.
Supuse que retirarían la publicidad con regularidad, pues estaba seguro de que allí no esperaban recibir correspondencia.
Tomé uno de los ascensores hasta el cuarto piso.
Nada más salir me encontré con elegantes puertas de seguridad en tonos caoba.
Busqué la D y, en su lugar, descubrí la única puerta que tenía un plafón iluminado sobre el dintel.
Un letrero dorado rezaba: «Dallarsa, S. A.
». Ya había visto aquel truco en otras ocasiones.
Supuse que funcionaría con los vecinos, al menos durante un tiempo.
Toqué el timbre y un ligero cosquilleo de emoción recorrió mi cuerpo al tiempo que se me aceleraba el pulso. Unos segundos después, la puerta se abrió y un apuesto hombre de unos treinta y cinco años, fornido y vestido con elegancia, me dio la bienvenida y me invitó a pasar.
—Buenas tardes, caballero. ¿Es su primera visita? —me preguntó con suma cortesía.
—Sí. Un buen amigo me recomendó que los visitara — respondí, simulando cierta vergüenza.
—Entiendo, caballero. Le acompaño al salón.
Hizo un gesto para indicarme que lo siguiera desde el recibidor hasta una puerta de doble hoja con cristales translúcidos. Abrió una de las hojas y me invitó a pasar primero.
La estancia era enorme. Estaba decorada de un modo minimalista y moderno que me encantó.
Un tenue aroma a jazmín impregnaba el ambiente mientras el hilo musical reproducía música pop a bajo volumen.
Había varios sofás de cuero blanco, todos de dos plazas.
Algunos estaban vacíos; otros, ocupados por parejas que charlaban en un tono discreto.
Mi anfitrión me acompañó hasta uno de los sofás libres.
En el otro extremo de la sala, varias mujeres conversaban entre sí, pero ella no estaba allí.
—Como ve, tiene una cubitera a su disposición y una botella de Moët & Chandon recién abierta. Puede tomar una copa mientras elige a una de nuestras chicas.
—Muchas gracias. Me tomaré una, sí —acepté, complacido.
El hombre, con la destreza de un sumiller experimentado, me sirvió una generosa copa de champán y se retiró en silencio.