Capítulo 20
Amara
Dos días después
El café que tengo sobre la mesa lleva frío tanto tiempo que, sinceramente, ya no sé si sigo bebiéndomelo por necesidad o por puro orgullo.
La taza está a mi derecha, junto al portátil, y, a su lado, una carpeta de auditorías internas y una libreta llena de anotaciones que hace unas horas parecían importantes y que ahora mismo podría lanzar por la ventana sin que cambiara absolutamente nada.
Son más de las ocho de la tarde, la planta de Hammond & Rowe está prácticamente vacía y, si alguien me viera desde fuera, probablemente pensaría que sigo haciendo lo que llevo años haciendo bastante bien: trabajar hasta tarde, revisar documentos con gesto imperturbable y fingir que mi vida emocional no existe cuando algo amenaza con complicarla.
El problema es que hoy ni siquiera yo me creo esa interpretación.
Llevo cuarenta y siete minutos leyendo el mismo informe de accesos internos y todavía no he pasado de la segunda página.
No porque el documento sea complicado, sino porque cada vez que intento concentrarme, mi cabeza vuelve exactamente al mismo lugar: al Soho con la calle mojada y con Brock frente a mí, quien, por primera vez desde que lo conozco, pareció más interesado en entender lo que había roto que en convencerme de que todavía podía arreglarlo.
Lanzo un suspiro y cierro el portátil con fuerza.
El golpe resuena en el despacho vacío y, durante un instante, me quedo mirándolo con la sensación de que estoy perdiendo tiempo fingiendo que tengo el control de algo…
Después cojo mi móvil y en cuanto la pantalla se enciende.
.. me odio un poco porque no hay mensajes, ni llamadas, ni una provocación de mierda, ni una frase con doble intención y, por supuesto, tampoco hay ni rastro de Brock Somerset en ninguna parte.
Aprieto el móvil entre los dedos y vuelvo a dejarlo boca abajo sobre la mesa.
—Enhorabuena, Turner. Has conseguido enfadarte, porque un hombre te respeta y te deja espacio —resoplo y cinco segundos después vuelvo a coger el teléfono.
Sigo sin tener mensajes y, sinceramente, eso me toca mucho las narices, porque sé que si Brock hubiera insistido, o hubiera aparecido en mi despacho con una sonrisa, probablemente lo habría mandado a la mierda antes de que abriera la boca.
Lanzo un suspiro y me pongo de pie antes de seguir pensando tonterías.
Cojo la taza con lo que queda de mi café frío y salgo del despacho con la intención de buscar otro café, aunque a estas alturas tengo bastante claro que mi problema no es la falta de cafeína.
El pasillo está casi desierto. Solo se escucha el eco de mis tacones y el zumbido lejano del sistema de ventilación mientras avanzo hacia la pequeña zona de descanso del final del ala ejecutiva.
Cuando estoy a punto de doblar la esquina, me detengo porque veo a Theo Ashford apoyado contra la pared con una mano en el bolsillo y la mirada fija en mí.
Lo observo durante unos segundos sin decir nada y lo primero que noto no es su presencia sino su incomodidad.
No me sonríe, porque parece tenso y no hay ni rastro de su superioridad, con la que suele intervenir en cualquier conversación como si el resto del mundo estuviera perdiendo el tiempo intentando llegar a su altísimo nivel.
Hoy, en cambio, parece muy tenso y casi preocupado.
—Trabajas demasiado —comenta al verme acercarme hasta donde está.
Levanto una ceja y dejo la taza sobre la encimera.
—Curioso. Siempre consigues estar en el sitio exacto donde menos ganas tengo de encontrarte.
Se le tensa la mandíbula lo suficiente para que lo vea.
—Estás removiendo cosas que no te conviene entender —dice mientras se incorpora despacio y se cruza de brazos.
Lo observo en silencio unos segundos más, aunque no es su frase lo que me llama la atención sino el tono con el que la ha dicho, porque suena molesto y un poco nervioso.
—¿Eso era una advertencia? —pregunto sin apartar la vista de él.
—Llámalo experiencia —me responde sosteniéndome la mirada.
—Prefiero llamarlo miedo —le contesto inclinando levemente la cabeza.
Al escuchar lo que acabo de decirle, su expresión cambia.
—Somerset debería haber dejado esto donde estaba —suelta clavando su mirada en la mía.
Noto cómo algo se me tensa en medio del pecho, porque no necesito preguntarle a qué se refiere, porque lo he entendido. Brock no ha parado. Ha seguido moviéndose con
lo que pasó aquella noche, para saber la verdad.
—Todavía estás a tiempo de no meterte donde no te llaman —añade sosteniéndome la mirada unos segundos más antes de marcharse.
Lo veo alejarse por el pasillo y, por primera vez desde la cena, la duda deja de estar en Brock y empieza a estar en mí.
—Turner —escucho a mi espalda y la voz grave de Max Hammond me obliga a girarme.
Está al fondo del pasillo, con una carpeta bajo el brazo y la misma expresión imposible de descifrar de siempre.
—A mi despacho. Ahora.
Unos minutos después estoy sentada frente a él, que nunca pierde el tiempo con introducciones, ni en suavizar conversaciones incómodas, por lo que no me pregunta cómo estoy y simplemente se limita a dejar una carpeta frente a mí sobre la mesa de su despacho.
—Ábrela —me ordena.
Lo hago y en cuanto empiezo a leer el documento que contiene... noto cómo mi respiración cambia. Frente a mí tengo registros, autorizaciones, reservas internas, accesos, firmas… y, al final, una declaración firmada por Brock.
Leo el nombre varias veces y me quedo completamente quieta, porque Brock no lo ha dejado como un documento anónimo, ni ha protegido su nombre, ni ha protegido su posición.
Simplemente lo ha firmado consciente de que, si esto explota, puede perder contratos, influencia y probablemente una parte bastante importante del lugar que ocupa dentro de este círculo.
Levanto la vista hacia Max.
—¿Por qué me enseñas esto?
Hammond me sostiene la mirada antes de responder.
—Porque si vas a tomar una decisión sobre Somerset... hazlo sabiendo quién es cuando nadie lo está mirando.
Y, sinceramente... eso es lo que me rompe.
Quince minutos después estoy dentro de un taxi cruzando Manhattan mientras la lluvia empieza a mojar las calles de la ciudad.
La verdad es que no pienso en el hotel, ni en el sexo que tuvimos, ni en cómo me besó, solo pienso en que Brock no me pidió que creyera en él.
Simplemente empezó a comportarse como alguien digno de que pudiera hacerlo y, aunque no me guste reconocerlo, eso me obliga a hacerme preguntas que llevaba días evitando.
Porque ahora el problema ya no es él, sino yo.
Cuando la puerta del ático se abre y Brock aparece delante de mí, durante unos segundos tengo la extraña sensación de que estoy viendo a un hombre que todavía no conocía.
Está descalzo con la camisa remangada, sin corbata, un poco despeinado y una expresión de agotamiento real en la cara, que nunca le había visto.
Brock se queda quieto al verme. No sonríe, ni intenta tocarme, ni besarme, solo me mira.
—No esperaba verte —reconoce.
—Empiezo a acostumbrarme a que últimamente no seas tan listo como creías —le respondo inclinando levemente la cabeza hacia un lado.
Al escucharme, una mueca leve de sonrisa se dibuja en sus labios. Echa un paso hacia atrás y abre más la puerta para que pase. Entro y cuando llego al salón, veo los documentos esparcidos sobre la mesa y después vuelvo a mirarlo.
—No has parado.
—Te dije que no iba a hacerlo —me responde mirándome a los ojos.
—No. Me dijiste muchas cosas. Pero esto... no —niego despacio con la cabeza.
Durante unos segundos no me responde y baja la vista un instante antes de volver a mirarme.
—Porque si lo hacía para que tú lo vieras... entonces seguía haciéndolo por mí.
Y ahí... dejo de luchar y camino hacia él despacio sin rabia ni máscaras hasta detenerme justo delante y lo miro sin necesidad de protegerme ya de nada.
—No he venido a perdonarte.
Brock traga saliva, pero no aparta la mirada de mis ojos.
—Lo sé.
Niego muy despacio.
—He venido a descubrir si todavía quiero quedarme.
Esta vez soy yo quien lo besa, porque ya no tengo frente a mí al hombre que consiguió desarmarme, sino al hombre que por fin ha entendido cómo quedarse sin hacerme sentir que tengo que pedir permiso para ocupar un lugar a su lado.
Brock tarda exactamente medio segundo en reaccionar y, sinceramente, eso me afecta mucho más de lo que esperaba.
Porque Brock Somerset, el hombre que lleva semanas sacándome de quicio, el mismo que parece tener siempre una salida para cualquier conversación incómoda, el mismo que es capaz de entrar en una sala llena de socios y salir de ella pareciendo que tiene todo bajo control.
.. ahora mismo está completamente quieto.
No me responde enseguida, ni profundiza el beso, ni me rodea la cintura con sus brazos.
Durante un instante simplemente se queda con la respiración suspendida y la sensación muy poco habitual en él de que alguien acaba de dejarlo sin saber exactamente qué hacer.
Esa imagen... me rompe un poco y soy yo quien se acerca más a él y vuelvo a besarlo, lo que, al fin, le hace reaccionar.
Al fin, sus manos suben despacio hasta mis brazos y se quedan ahí, como si necesitara comprobar que realmente estoy aquí y que no está imaginando todo esto.
Cuando por fin se separa, apenas unos centímetros, noto cómo su respiración me roza la boca.
—Joder... —murmura, con una voz más rota de lo habitual.
—Muy elegante —le respondo arqueando una ceja y, al fin, él sonríe de verdad.
—No me había preparado para esto —reconoce.
—Últimamente parece que no te estás preparando para muchas cosas.
—Últimamente... estoy intentando dejar de hacer las mismas cosas que casi hacen que te pierda.
La frase se queda entre nosotros y, por mucho que intente mantenerme fría, siento cómo algo dentro de mí se altera.
Aparto la vista un segundo y miro a nuestro alrededor con más atención.
Las carpetas siguen abiertas sobre la mesa, hay documentos por el sofá, el portátil está encendido, hay un vaso de whisky intacto sobre la encimera y, de repente, entiendo algo: no estaba esperándome, estaba trabajando de verdad.
Brock sigue mi mirada.
—No pensaba parar esta noche —me explica.
—Ya me he dado cuenta —le respondo y vuelvo a mirarlo.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dice nada, pero esta vez no resulta incómodo, porque, por primera vez, no estamos peleando, ni estamos huyendo y tampoco estamos intentando impresionarnos mutuamente. Estamos... aquí, simplemente.
Brock baja la mirada hacia mi mano, que tengo apoyada sobre su pecho y después vuelve a mirarme a los ojos.
—Amara.
—¿Qué?
Su expresión cambia muy poco, pero lo suficiente.
—Gracias por venir.
Esa frase me llega mucho más hondo de lo que espera y hago lo único que todavía me permite seguir pareciendo yo.
—No te emociones, Somerset. Sigues estando a una estupidez de volver a dormir solo —le suelto mirándolo fijamente.
Brock suelta una pequeña risa y sigue mirándome durante unos segundos después de mi amenaza y, por la forma en que la sonrisa le dura apenas un instante antes de desaparecer, tengo bastante claro que no está pensando en sexo, ni en provocaciones, ni en ninguna de las mil formas en las que habría podido convertir este momento en algo más fácil hace solo una semana.
Ahora mismo, solo parece un hombre que todavía no termina de creerse que estoy aquí.
Aparto la mano de su pecho antes de que mi cuerpo empiece a tomar decisiones que mi cabeza todavía no ha terminado de asimilar y doy un paso atrás, para mirar otra vez el ático con un poco más de atención.
—No has cenado —le digo tras no hallar ni rastro de un plato sucio o cualquier otra señal que me indique que ha comido algo.
Brock tarda un segundo en responder, probablemente porque no esperaba mi pregunta.
—¿Eso es una acusación?
Lo miro.
—No, solo es una observación bastante evidente.
Brock baja la vista hacia uno de los vasos que ha dejado a medias sobre la encimera.
—He estado ocupado —reconoce encogiéndose de hombros.
—Sí. Lo he notado.
Camino hasta la cocina, dejo el bolso sobre una silla y abro la nevera. Brock me observa desde el otro lado.
—No me mires así —le advierto.
—¿Así cómo?
Saco una botella de agua y cierro la puerta.
—Como si estuvieras intentando decidir si esto es real.
Brock no me responde enseguida y cuando lo hace, su voz es mucho más grave de lo habitual.
—Porque todavía no estoy seguro de que lo sea.
Durante un momento, me quedo quieta con la botella de agua entre las manos y lo observo de verdad, probablemente por primera vez desde que he cruzado la puerta de este ático.
Mientras lo hago, entiendo algo que llevo demasiado tiempo evitando admitir: Brock Somerset siempre ha tenido una facilidad insultante para llamar la atención en cualquier sitio, para entrar en una conversación, en una reunión o en una vida ajena y conseguir que todo gire un poco a su alrededor sin que nadie termine de saber cómo lo ha hecho.
Lo que nunca ha sabido hacer, al menos hasta ahora, ha sido quedarse cuando las cosas dejaban de ser fáciles.
Le acerco la botella y él la coge sin apartar los ojos de mí en ningún momento.
—No te acostumbres demasiado —le advierto.
La comisura de su boca se curva un poco en una media sonrisa.
—Creo que llegas un poco tarde para eso.
Aprieto la mandíbula para no sonreír, aunque, sinceramente, no me sale del todo. Después me apoyo contra la encimera y lo observo mientras bebe agua.
Por mucho que me fastidie admitirlo, empiezo a darme cuenta de que este hombre, que hace apenas una semana parecía el origen de todos mis problemas, empieza a parecerse demasiado a alguien de quien quizá no quiero alejarme tan fácilmente.