Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Epílogo
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Epílogo

Dorian Tres meses después

Elsie rompe aguas en mi ático a las cuatro y diecisiete de la madrugada, justo cuando yo estoy medio dormido, con una mano sobre su barriga y la ingenua esperanza de que nuestro hijo decida esperar hasta una hora más civilizada para cambiarme la vida.

Obviamente, nuestro hijo no ha parecido heredar mi respeto por los horarios.

—Dorian.

Su voz me llega desde algún lugar oscuro, espeso y muy parecido al sueño.

—Mmm.

—Dorian —insiste y esta vez su voz suena menos como una llamada y más como una amenaza legal.

Abro un ojo con dificultad y la encuentro incorporada a mi lado, con una mano apoyada en el colchón, el pelo revuelto, la camiseta subida por encima de la barriga y una expresión que no me gusta absolutamente nada.

—¿Qué pasa? —pregunto incorporándome tan deprisa que casi me doy un golpe contra el cabecero—. ¿Te duele algo? ¿Es una contracción? ¿Tienes náuseas? ¿Quieres agua? ¿Por qué me miras así?

Elsie baja la vista hacia la cama, yo sigo su mirada y después vuelvo a mirarla a ella. Mi cerebro tarda unos segundos ofensivamente largos en procesar lo evidente.

—Creo que acabo de romper aguas —dice con una calma que, teniendo en cuenta la situación, me parece insultante.

Durante un instante me quedo completamente quieto, porque mi cuerpo acaba de desconectar todos los sistemas secundarios para evitar que me desplome como un idiota.

—Vale —digo al final.

Elsie entrecierra los ojos.

—No digas «vale» con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre que acaba de ver su vida pasar por delante.

—No he visto mi vida entera. Solo los últimos meses y había muchas tazas feas.

—Dorian.

—Estoy bien.

No estoy bien, estoy muy lejos de estar bien ahora mismo, pero no tengo tiempo para eso.

Salgo de la cama de golpe, piso una zapatilla mal colocada, tropiezo con la manta y acabo apoyando una mano contra la cómoda para no estrellarme de cabeza contra el suelo.

Elsie me observa con una mezcla de dolor, incredulidad y decepción que lo único que consigue es hundir aún más mi autoestima.

—¿Has terminado de practicar tu caída dramática o podemos seguir con el parto? —pregunta.

—Estoy buscando las llaves.

—No están en la cómoda.

—No las estoy buscando en la cómoda. Estoy orientándome.

—Te has golpeado la rodilla contra ella.

—Forma parte del proceso.

Otra contracción le cruza la cara y el sarcasmo se le borra durante unos segundos. Ahí sí me quedo sin aire y me acerco inmediatamente, me agacho delante de ella y le cojo las manos.

—Eh. Mírame.

—No me hables con voz de documental médico.

—No sé qué voz usar.

—Una que no me dé ganas de matarte antes de llegar al hospital.

—Eso reduce mucho mis opciones.

Elsie cierra los ojos y respira hondo mientras yo intento recordar todo lo que hemos aprendido en las clases prenatales. El problema es que durante las clases yo estaba muy ocupado observando a Elsie, odiando las sillas plegables y desconfiando de un muñeco de plástico que parecía juzgarme.

—Respira conmigo —le digo.

Ella abre un ojo.

—Dorian, si me dices cómo respirar, te juro que este niño será hijo único.

—Mensaje recibido.

La contracción pasa y ella suelta aire lentamente. Yo aprovecho para levantarme y entrar en modo operativo, que es un concepto precioso cuando no estás en ropa interior y con el corazón intentando escapar de tu pecho.

Busco las llaves, pero no están en la mesilla de noche, ni en la encimera de la cocina, ni en el bolsillo de mi abrigo.

—¿Dónde coño están las llaves? —gruño abriendo cajones a diestro y siniestro.

—En el cuenco de la entrada —me dice Elsie desde la habitación.

Me detengo, miro hacia la entrada y veo que las llaves están en el cuenco de la consola del recibidor, es decir, exactamente donde deberían estar.

—Las he encontrado —anuncio.

—Qué prodigio de supervivencia masculina.

—No empieces una guerra cuando estás a punto de parir.

—La guerra la empecé hace nueve meses por culpa de tu ADN.

Eso, por desgracia, me resulta difícil de discutir.

Veinte minutos después, el ático parece haber sido invadido por un equipo de rescate sin formación específica.

Yo llevo los pantalones del revés, la bolsa del hospital colgada del hombro, el teléfono pegado a la oreja y la ligera sospecha de que he metido en la bolsa tres pares de calcetines míos y ninguno de Elsie.

Devon contesta al cuarto tono.

—Espero que algo se esté quemando —contesta Devon después del cuarto tono.

—Elsie está de parto.

Hay una pausa al otro lado.

—¿Y por qué me llamas a mí?

—Porque eres útil en situaciones de crisis.

—Eso es lo más sensato que has dicho en meses. ¿Estáis saliendo ya hacia el hospital?

Miro a Elsie, que está intentando ponerse las zapatillas mientras respira como si estuviera negociando con su propio cuerpo.

—Estamos en proceso.

—Griffiths.

—No utilices ese tono conmigo ahora mismo.

—Voy para allá. No grites a ningún médico antes de que yo llegue —me advierte Devon.

—No iba a gritar a ningún médico.

Elsie levanta la vista.

—Ayer gritaste a un repartidor porque trajo pan integral.

—Pero eso era una emergencia culinaria.

Devon cuelga antes de que pueda defenderme con dignidad y el siguiente en llamar es Brock. No sé cómo se ha enterado tan deprisa. Probablemente Devon ha cometido el error de avisarlo o Brock tiene instalado un sistema de alarma cada vez que mi vida se desmorona.

—¡Papá Griffiths! —grita en cuanto acepto la llamada—. ¿Ya ha nacido el pequeño dictador?

—Voy a colgar.

—No cuelgues. Estoy yendo hacia el hospital. Llevo café, una cámara y una lista de nombres alternativos por si entráis en pánico.

—Como sugieras llamar a mi hijo Brock, voy a pedir una orden de alejamiento prenatal.

Elsie me arranca el móvil de la mano.

—Brock, como aparezcas grabando, te arranco los ojos.

—Elsie, estás radiante.

—He roto aguas, tengo contracciones y estoy a punto de expulsar a un ser humano de mi cuerpo.

—Radiante de una forma aterradora.

Ella cuelga.

—Me cae mejor cuando no habla —murmura.

—A todos.

Conseguimos salir del ático después de que yo vuelva dos veces a por cosas que no necesitamos y olvide una vez la bolsa que sí necesitamos.

En el ascensor, Elsie se apoya contra la pared con los ojos cerrados y yo la miro como si pudiera impedir que le doliera solo con fuerza de voluntad, pero me quedo bastante lejos de conseguirlo.

—Deja de mirarme como si estuviera muriéndome —dice sin abrir los ojos.

—No sé mirarte de otra forma ahora mismo.

—Pues practica.

—Estoy muy ocupado intentando no desmayarme.

Ella suelta una carcajada breve que se convierte enseguida en una mueca cuando le viene otra contracción. Me pongo delante de ella, le ofrezco las manos y dejo que me apriete los dedos hasta casi partirlos.

—Joder, Rogers.

—¿Te duele?

—Un poco.

—Qué pena.

—Me lo merezco.

—Sí.

Cuando las puertas del ascensor se abren, Devon ya está en el vestíbulo, vestido con un abrigo impecable y cara de hombre que acaba de aceptar que nuestro grupo jamás será normal.

Elara está a su lado con una bolsa en una mano y una sonrisa demasiado entusiasmada para alguien que está presenciando una emergencia.

—Esto es increíble —dice mirándome—. Tienes la misma cara que Devon cuando descubrió que se había casado conmigo.

—No estoy para comparaciones matrimoniales.

—Yo sí.

Devon me quita la bolsa del hombro.

—¿Dónde está el coche?

—En el garaje.

—¿Puedes conducir?

—Claro que puedo conducir.

Elsie, Elara y Devon me miran a la vez.

—Qué ofensivo —murmuro.

Finalmente conduce Devon y, aunque no lo admito en voz alta, es mejor así porque yo paso todo el trayecto girado hacia atrás, pendiente de Elsie, que alterna respiraciones profundas con insultos cada vez más creativos hacia mi persona.

—Me dijiste que querías dos hijos —comento en un momento de debilidad absoluta.

Elsie me mira con tal nivel de odio que incluso Devon reduce la velocidad por instinto.

—Dorian Griffiths, si vuelves a mencionar otro hijo antes de que este salga de mi cuerpo, te juro que te esterilizo con el cargador del móvil.

Elara se tapa la boca para no reírse.

—No te rías —le advierte Elsie.

—No me río. Estoy emocionada.

—Veo cómo se te mueven los hombros.

—Es emoción física —disimula Elara.

Cuando llegamos al hospital, el caos ya nos espera en la puerta.

Amara aparece con una calma casi militar, habla con recepción, consigue una silla de ruedas para Elsie y organiza nuestras vidas en menos de tres minutos.

Max llega detrás, serio y útil, cargando otra bolsa que no sé de dónde ha salido.

Brock entra grabando con el móvil, como era previsible, y Max se lo arrebata sin cambiar de expresión.

—Una imagen para el recuerdo —protesta Brock.

—Lo único que vas a recordar es mi puño si sigues grabando —le suelta Elsie entre contracción y contracción.

—Qué agresivo estás para solo haber venido a observar.

—Solo quiero impedir que conviertas un parto en contenido —le digo yo.

Alistair aparece el último, impecable, tranquilo y observándolo todo con la mirada propia de quien estudia las ruinas de una civilización ancestral.

—Esto es fascinante —dice.

—Esto es mi parto, Hudson —gruñe Elsie desde la silla—. No una expedición antropológica.

—Técnicamente, ambas cosas pueden coincidir.

—Como sigas hablando, voy a dejar que Brock elija el nombre del bebé solo para fastidiarte —le amenaza Elsie.

Eso consigue que Alistair guarde silencio.