Capítulo 11 #2
Vuelvo a sentarme, abro el portátil y entro en el chat compartido que se creó durante la boda.
En su momento fue solo una pesadilla de fotos borrosas, vídeos cortos, bromas de Dorian, comentarios de gente muy borracha y una cantidad ofensiva de emojis que nadie debería utilizar después de cumplir treinta años.
Ahora, sin embargo, es un archivo y yo sé leer archivos.
Empiezo revisando las fotos de la boda una por una, avanzando con el dedo por la pantalla, mientras intento separar el caos de aquella noche de cualquier detalle que realmente pueda servirme.
Copas medio vacías, mesas llenas de platos que nadie terminó, Elara riéndose en una foto borrosa, Dorian subido a una silla con una servilleta en la cabeza, porque a estas alturas sería más raro verlo comportarse como una persona normal, Elsie mirándolo desde abajo con una mezcla a medio camino entre la incredulidad y la resignación que ya le he visto otras veces, Max al fondo de varias imágenes, siempre atento a algo y Alistair apareciendo en una esquina, casi fuera del encuadre, lo justo para que cualquiera pasara de largo sin fijarse demasiado.
No encuentro nada realmente útil.
Paso a los vídeos con bastante menos paciencia de la que tenía al principio.
Los dos primeros no me sirven para nada, solo aparece gente brindando, voces cruzadas y demasiadas personas convencidas de que cantar después de varias copas es una buena idea.
En el tercero, sin embargo, alguien enfoca mal, gira el móvil hacia un pasillo y empieza a gritar algo sobre otro brindis que nadie parece estar escuchando.
Estoy a punto de cerrarlo cuando, al fondo de la grabación, algo me hace detenerme.
Vuelvo atrás y reproduzco otra vez. La calidad es pésima, el ángulo tampoco ayuda y quien esté grabando claramente ya no estaba en condiciones de sujetar un móvil con dignidad, pero esta vez lo veo: es Brock junto a la entrada de una sala privada, con la atención puesta al otro lado de la puerta.
Me inclino un poco sobre la mesa y subo el brillo de la pantalla.
El vídeo apenas dura unos segundos, pero son suficientes.
Brock aparece de perfil, con una mano apoyada en el marco y una expresión que no tiene nada que ver con la del hombre que suele convertir cualquier situación incómoda en una broma.
Está concentrado, tenso y mirando algo dentro de esa sala como si estuviera a punto de hacer algo.
Entonces gira la cabeza, pero alguien pasa por delante de la cámara justo en ese momento.
Cuando la imagen vuelve a enfocarlo, Brock ya no está mirando hacia dentro, sino hacia el otro lado del pasillo donde estaba yo.
Noto cómo se me encoge el estómago.
Vuelvo a reproducirlo, después otra vez y una más, hasta que deja de ser una sospecha. Brock no me mintió cuando dijo que estuvo allí. No exageró, ni intentó construir una historia a medida para quedar mejor. Él estaba allí, lo vio, entendió que algo no iba bien y aun así... se fue.
Dejo el móvil sobre la mesa con cuidado y me quedo quieta durante unos segundos, porque empiezo a entender exactamente lo que significa.
Brock no fue el origen del problema, ni firmó ese documento, ni empujó a Theo a hacerlo, ni movió a Alistair, ni provocó la situación.
Eso debería aliviarme, pero no lo hace, porque Brock eligió callar, pero no por el bien del grupo sino por mí.
Y lo peor es que una parte de mí, una parte que detesto en este momento, entiende exactamente por qué.
Abro la libreta y busco una página en blanco. Con las manos temblorosas, trazo la línea temporal otra vez, pero esta vez no añado hipótesis ni signos de interrogación. Solo hechos: Brock ve la carpeta, va a intervenir, Amara aparece, Brock se va y calla.
Observo las frases, cojo el bolígrafo y escribo debajo, despacio y obligándome a no suavizarlo.
«Brock no fue el problema».
Me detengo, trago saliva y continuo. Brock vio el problema… y decidió irse.
El punto final me queda demasiado marcado sobre el papel, pero por primera vez desde que todo empezó, no siento solo rabia sino también dolor y eso sí que me asusta.
Observo la frase durante tanto rato que las palabras empiezan a perder forma. Entonces añado una última línea debajo.
«Y luego decidió contármelo cuando ya no podía ocultarlo».
Ahí está, eso es lo que me duele, que cuando Brock tuvo que elegir entre intervenir y seguirme, eligió seguirme, y cuando tuvo que elegir entre contarme toda la verdad y mantenerme cerca un poco más, eligió mantenerme cerca dándome piezas sueltas.
Cierro la libreta, me levanto, camino hasta la puerta del despacho y miro hacia la planta ejecutiva. No veo a Brock, y quizá es mejor así, porque ahora mismo no sé si podría mirarlo sin que se me notara todo.
Mi móvil vibra sobre la mesa y durante un segundo, una parte estúpida de mí piensa que es él. Pero es una notificación automática del sistema de seguridad recordándome la actualización programada de esta noche.
Vuelvo a la mesa, abro el calendario y reservo dos horas para revisar todos los registros antes de que el sistema cierre los permisos.
Después guardo las imágenes y los vídeos en una carpeta privada.
No voy a quedarme sentada esperando a que alguien decida contarme la verdad, ni voy a pedir permiso para llegar hasta ella y, desde luego, no voy a permitir que nadie vuelva a dejarme fuera mientras me vende que lo hace por mi bien.
Brock eligió apartarse aquella noche. Yo no pienso cometer el mismo error.