Capítulo 7
Amara
Cuando cierro la puerta de mi apartamento y dejo el bolso, lo primero que se me pasa por la cabeza es que debería irme directa a la ducha, desmaquillarme, beber agua y fingir que hoy no he terminado el día en la oficina con la espalda contra una estantería metálica, la respiración de Somerset sobre mi piel y una verdad a medias latiendo entre los dos con mucha más fuerza que cualquier roce de manos o cualquier recuerdo de aquella noche en el hotel.
El problema es que mi cuerpo tiene planes bastante menos sofisticados que mi cabeza.
Camino descalza por el salón con los tacones colgando de una mano.
Camino frente a los ventanales que dan al perfil nocturno de Manhattan y, durante un instante bastante humillante para una mujer que lleva más de una década sobreviviendo en salas de juntas llenas de hombres que creen que una sonrisa en el momento oportuno vale más que una auditoría completa, noto cómo todavía recuerdo exactamente la forma en que Brock me ha puesto contra aquella estantería, la presión de sus dedos en mis muslos y cómo ha dejado de jugar conmigo en el momento en el que ha comprendido que aquella vez no estaba provocándolo, sino perdiendo el control.
Pero lo que es todavía peor, es que me ha gustado.
—Fantástico —murmuro mientras dejo los zapatos junto al sofá.
Entro en la cocina, saco una botella de agua del frigorífico y bebo directamente de ella sin necesidad de utilizar un vaso.
No obstante, eso no me sirve para que esa sensación desaparezca, porque sigue pegada a mi piel.
Aunque cuanto más intento recordar el archivo, el beso, su forma de mirarme después.
.. más vuelve a mi cabeza otra cosa: la carpeta.
Dejo la botella sobre la encimera, cierro los ojos durante un segundo y no tardan en aparecer en mi cabeza recuerdos de la boda, la música demasiado alta, las copas de cristal chocando unas contras otras, los invitados riendo y la sensación de que aquella noche nadie estaba realmente celebrando nada, sino esperando que ocurriera algo.
Entonces aparecen imágenes sueltas, pequeñas piezas que se van colocando dentro de mi cabeza con una precisión que me resulta inquietante: Brock Somerset hablando con Devon Mitchell en una esquina, Max Hammond observando todo desde varios metros de distancia con una copa en la mano, una voz masculina diciendo que aquello tenía que firmarse esa misma noche, una sala privada, una mesa y después.
.. nada. Abro los ojos de golpe y chasqueo la lengua negando con la cabeza.
Aunque no tengo la más mínima intención de ponerme a trabajar, ni me interesa especialmente revisar contratos a la una de la madrugada, mi cerebro funciona mejor cuando tiene una pantalla delante y algo que organizar.
Así que enciendo el portátil sobre la mesa del salón y abro un documento en blanco y empiezo a escribir: «Boda.
Sala privada. Firma. Brock. Devon. Max».
Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos.
—¿Quién más? —susurro y aprieto la mandíbula al darme cuenta de que la pregunta importante ahora ya no es quién estuvo allí, sino quién no quería que yo le viera.
Paso más de una hora reconstruyendo horarios, mensajes y fragmentos de aquella noche.
En algún momento cercano a las tres de la madrugada, me obligo a cerrar el portátil y acostarme, aunque dormir termina siendo un concepto bastante optimista, porque, cada vez que cierro los ojos, aparecen dos imágenes: la mano de Brock sobre mi muslo y aquella maldita carpeta.
A la mañana siguiente entro en Hammond & Rowe Legal Group con un café en una mano, gafas oscuras y la irritante sensación de haber dormido poquísimo. Aun así, camino con el mismo ritmo de siempre, la espalda recta, la mirada al frente y el paso firme.
Lo primero que hago al llegar a mi despacho es dejar el bolso sobre la mesa, abrir el portátil y revisar la agenda para hoy.
Lo segundo... es buscar a Max, aunque no tardo demasiado en encontrarlo en una sala de reuniones pequeña, revisando documentación en una pantalla y hablando por teléfono con alguien que, por el tono de su voz, no le hace disfrutar de la conversación.
Espero fuera hasta que cuelga y entonces llamo dos veces al cristal con los nudillos y él alza la mirada.
—Turner.
—Hammond —le respondo al entrar en la sala.
Apaga la tableta y me observa con la misma calma que lleva años utilizando para conseguir que todo el mundo hable más de la cuenta delante de él. Pero para su desgracia, llevo demasiado tiempo rodeada de hombres como para caer en sus trucos de tres al cuarto.
—¿Sucede algo? —me pregunta.
Sonrío un poco.
—Depende. ¿Suele pasar algo cuando alguien hace preguntas?
Max apoya la espalda en la silla y entrelaza los dedos sobre la mesa.
—Depende de la calidad de esas preguntas.
«Perfecto» me digo para mí.
—La noche de la boda —empiezo mientras me siento frente a él—, ¿cuántos socios estuvieron en la sala privada?
No pestañea ni cambia ni un solo músculo de su cara, lo que, curiosamente, me dice bastante más que cualquier respuesta incómoda que me hubiese dado para salir del paso.
—Muchos eventos corporativos tienen salas privadas en el hotel —responde Max con una calma tan medida que, para cualquiera que no lo conozca, sonaría completamente natural.
Lo observo durante un momento mientras nos quedamos en silencio.
—Curioso —murmuro sin apartar la vista de él—. No he dicho en ningún momento nada del hotel.
Por primera vez desde que he entrado en la sala, Max tarda una fracción de segundo más de la cuenta en responderme y ese pequeño retraso, casi invisible para cualquiera que no estuviera prestando atención, confirma exactamente lo que necesitaba.
—Has dormido poco —comenta.
—Y tú acabas de cambiar de tema.
Max me sostiene la mirada durante varios segundos.
—Estás buscando algo que quizá no te guste encontrar.
Suelto una carcajada breve.
—Eso empieza a convertirse en una frase muy popular entre vosotros.
Esta vez sí veo algo que cambia levemente en su mirada.
—Ten cuidado con las preguntas que haces cuando todavía no tienes todas las piezas.
—Gracias por confirmar que existen piezas —le digo antes de marcharme.
Cuando salgo de la sala ya no tengo dudas. Max Hammond sabe algo, aunque lo que empieza a preocuparme de verdad... es que también sabe que yo lo sé.
Dos horas después, mientras reviso en mi despacho un contrato internacional que no me interesa lo más mínimo, porque mi cabeza sigue repasando cada palabra de la conversación con Max, unos nudillos golpean el cristal.
Levanto la vista y ahí está Somerset. No me sonríe, ni entra con su habitual seguridad descarada, que suele utilizar para provocar.
Ahora simplemente abre la puerta y entra.
Lleva un traje oscuro impecable, la corbata perfectamente colocada y una expresión que, por algún motivo, no me gusta nada.
Cierra la puerta detrás de él y yo no me muevo.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos y, por primera vez desde la boda, la ausencia de palabras entre nosotros no resulta incómoda sino peligrosa.
Brock da dos pasos hacia mi mesa y deja una carpeta delante de mí.
—¿Qué es esto? —le pregunto apartando la mirada de la carpeta para llevarla hasta sus ojos.
—Si vas a seguir buscando... empieza por ahí —me suelta sin dejar de mirarme y a mí se me acelera el pulso, porque esto no encaja con el hombre que, hace menos de veinticuatro horas, intentaba convencerme de que dejara de hacer preguntas.
—¿Por qué? —pregunto.
Brock tarda un instante en responderme.
—Porque hay gente en esta empresa que lleva demasiado tiempo pensando que nadie presta atención.
—¿Y tú sí?
Su mandíbula se tensa un poco.
—Últimamente... demasiado.
No dice nada más, ni intenta tocarme, ni dice nada del archivo, ni del hotel.
Simplemente gira sobre sus talones y sale de mi despacho.
Yo me quedo inmóvil durante varios segundos.
Después abro la carpeta y dentro encuentro una lista con los accesos internos, el registro de entradas, los horarios y las tarjetas magnéticas utilizadas la noche posterior a la boda.
Empiezo a bajar la vista línea por línea y todo parece normal hasta que llego al último, entonces mi respiración cambia, porque el nombre que aparece ahí no debería estar en ninguna lista relacionada con aquel acuerdo: Alistair Hudson.
Levanto la vista hacia la puerta cerrada de mi despacho con la desagradable sensación de que esta historia acaba de complicarse mucho más de lo que esperaba.
Porque Brock no solo sabe cosas, puede que también esté intentando protegerme o puede que me esté utilizando para llegar a algo que todavía no veo y, sinceramente, aun no tengo claro cuál de las dos opciones me preocupa más.
La puerta de mi despacho sigue cerrada y, aun así, durante varios segundos soy incapaz de apartar la vista de ella, porque una parte bastante racional de mi cabeza sigue intentando decidir si lo que acaba de hacer Somerset encaja mejor en la categoría de confesión, manipulación o advertencia, aunque lo verdaderamente incómodo es que no consigo inclinarme con seguridad por ninguna de las tres opciones.
Bajo la mirada otra vez hacia la carpeta y mis dedos pasan despacio sobre la hoja de accesos internos mientras releo el nombre de Alistair Hudson con una concentración que, probablemente, desde fuera parecería casi obsesiva.
La hora está ahí, la planta también y la validación de la tarjeta no deja lugar a interpretaciones.
Eso me fastidia, porque una de las pocas cosas que sigo valorando en este edificio es que los sistemas rara vez mienten a diferencia de las personas.