Capítulo 3
Amara
La gente suele pensar que trabajar en un despacho como Hammond & Rowe Legal Group consiste en negociar contratos millonarios, entrar en salas de reuniones con cara de no tener miedo a nada y conseguir que hombres con demasiado dinero firmen cosas que, probablemente, no habrían firmado si alguien se las hubiera explicado con absoluta honestidad.
Llevo exactamente doce minutos mirando una pantalla y, si alguien me preguntara ahora mismo qué pone en el informe que tengo delante, probablemente podría recitarlo de memoria con una precisión inquietante.
Fecha, importe, validación, código interno, firma digital, registro…
Lo sé todo, pero lo único que no sé… es por qué me sigue molestando.
Apoyo los codos sobre la mesa, me acerco a la pantalla un poco más y vuelvo a repasar el archivo del acuerdo una vez más, aunque realmente ya no estoy buscando una cifra mal colocada ni un error contable, ni siquiera una cláusula oculta entre lenguaje jurídico lo bastante retorcido como para justificar una reunión de tres socios a puerta cerrada.
Lo que busco es una sensación y odio profundamente cuando eso ocurre.
Porque las sensaciones son para la gente que se permite actuar sin pruebas y yo prefiero los hechos, los registros, los horarios, los movimientos y los documentos que alguien firma creyendo que nadie volverá a leerlos.
Pero la fecha vuelve a aparecer frente a mí y no se me altera ni el pulso ni la respiración, pero mi cabeza ya está trabajando: la noche de la boda de Juliette Carver y Theo Ashford, la hora del evento, del traslado, del cierre administrativo y, después…
una actualización del acuerdo archivada varias horas más tarde.
Me recuesto en la silla y cierro los ojos un segundo, porque llevo demasiado tiempo trabajando rodeada de hombres que creen que una mujer inteligente es útil mientras haga preguntas que no resulten incómodas. Eso ya lo he vivido y no estoy dispuesta a pasar por lo mismo.
Mi primer año en Manhattan todavía aparece en mi cabeza cuando menos lo necesito.
Salas de reuniones llenas de gente con trajes caros, socios sonrientes, vicepresidentes diciéndome que mis informes son brillantes, clientes felicitándome por mi capacidad de anticiparme a cualquier problema y, después, exactamente lo mismo: puertas cerradas, conversaciones a las que no me invitaban y decisiones tomadas sin contar conmigo.
A pesar de que fuera mi trabajo el que estaba sobre la mesa.
Apoyo la espalda en la silla y cierro el portátil. No, no voy a volver a ser la mujer a la que dejan fuera mientras otros toman decisiones. Resoplo y justo escucho cómo unos nudillos golpean el cristal de mi despacho. Levanto la vista y veo a Elara Scott, con un café en la mano.
—Tienes una cara espantosa —me dice al abrir la puerta.
—Gracias. Tu empatía sigue siendo conmovedora —le respondo mirándola.
Elara entra y se deja caer en una de las sillas frente a mi mesa, observándome con una atención que empieza a resultarme sospechosa.
—No tienes cara de mujer arrepentida.
No le respondo, porque sé que no ha terminado de hablar y, efectivamente, no tarda ni dos segundos en seguir hablando.
—Tienes cara de mujer obsesionada.
Ahí sí levanto la vista hacia ella, porque, por algún motivo que no me gusta nada, acaba de dar exactamente donde me duele.
—¿Has venido a analizarme o solo te aburrías y has decidido hacerme una visita para tocarme las narices?
Elara da un sorbo al café sin apartar la vista de mí.
—He venido a comprobar si lo tuyo con Brock es una mala idea… o una distracción peligrosa.
La mandíbula se me tensa.
—No tengo nada con Brock.
—Eso no te lo he preguntado.
Aprieto el bolígrafo entre los dedos durante un segundo y lo dejo sobre la mesa.
—Tengo trabajo —le digo en un intento de volver a quedarme sola.
Elara sonríe.
—Claro. Por eso llevas veinte minutos mirando el ordenador sin hacer nada.
La miro. Ella observa la pantalla, después vuelve a mirarme y, sin decir nada más, se levanta.
—Cuando decidas contarme qué estás buscando… procura haber encontrado algo de verdad para decirme.
Sale del despacho antes de que pueda responderle.
Yo me quedo completamente quieta durante unos segundos y después vuelvo al archivo que tengo frente a mí.
Abro los registros internos, cruzo los accesos, compruebo los cambios, muevo fechas, confirmo las firmas y entonces encuentro una copia del acuerdo archivada horas después de la boda.
Esto no tiene ningún sentido, porque nadie archiva una copia definitiva después de cerrar un evento si no ha habido cambios, ¿no?
O… alguien mintió o alguien movió algo. Mi pulso sigue estable, pero noto cómo mi cabeza empieza a acelerarse.
Abro otra carpeta, después otra y justo cuando voy a abrir una tercera…
una presencia masculina aparece frente a mí.
Me quedo completamente inmóvil, porque reconozco esa mano antes incluso de alzar la mirada.
Levanto la cabeza despacio y me encuentro con Brock Somerset frente a mí.
No sonríe, ni hace ninguna broma, ni parece el mismo hombre que me ha provocado en el ascensor hace unas horas.
Pero esta vez, tiene la mandíbula tensa, los ojos fijos en mí y la voz más grave de lo habitual.
—Amara… hay cosas que no deberías buscar.
Durante un segundo me quedo completamente quieta, no porque me haya asustado encontrarme a Somerset a menos de un metro de mi cara, sino porque, después de todo lo que ha pasado entre nosotros desde la boda, esta es la primera vez que no veo en sus ojos ni una sola intención de provocarme, ni tampoco hallo ni rastro de ironía, ni su habitual seguridad descarada…
Esta vez lo que veo en él no me gusta nada.
Apoyo ambas manos sobre la mesa y levanto la barbilla lo justo para sostenerle la mirada sin apartarme ni un centímetro.
—Qué gesto tan democrático —murmuro sin bajar la voz—. ¿Ahora revisas también lo que puedo o no puedo abrir?
Brock no pestañea ni se aparta.
—Ahora mismo reviso lo que puede meterte en problemas.
Su respuesta es tan directa que, durante una fracción de segundo, mi cerebro tarda en asociar su tono de voz con el mismo hombre que hace unas horas estaba provocándome en una sala de reuniones por una camisa.
Eso me pone en alerta mucho más que cualquier comentario sexualmente inapropiado que haya salido antes de su boca.
Me cruzo de brazos despacio y me obligo a mantener la respiración estable mientras lo observo con atención.
La mandíbula la tiene ligeramente tensa, los hombros demasiado rígidos, la corbata perfectamente colocada, aunque el nudo no está exactamente donde debería… Interesante. Brock Somerset está incómodo con la situación.
—No sabía que te preocupara tanto mi bienestar profesional.
—No me preocupa tu carrera, Amara, sino que no sepas dónde estás metiendo las manos.
Siento algo parecido a una descarga fría recorriéndome la espalda, porque he escuchado esa frase antes, aunque en versiones más educadas, más pulidas y mucho más cobardes de parte de hombres que me felicitaban por mi trabajo, mientras se aseguraban de que yo nunca tuviera acceso a toda la información.
La he escuchado también de parte de socios que utilizaban mis informes para cerrar acuerdos, mientras me dejaban fuera de la reunión donde realmente se decidían las cosas.
La he escuchado demasiadas veces y precisamente por eso doy un paso hacia él en lugar de apartarme.
—Ese discurso ya me lo conozco.
Brock baja la vista hacia mí durante un segundo y, por primera vez desde que lo conozco, parece pensar cada palabra que quiere decir antes de abrir la boca.
—Entonces sabrás reconocer cuándo alguien no te está mintiendo.
—¿Qué viste la noche de la boda? —. La pregunta sale de mi boca sin que pueda callarme.
Brock mantiene la mirada fija en mí, pero sé que hay algo en su cabeza, una duda, una decisión o una línea que está valorando cruzar o no.
—Lo suficiente.
Aprieto la mandíbula.
—Eso no responde a nada.
—Responde a más de lo que te conviene saber ahora mismo.
—No eres tú quien decide lo que me conviene.
—No —responde, bajando ligeramente la voz—. Pero quizá fui el primero que se dio cuenta de que alguien estaba moviendo piezas mientras todos mirabais hacia otro lado.
Se me corta la respiración durante una fracción de segundo, porque ahí está su confesión.
Me acaba de confirmar que sabe algo. Lo observo en silencio durante varios segundos, y cuanto más lo hago, más claro tengo que esta conversación no se parece a ninguna de las que hemos tenido hasta ahora.
No está jugando conmigo, ni intenta seducirme.
Simplemente trata de decidir cuánto puede decirme sin empeorarlo todo.
Bajo la vista hacia mi mesa y después vuelvo a mirarlo.
—Entonces tengo otra pregunta.
Brock no me responde, aunque no hace falta.
—Si sabías que algo no encajaba… ¿por qué no hiciste nada?
Su mandíbula se tensa otra vez y aparta la mirada antes que yo. Por lo visto, el problema ya no es haberme acostado con Somerset, sino que él sabe exactamente qué pasó aquella noche de la boda… y, por algún motivo que todavía no entiendo, decidió mirar hacia otro lado.