Capítulo 4
Brock
Durante unos segundos, después de escuchar la pregunta de Amara, tengo la sensación incómoda de que el despacho acaba de hacerse demasiado pequeño para dos personas que, técnicamente, deberían estar discutiendo sobre documentos internos y no sobre una noche que ninguno de los dos parece recordar completa, aunque por la forma en que me está mirando empiezo a sospechar que, en su caso, el problema ya no es lo que recuerda, sino todo lo que empieza a cobrar un sentido que no me gusta nada.
—Si sabías que algo no cuadraba… ¿por qué no hiciste nada?
Su pregunta se queda suspendida sobre nuestras cabezas con una fuerza que no necesita elevar el tono para golpear donde duele, mientras Amara me sostiene la mirada con una calma que, a estas alturas, ya tengo claro que no significa serenidad, sino peligro.
La conozco lo suficiente como para saber cuándo está incómoda, enfadada y cuándo ha decidido no moverse hasta conseguir la respuesta que busca, y ahora mismo no tengo la menor duda de que no va a apartarse, ni va a cambiar de tema y, desde luego, no va a dejar que una sonrisa mía convierta esta conversación en otra de esas escenas cargadas de tensión que terminan con una frase provocadora y una retirada.
Por suerte tengo una respuesta, pero el problema es que no me gusta mucho y, si soy completamente honesto conmigo mismo, tampoco me gusta la forma en que podría cambiar la expresión de Amara si se la dijera.
Así que hago exactamente lo que llevo años haciendo cuando una conversación empieza a tocar zonas que prefiero mantener cerradas: me apoyo con una mano en la mesa, inclino ligeramente la cabeza y sonrío lo justo para parecer relajado, aunque por dentro esté bastante menos cómodo de lo que estoy.
—Sabes, Turner, hay una parte de mí que empieza a sospechar que lo nuestro no fue una mala decisión después de la boda… sino una excusa bastante conveniente para que puedas meterte en mis asuntos sin pedir permiso.
Amara ni pestañea, ni hace la más mínima reacción, lo que estoy convencido de que es una señal bastante peor.
—Ah, ¿sí? —pregunta sin apartar los ojos de mí.
Mantengo la sonrisa un momento más, aunque por la forma en que me sostiene la mirada ya tengo claro que no se está creyendo absolutamente nada de lo que intento venderle.
—Empiezo a pensar que simplemente tienes una obsesión preocupante por mis problemas.
La frase, con cualquier otra mujer, probablemente habría servido para romper la tensión, desviar el foco y devolverme al terreno donde suelo moverme bastante mejor que el resto del planeta.
El problema es que Amara Turner no es cualquier mujer y eso lo convierte en una verdad bastante más peligrosa de lo que me conviene.
Ella baja la vista hacia la carpeta que tiene delante, la cierra con una calma que consigue ponerme más nervioso que si me hubiera pegado un grito y, cuando vuelve a mirarme, tengo la desagradable sensación de que ha descubierto lo que más me he esforzado en ocultar.
—No me interesan tus problemas, Somerset —responde con serenidad—, sino la gente que se cree con derecho a decidir qué parte de la verdad pueden soportar los demás.
La frase me atraviesa con fuerza, aunque lo peor no es eso, sino que por primera vez desde que la conozco, no se me ocurre una respuesta rápida como para cambiar el rumbo de la conversación sin quedar como un imbécil.
Amara recoge la carpeta, la sujeta contra el pecho y pasa a mi lado sin tocarme, aunque la cercanía es suficiente para que el perfume que lleva me golpee de lleno y me devuelva imágenes que, sinceramente, no me interesa tener dentro de la cabeza estando en este lugar.
No se gira, ni espera nada de mí, simplemente se marcha y yo me quedo quieto durante varios segundos, observando la puerta cerrada frente a mí, mientras una idea empieza a abrirse paso con bastante mala leche dentro de mi cabeza: no me preocupa que Amara descubra lo que sé de aquella noche.
Lo que realmente me preocupa, y bastante más de lo que admitiría delante de cualquier ser humano, es la posibilidad de mirarla a los ojos cuando lo descubra y entender lo que va a pensar de mí…
«Perfecto», me digo para mí y chasqueo la lengua.
Después de treinta y cuatro años evitando cualquier vínculo emocional que pudiera complicarme la vida, resulta que lo que termina descolocándome no es una negociación millonaria, ni un consejo de administración hostil, ni una mala inversión en Hong Kong…
Lo que me vuelve del revés es una abogada brillante, obsesiva, imposible…
y bastante más peligrosa de lo que parecía la primera vez que la vi entrar en esta oficina.
El resto del día me marco un objetivo tan simple como absurdo: mantenerme lejos de Amara Turner durante unas cuantas horas, recuperar el control de mi agenda, firmar lo que tenga que firmar, asistir a las reuniones que llevo semanas evitando delegar y convencerme de que la conversación que he tenido con ella no significa nada más allá que dos personas inteligentes cruzando líneas que, probablemente, ninguno de los dos debería haber cruzado.
La verdad es que mi plan, sobre el papel, resulta impecable. El problema es que en la práctica dura exactamente veintidós minutos en saltar por los aires.
La primera vez la veo al otro lado de una sala de reuniones con dos clientes de Boston, que llevan toda la mañana creyendo que una generosa cuenta bancaria convierte a cualquiera en alguien interesante, y durante los primeros cinco minutos de presentación llego a pensar que quizá esta vez sí voy a conseguir concentrarme en mi propio trabajo, hasta que uno de ellos comete el error bastante previsible de interrumpirla a mitad de una exposición.
No levanto la vista inmediatamente, porque no hace falta.
La forma en la que los asistentes dejan de hablar me dice que Amara acaba de tomar el control de la sala.
Ella no levanta la voz, ni se mueve de su sitio y tampoco pierde la calma, algo que descoloca bastante a hombres acostumbrados a intimidar cuando creen tener ventaja.
Lo único que hace es cerrar la carpeta, apoyar ambas manos sobre la mesa y mirar directamente a los clientes con una serenidad tan incómoda que incluso yo, que llevo años disfrutando del espectáculo ajeno, me permito bajar la taza de café para prestar atención.
—Si me dejan terminar de explicar la cláusula, quizá descubramos que el problema no está en el contrato… sino en que no lo han leído entero.
Los clientes tardan dos segundos más de lo normal en reaccionar, lo que, en un entorno como este, equivale a una derrota pública. El resto de la sala contiene la respiración, aunque yo tengo que apartar la vista un momento para que nadie me vea sonreír.
«Perfecto… Esto es justo lo que necesitaba», me digo para mí y chasqueo la lengua con disimulo. Descubrir a Amara desmontando a un par de clientes con argumentos empieza a resultarme peligrosamente entretenido.
Un rato después, me la cruzo en uno de los pasillos del ala ejecutiva, hablando con Elara Scott junto a uno de los ventanales que dan al sur de Manhattan.
No escucho la conversación completa, porque estoy demasiado lejos como para descifrar lo que dicen, aunque, sinceramente, tampoco lo necesito.
Lo único que escucho es una risa breve y limpia que sale de la boca de Amara antes de que incline la cabeza hacia Elara y diga algo que no llego a distinguir.
Por algún motivo, esa risa consigue golpearme bastante más fuerte que verla medio desnuda entre las sábanas de aquel hotel en Tribeca.
Reduzco el paso durante un segundo y trago saliva, mientras me obligo a recordarme que estoy perdiendo el norte por una mujer que lleva cuarenta y ocho horas poniéndome contra las cuerdas.
—Empiezas a parecer enfermo —comenta una voz a mi lado.
Giro la cabeza y me encuentro a Dorian Griffiths caminando a mi lado con un café en la mano y la expresión de hombre que probablemente nació para meter la nariz en sitios donde nadie lo ha invitado.
—Eso sería preocupante si me importara tu criterio.
Dorian mira hacia donde estoy mirando y tarda un instante en entenderlo todo.
—Ah, no estás enfermo… Estás jodido.
Le lanzo una mirada que debería bastar para que cerrase la boca, pero no funciona, eso nunca funciona con él.
—¿Quieres seguir viviendo o te has levantado especialmente creativo?
Dorian me sonríe.
—Solo digo que hace tres meses habrías seguido caminando.
Lo miro.
—Hace tres meses no tenías tanta facilidad para meterte en problemas.
—Hace tres meses tampoco mirabas a una mujer como si te hubiera robado media empresa y menos si esa mujer se llama Amara Turner.
No le respondo y no porque no tenga nada que decir, sino porque, por primera vez en toda la mañana, sospecho que el imbécil de mi amigo puede tener razón.
Una hora después, al entrar en la sala de estrategia la encuentro con Max Hammond y, aunque mi intención original es pasar de largo y comportarme como un adulto funcional, el tono de la conversación me obliga a reducir la velocidad y tratar de enterarme de lo que hablan.
No discuten, porque eso sería demasiado sencillo para ella.
Max está sentado, con una carpeta abierta delante, mientras Amara permanece de pie al otro lado de la mesa con los brazos cruzados y la mirada fija en él.
Entre ellos hay esa tensión incómoda de las conversaciones que todavía parecen profesionales, aunque cualquiera con ojos en la cara vea que están a un paso de dejar de serlo.
—No estoy cuestionando el procedimiento —dice Max con su calma habitual—. Estoy cuestionando el momento.
—Entonces deberías cuestionar a quien lo firmó, no a quien ha decidido leerlo entero.
Max la observa durante un segundo y después aparta la vista primero.
Yo sigo caminando antes de que cualquiera de los dos me vea, no porque quiera mantenerme al margen sino porque la conclusión me resulta bastante incómoda.
Amara no está jugando y lo que empieza a preocuparme no es lo que pueda descubrir, sino lo que piense de mí cuando lo haga.
Por la noche, cuando entro en el Restaurante Lumière, llevo demasiadas horas convenciéndome de que tengo todo esto bajo control, así que me permito una mentira más y decido que voy a cenar, beber una copa, soportar a Dorian haciendo el ridículo y marcharme a casa sin mirar a Amara más de lo estrictamente inevitable.
No obstante, ese plan dura exactamente lo que tardo en verla.
Cuando llego, la mesa ya está casi completa.
Devon Mitchell y Elara están sentados uno junto al otro, manteniendo una conversación aparentemente normal que deja claro, precisamente por eso, que ya no hay nada normal entre ellos.
Dorian está hablando demasiado alto, lo cual, siendo él, equivale a seguir respirando y a su lado, Elsie Rogers alterna entre ignorarlo y plantearse seriamente lanzarle una copa.
Max está revisando algo en el móvil y Alistair Hudson observa a todo el mundo con una calma que, cuanto más lo conozco, menos me tranquiliza.
Y Amara… ella está al otro lado de la mesa.
No me busca, ni me sonríe, ni me dedica ni un segundo más del estrictamente social.
Y, sinceramente, llegados a este punto, empieza a resultarme mucho más fácil soportar una auditoría fiscal que ella haya decidido tratarme como si no le afectara en absoluto.
La conversación avanza entre botellas de vino, comentarios demasiado personales y varias intervenciones innecesarias de Dorian, hasta que alguien menciona la boda. Probablemente Dorian… Estas cosas siempre suelen venir de él.
—Hay noches que deberían quedarse donde ocurrieron —suelto sin pensar la frase antes de decirla, aunque en cuanto sale de mi boca, sé que he cometido un error.
La mesa se queda quieta y en silencio durante una fracción de segundo. Amara levanta la mirada hacia mí directamente y sin pestañear.
—Solo cuando no tienes el valor de recordar lo que hiciste en ellas.
Nadie dice nada, ni siquiera Dorian.
Miro a Amara y, por primera vez desde que la conozco, entiendo algo que me gusta bastante menos que cualquier deseo físico que haya sentido hasta ahora. Por primera vez, entiendo que lo peligroso nunca fue acostarme con Amara… sino todo lo que empieza a importarme cuando me mira así.
Unos minutos después, ella deja la servilleta sobre la mesa, murmura una excusa cualquiera y se marcha sin mirar a nadie.
Yo espero, cinco segundos, diez, quince y después me levanto.
Pero justo cuando voy a dar el primer paso, Max alza la vista desde su copa y me sostiene la mirada con una seriedad que me borra la sonrisa en medio segundo.
—Esta vez no llegues tarde.
Me quedo quieto, porque Max no está hablando de sexo, ni de Amara, sino de aquella noche en la que todo cambió. Y esta vez… yo también lo sé.