Capítulo 12
Brock
Hay muchas formas de darte cuenta de que algo empieza a escaparse de tu control.
En mi caso, la señal suele ser bastante sencilla: dejo de disfrutar de cosas que, hasta ahora, siempre me habían funcionado bien como el trabajo, la tensión de una negociación complicada, las noches largas con mujeres que saben perfectamente a lo que vienen cuando aceptan verme, el whisky caro e incluso esa falsa sensación de control que te da observar Manhattan desde treinta plantas de altura mientras el resto de la ciudad sigue corriendo detrás de cosas que tú conseguiste hace años.
Sin embargo, esta noche no me interesa ninguna ellas.
Estoy en mi ático del Upper East Side con la corbata tirada sobre el respaldo de una silla, los tres primeros botones de la camisa desabrochados y el portátil encendido desde hace casi cuarenta minutos sobre la isla de la cocina, aunque ni siquiera he leído la mitad del primer correo Me digo que no me da la gana, pero la verdad es bastante menos elegante.
Sin embargo, la realidad es que llevo casi una hora mirando la pantalla apagada de mi móvil mientras intento convencerme de que lo que pasó anoche en la puerta del apartamento de Amara fue solo una conversación incómoda, una consecuencia más de una cadena de malas decisiones o una tensión mal resuelta entre dos personas con demasiado carácter y muy poco sentido común.
Pero no lo fue, porque lo que sigue dentro de mi cabeza no es el archivo, ni la estantería, ni sus piernas rodeándome la cintura, ni la forma en que me agarró de la corbata aquella noche con una sonrisa que habría puesto nervioso hasta a un juez federal.
Lo que no consigo quitarme de la cabeza y me está tocando las narices es su gesto de decepción cuando entendió que yo sabía más de lo que le había contado.
Mi teléfono vibra sobre la encimera y el sonido rebota por todo el ático.
Bajo la mirada y veo que quien me ha escrito es Vanessa.
Suelto el aire por la nariz, porque ella es la clase de mujer con la que mi vida funcionaba perfectamente antes de que Amara se cruzara en mi camino.
Vanessa no hace preguntas, ni analiza mis contradicciones, ni reconstruye noches sospechosas.
Ella solo aparece, disfruta conmigo entre las sábanas y se marcha sin necesidad de hablar del futuro.
El móvil vuelve a vibrar.
Vanessa:
¿Sigues vivo o
has decidido convertirte
en una persona responsable?
En cualquier otro momento, probablemente ya le habría contestado con alguna tontería y media hora después la tendría llamando a la puerta con una botella de vino y una intención bastante clara. Sin embargo, ahora las cosas son distintas.
Yo:
Hoy no.
Ella tarda tres segundos en responderme.
Vanessa:
Eso sí que da miedo.
No le respondo y dejo mi teléfono boca abajo sobre la encimera con una sensación extraña, porque no recuerdo la última vez que rechacé una buena sesión de sexo sin pensármelo dos veces.
—Fantástico, Somerset —murmuro mientras me paso una mano por la nuca—. Ya no solo tomas malas decisiones. Ahora también desarrollas nuevos principios morales.
Camino hacia el ventanal con una copa vacía en la mano y me quedo observando la ciudad, aunque sin llegar a verla del todo.
No he bebido, eso también debería preocuparme.
Tampoco he trabajado, ni he salido, ni he llamado a nadie.
No he hecho nada de lo que un hombre como yo suele hacer cuando quiere evitar pensar demasiado.
Pero el problema no es que quiera dejar de pensar, sino que sé en quién estoy pensando y no puedo evitarlo.
Apoyo una mano sobre el cristal y cierro los ojos un instante.
No tarda en volver a mi cabeza la boda, la música, la gente riéndose a mi alrededor,
Dorian intentando convencer a alguien de que una corbata podía utilizarse como arma, Elara discutiendo con Devon sin saber todavía que iban a acabar casados, la sala privada, la carpeta y entonces de repente en mi cabeza aparece Theo hablando demasiado deprisa, con el tipo de energía que tienen los hombres que quieren cerrar algo antes de que alguien haga demasiadas preguntas.
Devon está al otro lado de la mesa con la mandíbula tensa, intentando mantener una conversación que, claramente, ya ha dejado de ser cordial.
Max permanece en una esquina, mirando la documentación con la calma inquietante que suele poner cuando empieza a detectar un problema antes que el resto.
Yo estoy junto a la puerta atento a lo que sucede a mi alrededor y entendiendo lo justo para saber que algo no encajaba.
Recuerdo una hoja sobre la mesa, una cláusula, una firma…
Theo insistiendo, Devon dudando, Max cambiando de expresión y yo dando un paso hacia delante.
Tenía claro que iba a preguntar qué demonios estaban firmando y por qué nadie parecía especialmente interesado en leer la parte importante antes de firmar, pero entonces aparece Amara y…
Abro los ojos un instante, pero vuelvo a cerrarlos y el recuerdo continúa.
Amara está en el pasillo descalza y con los tacones colgando de una mano, el vestido negro y mirándome de una manera que consiguió que, por primera vez en toda la noche, dejara de pensar como siempre pienso.
En sus ojos vi algo que me apetecía seguir más que cualquier otra cosa que estuviera sucediendo a mi alrededor y ese fue el verdadero error: elegirla a ella. .. y dejar la carpeta atrás.
Aprieto la mandíbula.
—Joder.
El timbre suena y me saca del recuerdo de golpe.
Frunzo el ceño, porque no espero a nadie.
Cruzo el salón y abro la puerta con la mitad de la paciencia que suelo reservar para visitas no anunciadas.
Encuentro a Dorian apoyado en el marco con una bolsa de comida en una mano y la misma cara de hombre insoportable que suele poner cuando cree que tiene razón, algo que, desgraciadamente, ocurre demasiado a menudo.
—No sé si me alegra más que sigas vivo o que tengas la misma cara que pone la gente cuando por fin desarrolla conciencia.
Lo miro.
—¿Has venido a traerme comida o a hacerme una terapia que no he pedido?
—Ambas cosas. La amistad madura consiste en invadir propiedades privadas con hidratos y opiniones.
Pasa a mi lado antes de que pueda decirle que se largue y deja la bolsa sobre la isla de la cocina.
—¿Cómo has entrado?
—El portero me aprecia.
—El portero tiene un criterio cuestionable.
Dorian me mira un segundo, después dirige la mirada hasta mi copa vacía y tras eso al portátil y a mi móvil boca abajo.
—Madre mía —resopla.
—No empieces.
—No has trabajado.
No le respondo.
—No has bebido.
Sigo callado.
—Y, por tu cara, adivino que tampoco has follado.
Lo fulmino con la mirada.
—Dorian.
Levanta ambas manos.
—Vale, retiro la crudeza... pero mantengo el diagnóstico.
Saca dos cajas de comida tailandesa y se sienta como si estuviera en su propia casa.
—¿Qué quieres?
Me mira mientras abre una caja.
—Aunque la pregunta interesante es otra.
—Sorpréndeme —le digo alzando una ceja.
Dorian clava el tenedor en los noodles, me observa y, por primera vez desde que ha entrado, deja de parecer un payaso.
—El problema no es que te hayas metido con la mujer equivocada.
No digo nada.
—El problema es que, por primera vez en tu vida, te preocupa mucho más no perderla a ella… que ganar la discusión.
La frase me atraviesa porque ha acertado de pleno, además, viniendo de Dorian, suele molestarme más por eso.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —le digo sin dejar de mirarle.
Dorian mastica con tranquilidad.
—Eso sería más convincente si no llevaras toda la noche mirando el móvil sin escribirle.
Mi mandíbula se tensa.
—Vete a la mierda.
—Perfecto. Ya estamos en la parte emocional de la conversación.
Lo observo, pero no le respondo, porque el muy cabrón ha dado exactamente donde más me duele. Después de unos segundos, se pone de pie, recoge su chaqueta y me señala con el tenedor.
—No la pierdas intentando parecer listo.
—¿Has terminado?
—Hace diez años que no sé cuándo parar. Por lo visto, esa es una de mis mejores cualidades.
Dorian se marcha dejando detrás de él el olor de la comida tailandesa, una verdad que no me apetecía escuchar y la incómoda sensación de que, probablemente, el cabrón acaba de entender mi problema mejor que yo.
Cuando la puerta se cierra tras él, el ático vuelve a quedarse en calma.
Dejo el móvil sobre la encimera y me paso una mano por la cara con la esperanza absurda de que el cansancio físico consiga parecerse mínimamente al agotamiento mental, pero no funciona.
Voy hasta el ventanal otra vez y observo la ciudad que sigue funcionando con una indiferencia que siempre me ha gustado, porque Nueva York no se detiene por nadie, ni pregunta cómo estás, ni se preocupa por tus errores.
Si metes la pata, pagas. Si ganas, sigues.
Si pierdes, te apartas y vuelves a intentarlo mañana.
Es simple o, al menos, eso me parecía antes.
Apoyo una mano sobre el cristal y bajo la vista hacia Park Avenue mientras mi cabeza, que hasta hace una semana sabía distinguir perfectamente entre deseo, entretenimiento y problemas reales, decide volver al único lugar donde no debería quedarse tanto tiempo: Amara.
Vuelvo a verla en la puerta de su apartamento hace unas horas, sosteniendo mi móvil entre las manos y un gesto que no tenía ni rastro rabia, ni orgullo, ni siquiera decepción sino algo peor: la sensación de que empezaba a dejar de creerme.
—Joder —maldigo cerrando los ojos un instante.
Dorian tiene razón y eso me toca especialmente la moral. No me preocupa haberme metido con la mujer equivocada, sino la idea de perder a una mujer me esté molestando más que la posibilidad de perder el control de una situación y eso cambia mucho las cosas.
Vuelvo hacia la isla de la cocina, cojo el teléfono y desbloqueo la pantalla con el pulgar. Su conversación sigue abierta.
Yo:
¿Has llegado bien a la oficina?
Me quedo mirando la palabra «leído» durante unos segundos con una sensación bastante ridícula, porque a mis treinta y cuatro años, con empresas, contratos y decisiones de millones pasando por mis manos cada semana, ahora mismo estoy analizando una simple notificación como si me fuera la vida en ello.
Ha leído el mensaje y no ha contestado. No me ha bloqueado, no me ha mandado a la mierda y tampoco me ha dado una respuesta fácil. A estas alturas, sinceramente, no tengo claro cuál de las tres cosas me habría venido mejor.
Bajo un poco en la conversación y vuelvo a los mensajes anteriores. Veo su foto de la carpeta abierta sobre la mesa, sus notas escritas a mano y aquella frase.
«No me gusta que me den piezas sin contexto».
La releo una vez y después otra, pero esta vez ya no suena a provocación sino a advertencia.
Porque, siendo sincero conmigo mismo, Amara me dejó bastante claro quién era desde el principio y yo, en lugar de escucharla, hice exactamente lo que llevo demasiado tiempo haciendo cuando alguien empieza a importarme: decidir por esa persona qué parte de la verdad puede soportar.
Dejo el móvil sobre la encimera y bajo la mirada.
—Eres un gilipollas, Somerset.
Justo en ese momento, el portátil lanza una alerta del sistema, pero ni siquiera lo miro.
El correo puede esperar, las reuniones también e incluso los problemas que normalmente me parecen urgentes pueden esperar una noche más.
Lo que no tengo claro es si Amara va a hacerlo y ahí está el verdadero problema.
Me apoyo contra la isla de la cocina y cierro los ojos un segundo, pero la imagen vuelve igual de rápida a mi cabeza: la boda, el pasillo.
, su risa, los tacones colgando de su mano, la carpeta, Devon, Max y aquella maldita decisión.
Podría haber dicho algo y haber frenado aquello antes de que fuera demasiado tarde.
Pero no lo hice, porque ella apareció, la seguí y durante unos segundos, me importó más una mujer que todo lo que estaba pasando a mi alrededor.
Una parte de mí intenta seguir vendiéndomelo como algo impulsivo, incluso romántico, pero la realidad es bastante menos bonita: no elegí bien. Elegí lo que quería y ahora ella está pagando parte de las consecuencias.
Aprieto la mandíbula, vuelvo a coger el móvil y abro nuestra conversación otra vez.
Mis dedos se colocan sobre la pantalla y durante unos segundos me planteo escribirle cualquier cosa, pero no escribo nada, porque por primera vez desde que la conozco entiendo algo que me toca bastante la moral: Amara Turner ya no necesita mensajes, ni explicaciones a medias, ni frases bien escogidas, necesita hechos.
Si quiero que vuelva a mirarme como antes... voy a tener que dejar de actuar como el hombre que siempre sabe qué decir y empezar a comportarme como uno que, de una vez por todas, está dispuesto a contar la verdad entera.