Capítulo 5 #2
Recojo la carpeta del suelo con movimientos lentos, demasiado controlados para alguien que hace menos de un minuto estaba besando a su jefe contra una estantería del archivo.
La abro esperando a que diga algo en un intento de detenerme, pero no lo hace.
Permanece donde está, con la corbata torcida, el pelo despeinado y una expresión que, por primera vez desde que lo conozco, no tiene absolutamente nada de segura.
Eso me inquieta mucho. Paso una página y después otra, mientras noto mi respiración más tranquila, a diferencia de la suya que continúa desbocada.
—Interesante —murmuro sin levantar la vista.
Él tarda un segundo en responder.
—No estoy seguro de que esa palabra signifique lo mismo para los dos ahora mismo.
Cierro la carpeta despacio.
—Eso es porque tú llevas dos días intentando convencerme de que el problema entre nosotros fue una noche mal gestionada.
Levanto la vista.
—Y yo empiezo a pensar que lo nuestro fue solo una distracción bastante conveniente para ti.
La mandíbula de Brock se tensa de una forma casi imperceptible y tengo claro de que he acertado con lo que acabo de soltarle. Da un paso hacia mí. Lo justo para obligarme a levantar un poco más la barbilla si quiero seguir sosteniéndole la mirada.
—Ten cuidado con las conclusiones rápidas, Turner.
Aprieto los dedos sobre la carpeta.
—¿Eso es una amenaza?
Su boca se curva un poco.
—No, un consejo.
—No te recuerdo en la lista de personas cuyo criterio me importe.
Brock exhala por la nariz con una mezcla bastante irritante de tensión y diversión contenida.
—Eso sería más convincente si no acabaras de tirarme de la corbata como si llevaras semanas esperando hacerlo.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi orgullo consiga intervenir y noto un calor completamente inoportuno subiéndome por el cuello.
Maldigo para mis adentros. Treinta y tres años construyendo autocontrol para terminar ruborizándome por un hombre que, claramente, necesita que alguien lo atropelle con un Bentley.
—No te confundas —respondo sin apartar la mirada de él—. Lo de antes no ha cambiado nada.
Esta vez sí sonríe lo justo para cabrearme.
—Ahí sí creo que estás mintiendo —me dice sin dejar de mirarme.
No respondo, porque una parte bastante molesta de mí sospecha que podría tener razón y eso, ahora mismo, resulta completamente inaceptable.
Abro la carpeta otra vez y paso directamente a la página del registro y cruzo los datos otra vez. Todo sigue igual de mal, pero esta vez noto que Brock se ha acercado hasta mí.
—¿Qué parte te obsesiona tanto? —pregunta mirando el papel.
—La parte donde alguien mueve documentos internos horas después de una boda llena de alcohol, testigos cuestionables y demasiadas casualidades.
—Las casualidades existen.
Levanto la vista hacia él.
—No en esta empresa.
Durante unos segundos me sostiene la mirada con una intensidad que empieza a resultar mucho más íntima de lo recomendable.
—No —admite al final.
Y esa sola palabra me deja más fría que cualquier otra respuesta, porque Brock Somerset no acaba de provocarme, sino que acaba de confirmarme que tengo razón.
—¿Quién lo hizo? —pregunto.
Brock baja la vista hacia la carpeta y después vuelve a mirarme.
—No hagas preguntas para las que todavía no estás preparada.
Suelto una risa breve y sin rastro de humor.
—Qué curioso. Siempre sois los mismos hombres los que decidís cuándo una mujer está preparada para saber la verdad.
Su expresión cambia un poco.
—No estoy hablando de eso.
—Claro que sí.
Cierro la carpeta de golpe y doy un paso hacia él. Esta vez soy yo la que invade su espacio y la que disfruta al descubrir que Brock Somerset también sabe ceder terreno.
—Llevo años escuchando el mismo discurso con palabras distintas, Somerset. Primero te dicen que eres brillante, después que eres imprescindible y, justo cuando estás a punto de intervenir en la conversación crucial, deciden que todavía no estás preparada para escuchar lo importante.
Su mirada baja a mi boca y después vuelve a mis ojos.
—No estoy intentando dejarte fuera de nada.
—Entonces dime la verdad.
Brock me observa durante varios segundos y por un instante incluso creo que va a hablar, pero entonces hace exactamente lo que empiezo a odiar de él: se aparta, se recoloca la corbata con movimientos lentos, recupera el control y me devuelve la peor sonrisa de todas, la que usa cuando decide no dejarme entrar.
—Ahora mismo la única verdad que te interesa… no está en esa carpeta.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me sorprende no partirme una muela.
—Vete a la mierda.
Su sonrisa se amplía un poco.
—Eso habría sonado bastante más convincente si me lo hubieras dicho antes de besarme.
Lo observo durante un instante y después cierro la carpeta, cojo el bolso y camino hacia la puerta sin volver la vista atrás. Sin embargo, esta vez, cuando llego al pomo, élno intenta detenerme, ni me llama, ni bromea, ni me sigue y eso, por algún motivo bastante molesto, me cabrea todavía más.
Salgo del archivo con el corazón desbocado en mi pecho por motivos que preferiría no analizar y una certeza bastante más peligrosa que cualquiera de las que tenía hace una hora.
No solo sigo deseando a Brock Somerset, ahora también sé que me está ocultando algo y, por algún motivo que me irrita muchísimo, acabo de entender que eso no me va a alejar de él… sino todo lo contrario.