Capítulo 7 #2
Apoyo la espalda en la silla y vuelvo a repasar la lista desde arriba, cruzando mentalmente cada entrada, movimiento y nombre.
Algunos encajan con la lógica habitual de un despacho como Hammond & Rowe Legal Group: personal de seguridad, un técnico de sistemas, un socio junior demasiado ambicioso como para irse pronto a casa…
Pero Alistair no a esa hora, ni la noche posterior a una boda en la que, claramente, alguien tenía demasiada prisa por cerrar un acuerdo que nadie parece querer recordar.
—Interesante —murmuro para mí.
Cierro la carpeta y me obligo a pensar con frialdad.
Primera regla: no sacar conclusiones con una sola prueba.
Segunda regla: no confiar en nadie que te dé información justo cuando sabe que la estás buscando.
Eso me lleva directamente a Brock. Y, por algún motivo bastante molesto, en cuanto pienso en él no me viene a la cabeza primero la carpeta, ni el ascensor, ni su mirada en mi despacho, sino la presión de sus manos sujetándome por los muslos mientras mi espalda golpeaba una estantería metálica y yo olvidaba durante unos minutos que llevo toda la vida construyendo una reputación precisamente para no perder nunca el control delante de un hombre.
Cierro los ojos un segundo.
—Esto empieza a ser ridículo —susurro y, justo en ese momento, mi móvil vibra sobre la mesa y me obliga a volver a la realidad.
Elara:¿Sigues viva o
tengo que asumir que has matado a alguien hoy?
Lo miro durante unos segundos antes de responder.
Yo:
Todavía no.
Pero el día no ha terminado.
No tarda ni cinco segundos en contestar.
Elara:
Eso no responde a nada.
¿Café o interrogatorio a palo seco?
Suelto una carcajada, porque hay personas que llevan tanto tiempo observándote que ya no necesitan demasiadas pistas para saber cuándo algo no va bien.
Yo:
Las dos cosas suenan peligrosas.
Elara:
Perfecto.
Llego en cinco minutos.
Dejo el teléfono sobre la mesa y vuelvo a mirar la carpeta, aunque la cierro justo cuando escucho unos nudillos golpeando el cristal. Al alzar la mirada veo que es Elara que entra con un café en cada mano. Deja uno de los vasos delante de mí y se sienta al otro lado de la mesa.
—Tienes peor cara que ayer.
Cojo el café.
—Tu delicadeza sigue siendo admirable.
Elara se recuesta en la silla y entrecierra un poco los ojos.
—No tienes cara de mujer agotada…
Bebo un sorbo sin apartar la vista del vaso con la seguridad de que de un momento a otro va a empezar a disparar preguntas.
—Entonces ilumíname.
Elara inclina ligeramente la cabeza.
—Tienes cara de mujer que está a punto de meterse donde no debería.
Levanto la vista despacio.
—Eso ha sonado extrañamente específico.
Su boca se curva un poco en una sonrisa.
—Eso es porque te conozco desde antes de que aprendieras a mirar a la gente como si fueras capaz de ponerles la vida patas arriba en un abrir y cerrar de ojos.
No le respondo y ella continúa.
—¿Tiene nombre o todavía estamos fingiendo que solo es trabajo?
Mi mandíbula se tensa.
—¿Tú siempre preguntas así o tal vez hoy te has levantado especialmente insoportable? —le pregunto arqueando las cejas.
Elara sonríe.
—Solo cuando veo a una mujer brillante perder horas de sueño por algo que no está en su contrato.
No aparto la mirada.
—No estoy perdiendo horas por un hombre.
Ella me sostiene la mirada durante unos segundos y, por algún motivo que no me gusta nada, parece satisfecha.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Aprieto la taza entre los dedos.
—Tengo trabajo.
Elara se pone de pie despacio.
—Claro… —responde rodando los ojos.
Da un paso hacia la puerta, pero antes de salir vuelve la cabeza hacia mí.
—Solo una cosa más.
La miro.
—Cuando un hombre deja de intentar impresionarte y empieza a darte respuestas... normalmente no es porque esté tranquilo.
Se marcha antes de que pueda responderle y yo me quedo quieta durante varios segundos, porque de todas las cosas que podría haber dicho... esa ha sido, probablemente, la más incómoda.
Una hora después sigo trabajando, aunque eso de «trabajar» quizá sea una forma demasiado generosa de describir lo que hago, porque técnicamente llevo cuarenta minutos mirando la misma página mientras mi cabeza sigue repasando la carpeta, la conversación con Max, el nombre de Alistair y la forma en que Somerset ha dejado esa pista sobre mi mesa sin pedirme nada a cambio.
Sin embargo, lo que más me inquieta es no entender cuál es su jugada y cuando no entiendo las motivaciones de alguien.
.. suelo seguir investigando hasta que encuentro la respuesta.
Vuelvo a abrir la carpeta y esta vez, junto al nombre de Alistair, veo algo que antes no había llamado mi atención: una segunda validación esa noche con la misma tarjeta, pero en otra planta.
Mis dedos se detienen sobre el papel y siento la desagradable sensación de que esto acaba de hacerse mucho más grande, peligroso y personal.
La segunda validación no debería estar ahí, porque las personas como Alistair Hudson no se mueven por un edificio a esas horas dejando rastros sin motivo.
Él no improvisa, ni se equivoca con una puerta, ni sube a una planta equivocada porque ha olvidado dónde está una sala de reuniones.
Alistair, hasta donde he podido observar desde que entré en este círculo, hace exactamente lo que quiere hacer y después deja que los demás crean que han entendido la mitad.
Mi estómago se tensa lo justo para que tenga que apoyar la espalda en la silla y tomar aire despacio.
Miro la puerta de mi despacho, todavía cerrada, y pienso en Brock dejando la carpeta sobre mi mesa sin tocarme, sin mencionar el archivo y sin intentar convertir lo de anoche en una broma ni en una ventaja.
Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace.
Brock no me ha dado una respuesta sino un camino que seguir y los caminos, en esta empresa, rara vez aparecen por generosidad.
Cojo un bolígrafo y anoto las horas en una hoja aparte, cruzándolas con lo que recuerdo de la boda: Theo hablando muy deprisa, Devon con la mandíbula tensa, Max mirando desde lejos, Brock en el pasillo y yo con los tacones en la mano.
Después, la suite, la mañana siguiente con una camisa blanca entre las sábanas y una pregunta que no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza desde entonces: ¿Qué demonios ocurrió mientras todos estábamos demasiado ocupados cometiendo errores?
Vuelvo a la lista de accesos y subrayo el nombre de Alistair una sola vez.
No necesito más. Si Brock me ha dado esta carpeta, hay dos posibilidades: la primera es que esté intentando protegerme de algo que todavía no sabe cómo contarme y la segunda es que esté llevándome justo hacia donde quiere que me concentre para que no mire en otra dirección.
Lo irritante de todo esto es que, dé las vueltas que dé, siempre termino en el mismo sitio: Brock Somerset.
Cierro la carpeta despacio y la guardo en el cajón de mi mesa bajo llave con cuidado.
Después me acerco hasta el ventanal y observo la ciudad, aunque sin verla del todo, mientras una certeza empieza a resonar dentro de mí con una claridad que no me gusta: no puedo seguir esperando a que los hombres de este grupo decidan cuándo soy lo bastante útil para trabajar con ellos y cuándo soy demasiado peligrosa para saber la verdad.
No puedo esperar a Brock, ni a Max, ni a que Alistair cometa un error, si es que ese hombre comete alguno.
Me giro hacia la mesa, cojo el móvil, abro una nota nueva y escribo tres nombres: Brock, Max y Alistair. Luego añado una línea debajo: sala privada, archivo y segunda validación.
Me quedo observando la pantalla durante unos segundos y siento la certeza de que, por fin, empiezo a ir en la dirección correcta.
De repente mi teléfono vibra con una notificación interna de la oficina, una actualización menor del sistema de seguridad programada para esa noche.
Nada importante para cualquiera que no lleve horas mirando registros de acceso como si fueran el mapa de una traición.
Para mí, en cambio, es una puerta. Porque si el sistema va a actualizarse esta noche, durante unos minutos alguien tendrá que validar manualmente ciertos registros antiguos antes de que se bloqueen de nuevo.
Abro el calendario, cancelo una reunión que no es importante y marco una hora en rojo para revisar el archivo de accesos completo antes de que desaparezca detrás de otra capa de permisos ejecutivos.
Después, miro hacia la puerta por la que Brock se ha marchado hace un rato y me invade la sensación de que no sé si me ha dado una pista para protegerme o si me está utilizando.
Lo único que sé es que acaba de cometer un error: me ha dejado una pieza y yo nunca permito que una pieza se quede sin colocar por muy complejo que sea el puzzle.