Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Amara

Cuando cierro la puerta de mi apartamento, sigo con el abrigo, el portátil bajo el brazo y los tacones, aunque llevo todo el trayecto en taxi deseando arrancármelos y lanzarlos contra la primera pared que encuentre.

Dejo el bolso sobre la consola de la entrada sin mirar siquiera dónde cae y camino hasta el salón con la sensación de que llevo todo el día funcionando por inercia.

No pongo música, ni me quito el abrigo, ni enciendo la televisión, ni entro en la ducha, ni voy a la cocina.

No hago ninguna de esas cosas que suelo hacer cuando necesito recordarme que sigo teniendo el control de algo, porque hoy no me funciona nada.

Lo único que me permito hacer es quitarme los tacones para disfrutar del contacto frío del suelo en la planta de mis pies.

El portátil sigue abierto sobre la mesa de centro, justo donde lo dejé anoche, junto a la libreta, los registros del hotel, las capturas del pasillo del Tribeca Suites, las notas que llevo escribiendo desde hace días y la fotografía ampliada en la que Brock Somerset aparece mirando aquella maldita carpeta justo antes de seguirme a mí.

La misma imagen que he analizado en mi cabeza durante horas y que cada vez se parece menos a una prueba… y más a una decisión.

Me siento en el sofá, abro otra vez el documento de accesos internos y empiezo a leer, pero tras unos minutos me doy cuenta de que no he entendido absolutamente nada y cierro el portátil de golpe.

—Perfecto.

Me pongo de pie otra vez, cojo la libreta y, cuando intento recolocar las hojas sobre la mesa, se me escapan varias páginas de entre los dedos y se me caen al suelo.

Las observo durante unos segundos y después me agacho para recogerlas.

Cuando vuelvo a incorporarme, aprieto tanto el bolígrafo entre los dedos que la mina se parte y me deja una línea de tinta sobre la mano.

—Muy profesional, Turner —me digo tras chasquear la lengua.

Voy hasta la cocina, tiro el bolígrafo a la basura con rabia y me apoyo un segundo sobre la encimera antes de abrir el armario y sacar un vaso.

Lanzo un suspiro, lo lleno de agua y me lo bebo demasiado deprisa, hasta el punto de notar cómo tengo que bajar el ritmo para no atragantarme, aunque tampoco me sirve de gran cosa.

Nada de lo que normalmente me ayuda a recolocar la cabeza me funciona esta noche.

Ni ordenar papeles, ni revisar contratos, ni convertir todo esto en horarios, accesos, documentos y pruebas que pueda analizar con la distancia profesional con la que suelo manejar cualquier problema.

Porque, por primera vez desde que empezó todo este desastre, tengo delante una verdad bastante más difícil de asimilar que cualquier grabación o cualquier informe.

El problema ya no es lo que Brock Somerset hizo aquella noche, sino descubrir hasta qué punto me importa, porque solo eso explica por qué todo esto me está doliendo tanto.

Y, sinceramente, eso me enfurece bastante más que el sexo o la atracción entre nosotros o incluso más que recordar aquella habitación del hotel, sus susurros en mi oído y cómo consiguió que bajara la guardia mucho más de lo que llevaba años permitiéndole a nadie.

Apoyo ambas manos sobre la encimera y bajo la cabeza.

—Ni de coña —susurro.

No pienso convertirme en una de esas mujeres que empiezan a justificar lo que ha hecho un hombre solo porque la química entre ambos haya sido buena, porque una noche se alargara más de la cuenta o porque ahora él parezca arrepentido después de darse cuenta de todo lo que se ha llevado por delante.

No obstante, lo que más me duele de todo esto no es haberme acostado con Somerset, sino haber empezado a confiar en él.

Justo cuando más perdida estoy en mis pensamientos, mi móvil vibra sobre la mesa del salón, aunque no me muevo, pero vuelve a vibrar.

Lanzo un resoplido y regreso al salón con el vaso de agua todavía en la mano.

Me acerco al teléfono y bajo la vista hacia la pantalla y veo que es Theo Ashford.

Al verlo, siento cómo algo se me tensa dentro incluso antes de abrir el mensaje.

Lanzo un suspiro, en un intento de armarme de valor y desbloqueo la pantalla.

Theo:

Tenemos que hablar de aquella noche.

A solas.

Siento cómo el vaso se me resbala ligeramente entre los dedos y parte del agua cae sobre la mesa, mojando una esquina de la libreta, aunque ni siquiera me muevo para limpiarlo.

Leo el mensaje una vez, lo releo otra y hasta una tercera, pero no contesto, ni hago absolutamente nada.

Solo me quedo mirando la pantalla mientras una sensación muy incómoda empieza a crecerme en mitad del pecho, porque una cosa es investigar y otra muy distinta es descubrir que quizá alguien sabe que llevas días removiendo todo lo que pasó aquella noche.

Pero… ¿Por qué Theo? ¿Por qué ahora? ¿Ha visto algo?

¿Ha descubierto que sigo entrando en los registros?

¿Ha hablado con Brock? ¿O simplemente alguien más ha empezado a mover hilos?

Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa, pero no sirve de nada, porque la sensación dentro de mí no desaparece, al contrario, crece aún más, porque tengo la sensación de que esto ya no solo incomoda, sino que puede estar molestando de verdad a alguien.

Me sobresalto cuando mi teléfono vuelve a sonar, pero esta vez es una llamada de Elara.

—Si me llamas para preguntarme cómo estoy, te aviso de que hoy se me ha acabado la paciencia —le advierto y escucho una risa desde el otro lado.

—Tranquila. Yo iba a empezar con algo mucho más importante. Pensaba preguntarte si has cenado algo que no esté en estado líquido.

Miro el vaso de agua vacío.

—He bebido agua.

—Perfecto. A este ritmo, en un par de días igual hasta te permites dormir ocho horas.

A pesar de todo, noto una pequeña presión en la boca, que no llega a ser una sonrisa, pero se le acerca.

—¿Siempre eres así de insoportable? —le pregunto.

—Solo con mujeres brillantes que llevan demasiadas horas encerradas con un portátil y una cara que invita más bien poco a hacer preguntas.

Me dejo caer otra vez en el sofá.

—No tengo tan mala cara…

—Claro.

—¿Entonces por qué parece que estás tan agotada?

Aprieto la mandíbula.

—Theo acaba de escribirme —le suelto a bocajarro.

—Vale. Eso no me gusta —me responde poniéndose seria de repente.

—A mí tampoco.

Bajo la vista hacia el mensaje otra vez.

—Creo que sabe que sigo investigando.

—Puede.

—O puede que alguien más haya descubierto que estoy tocando donde no debería.

Elara tarda unos segundos en responder y cuando lo hace, en su voz no hay ni rastro del humor que tenía hace un instante.

—Amara.

—¿Qué?

—Sé exactamente lo que estás haciendo ahora mismo.

Resoplo.

—No sabes nada.

—Sí lo sé —insiste y hace una pausa antes de continuar—. Estás intentando convertir todo esto en una investigación, porque aceptar lo que de verdad te está pasando te cuesta bastante más que revisar cualquier archivo.

Aprieto el móvil contra la oreja.

—No empieces.

—No estás enfadada porque Brock te mintiera.

Cierro los ojos, porque la conozco demasiado bien y tengo muy claro que no va a parar.

—Estás enfadada porque empezaste a confiar en él antes de descubrirlo.

Abro los ojos de golpe.

—Eso es una simplificación absurda.

—¿Seguro? —inquiere.

—Sí.

—Entonces dime por qué sigues mirando la misma foto una y otra vez.

No le respondo. Porque, sinceramente, ahora mismo me resultaría bastante difícil llevarle la contraria.

—No decidas todavía qué hacer con él.

—¿Y eso por qué? —le pregunto frunciendo el ceño.

—Porque antes tienes que descubrir una cosa.

—¿Cuál?

Se queda un momento en silencio antes de responderme.

—Si calló por cobardía... o porque todavía no sabía cómo confiar en alguien.

Voy a responder, pero antes de poder hacerlo, mi portátil emite un pitido seco que hace que me gire de golpe. Miro la pantalla y, al hacerlo, me quedo helada.

«ALERTA DE SEGURIDAD. Intento de acceso no autorizado.

Usuario: Amara Turner.

Ubicación: Hammond & Rowe Legal Group.

Planta ejecutiva.

Hora actual».

Me pongo de pie tan deprisa que casi tiro la mesa.

—Elara, te llamo luego.

—Amara, ¿qué sucede?

—Han intentado entrar en mis archivos.

Cuelgo sin añadir nada más y, por una vez, ni me permito analizarlo, ni buscar explicaciones, ni sentarme a valorar si estoy reaccionando de forma exagerada.

Simplemente me muevo. Cojo mi bolso, meto el portátil dentro con prisa, agarro las llaves del aparador y vuelvo a ponerme el abrigo y los zapatos como puedo mientras avanzo hacia la puerta.

Unos minutos después estoy sentada en la parte trasera de un taxi cruzando Manhattan con el móvil entre los dedos, mirando las calles pasar al otro lado de la ventanilla y con la certeza cada vez más incómoda instalada en mitad del pecho de que esto hace tiempo que dejó de ser solo una historia entre Brock y yo.

Ahora hay alguien más moviendo piezas… y eso cambia absolutamente todo.

Cuando entro en Hammond & Rowe, el vigilante nocturno levanta la vista al verme.

—Señorita Turner...

No me detengo.

—Luego me saludas —le digo sin pararme ni un momento para hablar con él.