Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Me quedo quieta, sorprendida. Leo esa misma línea otra vez y después una tercera para asegurarme de lo que tengo frente a mí, pero, por lo que parece, no me estoy equivocando.

Alistair reservó una sala privada en el hotel durante la misma franja temporal en la que los registros internos muestran accesos posteriores a documentación relacionada con el acuerdo.

Eso cambia demasiado. No porque Alistair no pueda reservar una sala, porque puede reservar lo que quiera.

De hecho, si le apetece, puede comprar medio hotel y probablemente podría hacerlo sin mover una ceja.

Pero lo inquietante es el momento, la hora de conexión y el hecho de que, hasta ahora, todos los focos parecían girar alrededor de Brock, Devon, Max y Theo, mientras que Alistair seguía moviéndose por los márgenes de todo aquello con una calma calculada para resultar inocente y una mirada demasiado consciente para creer que estaba allí por casualidad.

—Vale —murmuro apoyando la espalda en la silla y frotándome la nuca con la mano derecha—. ¿Qué estabas haciendo tú allí?

Pero la pantalla no me responde. Cruzo horarios una vez, después otra y la tercera vez es cuando dejo de respirar durante un segundo, porque el nombre sigue ahí y eso solo puede significar una cosa: no es un error del sistema.

Alrededor de las nueve, cierro el portátil y me levanto para servirme una copa de vino que esta vez sí pienso beber.

El apartamento está tranquilo, ordenado y lleno de preguntas, mientras que en la mesa siguen la libreta, la carpeta y una versión bastante preocupante de mi vida emocional en forma de documentos apilados por prioridad.

Estoy en la cocina cuando suena el interfono. No me muevo de donde estoy, porque no espero a nadie, pero finalmente, soy capaz de reaccionar, y voy hasta la entrada y pulso el botón.

—¿Sí?

Durante un segundo no se oye nada, pero justo después, me llega su voz.

—Empiezo a pensar que ignorarme está empezando a convertirse en una costumbre para ti.

Cierro los ojos un instante y en mi cabeza aparece Brock, por supuesto, porque mi vida últimamente no tiene sentido de la oportunidad, ni respeto por mis decisiones razonables.

—¿Te has presentado en mi edificio sin avisar? —quiero saber.

—Técnicamente sí.

—Eso no mejora la situación.

—Tú sigues sin decirme que me vaya.

Aprieto la mandíbula con la certeza de que podría hacerlo. De hecho, debería hacerlo, pero no lo hago y pulso el acceso.

—Tienes treinta segundos para convencerme de que no debería mandarte a la mierda.

—Conociéndote, necesitaré algo más.

—Sube antes de que cambie de opinión.

Los dos minutos siguientes se me hacen demasiado largos, no porque no sepa manejar a Brock Somerset en un espacio cerrado, sino porque, por primera vez desde que empezó todo esto, no tengo claro si viene a provocarme, a advertirme o a hacer algo mucho peor: hablar en serio.

Cuando abro la puerta, lo encuentro al otro lado con una chaqueta oscura sobre un hombro, la corbata aflojada y una mirada mucho más seria de lo habitual, de esas que hacen que, por primera vez, me parezca que viene sin ninguna intención de jugar.

—No traes una excusa —digo.

—No —me responde sosteniéndome la mirada.

Me aparto para dejarlo entrar y entra en mi salón sin comentar nada del orden y sin hacer broma sobre los documentos ni el vino ni el hecho de que mi mesa parece ahora mismo una escena de un crimen financiero. Simplemente entra y se queda allí.

—¿Whisky? —pregunto porque necesito mantener las manos ocupadas.

—Depende. ¿Es una invitación o un interrogatorio?

—Conmigo casi todo acaba siendo las dos cosas.

Sirvo dos vasos y volvemos al salón. Nos sentamos en el sofá a una distancia prudente, aunque emocionalmente bastante cuestionable.

Durante unos minutos, hablamos de tonterías que no lo son del todo: el cliente de la reunión, Dorian y la absurda habilidad de Elara para aparecer justo cuando una quiere fingir que tiene todo bajo control…

Brock escucha más de lo que habla y eso, por algún motivo, me resulta bastante más íntimo que si soltara cualquier comentario descarado.

—La primera vez que te vi trabajando pensé que ibas a darme problemas —me dice de pronto.

—Eso no suena especialmente halagador —le respondo mirándole de lado.

—No pretendía serlo. —Da un sorbo a su copa y luego vuelve a mirarme—. Pensé que eras la única persona de todo Hammond & Rowe que parecía más difícil de impresionar que yo.

Mi respiración se altera un poco y Brock se da cuenta, lo que me hace odiarlo un poco.

—Eso casi ha parecido un cumplido.

—No estoy seguro de saber hacerlos bien.

—Eso explicaría muchas cosas.

Brock suelta una carcajada y, por primera vez desde que lo conozco, esa risa no parece una herramienta para distraerme, conseguir tiempo, ni llevarme a un terreno donde él se sienta más cómodo.

Simplemente está ahí, sentado en mi sofá, bebiendo whisky y mirándome como si tampoco supiera muy bien qué hacer con esta versión de nosotros.

No obstante, la parte más peligrosa es que no me incomoda.

—¿Por qué has venido? —pregunto y observo cómo su mirada baja un instante hacia su vaso.

—Porque ayer te fuiste creyendo que todo lo que hago tiene una segunda intención.

—¿Y no es así?

—Casi siempre.

Su honestidad me pilla desprevenida.

—Pero no esta noche —afirma alzando la mirada hasta mis ojos.

—¿Eso también es una respuesta? —pregunto.

—Es lo más parecido que puedo darte sin empeorarlo todo.

Debería enfadarme, soltarle alguna respuesta que lo pusiera en su sitio, levantarme, señalarle la puerta y recordarle que no acepto verdades a medias de ningún hombre.

Sin embargo, no lo hago, porque hay algo en la forma en que acaba de decirlo que no suena a uno de sus juegos habituales, ni a una maniobra para mantener el control de la conversación, sino a alguien que mide cada palabra porque, por una vez, realmente tiene algo que perder y, sinceramente, todavía no sé qué hacer con un Brock Somerset así.

Seguimos hablando durante un rato que no sé cuánto dura, porque en algún momento la conversación deja de parecer una visita inesperada entre dos personas que deberían estar manteniendo las distancias y empieza a parecerme demasiado cómoda.

Hablamos de primeras impresiones, de clientes que confunden dinero con inteligencia, de reuniones interminables y de esta ciudad, que a veces parece diseñada para obligarte a endurecerte antes de darte la oportunidad de encontrar tu sitio dentro de ella.

Lo curioso es que, durante todo ese tiempo, ninguno menciona la boda, ni la carpeta, ni ninguna de las preguntas que siguen pendientes entre nosotros y, precisamente por eso, la sensación empieza a volverse mucho más íntima.

Cuando Brock se levanta para marcharse, lo acompaño hasta la puerta con una incomodidad bastante nueva para mí, porque una parte de mi cabeza sigue diciéndome que esto es lo sensato, mientras otra, bastante menos razonable, empieza a preguntarse por qué me molesta tanto ver cómo se pone la chaqueta para marcharse.

Brock la recoge del respaldo de la silla, se la pone y, justo antes de salir, se gira hacia mí.

Durante un instante tengo la sensación de que va a decir algo más, algo importante quizá, pero al final solo me sostiene la mirada y asiente ligeramente.

—Buenas noches, Turner.

—Buenas noches, Somerset.

Espero a escuchar cómo las puertas del ascensor se cierran antes de regresar al salón. Recojo los vasos, apago una de las lámparas y cuando estoy a punto de recoger también los documentos de la mesa, algo me llama la atención. Se ha dejado su teléfono. Frunzo el ceño y lo cojo.

—No me lo puedo creer...

Estoy a punto de salir corriendo para atraparlo antes de que se marche y decirle que, a sus treinta y cuatro años, olvidarse el móvil en casa de una mujer no debería ser una estrategia especialmente elegante, cuando la pantalla del suyo se ilumina de golpe con una notificación entrante.

Max Hammond:

Tenemos que hablar de aquella noche.

Ya.