Capítulo 6
Brock
La puerta del archivo se cierra detrás de Amara con un golpe seco que rebota entre las estanterías metálicas y, durante unos segundos que se me hacen bastante más largos de lo que querría, me quedo donde estoy, con la corbata torcida, la respiración todavía lejos de parecer la de un hombre adulto con algo parecido al autocontrol y con una sensación incómoda instalada en mitad del pecho.
No sonrío, ni me obligo a pensar que esto no significa nada, porque por primera vez ni siquiera yo me creo esa mierda.
Bajo la mirada hacia la carpeta a mis pies, apoyo la espalda contra la estantería y me dejo caer despacio hasta quedar sentado en el suelo del archivo, con las piernas flexionadas, los codos apoyados sobre las rodillas y la irritante sensación de que, probablemente, acabo de meterme en el único tipo de problema que no se arregla con dinero, ni con estrategia.
Suelto una risa baja y me paso una mano por la cara.
—Fantástico, Somerset.
La carpeta sigue frente a mí, ni siquiera la he tocado, porque ya sé lo que hay dentro y, por algún motivo que empiezo a odiar bastante, eso ya no me preocupa tanto como la cara que acaba de poner Amara cuando ha entendido que he reconocido ese documento.
Cierro los ojos un momento, pero me doy cuenta al instante de que es una mala idea, porque el recuerdo aparece en mi cabeza de forma clara.
Me acuerdo de la boda, del hotel, de la música demasiado alta, del whisky, de las conversaciones mezclándose con promesas de inversión y felicitaciones que nadie recordaría al día siguiente. Y, después...
Una sala privada, una carpeta abierta sobre una mesa y la voz de Theo Ashford hablando del acuerdo con la seguridad propia de quien cree tenerlo todo bajo control, la mandíbula tensa de Devon, una firma demasiado rápida, el gesto de Max desde el otro lado de la sala dejando claro que tampoco le gustaba lo que estaba presenciando…
También recuerdo que yo estaba a punto de intervenir y…
Aprieto la mandíbula antes de seguir, porque la siguiente parte del recuerdo no tiene nada que ver con negocios, sino con unos tacones en una mano, un vestido negro y ella caminando por un pasillo del hotel a escasos metros de mí.
—Joder —digo al abrir los ojos de golpe.
Ahí está la parte que no me gusta… No me callé porque confiara en Devon o en Theo, sino porque en el momento en que Amara Turner apareció, dejé de prestar atención y eso me toca bastante más las narices de lo que me gustaría.
Me pongo de pie despacio, recojo la carpeta del suelo y salgo del archivo con la desagradable sensación de que no tengo claro qué coño estoy haciendo.
La planta está prácticamente vacía cuando cruzo el pasillo principal de Hammond & Rowe y, a estas horas, el edificio deja de parecer una firma legal de élite para convertirse en lo que realmente es cuando nadie mira: un edificio carísimo lleno de secretos, favores y decisiones tomadas por hombres que siempre creen que podrán controlar las consecuencias de sus actos.
Paso frente al cristal de una sala de reuniones y, durante un segundo, veo mi reflejo: la corbata torcida, el pelo despeinado, la mandíbula tensa… perfecto, parezco exactamente un hombre que acaba de perder el control con una mujer que lleva dos días poniéndole la vida del revés.
—Patético.
—Depende bastante de con quién hayas pasado la última media hora.
Cierro los ojos un segundo antes de girarme y reconozco la voz de Dorian Griffiths con la misma facilidad con la que reconozco una inversión peligrosa.
Cuando me giro, lo encuentro apoyado contra uno de los ventanales con una copa en la mano y la expresión de hombre que, claramente, ha subido del restaurante porque quedarse quieto nunca ha sido una de sus virtudes.
—Algún día alguien va a prohibirte aparecer sin invitación.
Dorian sonríe.
—Eso implicaría que he dejado de ser útil.
Sigo caminando, aunque, por supuesto, el cabrón empieza a caminar a mi lado.
—No sabía que te habías metido en problemas con tacones.
Suelto una risa breve.
—No sabía que tu vida sexual había caído tan bajo como para convertir la mía en tu particular entretenimiento.
—No estoy entreteniéndome —dice tras dar un sorbo a su copa e inclina ligeramente la cabeza hacia mí.
—Estoy observando.
Lo miro.
—Qué miedo.
—Debería darte bastante más miedo del que parece.
Aprieto la mandíbula.
—Habla claro o vete a tocarle los huevos a otro.
Dorian me observa durante unos segundos más y, por primera vez desde que lo conozco, no parece especialmente interesado en hacer bromas.
—Ten cuidado, Brock.
No le respondo, aunque no hace falta, porque él sigue hablando.
—No parece una mujer que vaya a perdonarte cuando descubra algún secreto…
La frase me atraviesa, porque Dorian no sabe nada del archivo, ni del acuerdo, ni de la boda y, aun así, por algún motivo que empieza a tocarme bastante la moral, acaba de acertar de lleno.
—No sabes de qué hablas.
Dorian me sostiene la mirada durante unos segundos antes de terminar la copa.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Se gira y se marcha hacia el ascensor sin añadir nada más y yo me quedo quieto en mitad del pasillo con la carpeta bajo el brazo, mirando cómo desaparece tras las puertas metálicas mientras una sensación bastante desagradable empieza a instalarse dentro de mí.
No me preocupa que Amara descubra la verdad.
Lo que realmente me preocupa... es la cara que pondrá cuando descubra que yo estaba allí.
Bajo al vestíbulo unos minutos después con la intención de irme a casa, beber algo fuerte e intentar convencerme de que todo esto todavía tiene solución.
Sin embargo, la idea se va a la mierda en el momento en que la veo cruzar sola la recepción con el abrigo sobre un brazo y el bolso colgado del hombro, caminando hacia la salida con esa seguridad que hace que hasta la gente que no la conoce se aparte un poco para dejarla pasar.
La observo desde el otro lado, mientras el personal de seguridad le desea buenas noches y ella responde con una inclinación breve de cabeza antes de seguir caminando hacia la puerta principal.
Durante años, ver a una mujer así alejándose delante de mí solo me habría despertado una idea bastante sencilla y bastante poco original: encontrar la forma de volver a tenerla en mi cama antes de que terminara la noche.
Pero esta vez no, ahora, mientras la veo salir sola a la noche de Manhattan, lo único en lo que puedo pensar.
.. es en decirle la verdad, aunque, por primera vez, darme cuenta de eso me asusta bastante más que cualquier otra cosa.