Capítulo 9
Amara
Lo primero que hago al cerrar la puerta de mi apartamento no es quitarme los tacones, ni soltar el bolso, ni servirme una copa para olvidar la noche. Lo primero que hago es releer el mensaje de Brock Somerset por cuarta vez… y odiarme un poco por ello.
Brock:
Esa carpeta solo tiene sentido si sabes dónde mirar.
No le respondo, porque tengo demasiadas cosas que decir y ninguna me conviene.
Podría preguntarle qué significa exactamente eso, exigirle que me diera contexto para descifrar sus palabras o recordarle que no soy una asociada junior esperando migas de información de un hombre con complejo de oráculo corporativo.
Por suerte, lo único que hago es dejar mi móvil sobre la mesa, boca arriba, con la conversación todavía iluminada, como si una parte muy estúpida de mí esperara a que escribiera algo más, pero no lo hace.
«Fantástico, ambos estamos mostrando una madurez admirable».
Me siento a la mesa del salón, con el portátil abierto, una libreta llena de fechas con el registro de accesos internos a un lado y la carpeta que Brock me ha dejado esta mañana al otro.
Desde fuera, cualquiera diría que estoy trabajando, pero desde dentro, en cambio, la situación es bastante menos digna, porque llevo casi veinte minutos mirando alternativamente los documentos y la última conversación con Brock como si el problema real fuera decidir cuál de las dos cosas me resulta más peligrosa.
El nombre de Alistair Hudson en el registro no debería estar, ni tampoco la segunda validación con la misma tarjeta.
La actualización de seguridad programada para esa noche me da una oportunidad, concreta y útil para revisar los accesos antes de que el sistema vuelva a bloquearlos detrás de permisos ejecutivos.
Sin duda, esto es trabajo e investigación, pero lo que no me cuadra es por qué la respuesta de Brock me ha impactado más que lo demás.
«Esa carpeta solo tiene sentido si sabes dónde mirar».
Me levanto de la silla con un movimiento brusco, más irritada conmigo misma que con él, y voy hasta la cocina para servirme agua, porque no voy a permitirme abrir una botella de vino a las diez de la noche solo porque un hombre, que me besó contra una estantería y luego decidió ponerse críptico por mensaje, haya conseguido colarse en mi cabeza.
No soy esa mujer, ni una adolescente pegada al móvil esperando que le escriba el chico que le gusta.
No soy Elara, que probablemente convertiría este intercambio en una lectura detallada con tres hipótesis y un comentario sarcástico sobre la tensión sexual no resuelta.
Yo soy Amara Turner y trabajo, investigo y encuentro patrones de actuación, y ahora mismo tengo un patrón bastante claro: Brock sabe más de lo que dice, Max sabe más de lo que admite y Alistair Hudson estuvo en un lugar donde no debería haber estado la noche posterior a la boda.
Me levanto para beber un vaso de agua y regreso a la mesa con la sensación de que mi dignidad, al menos, sigue parcialmente intacta.
Cierro la conversación de Brock y abro los registros y durante la siguiente hora cruzo horarios, permisos, plantas y códigos de acceso.
La lista empieza a tomar forma en mi libreta: sala privada del hotel, firma apresurada, carpeta archivada horas después, acceso interno de Alistair, segunda validación, actualización del sistema de seguridad.
.. No son respuestas todavía, pero sí que son piezas para este particular rompecabezas.
Y las piezas, si alguien tiene paciencia suficiente, siempre terminan contando una historia.
El problema es que, cada vez que mi cabeza empieza a ordenarlo todo, aparece otra imagen de forma imprevista y lo altera todo. Apoyo el bolígrafo sobre la libreta y cierro los ojos.
—Esto empieza a ser ridículo.
No debería importarme por qué Brock me dio la carpeta, solo debería importarme que me la dio y punto.
Esa es la parte práctica, sensata y que me ha traído hasta aquí.
Pero, por algún motivo que me molesta muchísimo, no puedo dejar de preguntarme si Brock está intentando protegerme o si me está empujando hacia una dirección concreta, porque le conviene que mire allí y no en otra parte.
Ambas opciones me irritan, aunque ambas tienen sentido, pero lo peor es que ninguna consigue alejarlo del centro del problema.
A medianoche cierro el portátil, guardo la carpeta bajo llave en el cajón del escritorio y me obligo a irme a dormir, aunque no soy capaz de descansar.
Me despierto varias veces. No dejo de dar vueltas sobre el colchón, miro el techo y aunque me prometo no tocar el móvil, lo acabo cogiendo.
No obstante, no encuentro mensajes nuevos.
Me maldigo en tres idiomas distintos, dos de ellos inventados, y al final consigo dormirme unas horas.
A la mañana siguiente, cuando entro en el Lumière para encontrarme con Elara, ya sé que ha sido una mala idea, porque mi amiga tiene una habilidad bastante molesta para mirar a alguien y encontrar exactamente lo que esa persona lleva horas intentando tapar con trabajo, cafeína y negación.
La encuentro sentada en una mesa que hay junto a la cristalera, con un café delante, una tostada a medio comer y la expresión propia de una mujer que, desde que se casó accidentalmente con Devon Mitchell y decidió quedarse con él por voluntad propia, se ha vuelto muy buena detectando problemas emocionales ajenos.
Cuando llego a su mesa, me siento frente a ella y dejo el bolso en la silla que tengo al lado.
—Antes de que digas nada, he dormido poco y no quiero hablar de los efectos que eso provoca en mi cara.
Elara me observa por encima de la taza.
—Qué pena, porque tu cara iba a ser el tema principal de mi mañana.
—Consigue una afición —le suelto mientras busco con la mirada al camarero para pedirle un café bien cargado.
—La tengo y se llama observar cómo mujeres inteligentes fingen que no les importa un hombre.
Cojo la carta, aunque ya sé que no voy a leerla, pero necesito tener las manos ocupadas con algo.
—No he venido a terapia.
—No, has venido a comer un brunch, que es como hacer terapia rodeada de tostadas con aguacate y vasos enormes de matcha.
La miro y ella sonríe con una calma que me saca de quicio, porque sé que no la utiliza para hacer daño, sino para evitar que yo salga corriendo antes de que consiga decir lo que ha venido a decir.
—El problema no es que te guste —suelta al fin.
Levanto la vista despacio.
—No empieces.
—El problema no es que te guste Brock —continúa, ignorándome con total tranquilidad—. El problema es que Brock parece que empieza a importarte.
No le respondo de forma inmediata porque, por primera vez, no encuentro una forma limpia de negar algo rotundamente sin sonar infantil.
—Te estás montando una historia… —digo después de soltar un resoplido.
Elara coge su taza y da un sorbo.
—Ojalá. Pero ya sabes que me encantan las historias, sobre todo cuando hay hombres ricos emocionalmente torpes y mujeres brillantes intentando fingir que solo están investigando.
—Estoy investigando —insisto mientras asiento con la cabeza.
—Eso ya lo sé —afirma inclinando un poco la cabeza—. Pero lo que trato de averiguar es por qué te molesta tanto que él también esté dentro de la investigación.
Aprieto los dedos alrededor del vaso de agua.
—Porque no confío en él.
—Eso tampoco te lo he preguntado.
Me quedo mirándola y veo cómo deja la taza sobre la mesa. Después, baja un poco la voz, lo suficiente para que la conversación deje de ser una broma.
—Mira, yo no sé qué pasó entre vosotros en la boda, ni sé qué está sucediendo ahora, aunque tengo ojos y cierta experiencia reciente en errores masculinos.
Lo que sí sé es que cuando un hombre deja de intentar impresionarte y empieza a darte respuestas, normalmente no está jugando tan bien como cree.
—¿Eso es un consejo? —inquiero sin dejar de mirarla.
—No. Es una advertencia preventiva, que suena más elegante y además me permite pedir otro café sin parecer intensa.
A pesar de todo, sonrío lo suficiente para que Elara lo vea.
—Estás insoportable desde que eres feliz.
—Lo sé. Devon también lo sufre.
La comida llega, pero ninguna de las dos presta demasiada atención a nuestros platos y nos dedicamos a charlar sobre temas seguros durante un rato: trabajo, clientes, la última cena, la capacidad de Dorian para crear incomodidad en cualquier mesa y la expresión de Max cuando alguien hace una pregunta que no quiere responder.
Elara no vuelve a mencionar a Brock directamente, pero deja la frase en el centro de la conversación igual que se deja una copa sobre una mesa: visible, tentadora e imposible de ignorar.
Cuando salgo del Lumière, tengo dos certezas: que Elara me conoce demasiado y que no me ha dicho nada que yo no sospechara y eso es infinitamente peor.
Vuelvo a mi apartamento por la tarde con un café, una libreta nueva y la firme intención de no mirar el móvil durante al menos una hora.
No obstante, la intención dura veintidós minutos, pero como Brock tampoco ha escrito, decido considerar que ambos estamos fracasando con dignidad.
Así que extiendo los documentos sobre la mesa del salón y empiezo otra vez desde el principio: la boda, la sala privada, el acuerdo, la copia archivada horas después, los accesos internos, Alistair Hudson…
Abro el sistema con las credenciales que todavía tengo disponibles antes de la actualización de seguridad y reviso la capa de registros vinculada al hotel.
El listado carga despacio, como si también estuviera intentando jugar con mi paciencia.
Cuando por fin aparece, empiezo a leer las reservas, los movimientos de personal, las salas, los horarios…
Al principio no veo nada nuevo, pero después encuentro la sala privada, que fue reservada durante una hora después de la boda a nombre de Alistair Hudson.