Capítulo 23
Dorian
La mañana siguiente descubro que mi cepillo de dientes ya vive oficialmente en el baño de Elsie, porque intento cogerlo medio dormido y ella me aparta la mano antes siquiera de abrir los ojos.
—Ese es el mío.
—Mentira. El mío también es negro.
—El tuyo tiene una grieta en el mango, porque lo tiraste contra el lavabo intentando matar una araña.
Abro un ojo lentamente.
—Era enorme.
—Medía dos centímetros como mucho —resopla negando con la cabeza.
—Dos centímetros de terrorismo.
Elsie resopla y vuelve a esconder la cara entre las manos, mientras yo regreso y me siento en el borde de la cama intentando entender en qué momento exacto mi vida se convirtió en esto.
Hay una manta hecha un gurruño en los pies de la cama, su perfume sigue pegado a mi camiseta y el apartamento huele a café, porque ella programó la cafetera anoche como si fuera una persona funcional.
Lo peor es que ya no me siento fuera de lugar aquí.
Y eso probablemente debería asustarme más de lo que me asusta.
Antes necesitaba silencio, espacio y una salida fácil por si quería desaparecer.
Ahora, en cambio, llevo tres noches seguidas durmiendo aquí y lo único que me incomoda es la posibilidad de que ella vuelva a mirarme como lo hizo hace unos días cuando creyó que iba a irme otra vez.
Abro uno de los armarios buscando tazas y encuentro exactamente la misma colección de siempre. Una tiene dibujado un gato vestido de ejecutivo y otra una frase sobre café, que probablemente debería estar tipificada como delito.
—Sigues juzgando mis tazas mentalmente, ¿verdad?
Me giro y veo a Elsie entrando en la cocina con el pelo revuelto y una camiseta gigante que le cubre por completo la barriga, que cada vez está más abultada. Me apoyo contra la nevera y la observo mientras bosteza.
—Tu colección parece diseñada por una mujer que perdió varias apuestas seguidas.
—Pues aun así sigues usando mis tazas.
—Porque el amor implica sacrificio.
Ella me mira unos segundos.
—¿Acabas de utilizar la palabra amor antes de las ocho de la mañana?
—No sobreviviré a esta conversación. Sonrío al escucharla, porque llevaba días echando de menos escucharla reír así conmigo.
Elsie abre la nevera y empieza a sacar cosas mientras yo pongo el café, que ella programó anoche, en las tazas.
—¿Qué haces? —pregunto al verla sacar huevos, pan y fruta.
—Desayuno.
—Eso parece muchísimo trabajo para la hora tan indecente que es.
—Hay una persona creciendo aquí dentro y aparentemente necesita nutrientes reales.
Apoya una mano en su vientre al decirlo y yo aprieto la taza un poco más fuerte entre los dedos antes de darme cuenta.
Antes el embarazo me parecía una bomba, ahora, en cambio, me sorprendo pensando en cosas mucho peores: habitaciones de bebé, cunas, horarios…
También me sorprendo imaginándome a Elsie enfadada porque el bebé llora a las cuatro de la madrugada mientras yo intento fingir que sigo dormido para no levantarme primero.
Sin embargo, lo que me resulta más preocupante es que ya no salgo huyendo cada vez que una de esas imágenes se cuela en mi cabeza.
—¿Por qué me miras así? —me pregunta apoyando las manos en la encimera.
—Estoy pensando que vas a ser una madre aterradora.
—Eso no ha sonado romántico.
—No pretendía serlo. Estoy convencido que vas a controlar los horarios de sueño con hojas de cálculo.
—Eso es mentira.
—Tienes carpetas etiquetadas por colores…
—Eso se llama organización.
—Eso se llama dictadura administrativa.
Al escucharme, coge una cucharilla y me la lanza al pecho sin fuerza.
—Eres insoportable.
—Pero sigo aquí.
Mi frase se escapa antes de que pueda pensarla y ambos nos quedamos quietos un segundo. Elsie baja la vista hacia la tostadora y yo noto cómo algo cambia ligeramente en el ambiente, porque ya no fingimos que esto es temporal.
Desayunamos en la barra de la cocina discutiendo sobre nombres otra vez. Últimamente parece imposible mantener una conversación civilizada sobre el tema.
—Theo está bien —digo mientras le paso su café.
—Theo suena a niño que corrige la pronunciación de la gente a los cinco años.
—Eso es absurdamente específico.
—Porque es verdad.
—Vale. ¿Y Oliver?
Elsie me mira horrorizada.
—¿Quieres que nuestro hijo parezca protagonista de un internado británico?
—Empiezo a sentirme atacado personalmente por tus criterios.
Ella sonríe bajando la vista hacia su taza y me descubro observándola más tiempo del necesario.
El pelo le cae sobre los hombros, sigue llevando la enorme camiseta, que en algún momento fue mía, y tiene una expresión tranquila que solo aparece cuando deja de prepararse para que yo arruine algo.
La verdad es que todavía me cuesta asumir que su tranquilidad dependa un poco de mí.
Horas después sigo en el apartamento porque hoy trabajo desde aquí o al menos esa era mi intención inicial. La realidad es que llevo veinte minutos leyendo instrucciones sobre cochecitos mientras Elsie responde correos sentada en el sofá.
—¿Sabías que existen ocho tipos distintos de portabebés?
—Dorian.
—No, escucha esto. Este promete «alineación ergonómica emocional».
Ella levanta lentamente la vista del portátil.
—¿Qué coño significa eso?
—No tengo ni idea, pero cuesta seiscientos dólares. Supongo que incluye terapia.
Elsie se ríe otra vez y deja el ordenador a un lado.
—Ven aquí.
—Eso ha sonado sospechosamente cariñoso —le digo frunciendo un poco el ceño.
—No te emociones. Solo quiero ver qué cara pone un hombre cuando descubre que está leyendo foros de padres un martes sin haberse dado cuenta.
Me acerco hasta el sofá y ella tira de mi mano para que me siente a su lado.
Acabo con un brazo rodeando automáticamente su cintura mientras ella apoya la cabeza contra mi hombro revisando el móvil.
Trago saliva porque todo empieza a parecer natural entre nosotros.
El problema es que ya no sé cómo vivir fingiendo que esto no me importa.
Por la noche cocinamos juntos, aunque el concepto «juntos» implica que Elsie critica mi forma de cortar verduras mientras yo sostengo que su cocina es una trampa mortal diseñada para destruirme.
—No puedes dejar cuchillos dentro del fregadero.
—Ni tú puedes cortar un calabacín como si fueras un asesino en serie.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Míralo. Está sufriendo.
Ella me aparta con la cadera para coger sal y el roce me distrae, porque lleva unos pantalones cortos y una camiseta ajustada que no ayuda absolutamente nada a mi concentración.
—Me estás mirando otra vez —me avisa como si yo no me hubiese dado cuenta.
—Es culpa tuya por existir tan cerca de mí.
—Eso no es una excusa válida.
—A mí me sirve —le suelto encogiéndome de hombros.
Elsie intenta seguir cocinando, pero acabo pegándome a su espalda junto a la encimera. Le aparto el pelo del cuello despacio y le beso justo debajo de la oreja, lo que provoca que suelte lentamente.
—Estamos haciendo la cena.
—La cena sigue ahí.
—Dorian…
Le beso el cuello otra vez y noto cómo sus dedos aprietan la encimera un instante. La tensión cambia enseguida, aunque ya no tiene nada que ver con peleas, orgullo o necesidad de distraernos. Ahora simplemente nos buscamos.
La giro despacio hacia mí y apoyo las manos en su cintura mientras la observo unos segundos. Elsie también me mira en silencio y por primera vez no siento necesidad de convertir el momento en una broma para sobrevivirlo.
—¿Qué pasa? —pregunta bajito.
Trago saliva antes de responder.
—Que llevo años largándome en cuanto alguien empieza a conocerme de verdad.
Ella no dice nada, solo sigue mirándome.
—Siempre convertía todo en humor o caos antes de que alguien pudiera empezar a importarme —continúo acariciándole lentamente la cintura bajo la camiseta—. Pero contigo ya no sé esconderme detrás de eso.
Elsie baja un poco la cabeza y noto su respiración.
—No tengo ni idea de cómo hacer esto perfecto —murmuro mirándola a los ojos—. Pero te juro que voy a seguir aquí incluso cuando sea difícil.
Sus ojos se llenan de algo que me deja completamente indefenso.
—No vuelvas a decirme algo así mientras estoy hormonalmente inestable —susurra.
Sonrío un poco y entonces me besa despacio y sin rabia.
Yo la beso de vuelta mientras sus manos suben hasta mi cuello y yo la acerco más a mí.
Nos olvidamos de la cena y de las verduras a medio cortar, porque ahora mismo solo existe la forma en que ella vuelve a besarme una y otra vez.
Yo la levanto despacio y Elsie rodea mi cintura con las piernas, mientras camino hacia el dormitorio sin separar mi boca de la suya boca.
Nos reímos un poco cuando casi me estampo contra el marco de la puerta.
—Casi nos matas.
—Estoy haciendo lo que puedo.
La dejo sobre la cama con cuidado y me quedo mirándola unos segundos. Tiene el pelo extendido sobre la almohada, la respiración acelerada y una expresión vulnerable que sigue provocándome algo brutal dentro del pecho.
Me quito la camiseta sin apartar los ojos de ella y Elsie se incorpora enseguida para besarme otra vez. Sus manos recorren mi espalda desnuda lentamente mientras las mías suben por sus muslos bajo la tela suave del pantalón.
Todo es más lento esta vez y más consciente.
Le quito la camiseta despacio y beso cada parte de piel que aparece mientras ella tiembla suavemente bajo mis manos. No hay prisas, porque ya no intentamos escapar de nada, ahora solo queremos estar aquí.
Elsie me acaricia la cara un segundo antes de volver a besarme y ese gesto me rompe, porque nadie me había tocado nunca así.
Cuando entro en ella lo hago despacio y con cuidado de no chafar su vientre, por lo que la miro todo el tiempo.
Elsie suelta mi nombre con un gemido bajito y me agarra de los hombros mientras empiezo a moverme con calma, sintiendo cómo nuestros cuerpos encajan de una forma que ya no tiene nada que ver solo con deseo.
La beso otra vez y ella pierde sus dedos en mi pelo.
Me agarra con más fuerza con sus piernas y le beso el cuello, mientras sigo moviéndome dentro de ella.
Todo se mezcla lentamente: respiración, piel, calor y esa necesidad del otro que ya ninguno intenta esconder.
—Mírame —le pido bajito.
Elsie levanta los ojos hacia mí y juro que nunca había visto nada más peligroso que esa forma de mirarme, por lo que pierdo el control un poco después de eso.
Mis movimientos se vuelven más profundos y ella responde enseguida buscándome igual de cerca.
El colchón se mueve bajo nosotros mientras seguimos besándonos entre respiraciones rotas y caricias lentas.
Cuando llega al orgasmo se aferra a mí con fuerza y yo la sigo segundos después enterrando la cara en su cuello mientras intento recuperar el aire.
Después, nos quedamos quietos mucho rato sin apartarnos el uno del otro.
Elsie acaba medio dormida encima de mí, con una pierna enredada entre las mías y la cabeza apoyada sobre mi pecho mientras Manhattan sigue iluminada al otro lado de las ventanas.
Le acaricio la espalda lentamente sintiendo su respiración tranquila contra mi piel y entonces entiendo que, aunque todo esto empezó como un error, lo único irreversible de verdad fue enamorarme de ella.