Capítulo 24
Elsie
Descubro que Dorian ha reorganizado parte de su ático para mí cuando abro uno de los armarios de su dormitorio y encuentro mis sudaderas perfectamente dobladas junto a sus camisas perfectamente ordenadas por colores.
Me quedo quieta varios segundos mirando aquello con una mezcla rara de ternura y alarma.
—¿Qué es esto? —pregunto levantando una de mis sudaderas.
Dorian ni siquiera aparta la vista del portátil.
—Organización.
—Eso no es organización, es ocupación ilegal de armario.
—No sabía que existiera ese concepto.
—Claro que existe. Acabas de meter oficialmente mis cosas en tu armario de psicópata elegante.
Ahora sí levanta la vista hacia mí y apoya los brazos sobre la encimera de la cocina abierta del ático.
—Técnicamente llevas semanas dejando cosas aquí.
—Técnicamente tú empezaste.
—Porque tu apartamento parecía una trampa mortal para mis camisas.
Resoplo intentando no sonreír mientras vuelvo a guardar mi sudadera en el armario.
El ático sigue siendo enorme, silencioso y ridículamente caro, pero ya no parece el sitio frío que conocí al principio.
Ahora hay una manta mía tirada sobre el sofá, una vela que huele a vainilla cerca de la televisión y vitaminas para embarazadas ocupando uno de los estantes de la cocina junto al café carísimo de Dorian.
Lo peor es que todo encaja.
—Estás pensando demasiado fuerte otra vez —comenta él volviendo la mirada al portátil.
—Estoy intentando entender en qué momento acepté convivir parcialmente contigo.
—Fue gradual. Además, recuerda que utilicé tácticas de infiltración emocional.
—Eso suena ilegal.
—Probablemente lo es.
Camino despacio hacia la cocina mientras me llevo una mano a la barriga. Cada vez pesa más dormir, moverme y subir escaleras. También cada vez me cuesta menos aceptar ayuda y eso sí que resulta un giro inesperado en mi personalidad.
Dorian cierra el portátil cuando llego hasta él y automáticamente aparta una silla para mí.
—No soy anciana.
—No, pero llevas veinte minutos caminando como una señora rica indignada en un balneario.
—Voy a echarte de menos cuando te mate.
Él sonríe un poco y yo sigo sin acostumbrarme del todo a esta versión más tranquila de Dorian. Sigue siendo insoportable, provocador y experto en sacarme de quicio, pero ya no parece un hombre preparado para salir corriendo en cualquier momento y eso lo cambia todo.
Dos horas después el ático parece un restaurante improvisado, porque Brock insistió en organizar una cena para celebrar oficialmente que «la pareja emocionalmente más agotadora de Manhattan por fin ha dejado de sabotearse», refiriéndose a nosotros, claro.
—Quiero dejar claro que esta reunión debería desgravarme psicológicamente —anuncia entrando en el salón con una botella de vino.
Devon lo observa desde el sofá.
—Nadie te ha obligado a venir.
—Eso es mentira. La curiosidad morbosa también es presión social.
Elara aparece detrás de él quitándole la botella de las manos.
—No le hagas caso, Elsie. Lleva media hora preguntándome si Dorian ya habla espontáneamente de cunas sin sufrir un ataque de ansiedad.
—No sufro ataques de ansiedad —se apresura a aclararle él.
—Ayer buscaste en internet «temperatura óptima para bebés dormidos».
Dorian me señala inmediatamente.
—Porque tú dijiste que los bebés pueden sobrecalentarse.
—Y tú reaccionaste como si fueras a presentar una demanda colectiva contra las mantas.
Amara se ríe bajito desde la cocina mientras Max permanece apoyado cerca de las ventanas con una copa en la mano y gesto tranquilo o aparentemente tranquilo. Con él nunca resulta fácil distinguirlo.
—Lo verdaderamente preocupante —añade Brock dejándose caer en el sofá— es que Griffiths ya tiene cara de hombre que discute precios de colegios privados.
—Eso no va a pasar.
—Claro que sí —interviene Devon sin levantar mucho la voz—. Vas exactamente por ese camino.
Dorian se gira hacia mí.
—Necesito apoyo emocional y legal.
—No puedo ayudarte. Yo también creo que acabarás comparando guarderías con hojas de cálculo.
—Traidores. Estoy rodeado de traidores.
El ambiente resulta tan absurdo y cómodo que durante varios minutos simplemente me dejo llevar.
Antes siempre tenía la sensación de que debía protegerme emocionalmente de Dorian incluso cuando mejor estábamos. Ahora ya no vivo esperando el momento en que todo se rompa otra vez y eso me hace sentir más ligera de una forma difícil de explicar.
Estoy riéndome con Brock contando una historia absurda sobre una modelo y una lancha en Miami cuando el timbre suena. Dorian frunce ligeramente el ceño.
—Falta Alistair —aclara Amara.
Pero cuando abre la puerta quien entra primero es Diana y la reacción de Max es inmediata, porque se queda completamente quieto.
Diana también lo ve al instante y durante un segundo el ambiente cambia tanto que hasta Brock se queda callado.
Ella tarda apenas un instante en recuperar la expresión tranquila.
—Espero no llegar tarde —dice Diana a modo de saludo.
—Todavía no hemos sobrevivido al primer plato —responde Elara intentando suavizar la tensión.
Diana avanza hacia el salón con su habitual elegancia impecable, pero noto enseguida que Max no aparta la vista de ella ni un segundo. No parece enfadado sino contenido.
Alistair entra detrás de ella pocos segundos después y se detiene observando la escena con esa calma inquietante que siempre da la sensación de que sabe más de lo que dice.
Nos sentamos a cenar poco después y la conversación vuelve a arrancar con cierta normalidad, aunque ya no consigo ignorar la tensión extraña entre Max y Diana.
—Sigo pensando que aquella boda fue un desastre histórico —comenta Brock sirviéndose más vino.
—Eso es una forma elegante de decir que casi acabasteis casados con personas aleatorias —añade Elara.
—Técnicamente algunos sí lo hicieron —murmura Devon mirando fugazmente a todos los que estamos a lo mesa.
Brock empieza a reírse.
—Aún quiero saber quién dejó a Griffiths completamente borracho suelto.
Diana responde demasiado rápido.
—Nadie obligó a nadie a hacer nada aquella noche.
Todos nos quedamos en silencio y Max levanta lentamente la vista hacia ella. Diana mantiene la copa entre los dedos sin mirarlo, mientras Alistair observa la escena en absoluto silencio.
Yo siento un escalofrío extraño que me recorre la espalda, porque por primera vez tengo clarísimo que aquí hay una historia mucho más vieja y complicada de lo que todos aparentan.
—Bueno —interviene Brock recuperando el tono ligero—. Personalmente sigo creyendo que el verdadero crimen de aquella boda fue el DJ.
Todos nos reímos, pero la sensación rara permanece dentro de mi cabeza el resto de la cena.
Más tarde, cuando todo el mundo termina marchándose, el ático queda finalmente en silencio. Dorian está recogiendo copas en la cocina mientras yo permanezco sentada en el sofá con una mano sobre la barriga.
—Tu grupo da miedo a veces —murmuro.
Él gira ligeramente la cabeza hacia mí.
—Eso no es nuevo.
—No, pero empiezo a pensar que todos escondéis secretos extraños relacionados con aquella boda.
—Seguramente porque todos estábamos borrachos y tomamos decisiones... cuestionables.
—Max y Diana no parecían solo borrachos.
Dorian deja una copa dentro del fregadero.
—No me corresponde a mí contar esa historia.
Lo observo unos segundos y asiento despacio. No insiste más y yo tampoco, porque entiendo perfectamente cuándo alguien protege algo importante. Poco después se deja caer a mi lado en el sofá y suelta aire lentamente.
—Brock ha estado insoportable toda la noche.
—Eso no es una novedad… —resoplo.
Él sonríe un poco y me rodea las piernas con una manta.
—Estás cansada.
—Estoy embarazada de un bebé que, por lo visto, practica kickboxing olímpico dentro de mi cuerpo.
—Eso explica muchas cosas.
Le doy un pequeño golpe en el brazo.
—Tu hijo lleva veinte minutos intentando escapar.
Dorian baja inmediatamente la vista hacia mi barriga.
—Eso suena agresivo.
—Lo es, créeme.
Entonces vuelve a moverse y Dorian y yo nos quedamos quietos al mismo tiempo. Después él apoya lentamente la mano sobre mi vientre y el bebé vuelve a dar otra patada suave justo debajo de su palma. La expresión que aparece en su cara me desarma por completo.
—Vale… —murmura casi para sí mismo—. Eso ha sido rarísimo.
—Lleva haciendo eso toda la tarde.
—Creo que me odia.
—Yo diría que reconoce tu voz.
Él no responde enseguida y se limita a seguir con la mano sobre mi barriga unos segundos más. Poco después, algo en su mirada cambia otra vez y yo me acomodo lentamente contra su pecho mientras la ciudad sigue sonando amortiguada detrás de las ventanas.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuro medio dormida.
—Siempre me preocupa esa pregunta.
—Que ya no me imagino viviendo en otro sitio que no sea molestándote constantemente.
Dorian baja la cabeza hacia mí.
—Yo llevo semanas resignado a eso.
—Qué romántico.
—Estoy evolucionando.
Sonrío cerrando los ojos y durante unos segundos solo escucho su respiración debajo de mí y el ruido lejano de Manhattan. Debo de quedarme medio dormida, porque noto a Dorian acariciándome suavemente la barriga mientras cree que no lo escucho.
—No hagas sufrir mucho a tu madre, ¿vale? —murmura muy bajito—. Ya tengo suficiente trabajo intentando que no me eche de casa cada vez que digo una estupidez.
Se me encoge algo dentro del pecho al escucharle.
—También agradecería que heredases su inteligencia y no mis decisiones de mierda.
Sonrío contra su camiseta sin abrir los ojos.
—Y si sales igual de cabezota que ella, al menos intenta no utilizarlo contra mí demasiado pronto.
Su mano sigue moviéndose despacio sobre mi barriga mientras habla y en ese instante entiendo algo que habría sido incapaz de aceptar hace unos meses. Durante meses pensé que el verdadero problema era el embarazo, ahora sé que el verdadero desastre habría sido vivir todo esto sin Dorian.