Errores del destino
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Prólogo
Caminaba despacio por el largo pasillo, con las manos enlazadas a la espalda y la mirada fija en las baldosas grises, cuadrados exactos de cuarenta centímetros que se sucedían bajo sus zapatos.
Procuraba colocar cada pie en el interior de una baldosa, sin pisar las juntas, como si rozarlas pudiera desencadenar alguna consecuencia extraña y nefasta.
Lo hacía siempre que una idea se le enquistaba en la cabeza y comenzaba a rumiarla con tesón.
Al llegar a la reja de seguridad que dividía el corredor por la mitad, alzó con parsimonia la mirada hacia la cámara de vigilancia.
Deshizo entonces el lazo que formaban sus manos a la espalda y extendió los brazos a ambos lados del cuerpo para mostrar que no portaba nada.
En otra planta, al otro extremo del circuito de vigilancia, un guardia de seguridad tan entrenado como aburrido comprobó la imagen del monitor y pulsó el botón que liberaba la pesada puerta de barrotes.
El cierre emitió un chasquido metálico; la reja cedió y él cruzó al otro lado.
Dejó que se cerrara a su espalda y recuperó de inmediato la postura anterior: las manos enlazadas, la cabeza baja y toda su concentración depositada en las baldosas.
En aquella última planta no había dependencias para internos; comenzaban dos niveles más abajo. Aun así, varias verjas de seguridad compartimentaban el corredor mediante controles sucesivos. Al fondo solo había dos despachos: el suyo y el de su ayudante. Entró en el de este último.
—¿Cómo va el asunto de Felipe Gracia? —preguntó el superior mientras daba una profunda calada a un Marlboro y abría la ventana.
Fumar allí estaba prohibido, pero aquella prohibición no parecía escrita para él. Si necesitaba fumar, fumaría; nadie se lo iba a reprochar y nadie se iba a chivar.
A fin de cuentas, nadie en aquel edificio ocupaba un cargo superior al suyo.
—Lo lleva de nuevo uno de los nuevos, así que imagine cómo irá —repuso el adjunto con aparente indiferencia, sin dejar de ordenar los papeles de su mesa.
—Lo supongo, sí —dijo, expulsando el aire por una comisura de los labios y hacia arriba, sin molestarse en dirigir el humo hacia la ventana—.
Que prepare un informe con todo lo que consiga sacarle, a ver si empezamos a entender algo.
Puede que un día suene la flauta, quién sabe; quizás un nuevo enfoque pueda ayudarnos.
—Ya hemos probado demasiados enfoques y todos terminan en un callejón sin salida: vuelven a apuntar hacia lo mismo, pero no nos permiten avanzar —repuso el adjunto, con una desesperación que desmentía su indiferencia anterior—.
Empiezo a creer que no lo resolveremos nunca; quizás sea uno de esos problemas que no tienen solución.
Levantó la mirada hacia su jefe, buscando en él alguna señal de desacuerdo.
El jefe, sin embargo, no lo miraba. Lo escuchaba mientras sus ojos barrían las nubes blancas y grises en busca de alguna formación curiosa: un animal, un rostro o cualquier objeto reconocible.
—Todo es muy extraño —murmuró—. Parecía un hombre completamente normal.
La documentación llegó por un canal privado y todavía está pendiente de verificación, pero, sobre el papel, era el principal accionista de un grupo industrial y asegurador.
Tenía la vida resuelta y, de pronto, un día ocurrió algo y lió la de San Quintín.
—Bueno, no sería el primero ni será el último, ya sabe.
—Sí, pero esto es raro de cojones. Había abonado por adelantado dieciocho meses de alojamiento. Lo hizo seis días antes de que comenzara todo. Él sabía que iba a ocurrir y, lo más extraño de todo, sabía cuándo.
—Todas las sesiones de interrogatorio nos hacen avanzar; unas completan las anteriores. Quizás algún día la historia termine de cerrarse y todo cobre sentido.
—Eso estaría bien si siempre estuviera dispuesto a hablar. Pero pasan semanas, incluso meses, entre una sesión y la siguiente. No sé si llegaremos a alguna parte o si simplemente está jugando con nosotros.
—¿Pero con qué fin?
El jefe se encogió de hombros. Apagó la colilla contra el alféizar de la ventana, la sostuvo un instante entre el índice y el pulgar y la lanzó al exterior con un golpe seco, procurando que cayera lo más lejos posible.
Después salió de la habitación como había entrado: cabizbajo y con las manos enlazadas a la espalda, en dirección a su despacho. Antes de alcanzar la puerta, acomodó el pie dentro de la siguiente baldosa y evitó de nuevo la junta.