Capítulo 14
Brock
Hay objetos que parecen insignificantes…
hasta que un día son lo único que consigue hacerte daño.
Una copa vacía puede recordarte una noche que pensabas olvidada.
Un mensaje sin responder puede acabar importándote bastante más de lo que querrías.
Una llave puede abrir una puerta… o dejarte claro que alguien acaba de cerrarla contigo dentro.
Una tarjeta de hotel, por ejemplo, puede empezar siendo una mala idea nacida entre copas, deseo y demasiado poco sentido común…
hasta que una mujer te la devuelve y entiendes que ya no representa una noche impulsiva, sino el momento en el que llegaste tarde.
Entro en mi ático poco después de las siete de la mañana con la chaqueta sobre un hombro, el teléfono en la mano y la cabeza tan saturada, que ni siquiera he puesto música en el coche, algo que, viniendo de mí, debería preocupar a varias personas.
Cruzo la entrada, dejo las llaves y voy hacia el baño con la intención de darme una ducha, cambiarme de ropa y regresar a la oficina antes de que mi cerebro decida seguir recordándome la cara que puso Amara cuando dejó la tarjeta sobre la mesa de su despacho y me miró como si no tuviera ningún interés en seguir creyéndose mis respuestas a medias.
La cojo entre los dedos y, durante unos segundos, me quedo mirándola con una sensación que me aprieta el pecho, porque Amara la guardó durante días.
Podría haberla tirado al salir del hotel, dejarla olvidada en cualquier bolso o no volver a pensar en ella nunca más.
De hecho, eso habría sido lo lógico y fácil, pero se la guardó y, cuando decidió que ya había llegado demasiado lejos conmigo, me la devolvió.
—Fantástico, Somerset —murmuro para mí apretando la tarjeta en una de mis manos—. Treinta y cuatro años, varias empresas, una agenda que da miedo y ahora resulta que una tarjeta de hotel puede dejarte hecho polvo.
No me hace gracia, porque esa es una señal bastante mala. Así que dejo la tarjeta sobre la isla otra vez y me paso una mano por la cara, porque lo que me está destrozando, si soy honesto conmigo mismo, es que Amara ya no está enfadada sino decepcionada. Y
descubrir eso me hace más daño que cualquier discusión.
Son las nueve y media de la mañana y estoy sentado en una sala de reuniones de Hammond
Tenemos que hablar.
Pero lo borro y escribo de nuevo otra cosa
Brock:
No voy a justificarme.
También lo borro y maldigo por lo bajo, hasta que al final escribo lo único que me parece mínimamente honesto.
Brock:
Esta vez quiero contártelo todo.
Pulso enviar y espero. Un minuto, dos, cinco… Nada, ni siquiera lo ha leído y, por supuesto, tampoco me ha respondido y, por suerte, tampoco me ha bloqueado. Y, sinceramente, no tengo claro cuál de las tres opciones me habría dolido menos.
A las ocho menos cuarto estoy fuera del edificio con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, el cuello de la camisa abierto y una paciencia bastante más escasa de la que suelo tener a estas horas.
Llevo varios minutos apoyado junto a la entrada principal, viendo salir a media plantilla de Hammond & Rowe e intento convencerme de que esperar aquí no es una estupidez monumental, ni una versión especialmente patética de todo lo que siempre he criticado en otros hombres.
Primero veo salir a los socios, después a los asociados, las secretarias, gente del equipo jurídico, asistentes con prisas y ejecutivos hablando por teléfono como si el mundo pudiera venirse abajo antes de que llegaran al metro.
La gente sigue pasando delante de mí y, cuanto más tiempo llevo aquí, más claro tengo que Amara ya debería haber salido hace rato.
Eso me obliga a pensar en posibilidades que no mejoran precisamente mi humor como que haya usado otra salida para no cruzarse conmigo…
o que me haya visto antes de salir y haya decidido, sencillamente, que no merezco ni cinco segundos de su tiempo.
Estoy a punto de asumir que una de las dos opciones es la correcta y marcharme cuando la veo bajar por las escaleras de la entrada principal con sus tacones, el abrigo oscuro ajustado al cuerpo y caminando con decisión.
Siento un nudo de nervios en medio del pecho, incluso antes de pensar.
—Amara —la llamo al verla.
Ella me escucha. Lo sé porque, durante apenas un instante, cambia ligeramente el ritmo de sus pasos al bajar el último escalón.
Pero no se gira, ni siquiera mira por encima del hombro.
Cruza la acera y sigue caminando con la misma seguridad de siempre, como si yo ya no formara parte de nada que merezca su atención.
Y, sinceramente, eso me hace bastante más daño que cualquier discusión que pudiéramos haber tenido.
Empiezo a seguirla por puro impulso, antes de detenerme en mitad de la acera con la certeza de que, si quiero recuperarla, no puedo seguir corriendo detrás de ella como si el problema fuera la distancia entre los dos, porque la distancia nunca ha sido el problema.
El problema empezó en el momento en que Amara estuvo lo bastante cerca para confiar en mí… y fui yo quien decidió que todavía no merecía saberlo todo.