Capítulo 1
Arrigunaga
La playa de Arrigunaga olía a madera vieja y alquitrán.
Koldo Aldaia lanzó el palo con fuerza y Lagun salió tras el pedazo de madera con la energía incansable de siempre.
Aquella mañana la playa estaba hueca y gris, como todos los días desde las inundaciones que habían conmocionado al país cinco jornadas atrás. El verano daba sus últimos coletazos en otros puntos de la península ibérica, pero en la costa vizcaína parecía que el otoño hubiese llegado de golpe.
A las ocho de la mañana nadie más caminaba por la arena ennegrecida y maloliente, sobre la que se amontonaban pilas de trastos inconexos.
Era como si el mar hubiese decidido vomitar sus peores recuerdos en diferentes entregas.
Unos días devolvía más y otros menos: sillas, mesas, colchones, papeleras, un coche irreconocible, tablas que un día estuvieron clavadas dando forma a algo importante e incluso un cerdo ahogado e hinchado como un globo. Ahora, todo aquello era solo basura.
Las brigadas de limpieza no daban abasto. Día tras día recorrían el litoral y cargaban camiones enteros. En ocasiones necesitaban incluso retroexcavadoras para retirar las montañas de madera que aparecían en la costa.
Koldo había salido aquella mañana de su casa, en las cercanías del Puerto Viejo de Algorta, para sacar a Lagun a dar su paseo matutino.
El pastor alemán, de tres años, necesitaba grandes dosis de ejercicio diario, algo que a Koldo también le servía como excusa para escapar de los quehaceres que su madre, Amaia, le encomendaba en casa.
Había terminado el instituto ese mismo año y aprobado la selectividad con una media de nueve y medio.
Estaba matriculado en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense y en dos semanas se marcharía a Madrid.
La idea le daba vértigo y por ello solo pensaba en la ciudad en ráfagas: una ventanilla de tren, un nombre en la lista de un aula llena de desconocidos, un cuarto en una ciudad lejana.
Después, la costa lo devolvía a su sitio: el ruido de las olas, la arena pegada a los dedos y Lagun insistiendo en encontrar tesoros inútiles.
El perro estaba obsesionado con aquellos tesoros inservibles. Encontraba cosas que Koldo descartaba: fragmentos de juguetes, una bufanda del Athletic, trozos de neumático o aquella vieja tostadora que un día le había llevado arrastrándola por el cable.
El ritual se repetía: Koldo recogía algún palo o taco de madera y lo lanzaba.
Lagun corría tras él, lo recuperaba y regresaba para dejarlo a sus pies sin quitarle los ojos de encima.
A Koldo siempre le divertía aquella obsesión y se hacía un poco de rogar hasta que el perro rompía el silencio con un ladrido corto y sonoro.
El ladrido era el interruptor que volvía a poner en marcha el juego.
Continuaron así mientras avanzaban por la playa.
Cuando se acercaban al extremo de Arrigunaga, Koldo comprobó que la pila de desperdicios acumulada bajo el pequeño acantilado era, sin lugar a dudas, la mayor que había visto desde las inundaciones.
Lanzó el palo directamente contra ella, esperando que a Lagun le llevase algo más de tiempo encontrarlo.
El perro corrió hasta el lugar donde había caído. Trepó con agilidad entre las tablas, recogió su improvisado juguete y descendió de nuevo hasta la arena.
Pero esta vez no regresó con él.
Lo dejó en la base del montículo y se sentó.
Koldo frunció el ceño.
Lagun emitió un gemido agudo seguido de un ladrido y volvió a subir hasta la mitad del montón. Allí se detuvo y miró a Koldo.
—¿Qué pasa, muchacho? ¿Has encontrado algo?
El perro continuó avanzando hasta detenerse ante uno de los huecos que dejaban los escombros. Mantenía las orejas erguidas y la mirada clavada en un punto concreto.
Koldo conocía aquella expresión. Era el mismo comportamiento que mostraba cuando él escondía algún objeto de tal manera que Lagun sabía dónde estaba, pero no podía alcanzarlo.
Era su forma de decir: «Está ahí».
—¿Qué tienes, Lagun?
El perro volvió a ladrar y comenzó a arañar con las patas delanteras, hundiéndolas en aquella arena negra cuyo hedor lo impregnaba todo. Intentó después tirar de una de las tablas con los dientes, pero estaba aprisionada por las demás y no consiguió moverla.
Koldo temió que terminase haciéndose daño, por lo que se encaramó entre los postes, tablas y maderos hasta situarse junto a él. Miró por los huecos que dejaban los materiales, pero no vio nada. Finalmente se puso a cuatro patas e intentó mirar desde el mismo ángulo que el perro.
Nada.
—Anda, vamos. Ahí no hay nada.
Bajó con cuidado hasta la arena y recogió de nuevo el palo.
—Mira, chico.
Lo agitó en alto.
Lagun apenas le dedicó una mirada fugaz antes de volver a fijar la vista en el mismo sitio.
—¿No lo quieres? Muy bien, me marcho.
Koldo comenzó a caminar hacia la salida, mirando hacia atrás cada pocos metros.
El perro ladró otra vez, bajó hasta la arena y empezó a rodear la montaña de escombros.
Koldo se detuvo.
Lagun iba en dirección contraria, sin apartar la atención del montón de madera, como si buscase otro acceso. Unos instantes después desapareció detrás de él.
—¡Lagun!
Aquello siempre funcionaba.
Esta vez no.
Los segundos pasaron sin que el perro respondiera.
—Perro cabezota del demonio.
Koldo echó a andar hacia el lugar donde lo había perdido de vista.
No había recorrido ni diez metros cuando Lagun reapareció.
Traía algo en la boca.
Desde aquella distancia Koldo no conseguía distinguir qué era. Parecía grande, aunque el perro lo transportaba sin demasiado esfuerzo. Cuando salió de la zona atestada de escombros, lo dejó caer sobre la arena, reajustó la presa entre los dientes y reanudó el avance hacia él.
Koldo sonrió con indulgencia. Estaba seguro de que sería otro de sus absurdos tesoros.
Se dio la vuelta y emprendió el regreso, convencido de que aquel gesto animaría al perro a correr tras él.
Así fue.
Unos segundos después, Lagun lo adelantó y se detuvo varios metros por delante. Dejó caer su hallazgo sobre la arena y emitió un ladrido.
Koldo siguió andando hasta quedar a su lado.
—¡Joder, Lagun! ¿Un puto muñeco?
En el suelo, boca abajo y cubierta por la arena ennegrecida, había una silueta del tamaño de un recién nacido.
—Anda, deja eso. Es asqueroso. Vámonos.
Lagun lo miró y volvió a ladrar, esta vez con nerviosismo. Después comenzó a gemir mientras daba vueltas alrededor del sucio muñeco.
—Déjalo de una vez y vámonos a casa…
El perro empujó la figura con el hocico.
El cuerpo rodó sobre sí mismo y quedó boca arriba.
Koldo dio un traspié hacia atrás y cayó sobre la arena húmeda.
—¡La Virgen Santa!
El mundo se encogió en un solo latido.
No fue tanto lo que vio como el modo en que la luz le dio forma. Una forma humana que ya no lo era. Aquello era ya una cosa en la que no quedaba nada más que horror.
La cara del bebé, vuelta hacia el cielo triste, le devolvía un vacío desolador allí donde debían estar los ojos.
No había ojos.
Las cuencas eran dos huecos oscuros que parecían haber absorbido la mañana por completo y reducido el mundo a aquel metro cuadrado. La piel del torso apenas existía. Bajo las costillas se abría una cavidad vacía donde deberían haber estado los órganos.
El hedor agrio y penetrante le alcanzó la garganta y lo obligó a tragar saliva. El estómago se le contrajo hasta formar un nudo y su pensamiento no encontró dónde agarrarse.
Hasta aquel instante, la playa había sido la última frontera de su vida conocida: el lugar seguro entre la casa de Amaia y la habitación que aún imaginaba en Madrid.
Allí seguía siendo el muchacho que había aprobado la selectividad con nota, se escaqueaba de las tareas domésticas y agotaba a Lagun lanzándole palos.
De golpe, aquella frontera se había roto.
Intentó hablar, pero una arcada se lo impidió.
Imágenes de bebés desnudos y llorosos se agolparon tras sus párpados, como si su memoria tratase de poner un lamento en el rostro desfigurado de aquella criatura.
Deseó con todas sus fuerzas que aquello fuera un mal sueño.
Cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, el cuerpo continuaba allí.
—Lagun, ven.
La voz que escuchó le pareció la de otra persona.
Esta vez el perro obedeció de inmediato. Koldo puso una mano sobre su espalda, como si el calor de aquel cuerpo pudiera fijar de nuevo el mundo en su sitio. El animal se apoyó contra su muslo con la tranquila obediencia de quien sabía que la tarea estaba hecha.
—Buen perro. Sí, señor. Buen perro.
Lo rodeó con un brazo y le dio un beso en la enorme cabeza, como hacía cada noche antes de ir a dormir. Después tanteó la correa hasta encontrarla y la abrochó. La hebilla sonó como un estallido inoportuno mientras su mirada volvía a perderse en aquellos diminutos pozos negros.
Entonces lo vio.
Había algo en la amoratada oreja derecha del bebé.
Koldo no consiguió identificarlo a primera vista. Se puso en cuclillas e intentó concentrar la mirada únicamente en aquella zona, como si pudiera disociarla de todo lo demás.
Parecía un pendiente en forma de aro.
Pero algo no encajaba.
Era demasiado grande para un bebé y de él pendía algo. Koldo hizo de tripas corazón y se aproximó un poco más.
—Es una anilla…
La reconoció. Era una de esas anillas utilizadas para sujetar llaves.
De ella colgaba lo que quedaba de una etiqueta plastificada.
Una etiqueta de identificación.
Por un instante pensó en algún tipo de depósito de cadáveres, como si aquella etiqueta estuviera allí para identificar el cuerpo, pero enseguida comprendió que nadie perforaría la oreja de un bebé fallecido para colocar algo semejante.
—¿Por qué coño…?
No consiguió terminar la pregunta.
Entonces leyó las únicas dos letras que la tinta negra había conseguido conservar después de los embates del agua.
DE
—DE… —murmuró, como si fuera capaz de descifrar su significado.
Unos metros más allá, una pareja acababa de aparecer en la entrada de la playa.
Koldo se puso en pie y corrió hacia ellos. Cuando llegó apenas consiguió articular unas pocas palabras.
—Busquen un teléfono. Llamen a la Guardia Civil. Hay un bebé. Muerto.
La mujer miró horrorizada a su pareja, como si no quisiera creer lo que aquel muchacho acababa de decir. El hombre volvió la vista hacia la playa, tratando de localizar el lugar del hallazgo.
Koldo evitó dar más detalles.
No podía permitir que Lagun regresara hasta allí. El perro volvía siempre a por sus tesoros, pero aquella vez su hallazgo era un desastre que no cabía en ningún pensamiento.
* * *
Aquella tarde, en la cocina de su casa, Amaia puso la televisión sin mirar la pantalla. Las noticias locales hablaron del hallazgo y, durante los días siguientes, los periódicos se hicieron eco de la tragedia.
El Correo
2 de septiembre de 1983
Las inundaciones dejan 34 víctimas mortales en Euskadi
Nada se sabe aún del bebé aparecido muerto en la playa de Arrigunaga. Ninguna familia ha denunciado su desaparición. El caso continúa siendo un misterio.
Para Koldo, aquella mañana fue la primera grieta en la vida que hasta entonces había considerado idílica y segura.
El expediente del bebé varón de Arrigunaga nunca se resolvió.
La tormenta y la bolsa abierta impedían saber dónde había entrado realmente el cadáver en el agua; podía haber recorrido costa durante más de una marea.