Capítulo 18
Brock
—No pienso volver a fallarle.
Mi frase todavía sigue suspendida en el aire sobre nuestras cabezas cuando escucho un golpe al otro lado de la puerta.
No es fuerte, pero aquí dentro basta para que los tres levantemos la cabeza al mismo tiempo y un instante después, se oye el roce seco de algo cayendo al suelo del pasillo.
Parece que alguien acaba de tirar algo fuera, por lo que no pienso, ni miro a Max, ni espero a que Devon diga nada y abro salgo al pasillo con tanta rapidez que noto cómo una de las carpetas que llevo en la mano me golpea el muslo.
Llego justo a tiempo para ver el ascensor cerrándose al fondo y comprobar que quien está dentro es Amara.
No necesito nada más para entender lo que ha sucedido.
Me da tiempo a ver que tiene la mano apoyada en la pared del ascensor, el bolso colgado del hombro, el abrigo puesto y la mirada fija en mí.
No dice nada, ni me sonríe, ni siquiera se mueve, solo me mira.
Por la forma en que se queda quieta, casi conteniendo el aire durante ese segundo exacto en el que nuestras miradas se cruzan antes de que las puertas metálicas terminen de cerrarse, sé que lo ha oído todo: lo que elegí, lo que callé y lo que estoy intentando arreglar.
Noto cómo mi cuerpo da medio paso hacia delante por puro impulso, pero me detengo, aprieto la mandíbula y me obligo a quedarme donde estoy, porque por fin entiendo que perseguir a Amara no significa estar haciendo lo correcto.
Las puertas terminan de cerrarse delante de mí y Devon aparece a mi espalda unos segundos después.
—Joder.
No le respondo, solo sigo observando el ascensor. Al momento Max aparece detrás de él con las manos en los bolsillos del pantalón y me observa antes de hablar.
—Lo ha oído.
Esta vez sí aparto la vista para responderle.
—Sí.
Devon se cruza de brazos.
—¿Y no vas detrás?
—No —niego con la cabeza mirándole.
Frunce ligeramente el ceño.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—Yo sí —añade Max, que ni siquiera cambia de expresión.
—Ya he corrido detrás de ella cuando lo único que intentaba era sentirme menos culpable —digo apretando un poco más la carpeta entre los dedos mientras los dos me miran—. Esta vez no pienso hacerlo si no tengo algo real que darle.
Durante unos segundos, ninguno de los dos me responde. Devon me observa un momento más antes de negar con la cabeza.
—Joder, Somerset... esta versión tuya me empieza a caer hasta bien.
No le respondo, porque, sinceramente, a mí todavía no.
Cinco horas después, estoy ajustándome los gemelos delante del espejo del baño de mi apartamento, mientras me pregunto en qué momento de mi vida he tomado la decisión de confesar mis errores delante de la única gente que lleva demasiado tiempo viéndome salir bien parado de cualquier desastre.
La respuesta llega rápido a mi cabeza: desde el momento en el que Amara dejó aquella tarjeta sobre la mesa.
Resoplo y me observo los puños de la camisa.
Mi móvil vibra sobre la encimera y me saca de mis pensamientos. Al mirar la pantalla veo que es Dorian quien me llama y descuelgo al leer su nombre.
—Dime.
—Solo te llamo para asegurarme de que no vas a cancelar en el último minuto y dejarme pagando una cuenta obscenamente cara a mí solo.
—No pienso cancelar.
—Perfecto —hace una pausa antes de continuar—. Porque he reservado mesa para ocho y me tocaría bastante las narices descubrir que he pedido varias botellas de un excelente vino francés y no me gustaría que mientras las estamos disfrutando tú estuvieras escondiéndote en tu ático como un cobarde.
Cuelga antes de que pueda contestarle, por lo que al darme cuenta de que iba a hablar solo, resoplo y niego con la cabeza. Después, me pongo la americana y bajo hasta el garaje, donde me espera mi deportivo biplaza de color negro.
El trayecto hasta el Lumière se me pasa más rápido de lo habitual.
Supongo que eso tiene que ver con que llevo toda la tarde dándole vueltas a cómo he conseguido complicarme la vida con una mujer que, hasta hace apenas dos semanas, me parecía alguien con quien compartía reuniones, discutía más de la cuenta para después seguir con mi vida como si nada.
Cuando le doy las llaves de mi coche al aparcacoches del restaurante veo a Devon frente a la puerta con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la expresión seria que suele poner cuando algo no le gusta.
—No sabía que habías llegado tan pronto —le digo acercándome hasta él.
—He llegado hace seis minutos —me responde consultando la hora en su caro reloj de muñeca.
—Para ti llegar seis minutos antes ya es una demostración exagerada de implicación.
Devon niega despacio con la cabeza, pero esta vez no parece tener muchas ganas de seguirme el juego.
—Lo que sigo sin entender es cómo logras hablar con esa calma cuando llevas todo el día con cara de no haber dormido una mierda —me suelta a bocajarro.
Durante unos segundos los dos nos quedamos observando la entrada del Lumière, viendo entrar y salir a gente que probablemente ha venido a cenar y a hablar de cosas bastante menos complicadas que nosotros.
—Todavía puedes largarte. Nadie te obliga a entrar ahí —me advierte al cabo de unos segundos.
Lo miro un momento, después vuelvo la vista hacia el restaurante y aprieto un poco más la mandíbula.
—Eso habría podido hacerlo ayer. Ahora ya no.
Devon me sostiene la mirada durante unos segundos más y, algo raro en él, no hace ninguna broma.
—Bien, pues vamos allá —asiente con la cabeza.
El Lumière está prácticamente lleno cuando entramos. Desde la entrada se mezclan el sonido amortiguado de las conversaciones, el tintineo de las copas y los cubiertos y la música de fondo, que está cuidadosamente elegida para que no moleste, pero que tampoco desaparezca del todo.
La decoración del local combina cristal oscuro, madera pulida y una iluminación calculada al milímetro para que todo parezca exclusivo sin necesidad de que nadie se lo recuerde.
Las mesas están colocadas con la distancia exacta para que cada conversación parezca privada, cada reserva importante y cada cliente tenga la sensación de estar exactamente donde desea.
Al fondo del local, separado del resto con la discreción elegante que tanto le gusta a Dorian cuando organiza algo, nos espera el saloncito privado que ha reservado para esta noche.
Cuando llegamos, Elsie ya está sentada a su lado con una copa en la mano, Max revisa algo en el móvil, Elara habla con Devon y, al otro extremo.
.. Está Amara. Lleva un vestido y el pelo recogido.
Tiene el gesto relajado y ni siquiera me mira cuando me acerco, algo que me afecta más de lo que pensaba.
Cuando me siento, Dorian levanta su copa.
—Perfecto. Ya estamos todos. Reunir a ocho personas emocionalmente desastrosas alrededor de esta mesa es lo que necesitaba esta noche.
Elsie le da un pequeño golpe en el brazo.
—No empieces.
Dorian la mira.
—¿Qué? Solo estoy creando ambiente.
Alistair Hudson está sentado al otro extremo de la mesa, con la espalda apoyada en la silla y una media sonrisa difícil de interpretar mientras hace girar la copa entre sus dedos con una calma que, sinceramente, siempre me ha puesto de mal humor.
Nunca me ha gustado demasiado, ni me gusta la forma en que escucha cuando los demás hablan, ni su manera de observarlo todo sin perder detalle, ni esa sensación de que, incluso cuando permanece callado, siempre sabe bastante más de lo que está dispuesto a decir.
Durante los primeros minutos, la conversación gira alrededor de negocios, de una operación en Londres que parece traerle de cabeza a Max y de una cena benéfica a la que Dorian insiste que ninguno de nosotros debería asistir completamente sobrio si queremos conservar algo de dignidad.
Cualquier otra noche incluso habría participado en la conversación, pero hoy apenas escucho la mitad de lo que dicen, porque toda mi atención sigue yendo una y otra vez hacia Amara.
No ha probado el vino desde que nos hemos sentado.
Además, cada pocos minutos, dobla la servilleta entre los dedos, la recoloca sobre sus piernas, pero poco después, repite exactamente lo mismo.
Tampoco ha mirado una sola vez hacia mi lado de la mesa y eso me afecta más de lo que habría imaginado hace unas semanas.
Mientras tanto, Dorian suelta otra de sus bromas, Elsie sonríe por costumbre, Devon resopla por lo bajo y Elara niega con la cabeza, pero nadie se ríe de verdad.
Así que dejo la copa sobre la mesa y el cristal produce un golpe seco que corta la conversación al instante, por lo que todas las miradas se giran hacia mí.
Me pongo de pie y noto cómo la tensión me sube por el cuello.
Trago saliva con dificultad y durante un momento, tengo que obligarme a no buscar a Amara con la mirada de nuevo.
Me esfuerzo en observar a todo el grupo y empiezo a hablar.
—Aquella noche de la boda en el hotel de Tribeca.
.. Observé algo que no llegue a entender por completo —.
Todos me escuchan con atención sin interrumpirme—.
Vi a Theo cerrar una carpeta con rapidez, a Devon tenso y a Max mirar aquella carpeta y entender, antes que muchos de nosotros, que algo no iba bien.
También lo vi intentar intervenir antes de que aquello se complicara todavía más — Aprieto la mandíbula— y yo me acerqué a esa sala con la intención de intervenir —Veo que Dorian deja la copa sobre la mesa—. Pero entonces apareció Amara.
Por primera vez levanto la vista hacia ella y veo que tiene los ojos clavados en mí y no aparto la mirada.
—La vi descalza, con los tacones en la mano y riéndose de algo que ni siquiera recuerdo.
Cojo aire otra vez.