Capítulo 8
Brock
El saco vuelve a balancearse delante de mí después del golpe y el sonido seco de mis puños impactando contra él rebota por el gimnasio privado del edificio con una violencia bastante proporcional a mi paciencia de últimamente.
Llevo cuarenta minutos aquí abajo y, si alguien me preguntara qué estoy entrenando, probablemente tendría que responder con sinceridad que absolutamente nada útil.
Porque no estoy intentando mejorar mi resistencia, ni bajar tensión, ni compensar las doce horas diarias que paso sentado entre reuniones, contratos y consejos de administración.
Estoy aquí porque mi cabeza lleva dos días girando alrededor de una mujer que apareció en la boda de uno de mis amigos, me besó en un pasillo y ahora está desmontando cosas dentro de mí que, sinceramente, preferiría que continuaran intactas.
Lanzo otro golpe y después otro. El saco vuelve a moverse y yo también, aunque el problema es que, cuanto más intento vaciar la cabeza a derechazos, más aparece ella apoyada contra mi mesa en el despacho, sujetándome de la corbata en el archivo, atravesándome con la mirada después de descubrir que reconocía aquella carpeta…
Suelto el aire despacio y apoyo ambas manos sobre el saco, mientras siento el sudor deslizándose por mi espalda.
—Joder.
No recuerdo la última vez que una mujer siguió dentro de mi cabeza después de tener sexo con ella. Mucho menos una capaz de hacer tres cosas bastante incompatibles con mi estabilidad mental: desafiarme, observarme y descubrir secretos que yo mismo llevaba semanas evitando.
Me seco el sudor de la frente con el antebrazo derecho, me aparto del saco y me acerco hasta el banco donde he dejado la botella de agua y mi teléfono.
Al acercarme veo que la pantalla sigue apagada, aunque mi cerebro vuelve solo a lo mismo de siempre: la carpeta y la forma en que me miró después de verla.
Suelto un resoplido, cojo la botella y doy un trago largo mientras vuelvo a reconstruir mentalmente la decisión de dejar aquello sobre su mesa.
En teoría, tendría que haberla frenado y haber seguido haciendo lo que llevo años haciendo cuando algo se complica: mantener la distancia, controlar la información y asegurarme de que nadie tenga acceso suficiente para convertir un problema en una amenaza real.
En lugar de eso, le entregué una pieza clave en este rompecabezas. No obstante, lo peor es que ahora mismo ni siquiera tengo claro si lo hice para ayudarla o porque una parte bastante irresponsable de mí quiere que Amara vea quién soy de verdad cuando dejo de esconderme.
La idea me resulta tan incómoda que vuelvo a golpear el saco otra vez.
—Eso sí que sería una estupidez, Somerset —me digo entre puñetazos, el problema es que mi cabeza no parece especialmente interesada en escucharme.
Dos horas después, entro en una de las salas de reuniones de Hammond & Rowe Legal Group todavía con la desagradable sensación de haber dormido poco y pensado demasiado, aunque, por supuesto, desde fuera sigo pareciendo exactamente el mismo hombre de siempre: traje impecable, sonrisa perfecta y la calma suficiente para que todos crean que tengo el control, incluso cuando siento que voy a perderlo
Richard Hale, un cliente del sector tecnológico forrado de pasta y con más ego del recomendable para alguien que depende de abogados para no hundir su propia empresa, ya está sentado al otro lado de la mesa cuando entro.
Levanta la vista hacia mí y sonríe con la seguridad propia de quien está acostumbrado a creer que el resto del planeta existe para facilitarle las cosas.
—Somerset.
—Hale —le saludo y le estrecho la mano justo cuando la puerta vuelve a abrirse detrás de mí.
Al girarme veo que quien entra es Amara. No debería sorprenderme verla, porque esta reunión lleva en agenda desde hace días y sé perfectamente que ella dirige parte de la negociación, pero aun así me siento incómodo en cuanto aparece.
Va vestida con un traje oscuro y ajustado a su cuerpo, la melena larga y lisa recogida en una coleta y el gesto relajado.
Lleva un portafolios bajo el brazo, saluda al cliente con educación y ocupa su sitio frente a la pantalla sin dedicarme más de un segundo de atención.
Sé que eso debería facilitarme las cosas, pero no lo hace.
La reunión empieza y, durante los primeros minutos, intento concentrarme en cifras, cláusulas y proyecciones financieras, aunque la realidad es que mi atención termina desviándose hacia Amara cada vez que abre la boca, porque es muy buena en su trabajo.
No necesita elevar el tono, ni interrumpir, ni intentar imponerse físicamente en la sala para controlar la conversación.
Lo hace con datos, con precisión y desmontando argumentos ajenos sin parecer alterada.
—El problema no está en la inversión —explica mientras cambia una diapositiva—. El problema está en asumir que el riesgo desaparece solo porque alguien tenga suficiente dinero para soportarlo.
Richard Hale sonríe un poco desde el otro lado de la mesa.
—Eso ha sonado casi personal.
Amara le sostiene la mirada sin pestañear.
—Eso es porque llevo demasiados años viendo a hombres ricos confundir confianza con inmunidad.
Tengo que bajar la vista hacia los documentos que tengo frente a mí para ocultar la sonrisa que amenaza con dibujarse en mis labios. Por lo que parece, ahora resulta que verla desmontar ejecutivos con demasiado ego también me parece atractivo.
«Perfecto», me digo para mí.
La reunión continúa durante casi una hora y, cuanto más la observo, más incómodo se vuelve darme cuenta de que ya no la miro solo pensando en cómo besa, sino en cómo trabaja, y eso me mete en un terreno que no controlo.
Cuando por fin termina la reunión, Richard Hale recoge su chaqueta y se vuelve directamente hacia Amara.
—Turner, debería invitarte a una copa algún día. Creo que eres la única persona en esta ciudad capaz de decirme que estoy equivocado sin que me entren ganas de despedir a alguien.
—Lo tomaré como un cumplido moderadamente preocupante —le responde con una sonrisa profesional.
—Hablo en serio. Podríamos seguir esta conversación esta noche —añade Hale sin dejar de sonreír.
Aprieto la mandíbula sin darme cuenta, porque lo que acabo de sentir no tiene nada que ver con orgullo ni con querer marcar territorio, sino con algo mucho peor: son celos, de los de verdad.
—Agradezco la invitación, pero tengo trabajo —dice Amara recogiendo su carpeta con calma.
—Seguro que puedes sacar una hora —insiste él.
Ella niega suavemente con la cabeza.
—Créame, si pudiera sacar una hora libre ahora mismo, no la dedicaría a hablar de contratos.
Tengo que apartar la vista hacia la ventana para disimular la satisfacción ridícula que me produce escuchar eso.
En cuanto el cliente sale de la sala, Amara empieza a recoger sus cosas sin mirarme, aunque yo sigo de pie junto a la mesa observándola.
—¿Qué? —me pregunta al notar mi mirada.
—Nada. Solo estaba intentando decidir si sentirme ofendido o agradecido por el rechazo elegante que acabas de presenciar —le respondo apoyándome contra el borde de la mesa.
—¿Ahora también te preocupa mi vida social? —pregunta arqueando una ceja.
—Me preocupa que aceptes copas de hombres que se escuchan más a sí mismos que a quien tienen delante.
Por primera vez desde que ha entrado en la sala, veo algo parecido a una sonrisa real cruzándole la boca mientras se marcha de la sala y, durante unos segundos, me quedo con la sensación de que esta mujer acaba de convertir una conversación profesional en el momento más interesante de todo mi día.
Mientas voy hacia mi despacho intento convencerme de que lo que me ha molestado no ha sido ver a otro hombre invitándola a una copa, sino la absoluta tranquilidad con la que Amara ha gestionado la situación.
Porque una parte bastante racional de mi cerebro insiste en recordarme que mujeres como ella no necesitan que nadie las rescate, ni nadie que aparezca con la mandíbula tensa y una excusa mediocre para intervenir en una conversación que no va con él.
El problema es que la parte racional de mi cerebro lleva unos días perdiendo demasiadas discusiones.
Cuando entro en mi despacho, dejo la carpeta sobre la mesa, me aflojo un poco la corbata y me acerco al ventanal con la intención de volver a concentrarme en algo útil.
Desde aquí arriba Manhattan sigue funcionando igual que siempre, con taxis por Park Avenue, reuniones que empiezan, otras que acaban y millones de dólares que cambian de manos, mientras el resto del mundo cree que la gente como nosotros controla algo.
Con la mirada aún al otro lado del cristal, me saco el móvil del bolsillo y abro su conversación sabiendo que no debería escribirle, algo que tengo claro desde el primer momento, igual que sé que hace tres días habría ignorado esta necesidad sin esfuerzo.
Pero ahora no soy capaz, y mis dedos se quedan suspendidos sobre la pantalla durante unos segundos hasta que, al final, termino escribiéndole:
Yo:
Si vas a seguir investigando,
deja de hacerlo
como si no te estuvieras metiendo en algo serio.
Me quedo observando mi mensaje antes de enviarlo con la sensación absurda de que, a mis treinta y cuatro años, acabo de sentirme más expuesto mandando un mensaje que cerrando una adquisición internacional de varios millones de dólares.
No obstante, lo envío igual y dejo el teléfono sobre la mesa.
Respiro hondo e intento trabajar, pero poco después la pantalla del móvil se ilumina.
Amara:
Si vas a seguir observándome,
al menos, disimula mejor.
Me apoyo contra el respaldo de la silla y sonrío.
—Fantástico —murmuro para mí.
Miro la pantalla otra vez y releo el mensaje, porque ahí está el problema de verdad: no me ignora, ni me evita y tampoco está hablando de lo que pasó en el archivo, ni de la carpeta.
Está entrando en el mismo terreno que yo, manteniendo la conversación sin acercarse a lo importante, y eso deja de parecerme un juego en cuanto me doy cuenta de que me afecta.
Yo:
No estaba observándote.
Solo trataba de evitar que aceptaras
copas de hombres con demasiado dinero
y muy poca conversación.
La respuesta tarda un poco más esta vez, aunque lo suficiente para que me dé tiempo a preguntarme por qué cojones estoy esperando a recibirla.
Amara:
Llevo años sobreviviendo sola
entre hombres con dinero.
Exhalo por la nariz.
«Touché», me digo.
Apoyo el móvil sobre la mesa y me obligo a abrir una presentación financiera que llevo semanas revisando, aunque no paso de la segunda diapositiva porque el teléfono vuelve a vibrar.
Pero esta vez recibo una imagen. Al abrirla, veo que es una fotografía tomada en su despacho de la carpeta abierta, con papeles sobre la mesa y notas escritas a mano y debajo de la imagen una sola frase: «No me gusta que me den piezas sin contexto».
Tenso la mandíbula al leerla, porque ya no estamos coqueteando. Ahora me está diciendo que no piensa dejarlo, aunque lo peor es que una parte de mí siente un orgullo injustificable.
Bajo la vista hacia la imagen otra vez y empiezo a responderle, pero lo borro, vuelvo a escribir y lo vuelvo a borrar… No recuerdo la última vez que un mensaje me obligó a pensar tanto antes de responder.
Yo:
Esa carpeta solo tiene sentido
si sabes dónde mirar.
Pulso enviar y me quedo observando la pantalla, aunque no recibo ninguna respuesta.
Sin embargo, durante varios segundos sigo releyendo la conversación abierta con la desagradable certeza de que, Amara en su despacho probablemente está haciendo lo mismo.
Apoyo la cabeza contra el respaldo de la silla y cierro los ojos un instante.
Amara Turner ya no me afecta solo cuando la tengo delante, ni cuando me arrastra de la corbata contra una estantería y me hace olvidar durante unos segundos que llevo media vida controlando cada movimiento que hago.
El verdadero problema es que aparece en mi cabeza incluso cuando no está.
.. y ahí es cuando tengo claro que esto puede salir muy mal.