Capítulo 19
Amara
La puerta del Lumière se cierra a mi espalda y sigo caminando antes de que alguien pueda llamarme, detenerme o, peor todavía, obligarme a admitir que lo que Brock acaba de hacer delante de todos me ha dejado mucho más tocada de lo que pensaba.
Durante unos segundos, me quedo quieta bajo el toldo de la entrada, con el bolso colgado del hombro, el abrigo abierto y el ruido de la ciudad devolviéndome algo parecido a una realidad que no tiene copas caras, confesiones públicas ni hombres demasiado poderosos descubriendo, con años de retraso, que la verdad también tiene consecuencias.
No pido un taxi, tampoco saco el móvil del bolso ni llamo a nadie, para sacarme esto de la cabeza.
Así que hago lo único que ahora mismo me sale de forma natural: seguir caminando.
Mis tacones suenan sobre la acera húmeda con decisión, mientras doblo la primera esquina, paso junto a una pareja que discute en voz baja al lado de un coche negro y esquivo a un grupo de gente que sale riéndose de un bar.
Sigo avanzando y lanzo un suspiro, porque, sinceramente, me gustaría odiar a Brock Somerset.
Sería más sencillo, más práctico y bastante menos incómodo que todo esto.
Sin duda, después de lo que ha sucedido esta noche, odiarlo debería ser lo lógico.
El problema es que lo que Brock ha hecho en esa mesa no ha sonado a estrategia, ni a disculpa preparada, ni a uno de esos gestos masculinos que pretenden arreglar las cosas sin que le resulte demasiado complicado.
Lo que ha hecho esta noche ha sonado a verdad y, por desgracia, la verdad cuando llega tarde no suele arreglar nada…
pero sí tiene la desagradable costumbre de cambiarlo todo.
Aprieto el bolso contra el costado y sigo caminando, más deprisa de lo necesario, porque si me detengo ahora quizá tenga que admitir que no he salido del Lumière para huir de él, sino para respirar antes de decidir qué hacer con todo lo que acaba de ponerme delante.
Porque no ha intentado seducirme, ni ha bromeado, ni ha suavizado lo ocurrido, ni ha buscado mi mirada, y eso, por algún motivo que me fastidia muchísimo, me ha afectado más que cualquier frase bonita que pudiera haberme dicho en privado.
Ha hecho algo que, sinceramente, no esperaba de él.
Se ha puesto delante de todo el grupo, ha reconocido lo que hizo sin buscar excusas y, por primera vez desde que lo conozco, no ha dado la sensación de estar intentando impresionarme, ni recuperarme ni salir bien parado.
Lo único que parecía importarle esta noche era reconocer, delante de todos, dónde se equivocó conmigo y en qué momento decidió callarse cuando debería haber hablado.
Quizá por eso sigo caminando con la cabeza demasiado aturdida, porque escuchar algo así de Brock Somerset me ha descolocado por completo.
Cuando estoy llegando al siguiente cruce, escucho unos pasos detrás de mí. Sin girarme sé que es él y no porque camine de una forma especial, sino porque mi cuerpo lleva demasiados días reaccionando a él antes de que mi cabeza pueda hacer algo razonable para impedirlo.
Brock no me llama, ni corre para alcanzarme, ni invade mi espacio, solo camina detrás de mí a cierta distancia, pero lo bastante cerca para que sepa que está ahí y lo bastante lejos para dejar claro que no va a tocarme hasta que yo decida si puede acercarse, algo que, sinceramente, me enfada todavía más.
Porque el Brock de hace unos días ya habría abierto la boca.
Habría soltado alguna broma, algún comentario con segundas o algo que me hubiera sacado de quicio y yo lo habría mirado, aunque fuera para mandarlo a la mierda.
Pero ahora sigue callado y se limita a caminar detrás de mí, manteniendo la distancia y dejando que sea yo quien marque el ritmo.
Y, sinceramente, verlo actuar así después de tanto tiempo escondiéndose detrás del humor con una seguridad insultante que le ha hecho salir bien parado de cualquier situación.
.. me pone más nerviosa que si hubiera salido corriendo detrás de mí.
Así que, finalmente, me detengo en la esquina de una calle más tranquila, junto a la fachada de ladrillo de un edificio antiguo y una farola que ilumina lo justo para que pueda verle la cara cuando me vuelva hacia él.
Al girarme, Brock se detiene y le clavo la mirada en los ojos.
Lleva la americana abierta, la corbata algo floja y el gesto más serio que le he visto nunca, quizá porque por primera vez desde que lo conozco no parece estar buscando la frase adecuada para ganar una conversación.
Ahora mismo, solo parece estar esperando a que yo decida si merece la pena tener una.
—Curioso… pensaba que ya me habrías alcanzado hace rato —le digo.
Su boca se mueve un poco, pero no llega a sonreír.
—Estoy intentando aprender.
Su respuesta me impacta y eso me fastidia bastante, porque escuchar a Brock Somerset admitir algo así no encaja con el hombre que llevo semanas intentando entender. Aprieto un poco más el bolso con los dedos, levanto la barbilla y me obligo a mantener la distancia.
—No creas que con una confesión delante de todos y dos frases sinceras vas a arreglar lo que has roto.
Brock mantiene la mirada fija en mí.
—No he venido a pedirte eso.
—Ya era hora que empezaras a entender algo.
Asiente una sola vez y no intenta justificarse, ni cambiar el rumbo de la conversación, ni tampoco trata de convertir nuestra discusión en un juego en el que salga ganador, como hace habitualmente, algo que me descoloca.
—Amara... —empieza a hablar.
—No —le interrumpo con una tranquilidad, que realmente no siento.
Brock se queda quieto al escucharme.
—Ahora hablo yo —le digo con seguridad.
Veo cómo aprieta ligeramente la mandíbula, pero no protesta. Porque si hubiera intentado interrumpirme, me habría resultado mucho más fácil seguir enfadada.
—Cuando me acosté contigo, no me sentí utilizada—le confieso acercándome un paso hacia él y veo cómo algo cambia en su cara—. No salí de aquella habitación pensando que me habías engañado, ni sintiéndome una idiota por haberme dejado llevar con el hombre equivocado.
Brock sigue mirándome sin apartar los ojos de los míos y yo tomo aire antes de continuar.
—Me acosté contigo... y sentí que estabas viendo mucho más de lo que suelo dejar que nadie vea de mí—admito, pero en cuanto esa frase sale de mi boca, me arrepiento, porque es demasiado personal y admitir algo así delante de él me deja mucho más expuesta de lo quiero.
Pero ya la he dicho y no pienso retirarla—.
Durante unas horas pensé que no estabas jugando conmigo y que habías visto en mí todo lo que la gente suele ver en mí cuando les conviene: la mujer eficiente, la que resuelve, la que no se altera, la que puede cargar con información incómoda sin hacer preguntas desagradables… Pensé que tú habías visto algo más.
Brock traga saliva, aunque no dice nada, ni trata de tocarme, solo me escucha en silencio.
—¿Sabes qué fue lo que me destrozó de verdad? —sigo confesándome y doy otro paso hacia él—. Descubrir que el único hombre que había conseguido que bajara la guardia decidió callarse, ocultarme la verdad y tomar decisiones por mí... exactamente igual que han hecho otros antes.
Cierra los ojos durante un instante, pero cuando vuelve a abrirlos tengo la extraña sensación de estar mirando a un hombre distinto.
Ya no queda ni rastro de aquel Brock capaz de hacerme reír en una habitación de hotel cuando todo entre nosotros debería haberse quedado en una mala decisión con fecha de caducidad.
El hombre que tengo delante ahora sigue siendo él, pero hay algo en su forma de mirarme a los ojos, en la tensión de su mandíbula y en la manera en que parece pensarse cada palabra antes de decirla, que me deja claro que esta vez no está jugando a controlar la situación.
Parece cansado, sí, aunque no tiene nada que ver con la falta de sueño, es un cansancio más profundo.
—Tienes razón —reconoce al fin.
Sus palabras me impactan porque no intenta defenderse, ni suavizar lo que acabo de decir, ni buscar una forma elegante de salir de aquí pareciendo menos culpable.
—No necesito que me des la razón.
—No te la estoy dando para que te tranquilices.
—Perfecto, porque no está funcionando.
Durante unos segundos Brock sigue mirándome sin apartar los ojos de los míos.
—Lo tengo claro.
Su respuesta me desconcierta todavía más, porque llevo varios segundos esperando lo contrario: una explicación, una excusa, un matiz.
.. Cualquier cosa que me permita volver a mirarlo de la forma en que lo estaba haciendo hasta hace unos minutos, cuando seguir enfadada con él parecía lo más fácil, lo más lógico y, sobre todo, lo más seguro para mí.
Pero Brock no me lo pone tan sencillo. Además, en lugar de defenderse, se mete las manos en los bolsillos del abrigo, baja la vista hacia la acera y, cuando vuelve a mirarme, hay algo en su expresión que me incomoda.
No parece un hombre preparando una respuesta, sino alguien que, por fin, ha dejado de esconderse detrás de lo que normalmente le funciona.
—No te aparté porque no confiara en ti.
Noto cómo algo se me tensa en mitad del pecho.
—Pues fue exactamente lo que parecía.
Asiente despacio.
—Ya…
Da un paso hacia mí, pero se detiene antes de acercarse demasiado y mantiene la distancia justa, como si esta vez le importara mucho más saber hasta dónde puede llegar que reducir el espacio entre nosotros.
—Te aparté porque, en cuanto empezaste a importarme de verdad, me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo hacer las cosas bien contigo.
No digo nada, porque lo que acaba de reconocer me impacta mucho más adentro de lo que esperaba y, durante unos segundos, necesito ordenar lo que me acaba de provocar antes de que se me note demasiado.