Capítulo 10
Brock
Conduzco por Manhattan con la chaqueta tirada en el asiento del copiloto, la corbata aflojada y una sensación bastante incómoda en el pecho, porque acabo de salir del apartamento de Amara Turner comportándome con una calma impropia de mí.
Hasta hace nada, un hombre como yo habría aprovechado cualquier excusa para besarla otra vez, pegarla contra una pared o complicarnos todavía más la vida.
En lugar de eso, me he marchado sin tocarla y, sinceramente, todavía no tengo claro si eso dice algo bueno de mí… o exactamente lo contrario.
Manhattan sigue moviéndose al otro lado del parabrisas con la misma energía de siempre, taxis pitando, gente cruzando sin mirar y la sensación constante de que en esta ciudad nadie se detiene por los problemas de nadie.
Normalmente, conducir por estas calles me ayuda a ordenar ideas y recordar que, por complicado que parezca algo, el mundo sigue girando igual.
Pero esta noche no sucede así, porque llevo demasiado rato repitiendo la misma escena una y otra vez dentro de mi cabeza: su salón, los documentos sobre la mesa, el whisky casi intacto entre los dos y la forma en que Amara me ha mirado cuando le he dicho que no había ido con una excusa.
Sin embargo, de todo lo que podría estar dándome vueltas en la cabeza ahora mismo, lo que más me jode es algo bastante simple: no la he besado.
No porque no quisiera hacerlo, porque habría tenido que estar muerto para no querer besarla cuando ha abierto la puerta con el pelo suelto, los pies descalzos y una mirada de mujer que intenta decidir si permitirte entrar o empujarte por el hueco del ascensor.
No la he besado porque, por primera vez desde que todo empezó, tocarla habría sido demasiado fácil y cómodo.
Casi una forma elegante de evitar decir algo que llevo demasiado tiempo intentando ignorar y que cada vez me cuesta más que parezca como si no importara.
Aprieto los dedos sobre el volante y suelto el aire despacio.
—Fantástico, Somerset. Evolución emocional y abstinencia estratégica. Tu mejor noche.
El sarcasmo no funciona y esa es una muy mala señal.
Chasqueo la lengua y giro hacia Park Avenue, bajo un poco la ventanilla y dejo que el aire frío de la noche entre en el coche, me dé en la cara y me agite el pelo.
Llevo casi quince minutos conduciendo y todavía no he mirado el móvil, algo que en mi caso debería disparar una alarma médica o, como mínimo, una intervención de Dorian con mucho entusiasmo.
Pero la razón es mucho más sencilla que eso y bastante lamentable: estoy demasiado ocupado pensando en una mujer que acaba de hacerme sentir más expuesto hablando con ella que muchas otras mujeres desnudas en mi cama.
Busco el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta, pero no está.
Frunzo el ceño y meto la mano en el bolsillo del pantalón y tampoco lo encuentro.
Miro el asiento del copiloto, el hueco de la consola, la zona de la alfombrilla…
Nada. Durante un segundo sigo conduciendo con la mirada fija en la carretera y una certeza creciendo dentro de mí.
—No me jodas.
Me he dejado el móvil en casa de Amara. Así que cambio de carril con más brusquedad de la que debería y doy la vuelta en cuanto puedo.
La posibilidad de que haya entrado cualquier mensaje no debería ponerme así.
Tengo poco que esconder que no esté ya cifrado, archivado o protegido por capas absurdas de seguridad, pero el problema es que sé que esta noche Max podría escribirme.
Max no manda mensajes a estas horas porque se aburra.
Él no improvisa, ni llama a una puerta si no ha decidido antes qué quiere encontrar al otro lado.
Si se pone en contacto conmigo ahora, después de que Amara haya encontrado a Alistair en los accesos y haya empezado a tirar del hilo correcto, solo puede significar una cosa: ella está más cerca de lo que creía.
El portero del edificio de Amara me reconoce cuando llego y eso, honestamente, tampoco mejora mi humor. Me deja subir después de una llamada breve a Amara y, cuando el ascensor se abre en su planta, camino hacia su puerta con una calma que no siento.
Amara abre antes de que llame por segunda vez.
Sigue estando serena, claro, porque estoy convencido de que ella podría recibir una citación judicial mientras se le incendia la cocina y probablemente seguiría teniendo cara de estar evaluando la calidad del papel.
No obstante, al verla percibo algo distinto en sus ojos, que no sé muy bien qué es.
—Te has dejado esto —me dice sosteniendo mi teléfono en una mano.
No se aparta de la puerta, ni me invita a entrar y ni siquiera intenta suavizarme la situación con una sonrisa.
Teniendo en cuenta que hace nada la tuve agarrándome de la corbata y besándome contra una estantería como si quisiera arrancarme todas las respuestas a la fuerza, verla ahora tan fría y pendiente de cada reacción mía resulta bastante más preocupante de lo que esperaba.
—Eso parece —respondo.
Su pulgar roza la pantalla sin desbloquearla.
—Te ha llegado un mensaje.
Ahí está. No necesito preguntar de quién, porque me lo deja claro por su forma de mirarme.
Pero, lejos de inmutarme, me quedo quieto, con una mano apoyada en el marco exterior de la puerta, y por primera vez desde que la conozco no me sale ninguna frase brillante, ni una broma, ni una de esas respuestas útiles que me dan algo de margen.
Nada, no se me ocurre nada que decir que no sea una estupidez.
—¿Lo has leído? —pregunto al fin.
—La pantalla se iluminó delante de mí.
No es una disculpa. Ni siquiera una defensa. Simplemente es un hecho y Amara Turner, con un hecho en la mano, puede hacer más daño que la mayoría de los hombres con un equipo completo de abogados a su espalda.
Cuando me tiende el móvil, lo hace con cuidado, dejando la distancia justa para que nuestras manos no lleguen a rozarse y, por algún motivo que me jode bastante, ese pequeño gesto me deja mucho más claro que cualquier discusión que algo entre nosotros ha cambiado.
Bajo la mirada hacia la pantalla y lo veo.
Max:
Tenemos que hablar de aquella noche.
Ya.
El mensaje no me sorprende y ese es el problema. Amara lo ve en mi cara antes de que pueda borrar la reacción de ella.
—Qué interesante —murmura.
Me guardo el móvil en el bolsillo.
—Amara.
—No —suelta de forma tajante—. No uses ese tono conmigo.
Trago saliva con una lentitud que me irrita.
—¿Qué tono?
—El de hombre que está a punto de decidir qué parte de la verdad puedo soportar.
La frase me impacta, sobre todo porque no es la primera vez que Amara me deja claro que hay una línea que no piensa volver a cruzar.
No quiere que nadie decida por ella qué puede saber y qué no, ni soporta la idea de que alguien disfrace la verdad de protección para mantenerla al margen.
El problema es que hay partes de aquella noche que todavía no sé cómo contarle sin arriesgarme a que me mire de una forma que, sinceramente, no quiero ver.
—¿Qué parte de aquella noche me estás ocultando, Brock?
Esta vez no sonrío, porque no tengo una respuesta preparada que no suene a mentira, a estrategia o a cobardía. Por primera vez desde que la conozco, me preocupa lo que pueda llegar a pensar.
—No es tan sencillo.
Amara suelta una carcajada sin humor.
—Eso siempre significa que alguien lo complicó antes de contármelo.
—Significa que todavía no sé cómo darte una respuesta sin empeorarlo.
—Entonces dame una respuesta que lo empeore.
«Maldita sea», me digo para mí.
Cualquier otra persona probablemente habría preferido una versión más suave, una explicación a medias o una respuesta que dejara espacio para pensar que quizá no era tan grave, pero ella no funciona así.
Amara quiere la verdad entera, incluso cuando sabe que puede doler y, sinceramente, para un hombre como yo eso resulta bastante más desconcertante que cualquiera de sus provocaciones.
Desde donde estoy, dirijo la mirada hacia el interior de su apartamento y veo que la mesa sigue igual que la he dejado hace un rato, llena de documentos, con la carpeta cerrada entre ellos y los dos vasos todavía uno junto al otro, como si hace apenas media hora todo entre nosotros hubiera parecido mucho más sencillo.
Sin embargo, cuando vuelvo a mirar a Amara, tengo claro que ahora está delante de mí la mujer que no piensa permitir que nadie vuelva a mantenerla al margen.
—Vi la carpeta —digo.
Su expresión no cambia.
—Eso ya lo sé.
—La vi aquella noche, antes de verte a ti.
Ahí sí se queda quieta.
—Sigue.
Su palabra no es una petición, sino una orden.
—Había una sala privada. Theo hablaba del acuerdo con Devon y Max estaba al otro lado, mirando la carpeta como si algo no le encajara. Yo también lo vi.
—¿Qué no encajaba?
Aprieto la mandíbula.
—Vi una firma hecha con demasiada prisa, un documento que no debería haber estado sobre aquella mesa y a varios hombres tomando decisiones importantes cuando ninguno estaba realmente en condiciones de hacerlo.
Amara me sostiene la mirada.
—¿Y tú qué hiciste?
Ahí está la pregunta que realmente importa. Durante un segundo aparto la mirada, apenas un instante, pero es más que suficiente para que Amara entienda mucho más de lo que me gustaría. Cuando vuelvo a mirarla, su expresión ya no es la misma.
—No hiciste nada.
—Amara… —empiezo, pero ella me interrumpe.
—No digas mi nombre para suavizarlo.
—No hice nada —admito.
—¿Por qué? —me pregunta sin alzar la voz, aunque eso lo empeora todo.
Podría buscar una salida fácil, decir que aquello no iba conmigo, que no tenía suficiente información o que, en medio del caos de aquella boda, era difícil saber hasta qué punto lo que estaba viendo era realmente importante. Incluso podría hacerle creer que lo hice por prudencia, pero no lo hago.
—Porque apareciste tú —sentencio y su expresión cambia al instante.
—No me uses como excusa.