Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Amara

«Porque apareciste tú».

Esa es la frase que no me deja dormir y se me queda clavada detrás de los ojos hasta mucho después de las cuatro de la madrugada.

La repito una vez, después otra y después una tercera, con la misma paciencia destructiva con la que se analiza una cláusula sospechosa hasta encontrar dónde está la trampa.

Brock la dijo como una confesión, o al menos como algo lo bastante parecido a una para que no sonara del todo a excusa, y ese es precisamente el problema.

Si hubiera intentado culparme o hubiera sonreído o hubiera disfrazado su silencio de prudencia o de estrategia, probablemente habría sido más sencillo.

Habría podido odiarlo y colocar su nombre en la columna de hombres que creen que una mujer brillante sigue siendo más manejable cuando se le oculta la mitad de la información, y así seguir adelante con la rabia intacta.

Pero no sonó así, sino a verdad y eso me cabrea mucho más.

Me levanto antes de que suene el despertador, descalza, con los ojos irritados y la cabeza demasiado despierta para no haber pegado ojo en toda la noche.

La mesa del salón sigue con los documentos colocados en pilas, la carpeta en el cajón y mi libreta cerrada con el bolígrafo encima, exactamente donde la dejé antes de meterme en la cama con la absurda esperanza de que el sueño hiciera algo útil por mí, pero no lo ha hecho.

La cafetera empieza a trabajar mientras abro las cortinas y la luz gris de Manhattan entra en el salón. Hoy necesito claridad, café y dejar de pensar en cómo Brock me miró anoche cuando admitió que vio la carpeta y no hizo nada.

Preparo una taza, abro el portátil y saco la libreta del cajón. Después coloco sobre la mesa los documentos, los registros de acceso, los horarios del hotel y las notas que escribí ayer sobre Alistair, Max, Devon y Theo. Esta vez no empiezo por la boda, sino por Brock.

Escribo su nombre en la parte superior de una página en blanco y durante unos segundos me quedo mirando las cinco letras de su nombre con una molesta sensación.

No debería afectarme escribirlo, porque solo es un nombre, una variable dentro de una reconstrucción que necesita orden, pero no es solo eso.

Aprieto el bolígrafo entre los dedos y empiezo a trazar una línea temporal donde ubico la hora aproximada de la discusión entre Theo y Devon, la firma, la carpeta sobre la mesa, Max observando, Brock junto a la entrada y después un lapso en el que Brock desaparece.

Mi mano se queda quieta sobre el papel. No escribo «conmigo» todavía y me obligo a seguir.

Brock vuelve más tarde al grupo, Max cambia de actitud después, Devon está más tenso y Alistair aparece en los accesos internos.

Todo empieza a formar una estructura bastante más incómoda que una serie de errores encadenados, porque si Brock vio la carpeta antes de encontrarse conmigo, si Max también detectó algo raro y si Alistair se movió por zonas que no debía durante la misma franja temporal, entonces el problema no es solo que hubiera confusión aquella noche, sino que varios hombres vieron fragmentos de algo extraño y decidieron callar por razones distintas.

La de Brock es la que más me duele y eso me cabrea.

Cierro los ojos un momento, pero la frase vuelve.

«Porque apareciste tú».

—No —murmuro, abriendo los ojos.

No voy a permitir que eso suene romántico, ni voy a convertir una negligencia en destino, ni un silencio en una consecuencia trágica de la atracción.

No voy a hacer lo que tantas mujeres hemos visto hacer demasiadas veces: suavizar una mala decisión masculina, porque detrás hay deseo, culpa o una mirada vulnerable en la puerta de un apartamento.

Brock vio algo, se apartó, me siguió y calló. Esa es la verdad, lo demás es ruido.

Mi teléfono vibra junto al portátil y la pantalla se ilumina con un mensaje que, por esa clase de sincronía cruel que la vida parece reservar para momentos especialmente inoportunos, lleva su nombre.

Brock:

¿Has llegado bien a la oficina?

Me quedo mirando su frase y durante unos segundos noto la respiración alterada.

No porque sea una frase importante, sino precisamente porque no lo es.

No es una provocación, ni una advertencia, ni una pieza nueva del misterio.

Es una pregunta sencilla, demasiado, y casi doméstica.

Algo que no encaja con el Brock que se escapa por la tangente.

Aunque lo peor es que llega demasiado tarde.

Porque anoche, cuando estaba en mi puerta, habría querido oír una verdad y esta mañana, desde algún lugar de Manhattan, me manda una pregunta que suena a preocupación.

Mi dedo se queda sobre la pantalla. Mientras pienso que podría responderle con un escueto «Sí» y preguntarle si él ha hablado ya con Max, si ha decidido por fin dejar de contarme la historia por capítulos, si piensa seguir apareciendo en mi vida con medio corazón abierto y media verdad escondida bajo la lengua, pero no escribo nada. Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo.

Aunque, evidentemente, la ausencia de respuesta también es una respuesta y, por primera vez desde que lo conozco, me alegra que tenga que interpretarla.

Dos horas después llego a Hammond & Rowe Legal Group con la libreta dentro del bolso, un segundo café en la mano y la clase de dolor de cabeza que aparece cuando una mujer se pasa la noche dándole vueltas a una frase que no debería haberle importado.

La planta ejecutiva está más tranquila de lo habitual, pero no lo suficiente para que nadie note mi humor, o quizá sí y por eso todos se apartan a mi paso.

Dejo el bolso en mi despacho, reviso dos correos sin leerlos realmente y cuando estoy a punto de abrir de nuevo los registros veo a Elara pasar por delante del cristal con un vaso de café en la mano.

Se detiene, retrocede dos pasos y me mira a través de la puerta.

— Tienes cara de haber dormido fatal… o de haber pensado demasiado en alguien que no se lo merece —me dice desde el otro lado del vidrio.

—No empieces —le digo sin dejar de mirarla.

—Eso habría sonado más convincente si no hubieras contestado como una mujer que está a punto de declarar la guerra a media ciudad.

Entra, cierra la puerta con la cadera y se acerca hasta mi mesa.

Desde que Devon y ella dejaron de fingir que lo suyo era un error administrativo y empezaron a parecer una pareja real, Elara ha adquirido una seguridad irritante a la hora de meterse en asuntos ajenos.

Lo peor es que casi siempre lo hace con puntería.

—¿Café o interrogatorio? —me pregunta, levantando el vaso.

—Si te respondo café, ¿te vas?

—No.

—Entonces no finjas que me das opciones.

Sonríe un poco, pero no se sienta.

—No voy a preguntarte qué ha pasado con Brock.

—Qué detalle.

—Voy a preguntarte si ya has decidido qué parte de lo que ha pasado es lo que más te duele.

Me quedo quieta, porque no ha usado su ironía habitual para amortiguar el golpe y, por algún motivo, eso consigue que lo que acaba de decirme me cale más.

—No me duele —respondo y observo cómo deja su café sobre mi mesa.

—Amara.

—No…

Me levanto porque necesito moverme, aunque sospecho que la verdadera razón no tiene nada que ver con estirar las piernas ni con buscar otra taza de café, sino con evitar quedarme sentada mientras Elara me observa con la tranquilidad de quien lleva demasiado tiempo conociéndote y ya no necesita que hables para darse cuenta de qué parte de ti estás intentando esconder.

—Lo que me molesta no es Brock.

—Claro.

—Lo que me molesta es que todos parezcan saber algo y todos hayan decidido que yo podía entrar en la cama, en la historia, en la consecuencia… pero no en la verdad.

Elara no me responde enseguida y eso me hace mirarla.

—Eso sí suena a Brock —dice al final y me fijo en que su expresión ha cambiado.

—No lo defiendas.

—No lo estoy haciendo.

Da un paso hacia mí y baja un poco la voz.

—Solo digo que hay una diferencia enorme entre que un hombre te mienta y que diga la verdad demasiado tarde.

La frase me toca donde no quiero, porque eso es lo que llevo horas intentando decidir. Si Brock me mintió o si llegó tarde y, de pronto, odio que me importe distinguirlo.

—Las consecuencias son las mismas —sentencio.

—No siempre.

—Para mí sí.

Elara me sostiene la mirada unos segundos.

—Entonces asegúrate de que estás enfadada con lo que hizo, no con lo que empieza a significar para ti.

No respondo y ella no insiste. Por una vez, agradezco que sepa cuándo retirarse.

—Voy a fingir que he venido solo a dejarte un café —murmura, señalando el vaso—. Tú finge que no lo necesitas y seguimos siendo mujeres funcionales.

—Trato hecho.

Cuando se marcha, me quedo mirando la puerta cerrada y después miro de nuevo mi móvil. Pero no he recibido nada. Brock no me ha escrito de nuevo, algo que me molesta y me alivia a partes iguales… aunque que ambas cosas sean ciertas me cabrea, mucho.