Capítulo 17 #2
Entro en el ascensor sola y, mientras las puertas se cierran frente a mí, noto cómo mi pulso sigue demasiado acelerado para alguien que, en teoría, solo viene a comprobar una alerta de seguridad.
El trayecto hasta la planta ejecutiva dura apenas unos segundos, pero se me hace bastante más largo de lo normal.
Cuando las puertas metálicas vuelven a abrirse, el pasillo aparece prácticamente vacío frente a mí, iluminado solo por las luces de emergencia y por los reflejos que devuelven los cristales a estas horas de la noche.
Mi despacho sigue cerrado exactamente como lo dejé.
Paso la tarjeta, espero la confirmación verde del lector y entro con la respiración todavía algo acelerada.
Mi mesa está intacta, los archivadores siguen en su sitio y no hay ni un solo detalle fuera de lugar.
En teoría, eso debería tranquilizarme, pero, en la práctica, solo consigue ponerme más en alerta.
Cuando vuelvo a salir al pasillo y veo que, al fondo, las luces de una de las salas de reuniones siguen encendidas y la puerta está entreabierta lo justo para dejar claro que hay alguien dentro.
Empiezo a caminar hacia allí con pasos más lentos, midiendo cada movimiento, hasta que llego al marco, apoyo una mano sobre él antes de asomarme y ahí me quedo completamente quieta.
Porque dentro están Brock Somerset, Max Hammond y Devon Mitchell, reunidos alrededor de una mesa cubierta de grabaciones, registros, cronologías, reservas, firmas y autorizaciones internas que reconozco al instante desde donde estoy.
Ninguno de los tres me ha visto, así que durante unos segundos me limito a observar la escena intentando entender qué demonios está sucediendo, hasta que mi atención se queda fija en Brock.
Lleva la camisa remangada, los nudillos marcados y una expresión que me indica que hace demasiadas horas que está despierto y ya no tiene paciencia para seguir escondiéndose detrás de una sonrisa.
Justo en este instante entiendo que Brock ya no está ocultando lo que pasó aquella noche sino reuniendo cada prueba, registro y documento que podría destrozarlo todo.
Y, por la forma en que sigue revisando documentos sin apartarse de la mesa, tampoco me da la sensación de ser alguien intentando proteger su imagen o salir bien parado.
Parece un hombre dispuesto a remover algo que podría hacer mucho daño…
aunque eso también le acabe arrastrando a él.
Dentro de la sala, Devon deja una carpeta sobre la mesa y la empuja hacia el centro con gesto serio.
—Si sacamos todo esto, puede estallar más de una cosa dentro del grupo.
Brock no aparta la vista de los documentos.
—Lo tengo claro.
Max lo observa durante unos segundos antes de hablar.
—Theo no va a quedarse de brazos cruzados.
Brock levanta la cabeza y, por un momento, me cuesta reconocerlo, porque no encuentro en él la facilidad insultante que siempre ha tenido para salir bien parado de cualquier conversación incómoda. Esta vez solo parece… sincero.
—Ahora mismo me importa bastante poco lo que piense el grupo de mí.
Aprieta una de las carpetas entre los dedos antes de continuar.
—Lo que no pienso volver a hacer… es fallarle otra vez.
Durante un instante, tengo que apoyar más en el marco de la puerta porque mis piernas dejan de parecerme completamente fiables.
Justo en ese momento, siento cómo de repente mi móvil vibra entre mis manos y tengo que sujetarlo mejor para que no se me caiga.
Aprieto el marco de la puerta con tanta fuerza que noto la presión en los dedos, aunque apenas soy consciente de ello, porque toda mi atención está dentro de esa sala y en el hombre que, hace menos de veinticuatro horas, yo estaba convencida de haber entendido perfectamente, aunque, ahora mismo no entiendo absolutamente nada.
Dentro, Devon vuelve a dejar una carpeta sobre la mesa con una expresión bastante menos relajada de la habitual.
—No estamos hablando de una tontería, Brock. Si esto sale de aquí, Theo no va a limitarse a enfadarse. Puede arrastrar a medio grupo con él.
Brock no aparta la vista de los documentos.
—No estoy intentando proteger a Theo.
—Eso ya lo hemos notado —responde Devon.
Max sigue de pie al otro lado de la mesa, con los brazos cruzados.
—El problema no es Theo —dice al fin—. El problema es que, si tiras de este hilo hasta el final, vamos a descubrir cosas que llevan años enterradas.
Brock alza la mirada y durante un momento, al verlo así, con la mandíbula tensa, las mangas subidas hasta los codos y los nudillos marcados, me cuesta reconocer al hombre que me sonrió en aquella habitación del hotel.
Porque este no parece el Brock Somerset que yo conozco, sino alguien cansado de seguir escondiéndose.
—Perfecto —responde apoyando ambas manos sobre la mesa—. Entonces será la primera vez que este grupo deje de actuar como si guardar secretos fuera una forma elegante de protegerse.
Devon deja escapar una carcajada seca.
—Dios, cuando te pones honesto das bastante miedo, Somerset.
Brock ni siquiera reacciona y sigue con la mirada fija en los documentos que tiene frente a él.
—La sala privada estuvo bloqueada diecisiete minutos. Theo no salió en ningún momento. Devon aparece en dos grabaciones, Max en una y yo también. Después desaparecen tres accesos del sistema y alguien intenta cubrirlo usando autorizaciones internas.
—Eso ya lo sabemos —le responde Max sin dejar de mirarlo fijamente.
Brock asiente una sola vez.
—Yo no lo sabía.
La frase se me queda clavada de una forma que no esperaba, probablemente porque, al escucharlo, tengo la sensación de que por primera vez Brock no está intentando justificarse ni encontrar las palabras adecuadas para salir bien parado.
Esta vez, parece un hombre que acaba de entender todo lo que ha perdido por haber reaccionado demasiado tarde.
Mientras intento asimilarlo, Devon baja la vista hacia una de las carpetas abiertas sobre la mesa.
—Hay algo más —empieza a decir.
Brock lo mira.
—Habla.
Devon coge una hoja, la arrastra sobre la mesa para acercársela y golpea el papel con dos dedos.
—El acceso secundario.
Siento cómo se me acelera el pulso, aunque Max sigue igual de quieto y llevo años conociéndolo lo suficiente como para saber que eso, en él, significa exactamente lo contrario.
—Sigue.
Devon exhala despacio.
—La sala no estaba reservada solo por Alistair Hudson.
Durante unos segundos, nadie se mueve, solo Brock baja la vista al documento.
—¿Quién más? —pregunta.
Devon niega con la cabeza.
—Todavía no lo sabemos. El nombre está protegido bajo permisos ejecutivos.
Brock levanta la cabeza de golpe.
—¿Quién tiene acceso a eso?
—Muy poca gente —responde Max—. Demasiado poca.
Siento que algo dentro de mí acaba de cambiar, probablemente porque, hasta este momento, todo esto seguía pareciéndose a una decepción entre Brock y yo, a una historia que se había complicado más de la cuenta y que ahora nos estaba pasando factura de la peor manera.
Pero, mientras sigo escuchándolos desde el otro lado de la puerta, empiezo a entender que lo que ocurrió aquella noche nunca tuvo que ver solo con nosotros ni con lo que pasó entre esas cuatro paredes.
Aquí hay algo más y mucho más grande de lo que había imaginado.
Dentro de la sala, Brock coge otra carpeta, la abre y empieza a revisar varias páginas con una concentración que, sinceramente, no le había visto ni siquiera en la oficina.
—Theo me escribió hace dos horas.
Noto cómo se me corta la respiración.
—¿Qué quería? —quiere saber Max.
—Saber si sigo revisando archivos.
Devon levanta la cabeza.
—Eso no me gusta.
—A mí tampoco —dice Brock dejando la carpeta sobre la mesa—. Por eso no pienso parar ahora.
Max tarda unos segundos en responder.
—¿Esto va por el grupo... o por Amara?
Brock ni siquiera se lo piensa antes de responderle.
—Ahora mismo me importa bastante poco lo que piense el grupo de mí —.
Aprieta la carpeta entre los dedos durante un momento antes de continuar—.
Lo que no puedo seguir haciendo... es saber que le fallé, que elegí callarme cuando debería haber hablado, y quedarme quieto como si con eso no me hubiera cargado nada.
Durante un instante siento que me falta el aire y, justo en ese instante, mi teléfono vuelve a vibrar entre mis dedos y tengo que sujetarlo con ambas manos para que no se me caiga.
Max lo observa durante unos segundos antes de asentir despacio.
—Entonces más te vale terminar lo que has empezado.
Brock le sostiene su mirada.
—No pienso hacerlo a medias.
Devon recoge su vaso de café y niega con la cabeza.
—Joder... esta versión tuya me cae peor.
Max apenas mueve la boca.
—A mí no.
Observo a Brock coger aire antes de volver a bajar la mirada hacia los documentos que tiene delante. No parece más tranquilo, ni más seguro, pero sí da la sensación de que, por fin, ha dejado de buscar una forma de salir bien parado y ha empezado a asumir de verdad lo que hizo.
Sigo quieta al otro lado de la puerta, con la mano apoyada sobre el marco y una presión cada vez más incómoda en medio del pecho, porque hasta hace solo unas horas estaba convencida de que el problema era descubrir si Brock me había mentido.
Ahora el problema es descubrir si todavía soy capaz de creer en él cuando, por primera vez, parece dispuesto a contarme toda la verdad.