Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2) Capítulo 1
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Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2)

Error prohibido (Errores en Manhattan nº 2)

Por Sarah Valentine

© inepub.com

Capítulo 1

Amara

No me despierta un ruido, ni una llamada, ni la vibración del móvil contra la mesilla, que sería lo lógico en una vida como la mía, donde hasta los domingos suelo tener más correos que descanso y donde la gente con la que trabajo ha convertido la palabra urgente en una forma cuestionable de saludar.

Lo que me despierta es algo bastante peor: la ausencia.

No abro los ojos de golpe ni me incorporo con la respiración agitada, porque hace muchos años que dejé de permitirme ese tipo de reacciones inútiles, y porque incluso antes de ser consciente de que estoy despierta noto que hay algo fuera de lugar en lo que me rodea.

El aire está demasiado limpio, frío y perfectamente regulado para pertenecer a mi apartamento de Manhattan, y el colchón tiene una firmeza cara y sospechosamente impecable propia de los hoteles, donde una noche cuesta más que el alquiler de un piso en Brooklyn.

Sigo tumbada, observando un techo blanco que no reconozco mientras mi cabeza empieza a ordenar datos antes incluso de ordenar recuerdos, y aunque no tengo dolor de cabeza, ni náuseas, ni resaca, la sensación que tengo resulta bastante menos amable: no estoy en casa.

Abro los ojos del todo, esta vez con más atención, y recorro despacio con la mirada el espacio que me rodea.

Las cortinas de lino color marfil no son mías, ni la cantidad de luz que se cuela por los ventanales tampoco y el olor, una mezcla de sábanas limpias y una fragancia masculina, que reconozco incluso antes de querer hacerlo, termina de hacerme recordar dónde estoy: hotel, Tribeca y boda de Juliette Carver y Theo Ashford.

Respiro hondo, cierro los ojos un instante y vuelvo a abrirlos con la esperanza poco realista de que algo más encaje cuando lo haga, pero lo único que cambia es que ahora soy consciente de la incomodidad que me invade.

Porque hay algo todavía más extraño que despertarme en una suite de lujo sin recordar cómo he terminado allí: estoy sola.

Apoyo las manos sobre el colchón y me incorporo despacio.

Aparto la sábana y en cuanto mis pies tocan el suelo, empiezo a observar la habitación con más atención.

La cama parece el escenario de una decisión que ninguna versión sensata de mí habría aprobado anoche.

Sobre una de las mesillas de noche hay dos copas vacías y una de ellas tiene restos de carmín que reconozco como mío.

Uno de mis tacones descansa al lado del minibar y mi vestido negro está tirado en el suelo.

Justo a su lado hay una camisa de hombre de color blanco y arrugada.

La observo sin tocarla, como si eso fuera a cambiar el hecho de que sé exactamente a quién pertenece incluso antes de acercarme a ella.

Después, cuando finalmente me decido a moverme, me levanto y la cojo.

La tela es demasiado buena para ser de cualquiera y el perfume que se ha quedado impregnado en el algodón termina de confirmar lo que mi cuerpo, traidoramente, ya había entendido antes que mi cabeza.

Cierro la mano sobre la camisa y el recuerdo aparece en mi cabeza: un pasillo con el suelo enmoquetado, una discusión, una risa masculina, mi mano cerrándose alrededor de una corbata oscura, una voz grave de hombre junto a mi oído, unas manos fuertes y grandes alrededor de mi cintura, mi espalda contra una pared, su boca recorriendo mi piel y luego…

Abro los ojos de golpe, porque el recuerdo se rompe antes de darme lo que necesito y me deja con el pulso acelerado y la respiración alterada, lo justo para cabrearme conmigo misma.

Bajo la vista hacia la camisa y me obligo a respirar despacio. Huele al perfume que lo invade todo antes de que Brock Somerset llegue a cualquier reunión.

—Perfecto. Fantástico —musito.

Al parecer, entre todos los errores que una mujer adulta puede cometer después de una boda llena de alcohol, música y demasiados hombres convencidos de que el dinero los vuelve irresistibles, yo he elegido acostarme con el más problemático del grupo.

Lo que ha pasado ya me resulta bastante molesto por sí solo, pero cuando vuelvo a mirar a mi alrededor descubro algo peor: no hay una nota despidiéndose, ni nada…

Solo encuentro la tarjeta del hotel sobre la mesilla, la cama deshecha y el hecho bastante irritante de que Somerset se ha marchado antes de que yo me despertara.

No sé qué me molesta más, haberme acostado con él o que haya decidido desaparecer como si esta noche no hubiera pasado nada entre él y yo.

Bueno, sí, sí sé qué me molesta más… ¿A quién pretendo engañar?

Evidentemente, lo que más me molesta es lo segundo, pero me irrita tanto que no me permito seguir pensando en ello ni un segundo más.

No he llegado hasta aquí perdiendo el tiempo por hombres que creen que una sonrisa bonita puede sustituir a una conversación adulta, y no pienso empezar ahora.

Así que cojo la camisa, la dejo sobre una silla y entro directamente en el baño con la misma determinación con la que suelo entrar en una sala de juntas cuando alguien ha tomado una mala decisión financiera.

El agua fría me ayuda, siempre lo hace. Treinta minutos después, con la piel limpia, el pelo recogido en una coleta, la rutina de cuidado facial completada y un traje de color marfil que haría pensar a cualquiera que mi mañana ha sido impecablemente normal, meto la camisa doblada dentro de una bolsa de papel del hotel y abandono la habitación.

No voy a hacer ningún drama de esto, lo que necesito ahora mismo es controlar la situación y el control, en mi caso, siempre empieza por volver al trabajo.

Dos horas después, cuando cruzo el vestíbulo de Hammond & Rowe Legal Group, descubro que recuperar el control va a ser bastante más complicado de lo previsto.

La recepción está igual que siempre, con su suelo de mármol blanco, su iluminación perfecta y sumida en el silencio propia de las grandes empresas que, como esta, venden como profesionalidad, aunque, en realidad, muchas veces no sea más que gente rica ocultando sus secretos.

Nada más cruzar la zona principal noto algo que me hace aminorar el ritmo de mis pasos un momento.

A unos metros de mí, Devon Mitchell aparta la mirada de una conversación con otro socio y durante una fracción de segundo nuestras miradas se cruzan.

Más allá, Max Hammond está revisando algo en su teléfono y, por primera vez desde que lo conozco, no parece especialmente interesado en fingir que no observa todo lo que ocurre a su alrededor.

Eso me pone en alerta, Somerset continúa observándome apoyado en una de las mesas altas de la zona ejecutiva, con una taza de café en una mano y la sonrisa fácil que tantas veces le ha servido para salir airoso de conversaciones que habrían puesto en un apuro a cualquier otro hombre con menos encanto y menos dinero que él.

Está hablando con Dorian Griffiths y riéndose de algo que, honestamente, no me interesa lo más mínimo, aunque lo que sí me interesa es que está actuando como si no hubiera pasado nada entre él y yo y eso me cabrea bastante.

Mientras nuestras miradas siguen fijas la una en la otra, su sonrisa no desaparece.

Sin embargo, soy yo quien aparta la mirada primero y sigo caminando hacia mi despacho sin regalarle ni un segundo más.

Somerset no es el centro de mi vida, por mucho que hayamos retozado entre las sábanas de ese maldito hotel.

Intento trabajar, respondo correos, reviso contratos, atiendo una llamada con un cliente de Londres, corrijo una presentación…

Y, aun así, cada vez que levanto la vista y mi mente se despeja durante medio segundo, vuelvo a ver la camisa arrugada, la cama deshecha oliendo a él y el hecho bastante molesto de que haya decidido comportarse como si lo de esta noche no mereciera ni una conversación.

Cuarenta y siete minutos después dejo de fingir que puedo concentrarme, cojo la bolsa de papel del hotel y camino con decisión hasta una pequeña sala de reuniones donde sé que Somerset tiene una llamada dentro de unos minutos.

Cuando abro la puerta, él está dentro y solo.

Al escucharme, cierra la carpeta que tiene frente a él, levanta la vista hacia mí y durante un momento no dice nada, ni sonríe, ni suelta una de sus bromas y eso es lo que más tensa me pone.

No obstante, no pienso demostrárselo, así que camino con decisión hasta estar frente a él y dejo la bolsa sobre la mesa.

—Tu camisa.

Baja la vista hacia la bolsa, vuelve a mirarme y se recuesta ligeramente en la silla, observándome con una atención que me pone de los nervios.

—Llevas toda la mañana evitándome —me dice sin dejar de mirarme.

Me cruzo de brazos y le sostengo la mirada.

—Tengo trabajo.

La comisura de su boca se mueve un poco, aunque no de la forma descarada con la que suele provocar a cualquiera en una reunión.

—Esa sería una respuesta adorable si no recordara exactamente cómo me besaste.

Al escuchar lo que acaba de soltar me quedo inmóvil, aunque no porque no me acuerde de nada, porque recuerdo imágenes inconexas que aparecen y desaparecen en mi cabeza. Aunque lo que no recuerdo… es haber sido yo quien lo besó primero.

Mi cuerpo no reacciona de forma visible, o al menos eso quiero creer durante los primeros segundos después de escuchar su frase, aunque la sensación que me atraviesa tiene muy poco que ver con el enfado y bastante más con el tipo de incomodidad propia de cuando descubres que la historia que llevas toda la mañana construyendo dentro de tu cabeza acaba de venirse abajo con una sola frase.

Mantengo la mirada fija en él, negándome a ser yo quien la aparte primero, porque hacerlo ahora sería darle una ventaja que no pienso concederle, y porque, maldita sea, no está diciendo esa clase de cosas al azar ni estar mintiendo.

Además, su postura sigue siendo relajada, con una mano apoyada sobre la mesa y la otra descansando junto a la carpeta que estaba revisando antes de que yo entrara.

Sin embargo, algo en su expresión ha cambiado lo suficiente como para que, hasta yo, que llevo años detectando cuándo alguien está jugando y cuándo ha dejado de hacerlo, note la diferencia.

No hay burla en su expresión, ni arrogancia…

Sino certeza y eso empieza a ponerme bastante más nerviosa.

Aprieto ligeramente los dedos alrededor del asa de la bolsa, que todavía sostengo, y noto el papel crujir entre mis manos.

—Eso no demuestra nada —le digo con una voz más firme de lo que me siento ahora mismo.

Baja la vista hacia mi mano, repara en cómo aprieto el asa, y después vuelve a mirarme como si ese simple movimiento le hubiera confirmado algo que yo todavía no estoy preparada para admitir.

—No he dicho que tuviera que demostrar nada —responde, sin apartar los ojos de mí.

—Entonces quizá deberías aprender a elegir mejor tus frases —le suelto cruzando los brazos sobre el pecho y manteniendo la barbilla ligeramente elevada.

Durante un instante creo que va a sonreír, pero finalmente no lo hace.

Se limita a observarme con una atención tan pausada, que tengo que recordarme a mí misma que lo que he venido a hacer aquí es devolverle una camisa.

Por lo que debo hacerlo cuanto antes y marcharme para recuperar el control. Nada más.

—Siempre elijo bien mis frases —murmura al cabo de unos segundos.

La respuesta llega con tanta tranquilidad que, por un momento bastante poco profesional, me planteo la posibilidad de coger esa maldita bolsa y lanzársela directamente a la cara.

Por suerte, no lo hago, porque yo no soy alguien que acostumbre a perder el control en el trabajo.

Sin embargo, lo que hago es algo bastante más peligroso: lo observo directamente.

Lleva un traje oscuro que se adapta a su cuerpo a la perfección, una corbata de seda con aspecto de ser muy cara, la mandíbula un poco tensa y los dedos descansando sobre la mesa, completamente quietos, aunque Brock Somerset nunca está quieto del todo.

Entonces me doy cuenta de que está tan pendiente de mi reacción como yo de la suya y eso me molesta muchísimo.

—Ya te he devuelto lo que era tuyo —digo al fin con un tono completamente profesional y dejo pasar un segundo antes de añadir—. No veo qué más tenemos que hablar.

Brock inclina la cabeza un poco, estudiándome con una intensidad que empieza a parecer demasiado personal para estar en una sala de reuniones a estas horas de la mañana.

—Depende.

Mi paciencia empieza a agotarse.

—¿Depende de qué? —pregunto alzando una ceja.

—De cuánto tiempo quieras seguir fingiendo que estás enfadada por la camisa y no por otra cosa.

No le respondo, porque, por primera vez desde que he entrado en esta sala, no estoy completamente segura de que cualquier palabra que salga de mi boca vaya a jugar a mi favor.

Brock parece darse cuenta y su mirada baja un instante hacia mis labios antes de volver a subir, y ese gesto, rápido y absolutamente injusto, consigue que el recuerdo de unas manos sujetándome la cintura vuelva a atravesarme.

«Perfecto. Justo lo que necesitaba», me digo para mí. Aprieto la mandíbula, doy un paso atrás y dejo la bolsa definitivamente sobre la mesa.

—Tienes una llamada en tres minutos —le digo sin saber por qué.

Brock ni siquiera aparta la mirada de mí.

—Y tú llevas toda la mañana pensando en lo que ha pasado esta noche.

Mi cuerpo se tensa. Le sostengo la mirada lo justo para que entienda que no pienso regalarle una confesión ni una reacción que pueda quedarse como trofeo, y después me giro hacia la puerta con la misma elegancia con la que entré, aunque esta vez caminar en línea recta me exige bastante más esfuerzo del que puedo mantener.

Mi mano ya está sobre el pomo cuando escucho su voz a mi espalda.

—Amara.

Me detengo un momento, lo justo para odiarme un poco.

—¿Qué?

—La próxima vez que quieras evitarme, procura no mirarme como me has mirado esta mañana.

No me giro, ni le respondo, porque por primera vez no tengo claro si el verdadero problema es Brock Somerset… o la parte de mí que empieza a sospechar que él podría estar recordando muchas más cosas que yo.