Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—No lo estoy haciendo.

—Pues es lo que parece.

—No estoy diciendo que fuera culpa tuya —respondo, bajando la voz—. Estoy diciendo que fue mía.

Durante unos segundos me mira como si estuviera intentando decidir si mi confesión la enfada más o menos que la mentira.

—Tienes que irte —me responde, aunque no suena furiosa sino herida y eso es peor.

—Lo sé —asiento despacio, pero no me muevo todavía, porque soy lo bastante egoísta para querer quedarme y lo bastante consciente para saber que quedarme sería otra forma de presionarla.

—No fue todo —añado, pero ella no me responde—. Lo de aquella noche no terminó en esa sala.

Su mirada cambia un poco.

—Entonces habla.

Miro el móvil en mi bolsillo.

—Max quiere verme, porque sabe que yo estuve allí.

—Yo también estoy dentro de esto, aunque parece que se os olvida cuando os conviene.

No tengo defensa para eso que no suene como todo lo que odia.

—Voy a verlo —digo.

—¿Después?

La miro.

—Después vuelvo.

Amara no me da permiso, pero tampoco me cierra la puerta.

—No vuelvas si vas a decirme otra media verdad.

Esa frase sí me atraviesa el pecho.

—No lo haré —asiento una sola vez.

No sé si me cree, probablemente no, pero se aparta un paso y me deja marcharme.

Cuando llego al coche, me siento al volante y cierro la puerta, pero no arranco.

El mensaje de Max sigue en la pantalla de mi teléfono y, por primera vez, lo que me molesta no es que alguien haya decidido meter presión en un problema que ya venía creciendo por sí solo.

Lo que realmente me fastidia es haber tardado tanto en aceptar que Amara tenía todo el derecho a estar dentro de esto desde el principio.

Aprieto el teléfono entre los dedos y pulso llamar. Max responde al tercer tono.

—Somerset.

—En la oficina no —me responde directamente sin preguntar ni fingir sorpresa.

—Lumière.

—En el reservado privado.

—En treinta minutos.

Cuelgo, dejo el teléfono sobre el asiento del copiloto y arranco el motor. Mientras empiezo a conducir, me invade la incómoda sensación de que esta noche todavía puede complicarse mucho más y antes de darme una sola oportunidad de arreglar algo.

El Lumière está casi vacío cuando llego, al menos en la parte visible.

El maître me conduce hasta un reservado lateral sin hacer preguntas, porque en Manhattan el dinero no solo abre puertas, también enseña a la gente a fingir que no ve nada.

Cuando entro Max ya está allí, sin una copa, sin chaqueta y solo con una carpeta cerrada delante de él.

Eso, viniendo de Max Hammond, es casi una declaración de guerra.

Me siento frente a él sin quitarme el abrigo.

—Si has venido a decirme que la situación se ha complicado, puedes ahorrártelo.

Max me observa con una calma, que siempre consigue que sienta que estoy hablando demasiado incluso antes de abrir la boca.

—Ella ya está demasiado cerca.

—No necesito consejos.

—Nunca los necesitas hasta que ya es tarde.

Aprieto la mandíbula.

—Ve al grano —le apremio.

Max apoya una mano sobre la carpeta, pero no la abre.

—Amara ha encontrado a Alistair en los accesos.

No le respondo y mantengo la mirada fija en la carpeta.

—También ha visto la segunda validación.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto alzando la mirada para clavarla directamente en sus ojos.

—Porque Amara Turner no pregunta al azar.

La frase me toca las narices porque es verdad.

—No la alejes de la verdad como hiciste aquella noche —añade.

—No la alejé —sentencio.

Max no parpadea.

—No hiciste nada.

La misma frase, otra vez, pero en boca de Max suena menos a reproche y más a sentencia.

Justo en ese momento, el recuerdo vuelve con mucha más claridad a mi cabeza, quizá porque a estas alturas ya no me queda energía para seguir manteniéndolo fuera de mi cabeza.

Vuelvo a verme en aquella sala privada del hotel, con la carpeta abierta sobre la mesa, Theo hablando muy deprisa, intentando cerrar algo cuanto antes y con una mano sobre un documento que no debería estar allí.

Devon estaba al otro lado con la mandíbula tensa, claramente incómodo, aunque la mayoría de la gente no habría sabido verlo.

Max permanecía en una esquina, observándolo todo con la expresión que suele poner cuando algo empieza a oler mal.

Yo estaba junto a la entrada, observando la firma, el gesto de Theo y con la sensación de que todo estaba sucediendo muy rápido.

Recuerdo también que di un paso hacia delante, porque tenía claro que iba a intervenir, que iba a preguntar qué demonios estaban firmando, pero entonces Amara apareció en el pasillo.

Iba descalza, con los tacones en una mano, el vestido negro y mirándome de una manera que consiguió que, durante un segundo, todo lo demás dejara de importarme.

La carpeta, la discusión, Theo, Devon, Max, aquella firma y la oportunidad de hacer algo antes de que fuera demasiado tarde…

todo se quedó en segundo plano, porque la seguí y callé.

No porque tuviera un plan, ni porque creyera que aquello podía esperar.

Callé porque ella apareció y dejé de mirar donde debía.

Cuando vuelvo de nuevo al reservado, veo que Max sigue observándome.

—Ya lo sabes —dice.

—Sí —asiento con voz áspera—. Lo sé.

—Entonces deja de actuar como si contarle una parte fuera suficiente.

Miro la carpeta que tiene delante.

—¿Qué hay ahí?

—Lo que demuestra que Alistair no estaba solo —me cuenta sin abrir la carpeta.

—¿Quién más?

Me sostiene la mirada.

—Eso es lo que tenemos que averiguar antes de que ella lo haga por su cuenta.

Me quedo inmóvil, porque ese es el verdadero problema. No que ella esté cerca, sino que está sola. Y cuando Amara Turner está sola, enfadada y con una pista en la mano no se detiene ante nada, ni siquiera ante algo que pueda hacerle daño.

—Todavía puedes elegir bien esta vez —me dice cogiendo la carpeta.

—No conviertas esto en una redención barata —le respondo mirándole a los ojos.

—Entonces no actúes como un hombre que necesita una.

La frase me impacta y no le respondo, porque, aunque me joda admitirlo, Max tiene razón.

Salgo del Lumière veinte minutos después con el frío de la noche golpeándome en la cara y el móvil otra vez en la mano, pero no llamo ni escribo a Amara. Sé que, si lo hiciera, lo único que podría darle ahora sería otra parte incompleta de una verdad que ya empieza a ser demasiado grande.

Si quiero proteger a Amara, voy a tener que dejar de decidir por ella y si quiero que siga mirándome como si todavía pudiera creer algo de mí, voy a tener que hacer lo que más me asusta: decirle la verdad antes de que la descubra por ella misma.