Capítulo 16
Brock
A las cinco y doce de la mañana estoy golpeando un saco de boxeo en el gimnasio privado del edificio con la misma falta de elegancia con la que, según mi padre, suelen reaccionar los hombres que llevan demasiado tiempo creyéndose más inteligentes de lo que realmente son.
No llevo el reloj, ni el móvil, ni escucho música. Solo llevo unos pantalones y una camiseta negra pegada al cuerpo por el sudor. Tengo los nudillos enrojecidos y una cantidad bastante poco saludable de rabia acumulada bajo de la piel.
Golpeo una vez, después otra y una tercera.
Tengo la respiración agitada y noto los brazos agarrotados con cada puñetazo que le doy al saco, que no deja de balancearse frente a mí.
La verdad es que no estoy entrenado, ni tampoco me sirve para descargar adrenalina, lo único que estoy intentando es dejar de pensar, pero no funciona.
Porque cada vez que bajo los brazos y me apoyo sobre las rodillas durante unos segundos para recuperar el aire, vuelve la misma maldita imagen de Amara de pie con los ojos clavados en mí y con la tarjeta del maldito hotel frente a ella encima de la mesa.
Aprieto la mandíbula, doy otro golpe al saco, el cuero cruje y mis nudillos protestan, pero sigo, porque la alternativa es quedarme quieto y pensar en Amara cruzando la acera delante de Hammond & Rowe sin girarse cuando la llamé y eso me hace más daño que cualquier otra cosa.
Golpeo otra vez, pero más fuerte, hasta que noto un pinchazo incómodo en la mano derecha y tengo que parar.
Apoyo la frente sobre el saco durante unos segundos, con el pecho subiendo y bajando demasiado deprisa con la respiración desbocada, el sudor cayéndome por la espalda y algo cada vez más claro: el problema nunca fue acostarme con Amara Turner.
De hecho, eso habría sido lo más sencillo, sexo sin complicaciones que no sería nada más que una mala decisión entre dos adultos con demasiado orgullo y bastante poco sentido común.
Lo que me está destrozando es cuenta de que, cuando por fin apareció una mujer que me importaba… elegí mal.
—Joder —murmuro entre dientes.
No sé cuánto tiempo llevo aquí cuando me obligo a parar.
Quizá cuarenta minutos o más. El gimnasio sigue vacío, lo que honestamente agradezco, porque no tengo ningún interés en que nadie del edificio me vea comportándome como un idiota a estas horas.
Cojo la toalla y me seco la cara y el cuello antes de subir a mi apartamento con el cuerpo agotado y la cabeza igual de llena que cuando bajé.
No llego a quitarme las zapatillas cuando llaman al timbre. Frunzo el ceño, porque que alguien venga a estas horas, o es una emergencia o alguien ha decidido ignorar por completo sus instintos de supervivencia.
Con grandes zancadas atravieso el apartamento y abro la puerta. Frente a mí está Dorian apoyado en el marco con dos cafés en una mano, una bolsa con algo de desayuno en la otra y la expresión de hombre insoportable que solo pone cuando sospecha que tiene razón.
—No estoy para ti —le suelto como saludo atravesándolo con la mirada.
Dorian me mira de arriba abajo, se fija en mi camiseta empapada, en mis nudillos enrojecidos y en la cara que debo llevar y arquea una ceja.
—Ya. Eso me ha quedado bastante claro en cuanto el portero me ha dicho que llevabas una hora en el gimnasio pegándole al saco de boxeo a estas horas de la mañana.
—El portero habla demasiado.
—El portero me cae bien. Tú hoy no.
Pasa a mi lado antes de que pueda mandarlo a la mierda y deja los cafés sobre la isla de la cocina.
—¿Qué quieres?
—Desayunar sin tener que contemplar cómo uno de mis mejores amigos, que presume de controlarlo todo, pierde la cabeza cada vez que algo le importa de verdad.
Cierro la puerta.
—Tu capacidad para sonar útil mientras me insultas sigue siendo sospechosa.
Dorian saca un croissant de la bolsa.
—Tu capacidad para parecer un tío funcional mientras te hundes en la miseria sigue siendo bastante peor.
Lo fulmino con la mirada, pero parece que no le importa lo más mínimo por el mordisco que le da al dulce.
—¿Ducha, café y una excusa de mierda… o prefieres que vayamos al problema directamente? —me pregunta mientras vuelve a mirarme.
Me paso una mano por la nuca.
—No tengo tiempo para esto.
—Perfecto. Entonces dúchate que nos vamos.
Frunzo el ceño.
—¿Perdón?
—He venido a sacarte de aquí antes de que hagas algo todavía más triste que quedarte mirando el móvil como un idiota.
Lo miro unos segundos.
—Vete a la mierda.
Dorian da otro mordisco al cruasán.
—¿Eso no es un no?
Quince minutos después estoy caminando por Central Park con un café en la mano, una gorra que Dorian me ha obligado a ponerme para «no parecer un CEO hundido en la miseria tan temprano» y una paciencia bastante limitada.
Hace frío, hay gente corriendo y otros paseando con sus perros.
En definitiva, gente funcional que seguramente no ha cometido errores lo bastante importantes como para venir a caminar a este parque con su mejor amigo antes de las ocho de la mañana.
—Esto es ridículo —murmuro.
—Puede...
—Entonces, ¿qué coño hago aquí?
Dorian da un sorbo a su café sin mirarme.
—Porque te conozco y ahora mismo tienes la misma cara que pones cuando ya la has cagado… pero todavía te crees que sentirte mal arregla algo.
Aprieto la mandíbula.
—No tienes ni idea.
—No, claro. Solo llevo años viendo cómo conviertes tus cagadas en algo casi admirable antes de que nadie tenga tiempo de mandarte a la mierda.
Sigo caminando.
—Esto no es lo mismo.
—No. Eso es exactamente lo que estoy intentando decirte.
Sigo sin mirarlo, pero se detiene y eso me obliga a parar y a mirarle.
—No la estás perdiendo por acostarte con ella —me suelta sosteniéndome la mirada—. La estás perdiendo porque sigues aquí, sintiéndote como una mierda… en lugar de hacer lo que debías desde el principio.
Durante unos segundos no digo nada, porque el cabrón tiene razón y eso me molesta más que cualquier sermón. Así que bajo la vista hacia el café y vuelvo a caminar. Esta vez Dorian no insiste, porque ya no hace falta que diga nada más.
Cuando mi amigo se aleja unos pasos para atender una llamada, me quedo quieto junto al lago con el café todavía caliente entre las manos y la sensación de que, por primera vez, alguien acaba de decirme una verdad que no puedo disfrazar de orgullo ni de estrategia.
Chasqueo la lengua y miro el móvil por puro reflejo.
La conversación con Amara sigue abierta y con el último mensaje que le envié sin leer.
Aprieto un poco más el vaso de cartón entre los dedos…
demasiado y el borde se hunde y el café caliente cae sobre mi mano.
—Joder —maldigo cuando un poco de café me cae encima y el resto acaba en el suelo.
Miro el desastre durante unos segundos y, sinceramente, me fastidia bastante descubrir que ni siquiera soy capaz de sostener un maldito café sin que se vaya a la mierda esta semana.
Dorian vuelve, observa el vaso aplastado y niega con la cabeza.
—Perfecto. Ya ni disimulas.
No le respondo y tiro el vaso a una papelera. Por primera vez desde que hemos salido del ático, dejo de pensar en lo mal que me siento y empiezo a pensar en lo que tengo que hacer para salir de esto.
Llego a Hammond & Rowe antes de las ocho de la mañana.
No cojo un café, porque ya me he tomado uno con Dorian y beber otro sería demasiada cafeína para la hora que es.
Entro directo hasta mi despacho sin saludar a nadie, pero cuando llego a mi mesa no me pongo a revisar correos, ni a hacer llamadas, sino que voy directo a la sala de archivos.
Cierro la puerta detrás de mí, enciendo la luz y voy directo a lo que busco sin perder un segundo, porque si me permito pensar demasiado, existe una posibilidad bastante real de que mi cabeza intente volver a venderme alguna excusa que ya no estoy dispuesto a comprar.
Empiezo a abrir registros, solicitudes internas, accesos, grabaciones de seguridad, autorizaciones cruzadas y copias del acuerdo de aquella noche, y voy dejándolo todo sobre la mesa con la precisión casi obsesiva con la que llevo años cerrando operaciones millonarias.
Pero, mientras las carpetas se acumulan delante de mí, entiendo que esto no tiene nada que ver con una negociación, ni con una adquisición, ni con ninguno de esos problemas empresariales que siempre he sabido resolver sin que me tiemble el pulso.
Esto ya no se parece a cubrirme las espaldas ni a gestionar una crisis con cara de no pasa nada, sino a dejar de esconderme de una vez, y lo que más me fastidia es que sé perfectamente lo que puede venir después si sigo tirando de este hilo hasta el final.
Porque aquí no solo hay firmas, accesos y grabaciones.
Aquí también están Devon, Theo, Max y un equilibrio que llevamos demasiado manteniendo entre todos, incluso cuando eso significa callarnos cosas que probablemente nunca deberíamos haber dejado pasar.
Aun así, sigo abriendo archivos, ordenando informes y colocando cada documento sobre la mesa con una concentración que no he tenido en días, porque por primera vez desde que Amara Turner se metió en mi vida, tengo algo mucho más incómodo que la culpa golpeándome por dentro: esta vez me importa más ella que seguir haciéndome la vida fácil.
De repente la puerta del archivo se abre a mi espalda y no me hace falta girarme para saber quién es, porque reconozco sus pasos antes incluso de verlo.
Max Hammond entra, recorre la mesa con la mirada, observa las carpetas abiertas, las grabaciones, los accesos y la cantidad de mierda que llevo más de una hora sacando.
Después levanta la vista hasta encontrarse con mis ojos.
—Bonita mañana.
Sigo su mirada y entonces veo la piel levantada de mis nudillos y la sangre seca marcando uno de mis dedos.
—He empezado el día con una terapia poco convencional.
Max ni siquiera pestañea.
—No tienes pinta de ser una persona especialmente interesada en evolucionar.
—No, hoy tampoco.
Me sostiene la mirada durante unos segundos, después se apoya contra uno de los archivadores y se cruza de brazos.
—¿Qué has encontrado?
No le respondo al momento, porque una parte de mí sigue procesando lo ridículo que resulta haber necesitado perder a una mujer para empezar, por fin, a hacer algo útil.
—Registros de acceso del hotel, autorizaciones internas cruzadas y grabaciones de la planta dieciocho. La sala privada donde Theo cerró el acuerdo estuvo bloqueada oficialmente durante diecisiete minutos.
Max hojea las primeras páginas sin cambiar la expresión.
—Eso ya lo sabía.
Aprieto un poco más la mandíbula.
—Yo no.
—Ese siempre ha sido tu problema, Somerset —me dice alzando la mirada hacia mí.
Suelto una carcajada breve, aunque no tiene ni una pizca de humor.
—Hoy estoy especialmente receptivo a tus críticas.
Cierra la carpeta con calma.
—Hoy lo que te pasa es que has entendido que llegaste tarde.
La frase se me clava en el centro del pecho, porque no hay manera elegante de discutirle algo así cuando tiene razón.
Max se acerca a una de las pantallas donde tengo congelado uno de los fotogramas de seguridad, en el que Theo aparece entrando en el pasillo, Devon detrás de él y también se ve mi espalda junto a la puerta de la sala privada.
—Aquí todavía ibas a hacer lo correcto —me indica señalando la imagen con un dedo.
—Sí —le respondo manteniendo la vista fija en la pantalla.
Max pulsa un botón para que avance la imagen y un instante después aparece Amara al fondo del pasillo, con los tacones en la mano y el vestido negro.
—Aquí dejé de pensar —le digo sin apartar la mirada de la pantalla.
Max gira la cabeza hacia mí.
—No —niega con la cabeza—. Aquí empezaste a pensar solo en ti.
Aprieto tanto la mandíbula que noto la tensión subiendo por mi cuello.
—¿Has venido a ayudarme o a terminar de rematarme?
Max se cruza de brazos.
—Si quisiera rematarte, no habría esperado hasta hoy.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.
—Amara ya sabe lo que pasó.
—No —niega despacio con la cabeza—. Amara conoce una parte y, sinceramente, todavía no has llegado a la peor.
—¿Qué significa eso? —pregunto frunciendo el ceño.
Max se acerca a la mesa, aparta una de las carpetas y deja delante de mí un documento que no había visto hasta ahora.
Al instante, reconozco el membrete del hotel y la firma digital.
Lo que no reconozco es el segundo nombre, porque, aunque la reserva sigue asociada a Alistair Hudson, debajo aparece una segunda autorización con acceso ejecutivo a una identidad protegida.
—¿Qué coño es esto?
—La razón por la que aquella noche nunca fue solo una boda —me explica.
Miro el documento otra vez y después lo miro a él de nuevo.
—¿Quién más estaba allí?
Esta vez tarda un poco más en responder.
—Eso todavía no lo sabemos.
Aprieto la carpeta entre los dedos.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Max da un paso hacia mí y algo cambia en su expresión. Hasta ese momento parecía un amigo intentando entender hasta dónde estaba dispuesto a llegar, pero ahora tiene la mirada de alguien que ya sabe lo que va a suceder.
—Tú vas a hacer exactamente lo que debiste hacer aquella noche.
—¿Y eso qué es? —le pregunto sosteniéndole la mirada.
—Dejar de decidir por Amara… y contarle toda la verdad —me responde sin dejar de mirarme a los ojos.
Bajo la vista hacia el documento y después vuelvo a la pantalla, donde la imagen de Amara sigue congelada en mitad de aquel pasillo, justo en el instante en el que yo elegí mal.
Entonces lo entiendo de una vez: sentirme culpable no ha cambiado absolutamente nada.
No ha arreglado lo que hice, ni la ha acercado de nuevo, ni ha hecho que esto deje de dolerme.
Lo único que todavía puede cambiar algo… es decirle la verdad.