Capítulo 2
Brock
Dormir sería una idea bastante razonable, pero no lo hago.
Son las cinco y doce de la madrugada y sigo despierto en mi ático del Upper East Side, con una tableta abierta sobre la isla de la cocina, dos mercados internacionales en rojo, una operación pendiente en Asia y media copa de whisky.
Debería haber acabado de trabajar hace más de una hora, aunque la realidad es que llevo quince minutos mirando la misma pantalla sin leer una sola cifra.
Eso, en mi caso, ya sería suficientemente preocupante, pero lo que de verdad debería hacerme pedir ayuda profesional…
es que el motivo no tenga nada que ver con dinero, ni con mi trabajo.
Resoplo y dejo el vaso sobre la encimera.
Después, apoyo ambas manos en el mármol oscuro y observo el salón completamente en silencio mientras la ciudad sigue muy viva al otro lado de los ventanales a pesar de la hora que es.
Desde donde estoy, veo la puerta abierta de mi dormitorio con la cama deshecha al fondo.
Y, aunque eso tampoco debería significar nada, no dejo de imaginarme a Amara desnuda entre las sábanas.
Suelto una risa baja y me paso una mano por la mandíbula.
—Brillante —susurro.
De todos los errores que podía cometer en la boda de Juliette Carver y Theo Ashford, he cometido el peor. Vuelvo a mirar la tableta, pero no veo nada. Porque lo que realmente sigo viendo… es a Amara Turner descalza y caminando por un pasillo del hotel en Tribeca con los tacones en una mano.
Recuerdo que la conversación había empezado con una provocación, con una mirada que hablaba sin necesidad de palabras, algo normal entre nosotros.
Sin embargo, el problema es que lo que dejó de ser normal fue todo lo demás: su mano agarrando mi corbata, sus dedos tirando de mí, su respiración a menos de un centímetro de mi boca, ella acercándose primero para besarme… Sí, fue ella la que me besó primero.
Aprieto la mandíbula antes de que ese recuerdo siga avanzando.
No porque no quiera seguir viéndolo dentro de mi cabeza, sino porque sé cómo termina.
Cojo el whisky y doy un trago largo. Eso me funciona durante unos cinco segundos, pero al instante aparece otro recuerdo: una carpeta, una firma, una conversación entre Devon Mitchell y alguien más…
La expresión de Max Hammond unos metros más atrás.
Yo viendo algo que no me cuadraba y entonces…
Amara aparece de nuevo con el mismo vestido, el mismo pasillo y ella con los tacones en la mano sin dejar de mirarme, y yo siguiéndola.
Dejo el vaso sobre la encimera y chasqueo la lengua. No sé qué me pasa… ¿Siento culpa? No, aún no la llamaría así. ¿Entonces? Ni idea, no tengo ni puta idea de qué me sucede, pero tampoco soy capaz de tranquilizarme.
Dos horas después, cuando entro en Hammond & Rowe Legal Group con un café en una mano y una sonrisa perfectamente ensayada en mis labios, ya he tomado la decisión de comportarme exactamente igual que siempre.
Eso implica molestar a Dorian antes de las nueve de la mañana, provocar a Devon cuando tenga ocasión y asegurarme de que nadie, note nada raro en mí.
El problema es que eso solo me funciona durante exactamente treinta y ocho minutos, porque aparece ella.
La veo entrar desde el otro lado de la planta y, durante un instante bastante incómodo para mi orgullo, todo lo demás deja de importarme.
El ruido de la oficina sigue ahí, las conversaciones, las pantallas encendidas, las llamadas, la gente entrando y saliendo de salas de reuniones con cara de estar salvando el mundo mientras en realidad solo están discutiendo cifras…
Pero yo solo veo a Amara, que lleva un traje claro, el pelo largo y negro recogido y camina con paso firme y la mirada fría.
Ella es la misma mujer que me tuvo contra una pared del hotel con una mano cerrada alrededor de mi corbata y que ahora cruza la oficina como si yo no fuera más que otro nombre más en su lista de conquistas.
Eso me toca más la moral de lo que me gustaría.
—Tienes cara de no haber dormido —comenta Dorian Griffiths a mi lado.
Le doy un sorbo al café sin apartar la vista de ella.
—Tengo cara de haber sobrevivido a una boda llena de millonarios con peor criterio que patrimonio.
Dorian suelta una carcajada, pero yo ya no lo escucho, porque Amara desaparece en dirección a su despacho y, por primera vez, tengo la sensación de que una mujer acaba de marcharse llevándose más de lo que me dejó tocar.
«Perfecto. La mañana mejora por segundos», me digo para mí tratando de que ninguno de mis amigos lo note en mi gesto.
Intento trabajar, de verdad que lo intento.
Atiendo dos llamadas, reviso un informe, firmo unos documentos y aguanto una reunión con Devon de la que apenas recuerdo la mitad de lo que se ha dicho poco después.
Cuando miro el reloj y veo que han pasado casi cincuenta minutos desde que Amara ha cruzado esta planta sin dedicarme ni una mirada, empiezo a sospechar que el problema no es el whisky, ni la falta de sueño, ni la boda…
El problema tiene nombre y apellido y me la puedo cruzar en cualquier momento.
No me equivoco, porque unos minutos después, la sala de reuniones donde estoy revisando una carpeta se abre y Amara aparece con una bolsa de papel en la mano. No le sonrío, ni me muevo y no porque no quiera, porque, sinceramente, me muero de ganas de ver cómo maneja esto.
Parece tensa, aunque no de manera evidente, pero yo sí que lo noto. Entra en la sala, cierra la puerta detrás de ella con una calma tan medida que casi me resulta ofensiva.
—Tu camisa.
Bajo la vista hacia la bolsa de papel y después vuelvo a mirarla.
Tengo frente a mí a la mujer que me besó primero en un pasillo hace unas horas y que ahora ha venido a devolverme una camisa…
con cara de querer lanzármela a la cabeza.
Me recuesto ligeramente en la silla y la observo durante unos segundos, disfrutando demasiado de la forma en que evita pestañear.
—Llevas toda la mañana evitándome.
Amara se cruza de brazos, sosteniéndome la mirada con esa seguridad que me pone de peor humor y bastante más caliente de lo recomendable en mitad de la oficina.
—Tengo trabajo.
La comisura de mi boca se curva un poco, aunque no de la manera descarada con la que suelo provocar a cualquiera. Ahora no estoy jugando… o no del todo.
—Eso sería adorable si no recordara exactamente cómo me besaste.
La observo cómo se queda completamente quieta. Porque estoy convencido de que recuerda fragmentos de nuestra noche y acaba de descubrir que uno de ellos no coincide con la versión que se había contado a sí misma.
«Interesante. Muy interesante», me digo para mí.
Aprieta el asa de la bolsa con tanta fuerza que el papel cruje entre sus dedos.
—Eso no demuestra nada —me dice con voz firme y tono profesional.
Si anoche no hubiera sentido sus manos sobre mi piel, probablemente hasta me lo creería. Bajo la vista hacia sus dedos y vuelvo a mirarla despacio.
—No he dicho que tuviera que demostrar nada.
La forma en que aprieta la mandíbula me confirma exactamente lo que sospechaba. Está incómoda, pero no conmigo, sino con ella misma.
—Entonces quizá deberías aprender a elegir mejor tus frases —me suelta, elevando un poco la barbilla.
Durante un segundo me planteo sonreír, pero no lo hago, porque Amara Turner, cuando se enfada de verdad, tiene algo muy adictivo.
—Siempre elijo bien mis frases.
Por cómo me mira, empiezo a sospechar que está valorando la posibilidad de lanzarme la bolsa a la cara y, sinceramente, me lo merezco.
—Ya te he devuelto lo que era tuyo —dice al cabo de unos segundos con un tono de voz propio de una mujer que lleva años recordándole al mundo que no necesita permiso de nadie—. No veo qué más tenemos que hablar.
Inclino la cabeza un poco, estudiándola con calma.
—Depende.
Noto que su paciencia empieza a agotarse en sus hombros antes incluso de que abra la boca.
—¿Depende de qué?
La miro directamente a los ojos.
—De cuánto tiempo quieras seguir fingiendo que estás enfadada por la camisa… y no por otra cosa.
Esta vez no responde, porque sabe perfectamente que, si abre la boca ahora, puede decir algo que ninguno de los dos esté preparado para escuchar. Justo en ese momento. baja la mirada un momento hasta mi boca y entiendo que no soy el único que sigue recordando cosas.
Amara aprieta la mandíbula, da un paso atrás y deja la bolsa definitivamente sobre la mesa.
—Tienes una llamada en tres minutos.
No aparto la mirada de ella, ni pienso hacerlo.
—Y tú llevas toda la mañana pensando en lo que pasó anoche.
Su cuerpo se tensa y se limita a sostenerme la mirada durante un instante más, lo justo para dejar claro que no piensa regalarme nada. Después, se gira hacia la puerta con una elegancia que debería resultarme irritante y, sin embargo, empieza a convertirse en otra cosa mucho más peligrosa.
—Amara —la llamo justo cuando tiene la mano en el pomo de la puerta.
Se detiene en seco.
—¿Qué?
—La próxima vez que quieras evitarme, procura no mirarme como me has mirado esta mañana —le suelto borrando cualquier atisbo de sonrisa de mis labios.
No me dice nada, pero cuando sale de la sala, me quedo solo con una camisa dentro de una bolsa de papel y demasiadas preguntas en la cabeza. Entiendo que acostarme con Amara Turner no es el error. El verdadero error es pensar que iba a poder quitármela de la cabeza.
Cuando la puerta se cierra detrás de Amara, la sala se convierte en un lugar demasiado pequeño para un solo hombre y una bolsa de papel sobre una mesa, lo cual sería bastante ridículo si no fuera porque, por primera vez, una conversación de menos de cinco minutos acaba de dejarme mucho más tocado que una negociación de varios millones.
Miro la bolsa, después la puerta, después la bolsa otra vez y, sinceramente, no sé qué me irrita más: que haya venido hasta aquí solo para devolverme una camisa… o que haya sido capaz de entrar, sostenerme la mirada y marcharse sin darme una sola respuesta sincera.
Cojo la bolsa, saco la camisa y la dejo sobre el respaldo de la silla mientras intento recuperar el foco. Pero no lo consigo, así que vuelvo a abrir la carpeta que tengo delante y apenas llego a leer la primera línea antes de que mi móvil vibre con un mensaje de Devon.
Devon:
Sala tres.
Ahora.
«Perfecto. Justo lo que me faltaba en este momento…», musito para mí y suelto un resoplido.
Cinco minutos después entro en una de las salas de reuniones ejecutivas de Hammond & Rowe Legal Group y me encuentro a Devon Mitchell junto al ventanal, revisando algo en una pantalla, mientras Max Hammond está sentado al otro lado de la mesa con una carpeta abierta delante.
Ninguno de los dos levanta la vista al escucharme entrar, lo que suele ser mala señal.
Entro, dejo mi vaso de café sobre la mesa y me recuesto ligeramente en una silla, manteniendo la sonrisa que llevo años utilizando cuando una situación empieza a ponerse más interesante de la cuenta.
—Si esto termina en una intervención profesional, me gustaría recordaros que mi comportamiento siempre ha sido impecable.
Devon ni siquiera gira la cabeza.
—Tu problema es que tú mismo te crees esas cosas —me responde sin ni siquiera mirarme.
—Eso explica por qué sigo viniendo.
Max levanta la vista y sin sonreír se queda mirándome durante un rato.
No necesito preguntarle qué está pensando, porque me queda claro lo que es.
Max recuerda algo y lo que es peor, sabe perfectamente que yo también.
Durante unos segundos nadie dice nada, aunque lo incómodo aquí no es la ausencia de palabras, sino todo lo que ninguno parece dispuesto a poner encima de la mesa.
Desvío la mirada hacia la pantalla, donde Devon sigue revisando una presentación que, ahora mismo, me importa una mierda.
—¿Esto era tan urgente o simplemente os aburríais sin mí?
Devon por fin gira la cabeza y me sostiene la mirada un segundo.
—Depende.
—¡Qué curioso! Parece que hoy todo el mundo le ha cogido gusto a esa palabra.
Max cierra la carpeta con una calma que me pone de peor humor.
—¿Todo bien después de la boda?
La pregunta está formulada con una naturalidad tan falsa que hasta Dorian se habría dado cuenta.
—Excelente. Gracias por preguntar —le contesto con una sonrisa.
Max sigue mirándome sin pestañear ni apartar la vista de mí y entonces lo entiendo: no me está preguntando por la boda, sino por lo que vi y por lo que hice después. O, siendo más exactos… por lo que decidí no hacer.
Aprieto la mandíbula un momento antes de volver a relajarla.
—Si esto es una auditoría de mi vida personal, os aviso de que cobro por hora.
Devon vuelve a la pantalla y Max también aparta la vista de mí.
La conversación continúa durante varios minutos centrada en cifras, clientes y operaciones pendientes, pero la reunión ya no me interesa.
Porque, en cuanto salgo de la sala, una idea empieza a abrirse paso con bastante mala leche dentro de mi cabeza: Amara, la bolsa, la camisa, su cara al escuchar que fue ella quien me besó primero y, ahora, la mirada de Max… Demasiadas piezas para una sola mañana.
Cuando entro en el ascensor de la empresa, una mano femenina se cuela entre las puertas justo antes de que se cierren.
Las puertas vuelven a abrirse y Amara entra sin mirarme.
Pulsa el botón de otra planta y, durante unos segundos, ninguno de los dos habla.
La cercanía, después de haber estado en la misma sala, después de la camisa, después de todo lo demás, empieza a parecer una idea poco recomendable.
—¿Vas a seguir devolviéndome ropa o piensas quedártela toda? —le pregunto con una sonrisa, porque hay cosas que nunca mejoran callándolas.
Amara ni pestañea, ni siquiera gira la cabeza. Durante un instante creo que va a ignorarme, pero entonces las puertas se abren y ella da un paso hacia fuera, aunque justo antes de salir, gira un poco la cabeza para mirarme de reojo.
—Lo preocupante no es lo que dejaste en mi habitación, Brock… sino lo que parece que dejaste aquella noche en otros sitios.
Las puertas empiezan a cerrarse otra vez y yo me quedo completamente quieto, porque Amara no está provocándome sino atando cabos y, al darme cuenta… dejo de sonreír.