Capítulo 15
Amara
Cuando cierro la puerta de mi apartamento, lo primero que hago es quedarme quieta en la entrada, con la mano todavía sobre el pomo y la sensación de que he conseguido llegar hasta casa por pura memoria muscular, porque no recuerdo el trayecto en taxi, ni la cara del portero, ni si he respondido a los mensajes pendientes del grupo de la oficina antes de salir de Hammond & Rowe.
Eso sí, recuerdo a Brock llamándome delante del edificio, la forma en que mi cuerpo quiso detenerse antes de que mi cabeza le obligara a seguir caminando y la presión incómoda en el pecho al cruzar la acera sin girarme, sabiendo perfectamente que me estaba mirando.
Porque, en el fondo, sabía que, si me daba la vuelta, corría el riesgo de encontrar en su cara exactamente aquello que ahora mismo me haría más daño ver.
Suelto un hondo suspiro y dejo las llaves en la bandeja de la entrada antes de ir hacia el salón con el abrigo todavía puesto.
El apartamento está en orden, por supuesto, porque incluso cuando mi vida emocional decide comportarse con la elegancia de un huracán, sigo siendo perfectamente capaz de colocar los cojines en su sitio y dejar los documentos alineados sobre la mesa.
Es una de mis habilidades menos útiles y, aun así, la más constante.
Me quito el abrigo despacio, lo dejo sobre el respaldo de una silla y miro el portátil cerrado sobre la mesa.
No quiero abrirlo y eso ya es preocupante.
Durante años, trabajar ha sido mi manera más eficaz de colocar las cosas donde deben estar.
Un contrato no te mira con ojos color miel, ni un informe te dice que no quería que te hicieran daño, ni una hoja de cálculo decide protegerte ocultándote la verdad y después espera que lo entiendas porque, al parecer, sus intenciones eran menos miserables que sus actos.
Me siento en el sofá sin encender ninguna lámpara y me quito los tacones con movimientos lentos, casi metódicos, aunque eso no consigue que me sienta mejor.
Tengo la cabeza llena de datos, nombres, horas, reservas y accesos, pero nada de eso logra ocupar el lugar que ha tomado una certeza mucho más incómoda: el problema ya no es Brock, sino que Brock me importa.
Esa idea me enfurece tanto que me levanto de inmediato y voy a la cocina a servirme un vaso de agua, porque si me quedo sentada un instante más, quizá empiece a negociar conmigo misma y eso sí sería imperdonable.
Abro un armario, saco un vaso, lo lleno con agua del grifo filtrada y bebo deprisa.
Después, lo dejo sobre la encimera, apoyo las manos sobre ella y bajo la cabeza.
—No —murmuro.
No voy a convertirme en la clase de mujer que empieza a justificar lo que ha hecho un hombre solo porque le importe más de la cuenta.
Ni pienso restarle importancia a lo que hizo Brock, porque últimamente me mire de una forma distinta, ni porque dejara de sonreír cuando le devolví la tarjeta, ni porque, por primera vez, pareciera entender que no estaba perdiendo solo lo que había pasado entre nosotros…
sino algo mucho más importante que ninguno de los dos había tenido el valor de reconocer.
De repente, mi móvil empieza a vibrar sobre la mesa del salón. Durante una fracción de segundo, una parte estúpida de mí piensa que podría ser él, pero no lo es. Es Elara. Cierro los ojos, respiro hondo y contesto antes de que pueda arrepentirme.
—Si vas a preguntarme si estoy bien, te ahorro el trámite.
—No pensaba preguntarte eso —responde al otro lado con calma—. No soy una aficionada.
Camino hasta el salón y me dejo caer en el sofá.
—Entonces ilumíname, Scott.
—Pensaba preguntarte si has cenado, pero me da miedo que me respondas algo ofensivo sobre la eficiencia nutricional del café.
Miro hacia la cocina.
—He bebido agua.
—Qué emocionante. Desde aquí, casi puedo oír a tus órganos aplaudiendo.
A pesar de todo, se me escapa una risa mínima por la nariz y eso me molesta, porque Elara siempre consigue colarse por rendijas que yo creía bien selladas.
—¿Devon te ha mandado a vigilarme?
—Devon tiene instinto de supervivencia. No me manda a hacer nada que implique acercarme a una mujer enfadada sin una autorización por escrito.
—Entonces esto es iniciativa propia.
—Esto es amistad adulta. Es decir, entrometerme en tu vida cuando tú claramente prefieres pudrirte sola en un apartamento precioso.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá.
—No me estoy pudriendo.
—Amara…
Detesto la forma en que dice mi nombre cuando sabe que estoy mintiendo.
—He hecho lo correcto.
—No he dicho lo contrario.
—Le he devuelto la tarjeta —le aclaro.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunto abriendo mucho los ojos.
—Porque he visto la cara que tenías en el baño y porque Brock ha pasado por el pasillo después con la expresión propia de un hombre al que acaban de devolverle uno de sus órganos en una bandeja.
No quiero imaginarlo, aunque lo hago de todos modos y dentro de mi cabeza, puedo ver a Brock caminando por la planta ejecutiva con la tarjeta quizá en el bolsillo, en la mano y con la mandíbula tensa que pone cada vez que deja de esconderse detrás de una broma.
—No quiero hablar de él.
—Perfecto. Hablemos de ti entonces…
—Eso es todavía peor.
Elara no se ríe esta vez.
—No estás enfadada porque te mintiera.
Me quedo quieta y escucho cómo mi amiga respira poco a poco, dándome así un margen suficiente para que la interrumpa, pero no lo hago.
—Estás enfadada porque te importaba antes de descubrirlo.
—Eso es una simplificación bastante molesta —le respondo incorporándome un poco en el sofá.
—Es posible.
—También es imprecisa.
—Lo dudo.
Aprieto el móvil contra la oreja.
—No sabes todo lo que ha pasado.
—No necesito conocer toda la historia para darme cuenta de lo que estás haciendo. Estás intentando analizar lo que sientes como si fuera un problema más que resolver.
La odio un poco, solo un poco, pero lo suficiente como para no responderle de inmediato.
—Me dejó fuera —digo al fin.
—Ya lo sabía.
—No, no lo sabes.
Vuelvo a ponerme en pie y empiezo a caminar por el salón, porque si me quedo quieta demasiado tiempo, corro el riesgo de reconocer cosas que todavía no quiero decir en voz alta.
—No se trata solo de que no me contara lo que vio.
El problema es que me dejó entrar en muchas partes de su vida, en su cama, en sus problemas …
pero, cuando llegó el momento de decirme la verdad entera, decidió que eso podía guardárselo para él.
Estoy harta, Elara. Muy harta de hombres que te dejan acercarte lo justo…
pero siguen creyendo que pueden decidir por ti qué mereces saber y qué no.
Elara no me interrumpe y eso, viniendo de ella, es casi un acto de amor.
—Entonces no lo perdones todavía —me responde.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Parpadeo. Esperaba un consejo, que hiciera un matiz, alguna defensa incómoda de Brock, quizá un recordatorio de que los hombres del grupo son torpes emocionalmente por naturaleza y que, a veces, tardan más de lo recomendable en entender una verdad evidente.
—¿Bien? —le pregunto para asegurarme de que le he escuchado bien.
—Sí. Bien. No tienes que perdonarlo solo porque empiece a sufrir, ni porque tenga cara de cachorro abandonado en una cuneta.
Si de verdad quiere arreglarlo, entonces que deje de hablar y empiece a demostrarlo.
Que deje de darte respuestas a medias, que te cuente la verdad entera y que, por una vez, haga algo que te dé motivos reales para volver a creer en él.
Trago saliva.
—No sé si quiero volver a tenerlo cerca.
—Sí lo sabes —me responde con rotundidad.
—Elara.
—No he dicho que quieras perdonarlo. He dicho que quieres tenerlo cerca. Son cosas distintas y, por desgracia, una bastante más difícil de gestionar que la otra.
—Estás insoportable —le suelto negando con la cabeza.
—Estoy casada con Devon Mitchell. He tenido que desarrollar nuevos niveles de precisión.
Esta vez sí sonrío, aunque mi sonrisa tarda poco en desaparecer de mis labios.
—No voy a llamarlo.
—No lo hagas.
—Ni voy a responder a sus llamadas ni a sus mensajes.
—Perfecto.
—Ni voy a dejar que vuelva aquí con una frase bonita y cara de hombre arrepentido.
—Ni mucho menos.
La facilidad con la que me da la razón empieza a resultarme sospechosa.
—¿Cuál es la trampa?
—La trampa es que ninguna de esas cosas va a impedir que te duela.
Ahí está. La frase que no quería escuchar. Me siento otra vez, pero esta vez en el borde del sofá.
—Ya me duele —lo digo tan bajo que durante un segundo creo que quizá no me ha oído.
Pero Elara me oye, claro que me oye.
—Lo sé —me contesta, pero no dice nada más y agradezco que por primera vez no intente arreglarlo.
Cuando cuelgo, el apartamento me parece distinto. No más vacío, porque nunca he sentido este lugar así, pero sí mucho más incómodo de lo habitual, como si cada rincón me obligara a pensar en cosas que llevo todo el día intentando mantener bajo control.
Vuelvo a la mesa, abro el portátil y entro en la carpeta privada donde he ido guardando todo lo relacionado con la boda.
No lo hago porque quiera seguir investigando a estas horas, sino porque necesito un lugar donde las cosas respondan a una lógica, aunque sea una lógica podrida.
Necesito datos, fechas e imágenes. Algo que no cambie de forma cuando lo miro demasiado.
El chat compartido de la boda sigue abierto en otra pestaña.
Paso las fotos una a una, aunque la mayoría ya las he visto demasiadas veces: copas, vestidos, sonrisas borrosas, Dorian comportándose con una falta de dignidad casi artística, Devon mirando a Elara, Max al fondo de varias escenas y Alistair apareciendo siempre lo justo para que su presencia parezca accidental.
Estoy a punto de cerrar la carpeta cuando veo una imagen que no había abierto en grande.
Amplío la foto y compruebo que la imagen es borrosa, porque probablemente la tomó alguien que intentaba fotografiar a otro grupo y terminó capturando medio pasillo del hotel.
Hay una bandeja de copas en primer plano, el borde de una mesa, una puerta abierta al fondo y una figura masculina junto a ella.
Mi respiración cambia antes de que mi cabeza termine de procesarlo. Es Brock mirando la maldita carpeta.
La fotografía no tiene la claridad del vídeo, pero en cierto modo resulta peor, porque congela el instante exacto que mi cerebro llevaba horas tratando de convertir en una secuencia comprensible.
Ahí está él, de perfil, con la atención fija en la mesa del interior de la sala privada.
La carpeta está abierta bajo la mano de alguien que no aparece entero en el encuadre.
También hay otra figura cerca, quizá Theo o Devon, aunque la imagen no me permite asegurarlo, pero Brock sí se ve con claridad.
Amplío la imagen, aunque al hacerlo pierde calidad y los bordes empiezan a verse peor, pero me da igual.
Sigo mirando la cara de Brock y, esta vez, la tensión en su expresión me deja claro lo que hasta ahora solo sospechaba.
El vídeo me enseñó que acabó marchándose, pero esta foto me confirma que antes de hacerlo, tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba pasando y de pensarlo y decidir.
Me quedo quieta, con la mano suspendida sobre el teclado, mientras noto cómo el dolor me invade antes que la rabia.
Porque, en cuanto cierro los ojos, puedo reconstruirlo dentro de mi cabeza casi sin esfuerzo.
Me veo apareciendo en aquel pasillo con los tacones en una mano.
Lo veo levantar la cabeza al darse cuenta de que estoy allí y mirar hacia mí…
y, en ese instante, elegir seguirme a mí en lugar de volver a mirar hacia esa sala.
No obstante, entender eso me duele mucho más de lo que esperaba.
Me levanto tan deprisa que la silla se mueve hacia atrás y roza el suelo, pero me da igual.
Echo a andar hasta la ventana, doy media vuelta, regreso a la mesa y me siento otra vez, porque necesito hacer algo con las manos antes de que mi cabeza empiece a aceptar lo que acabo de descubrir.
Así que abro la libreta y anoto la hora aproximada de la foto, quién la subió al chat y la zona del pasillo donde fue tomada.
Lo escribo con una calma que no siento, casi como si estuviera revisando un informe más, porque si dejo de convertir esto en datos y en hechos…
voy a tener que reconocer lo que de verdad acaba de romperse dentro de mí y eso no es otra cosa que la última posibilidad de pensar que Brock no tuvo tiempo de reaccionar.
Porque sí lo tuvo y aun así decidió marcharse conmigo.
Me paso una mano por la cara y vuelvo a mirar la pantalla del portátil.
La foto continua ahí, congelada delante de mí, igual que aquella noche sigue atrapada entre lo que todos vieron…
y lo que nadie ha querido decir en voz alta.
Entonces lo entiendo, Brock no provocó lo que pasó, ni organizó esa reunión, ni puso ese documento sobre la mesa, ni empujó a nadie a firmarlo.
Brock no creó el problema, él solo eligió callar.
Y, de todas las maneras que tenía de hacerme daño, eligió precisamente la única que sabía que no iba a perdonar tan fácilmente.
Cierro el portátil y durante unos segundos me quedo mirando mi reflejo en el cristal. No parezco rota y, por algún motivo, eso me molesta. Pero, aunque por fuera nada haya cambiado, por dentro siento que algo acaba de cambiar de una forma que ya no tiene vuelta atrás.
Bajo la mirada hacia la libreta, cojo un bolígrafo y, antes de pensarlo demasiado, escribo una frase: «No me enamoré del hombre equivocado».
Me detengo y trago saliva, porque la palabra «enamoré» me resulta demasiado grande para verla escrita. Durante unos segundos me planteo tacharla, pero no lo hago, porque mentirme a mí misma ahora sería todavía peor.
Respiro hondo y termino la frase: «Me enamoré del hombre que eligió callar».
Me quedo mirando esas palabras durante unos segundos, hasta que la presión en medio de mi pecho se vuelve demasiado real para seguir fingiendo que esto es solo otra decepción más.
—No me enamoré del hombre equivocado —susurro para mí—. Me enamoré del hombre que eligió callar.
Y, por primera vez desde que todo esto empezó, entiendo que esto es una ruptura de verdad, de las que empiezan justo cuando todavía te importa alguien… pero sabes que, esta vez, eso ya no es suficiente.