Capítulo 21
Brock
Nunca me había parado a pensar que una casa puede cambiar tanto sin mover un solo mueble.
Mi ático sigue teniendo exactamente las mismas vistas, el mismo mármol oscuro en la cocina, los mismos ventanales que ocupan media pared del salón y la misma colección de decisiones tomadas a golpe de impulsividad, ego y una capacidad preocupante para creer que, mientras algo resultara impresionante desde fuera, nadie tendría interés en preguntarse qué sucedía dentro.
Durante años, eso me ha funcionado lo bastante bien como para construir una carrera, una reputación y una vida entera alrededor de la idea de que, si siempre era yo quien marcaba el ritmo, nadie podría obligarme a quedarme más tiempo del necesario en un sitio que me resultara incómodo.
Lo irónico es que nunca ha hecho falta un consejo de administración, una crisis corporativa o una negociación multimillonaria para desmontarme.
Lo único que ha hecho falta ha sido encontrarme a Amara Turner apoyada contra la encimera de mi cocina, con una botella de agua entre las manos, el abrigo abierto y esa forma de mirarme, que lleva semanas destrozándome la concentración.
La observo durante unos segundos mientras ella da un pequeño sorbo a su botella sin apartar los ojos de mí.
Ya no hay distancia ni rabia entre nosotros, pero todavía queda prudencia, aunque por primera, no tengo la sensación de estar intentando alcanzar algo que se me escapa.
Ahora ella está aquí y yo tengo bastante claro que, si la cago otra vez, probablemente no haya una segunda oportunidad.
Amara deja la botella sobre la encimera y arquea una ceja.
—Sigues mirándome así.
Me cruzo de brazos y apoyo la espalda contra la isla de la cocina sin dejar de observarla.
—¿Así cómo?
Su boca se curva un poco, aunque no llega a sonreír, pero se queda cerca.
—Como si estuvieras intentando convencerte de que sigo aquí.
—No estoy intentando convencerme de nada. Solo estoy disfrutando de una escena que, sinceramente, hace cuarenta y ocho horas me parecía muy improbable.
La comisura de su boca vuelve a moverse, pero más esta vez.
—Qué raro. Normalmente tienes bastante más ego cuando hablas de probabilidades.
Suelto una pequeña carcajada.
—Normalmente no tengo a una mujer en mi casa después de haberme puesto patas arriba la vida durante semanas.
Amara baja la vista hasta la punta de sus zapatos antes de volver a mirarme.
—Yo no te he puesto nada patas arriba, Somerset.
—No —le respondo y doy un paso hacia ella—. Solo me obligaste a dejar de fingir que tenía todo bajo control.
Durante un momento, su respiración se altera y, sinceramente, descubrir que sigo teniendo ese efecto en ella después de todo... probablemente sea una de las pocas cosas que consiguen que mi ego siga respirando esta noche.
—Sigues teniendo una capacidad preocupante para decir cosas que me ponen nerviosa —me suelta sin dejar de mirarme.
—Últimamente estoy intentando usarla para cosas menos estúpidas —le contesto y me acerco un poco más a ella.
Su pulso cambia justo cuando le rodeo la cintura con una mano y la acerco un poco más a mí.
Amara apoya la palma sobre mi pecho, levanta la vista y me mira de una manera que lleva semanas desmontándome.
Como si siempre tuviera una respuesta preparada y, aun así, siguiera guardándose las partes más importantes de sí misma.
Y sinceramente, a este ritmo, esa mujer va a acabar conmigo antes de los cuarenta.
—¿Sabes qué es lo peor de todo?
Paso el pulgar despacio por la curva de su cintura.
—Ilumíname.
—Que ahora me caes mejor.
Suelto una carcajada.
—Eso suena peligrosísimo.
—Lo es, porque además esto no entraba en mis planes.
La miro y llevo una mano hasta su mandíbula y la acaricio despacio.
—Yo llevo años siguiendo planes que no me han llevado a ninguna parte.
—¿Y ahora?
Me inclino hasta rozar su boca.
—Ahora intento quedarme donde merece la pena.
La beso despacio y sin necesidad de demostrar absolutamente nada.
Amara responde a mi beso acercándose más a mí y rodeándome el cuello con los brazos mientras noto cómo su cuerpo se relaja poco a poco contra el mío.
Recorro su espalda con una de mis manos, después su cuello y la línea de su mandíbula.
Mientras memorizo cada reacción, respiración y pequeño gesto que me confirma que ya no estamos huyendo de nada.
—Amara —le susurro separándome de ella unos centímetros para mirarla a los ojos.
—¿Qué?
Trago saliva.
—Gracias por volver.
Su expresión cambia, acerca una mano a mi cara y me acaricia la mandíbula con una suavidad que casi me deja sin aire.
—No te emociones demasiado —me susurra—. Todavía puedes seguir metiendo la pata.
Sonrío.
—Eso se me da bastante bien.
—Ya lo he notado.
La tomo en brazos antes de volver a besarla y Amara suelta una pequeña exhalación contra mi boca mientras se agarra a mis hombros.
Camino con ella hacia mi dormitorio sin apartar la vista de sus ojos y, cuando la dejo sobre la cama, me quedo observándola unos segundos.
No por deseo o… no solo por eso, sino porque esta mujer ha conseguido convertir mi cama en un sitio donde quiero quedarme despierto.
Me siento junto a ella y aparto un mechón de pelo de su cara. Después la beso en la frente, en la mejilla y en la comisura de sus labios. Mientras, ella me mira con una intensidad, que hace unas semanas habría terminado en una guerra, pero que esta noche solo me deja sin aire.
Se incorpora un poco sobre la cama y se quita los zapatos sin dejar de mirarme.
Se deshace de los zapatos uno detrás de otro, dejándolos caer sobre la alfombra con una naturalidad que consigue descolocarme más que cualquier discusión que hayamos tenido desde que empezó todo esto, probablemente porque verla aquí, en mi dormitorio, moviéndose con esta tranquilidad, me resulta bastante más íntimo que imaginarla desnuda.
—No sabía que fueras de las que invaden el territorio ajeno con tanta confianza —suelto con una sonrisa.
Ella deja el segundo tacón en el suelo y me mira con una expresión a medio camino entre mandarme a la mierda y hacer algo bastante peor.
—No confundas ponerme cómoda con darte privilegios.
—Demasiado tarde para eso.
Amara pone los ojos en blanco, pero esta vez no discute. En lugar de eso, se mueve sobre el colchón hasta quedar de rodillas frente a mí, con el vestido todavía puesto, el pelo ligeramente revuelto y una mirada tan directa que consigue que todo lo demás deje de existir para mí.
—¿Sabes qué me molesta de ti últimamente?
La observo antes de responderle.
—Tengo la sensación de que voy a descubrirlo igualmente…
Su mano sube despacio hasta mi cuello y tira suavemente del cuello de mi camisa, que ya hace rato dejó de estar donde debería.
—Que cuando por fin decides hacer las cosas bien... resulta bastante difícil seguir odiándote.
La frase me impacta más de lo que esperaba y bajo la vista hacia sus labios antes de volver a mirarla.
—Créeme, Turner, llevo días odiándome yo bastante mejor de lo que podrías hacerlo tú —le aclaro antes de volver a besarla, pero esta vez lo hago más despacio.
Después, la tumbo sobre la cama sin dejar de besarla y noto cómo sus dedos suben hasta mi nuca, me agarran con fuerza, me acercan más a ella y me arranca una exhalación. Justo después, recorro su muslo por encima de su vestido con mi mano y noto cómo su respiración se altera.
Me encanta esta sensación de ya no tener prisa, ni ansiedad, ni ninguna necesidad de demostrar nada, porque ahora solo estamos ella y yo, y todo lo demás no importa.
—Todavía puedes decirme que pare —le susurro separándome un poco de ella y apoyando la frente en la suya.
—Si te digo que pares ahora mismo, Somerset, probablemente me odiaría bastante durante semanas —me responde mirándome fijamente.
La risa se me escapa sin poder evitarlo.
—Eso me parece una amenaza bastante seria.
—Lo es.
Beso la comisura de su boca y después bajo por su cuello despacio, disfrutando de cómo se le eriza la piel bajo mis labios, de cómo sus dedos me buscan sin esconder lo mucho que me está sintiendo y, sobre todo, de cómo por primera vez no está conteniendo nada.
Le subo el vestido centímetro a centímetro mientras la miro, porque no quiero perderme nada del espectáculo que es esta mujer.
Ella me sostiene la mirada mientras beso la parte interna de sus muslos.
—Brock... —susurra con la respiración entrecortada.
Su forma de decir mi nombre casi me deja sin aire.
—¿Qué? —musito, levantando la mirada hacia ella.
Traga saliva antes de responder.
—No desaparezcas otra vez.
La frase me atraviesa de una forma bastante poco elegante y, durante un momento, dejo de moverme para subir poco después hasta quedar otra vez sobre ella y le sujeto la cara entre mis manos.
—Escúchame bien —. La miro directamente a los ojos—. He hecho muchas cosas mal contigo. Probablemente demasiadas. Pero volver a alejarme ahora... —Niego despacio con la cabeza—. Eso sí que no pienso hacerlo.
Cuando acabo de hablar, me besa con hambre y con una intensidad que me hace perder el poco control que todavía estaba fingiendo conservar.
Me incorporo y tiro de mi camisa hasta quitármela mientras ella me observa desde la cama.
Me acerco otra vez, abro lentamente la cremallera de su vestido y dejo que la tela caiga despacio por sus hombros, después por sus brazos y su cintura, hasta dejarla tumbada frente a mí y conseguir que durante un momento olvide hasta cómo respirar.
Amara arquea una ceja.
—No pongas esa cara —le susurro antes de volver a descender por su cuello.
—No te prometo nada —musita.