Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Amara

La ventaja de trabajar en un sitio como Hammond & Rowe Legal Group es que nadie espera que sonrías por la mañana.

La desventaja es que, si llevas mala cara, todo el mundo asume que alguien ha perdido millones, una demanda importante o el control de una negociación internacional.

Nadie imagina que una mujer puede entrar en la planta ejecutiva con mala cara, pero con un traje impecable, un café en la mano y una libreta llena de datos importantes…

simplemente porque ha dormido cuatro horas pensando en un hombre al que no quiere perdonar.

Entro en mi despacho a las siete y veinticinco de la mañana, dejo el bolso sobre la silla y cierro la puerta con una calma que, vista desde fuera, probablemente parece admirable.

Por dentro, en cambio, se parece bastante más a estar haciendo un esfuerzo ridículo por mantener todo en su sitio cuando lo único que tengo son preguntas.

Mi mesa sigue exactamente igual que la dejé anoche con los documentos en una pila, la línea temporal en mi libreta y los nombres de Theo, Devon, Max, Alistair y Brock uno debajo de otro. Bajo la mirada hasta el último y noto cómo se me tensa la mandíbula antes incluso de darme cuenta.

Porque mientras observo su nombre, vuelve esa sensación que creía tener bastante controlada y que me provocan los hombres que no dudan en buscarme cuando necesitan que les solucione un problema, pero que, cuando llega el momento de contar toda la verdad, siguen creyendo que pueden decidir por mí lo que necesito saber… y lo qué no.

Aprieto el bolígrafo entre los dedos.

—Ni de coña —murmuro para mí.

No voy a volver a eso después de lo que me ha costado salir.

Mi teléfono vibra sobre la mesa con una notificación interna del sistema avisándome de que esta mañana tengo una reunión reprogramada con un cliente internacional, dos correos prioritarios que responder y una videollamada con Londres a última hora.

Perfecto, porque lo que necesito es trabajar y mantener la cabeza ocupada.

Paso casi dos horas enterrada entre contratos, revisiones y llamadas que normalmente me ayudarían a poner mi cabeza en orden, aunque hoy no me funcionan igual.

Porque cada vez que levanto la vista y miro a través del cristal de mi despacho, una parte de mí espera verlo pasar por delante, pero él no aparece y no sé si eso me alivia o me cabrea más.

A las diez menos cuarto me levanto de mi mesa y voy hacia el archivo central con la intención de revisar los registros de seguridad antes de que vuelvan a cerrar los permisos.

Aunque no doy ni veinte pasos cuando veo a Max Hammond al final del pasillo, apoyado junto al ventanal con una tableta en una mano y una expresión en la cara propia de quien parece estar procesando seis problemas a la vez.

«Perfecto… Justo la conversación que me apetece tener ahora mismo», me digo para mí y chasqueo la lengua mientras sigo caminando hacia él sin reducir el paso.

—Necesito hablar contigo.

Max levanta la vista y me mira con gesto serio.

—Eso no suele acabar bien para nadie.

—Hoy no me preocupa nadie más —le respondo encogiéndome de hombros.

Guarda la tableta bajo el brazo y me observa durante unos segundos con una calma que, sinceramente, empieza a resultarme sospechosa en todos los hombres de este edificio.

—Habla.

—Quiero saber qué pasó aquella noche —le suelto directamente.

—¿Qué noche? —me pregunta arqueando una ceja.

—La de la boda.

—Eso es bastante amplio.

—Entonces vamos a hacerlo fácil —añado y me acerco un poco más a él—. Brock estaba allí.

—Sí —afirma sin que le cambie el gesto.

—Vio la carpeta.

—Sí.

—Sabía que algo no cuadraba.

—Sí.

Aprieto la mandíbula.

—Y no hizo nada —añado.

Esta vez Max tarda un poco más en responderme, supongo que porque está pensando cuánto debe contarme y eso me toca especialmente los ovarios.

—No —corrige al fin—. Brock no provocó lo que pasó.

—Pero…

Max sostiene mi mirada.

—Pero fue el primero que pudo pararlo —reconoce al fin.

Su respuesta me cabrea casi tanto como la certeza de que ya sabía la respuesta antes de preguntárselo.

—¿Y por qué se calló? —le pregunto, aunque Max no me responde enseguida, primero deja la tableta sobre una mesa y se cruza de brazos.

—Eso deberías preguntárselo a él, ¿no crees?

—Te lo estoy preguntando a ti —le contesto mirándole directamente a los ojos.

—Y yo te estoy diciendo la verdad. —Inclina un poco la cabeza—. Brock cometió muchos errores esa noche, pero mentirte no fue uno de ellos.

Frunzo el ceño.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo tendrá cuando él deje de decidir por ti.

Su respuesta me impacta, pero no le respondo, porque, por una vez, no tengo claro si quiero seguir escuchándole.

—Amara —me llama y cambiándose la tableta de mano.

Levanto la vista y la fijo en sus ojos.

—Si vas a seguir tirando del hilo… asegúrate de querer saber lo que hay al otro lado —me advierte antes de marcharse sin esperar a que le responda.

Una hora después regreso a mi despacho con demasiadas cosas rondándome la cabeza y una calma que me preocupa.

Porque, a estas alturas, ya me conozco bastante bien y eso casi siempre significa una de dos: o que estoy a punto de tomar una decisión muy buena…

o de hacer algo que me va a joder más de lo que parece.

Mientras estoy revisando un contrato noto una sombra al otro lado del cristal y al alzar la mirada veo que es Brock con su habitual traje oscuro, la mandíbula tensa, las manos en los bolsillos y mirándome de una manera que hace cuarenta y ocho horas me habría hecho olvidar hasta cómo me llamo, pero que ahora me recuerda exactamente por qué necesito mantener la distancia con él.

—¿Puedo entrar? —me pregunta después de entreabrir a la puerta.

Le sostengo la mirada durante unos segundos y después cierro la carpeta que tengo delante.

—Ya estás aquí —le digo alzando una ceja.

Entra y cierra la puerta detrás de él. Lo primero que me llama la atención es que, por una vez desde que lo conozco, no trae la media sonrisa que suele usar para salir airoso de cualquier situación incómoda. En teoría, eso debería ponérmelo más fácil, pero no lo hace.

—Tenemos que hablar —empieza.

—No.

Frunce ligeramente el ceño al escucharme.

—¿No?

Me apoyo en el respaldo de la silla.

—Eres tú el que necesita hablar.

—Amara, lo de aquella noche... —dice dando un paso hacia mi mesa.

—No me interesa otra versión de lo mismo —le suelto con más tranquilidad de lo que esperaba y, por lo que veo en su cara, eso lo descoloca bastante.

—No estoy intentando venderte nada.

—Entonces empieza por la parte que omitiste.

—Lo estoy intentando —me responde y tensa la mandíbula.

Me carcajeo, aunque sin demasiado humor.

—Ese ha sido exactamente tu problema desde el principio.

Brock baja la mirada un instante, pero cuando vuelve a levantarla, parece más cansado que arrogante y eso me afecta.

—No quería que te hicieran daño.

Cierro la carpeta despacio y lo miro directamente.

—No me acosté contigo porque me manipularas. Eso puedo asumirlo.

Al escuchar lo que acabo de decirle le cambia la expresión. Me pongo de pie, me acerco hasta donde está y le suelto la verdad que llevo demasiado tiempo tragándome.

—Lo que no pienso volver a aceptar… es que me traten como alguien que no merece saberlo todo.

Brock se queda completamente quieto y mirándome.

Por primera vez desde que lo conozco, tengo la sensación de que acaba de entender algo mucho más importante que perder una discusión.

Pero no voy a ser yo quien recule ahora, así que abro el cajón de mi mesa y saco una tarjeta magnética que pongo sobre la mesa.

Es la tarjeta de la habitación del hotel de Tribeca, la misma con la que abrió la puerta la noche que empezó todo.

Brock baja la mirada hacia la tarjeta y, por la forma en que cambia su expresión, sé que la reconoce al instante.

—Creo que ya no la voy a necesitar.

Sostengo su mirada unos segundos más y tengo la sensación de que le he dejado sin palabras.

No me muevo, aunque tampoco lo hace él, hasta que, finalmente, baja la mirada, coge aire, da un paso atrás y se gira hacia la puerta.

Justo en ese momento, entiendo algo que me molesta más de lo que debería: no guardé esa tarjeta por casualidad.

La puerta se cierra detrás de Brock Somerset y durante unos segundos sigo de pie junto a mi escritorio, con la mano todavía apoyada en el borde de la mesa y la absurda sensación de que, si me muevo deprisa, algo dentro de mí va a romperse de una forma bastante menos elegante de lo que me gustaría.

Así que ni me siento, ni recojo la tarjeta.

No hago nada, simplemente me quedo donde estoy observando la puerta cerrada del despacho con la respiración agitada.

—Perfecto —murmuro para mí, aunque mi voz no suena tan convencida como me gustaría—. Me he comportado de manera muy adulta, funcional y brillante.

Nunca me funciona cuando me hablo con sarcasmo después de hacer algo que, en el fondo, me ha costado mucho.

Así que me obligo a moverme y recojo la libreta, cierro la carpeta y me siento con la intención de seguir trabajando, porque tengo demasiados contratos pendientes, llamadas por hacer y una lista de correos que no va a responderse sola.

Pero cuando abro el portátil y empiezo a leer el primer correo, me doy cuenta de que no tengo ni idea de qué acabo de leer y cierro la pantalla de golpe.

—Fenomenal —chasqueo la lengua y me vuelvo a levantar otra vez.

Cojo mi botella de la mesa y salgo del despacho antes de que mi cerebro decida seguir pensando en el gesto que ha puesto Brock cuando ha visto la tarjeta del hotel sobre la mesa.

Voy hacia el baño del pasillo, dejo la botella sobre la encimera de mármol y apoyo ambas manos a los lados del lavabo mientras observo mi reflejo.

Tengo el pelo impecable y el maquillaje intacto.

Supongo que esta es la imagen que tranquiliza a los hombres que creen que una mujer tiene todo bajo control simplemente porque no está llorando.

—Idiotas —murmuro y suelto una risa seca, aunque ni siquiera tengo claro si hablo de ellos… o de mí.

Porque, si soy sincera, lo que más me incomoda no es haberle devuelto la tarjeta, sino haberla guardado durante días en un cajón sin tirarla ni devolvérsela y, sobre todo, sin querer admitir por qué seguía ahí.

Cierro los ojos un instante y la imagen de la habitación del hotel vuelve otra vez a mi cabeza. Recuerdo a Brock mirándome antes de acercarse a mí y la ridícula sensación de estar cayendo en un error que, por alguna razón, me apetecía cometer.

—No —murmuro abriendo los ojos.

No voy a romantizarlo ahora. No pienso convertir una mala decisión en una historia bonita solo porque me cueste admitir que, durante unas horas, con Brock, me sentí de una forma que no esperaba.

El problema es que sabía exactamente cómo iba a reaccionar yo si descubría lo que había visto… y aun así eligió dejarme fuera. Eso lo empeora todo.

La puerta del baño se abre y al levantar la vista veo a Elara entrando con un café en una mano. Al verme, se me queda mirando un momento antes de decir nada.

—Vale —asiente entrando del todo—. Esa cara no es por un cliente complicado.

Cojo mi botella de agua.

—Qué observadora.

Elara deja el café sobre la encimera y se cruza de brazos.

—¿Qué has hecho?

Doy un trago de agua despacio, porque necesito ganar dos segundos.

—Lo correcto.

Elara me observa un instante y después niega con la cabeza.

—No te he preguntado eso.

Aprieto un poco más la botella entre los dedos.

—Le he devuelto algo que ya no necesito.

—Eso suena bastante dramático para alguien que asegura no tener problemas emocionales.

—No tengo problemas emocionales —le respondo mirándola.

Elara arquea una ceja.

—Claro. Solo guardas recuerdos en cajones y luego te convences de que alejarte es lo más inteligente.

La fulmino con la mirada.

—¿Devon te paga por ser insoportable o eso te sale natural?

Por primera vez sonríe un poco.

—Eso me sale gratis.

Bajo la vista hacia mi botella durante unos segundos y luego vuelvo a mirarla antes de hablar.

—Lo que me molesta no es haberme acostado con él, sino haber creído que conmigo iba a ser diferente.

—Amara... —Su gesto cambia lo justo para que me arrepienta de haberlo dicho.

—No. —Niego con la cabeza—. No quiero consuelo, ni frases bonitas, ni que me digas que quizá estaba intentando protegerme.

Lanzo un suspiro y doy un trago al botellín en un intento de tranquilizarme.

—Estoy cansada de hombres que creen que me protegen decidiendo por mí.

Me sostiene la mirada y se acerca hasta donde estoy.

—Entonces deja de fijarte en lo que dice… y céntrate en lo que haga a partir de ahora.

No le respondo, porque una parte de mí sabe que tiene razón.

Vuelvo a mi despacho diez minutos después con la cabeza algo más fría y la intención bastante clara de dejar a Brock fuera de mi vida, al menos durante las próximas horas.

Me siento a mi mesa, pero no puedo evitar abrir otra vez los registros, la carpeta privada, los accesos del hotel…

Pero entonces encuentro algo que no estaba buscando.

Frunzo el ceño y reviso otra vez el documento.

La reserva está asociada a Alistair Hudson, pero él no la hizo.

Además, hay una segunda autorización para un invitado con identidad oculta tras permisos ejecutivos.

—¿Qué demonios...? —me inclino hacia la pantalla del ordenador.

Todavía no sé quién estaba con Alistair aquella noche. Lo que sí tengo claro ahora es que aquella sala no estaba reservada por casualidad. Respiro hondo al sentir la certeza de que Brock nunca fue el centro del problema, sino la primera pista que seguí.