Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Amara

No recuerdo exactamente qué excusa he utilizado para levantarme de la mesa del restaurante, aunque, siendo sincera, tampoco creo que importe demasiado, porque a estas alturas todos en ese grupo tienen la suficiente inteligencia como para reconocer cuándo alguien necesita aire…

o cuándo está huyendo de algo que empieza a resultarle demasiado incómodo para seguir ignorándolo con una copa de vino en la mano y una sonrisa social en los labios.

Lo único que sé con certeza es que, diez minutos después, estoy de pie frente al ascensor privado de Hammond & Rowe Legal Group, mirando cómo se iluminan los números sobre las puertas de acero con una concentración que no tiene absolutamente nada que ver con el trabajo y mucho más con la necesidad de recuperar el control antes de cometer una estupidez mayor que la que ya he cometido.

Porque sí, me he levantado de aquella mesa por Brock Somerset.

Y sí, me he repetido tres veces de camino hasta aquí que solo necesito espacio.

El problema es que hay una parte de mí, una parte bastante menos civilizada y mucho más honesta, que lleva todo el trayecto haciéndome otra pregunta mucho más incómoda.

Si realmente estoy huyendo de él… ¿por qué llevo todo el rato deseando que me siga?

Aprieto la mandíbula justo cuando las puertas del ascensor se abren frente a mí y entro sin permitirme seguir pensando en ello.

La música ambiental del interior del habitáculo suena demasiado baja, elegante y propia de un edificio donde la gente firma contratos millonarios mientras destruye matrimonios, empresas o reputaciones con la misma facilidad con la que otros piden un café para llevar.

Pulso el botón de la planta donde está el archivo y observo mi reflejo en las puertas metálicas, que me devuelven una imagen de mí que, desde fuera, sigue siendo impecable.

El vestido negro continúa ajustado a mi cuerpo, el maquillaje sigue intacto y mi expresión, por suerte, todavía conserva el punto de frialdad que suele bastar para que la mayoría de la gente no haga preguntas.

Sin embargo, lo que no se puede ver en mi reflejo es el pulso acelerado bajo mi piel, ni la manera en la que sigo escuchando la voz de Brock dentro de mi cabeza, ni cómo por algún motivo, que no termino de entender, me dolió más de lo que creía lo que hizo.

«Hay noches que deberían quedarse donde ocurrieron».

Las puertas se abren y al salir veo que la planta está prácticamente vacía.

A estas horas, Hammond & Rowe Legal Group parece otro lugar, menos brillante, menos teatral y más parecido a lo que realmente es cuando nadie está mirando: un edificio lleno de poder, secretos y decisiones tomadas por hombres que aprendieron hace tiempo que el dinero no sirve de nada si no sabes cuándo mantener la boca cerrada.

Camino hasta el archivo con paso firme, saco la tarjeta de acceso del bolso y abro la puerta.

Dentro, el aire es más frío. Las luces blancas del techo proyectan una claridad limpia sobre las estanterías metálicas, los archivadores están perfectamente alineados y ordenados por orden cronológico y alfabético, y los pasillos son estrechos donde, probablemente, se esconden más secretos de los que cualquiera estaría dispuesto a admitir en una sala de juntas.

Dejo el bolso sobre una mesa auxiliar, busco la maldita carpeta y cuando la encuentro, me recojo el pelo con una mano y vuelvo a abrirla. Paso una página, después otra y compruebo el historial. Nada ha cambiado.

Apoyo ambas manos sobre la mesa y me inclino un poco más sobre el documento.

—Vamos… —murmuro.

Mi dedo se desliza por los papeles buscando algo que me.

.. De repente, noto su perfume. Cierro los ojos durante una fracción de segundo y cuando los vuelvo a abrir, Somerset está al otro lado del archivo.

No se ha acercado todavía, ni me sonríe, ni hace bromas, ni tiene la expresión relajada que utiliza cuando quiere provocar y salir airoso.

Simplemente me observa y, por algún motivo bastante molesto, eso me desarma más que cualquier comentario provocador que haya salido antes de su boca.

Dejo la carpeta sobre la mesa y me cruzo de brazos despacio.

—Has tardado.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Eso depende de cuánto tiempo lleves esperándome.

Mi pulso se desboca dentro de mi pecho, aunque mi cara, por suerte, sigue sin traicionarme.

—Lo curioso de ti, Somerset, es que nunca respondes a lo que importa… y, aun así, la gente sigue creyendo que eso te hace interesante.

Él empieza a caminar hacia mí con una calma que me hacen tener ganas de estrangularle.

—Lo curioso de ti, Turner, es que cada vez que dices que no te intereso… terminas buscándome en edificios vacíos.

Aprieto la mandíbula.

—No te he buscado.

Su mirada baja un instante hacia la carpeta y después vuelve a subirla hasta mí.

—No. Claro que no.

La forma en que lo dice consigue exactamente lo que estoy convencida que pretende y eso me cabrea muchísimo.

—¿Qué viste aquella noche?

Se queda quieto a menos de un metro de mí, con las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión seria en su cara, que empieza a gustarme bastante menos que cualquiera de sus bromas.

—Amara…

—No me cambies de tema.

—No te estoy cambiando de tema.

—Llevas cuarenta y ocho horas haciendo exactamente eso.

Durante unos segundos no aparta la mirada y yo lo observo con atención. Tiene la mandíbula ligeramente tensa, los hombros más rígidos de lo habitual y la corbata perfectamente colocada. Quiere aparentar que tiene el control, quizá demasiado y eso nunca es buena señal.

—¿Qué recuerdas? —insisto.

Brock baja la vista hacia el documento.

—Recuerdo más de lo que te conviene.

Aprieto los dedos sobre el borde de la mesa.

—No eres tú quien decide lo que me conviene o no.

Su expresión cambia lo justo.

—Empiezas a obsesionarte con cosas que quizá no quieres recordar.

La frase me impacta mucho más de lo que debería, porque reconozco perfectamente ese tono.

Esa manera de hablar, de pensar cada palabra y de hacerte creer que te están protegiendo cuando, en realidad, lo único que están haciendo es decidir por ti qué puedes saber y qué no.

La he escuchado antes, demasiadas veces, en boca de hombres que me calificaban como brillante, mientras se aseguraban de que nunca tuviera acceso a toda la verdad.

Y, por primera vez en toda la noche… Pierdo el control.

No respondo, ni discuto, ni le doy tiempo a reaccionar.

Me acerco hasta él, le agarro de la corbata con fuerza y tiro de él hacia mí hasta que su cuerpo choca con una de las estanterías metálicas del archivo con un golpe seco que rebota entre los pasillos.

Después, lo beso con rabia, con deseo y con demasiadas preguntas sin respuesta acumuladas entre los dos.

Durante una fracción de segundo, se queda completamente quieto y sorprendido y eso me enciende todavía más.

Mis dedos tiran de su corbata otra vez y mi boca lo calla antes de que pueda decir una sola palabra.

Entonces él reacciona, me rodea con sus brazos y noto cómo su respiración se altera y la mía también.

Mi cuerpo queda atrapado entre él y la estantería mientras sus labios vuelven a los míos con una intensidad que me roba cualquier pensamiento coherente y convierte toda mi rabia en algo que no puedo ignorar.

Le clavo las uñas en los hombros y él desciende sus labios por mi cuello, lo que consigue que, por un momento, mis rodillas dejen de sostenerme.

La cercanía, el roce, la forma en que me toca…

Todo empieza a perder sentido demasiado deprisa y lo único que queda entre nosotros es la necesidad de dejar de fingir.

Cuando por fin conseguimos separarnos lo suficiente para respirar, mi pecho sube y baja con demasiada fuerza y la corbata de Brock está bastante más torcida de lo que cualquier hombre obsesionado con el control debería permitir.

Y justo entonces… Una carpeta cae al suelo.

El golpe resuena entre los archivadores.

Bajo la vista y veo que es la carpeta del acuerdo.

Levanto la vista hacia él y veo que no me mira a mí, sino al documento. Mi cuerpo se enfría en cuestión de segundos. Me aparto primero, me recoloco el vestido y recojo mi bolso. Cuando vuelvo a mirarlo, el deseo sigue ahí… pero ahora hay algo mucho más peligroso.

—Lo peor no es que me hayas mentido, Brock…

Él no se mueve, ni sonríe, ni intenta detenerme.

—Lo peor es que todavía no sé en qué momento empezaste a hacerlo —le digo sosteniéndole la mirada.

Durante unos segundos sigo de pie frente a él con una sensación incómoda recorriéndome el cuerpo porque, aunque todavía el calor de sus manos y el recuerdo de su boca sigue demasiado presente como para fingir que no me afecta.

Pero hay algo mucho más importante llamándome la atención: una reacción.

Y cuando llevas años moviéndote entre abogados, socios y ejecutivos que esconden la mitad de lo que piensan detrás de contratos impecables y sonrisas ensayadas, aprendes rápido que las reacciones dicen mucho más que cualquier confesión.

Brock no intenta recoger la carpeta. Ni siquiera aparta la vista de ella inmediatamente, porque su atención permanece en el documento y eso, en un hombre como él, equivale a una declaración firmada ante notario.

Mi pulso sigue acelerado, aunque ya no por los mismos motivos.

Bajo la vista hacia la carpeta, después vuelvo a mirarlo y, por primera vez desde que empezó esta historia entre nosotros, tengo la incómoda sensación de que el verdadero problema nunca fue acostarme con él, sino que empieza a quedar bastante claro que Somerset sabe algo y que, por algún motivo que todavía no entiendo, ha decidido no decírmelo.