Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Elsie

Llevo veinte minutos intentando ordenar el salón y lo único que consigo es enfadarme más.

Porque cada vez que abro un cajón, muevo una manta o intento recolocar algo aparece algo de Dorian otra vez.

En una sudadera gris abandonada sobre una silla, en una taza negra que sigue junto a la cafetera, en el cargador que todavía continúa enchufado al lado del sofá porque, aparentemente, ninguno de los dos sabía ya distinguir qué cosas pertenecían a quién.

Resoplo y cojo la sudadera con intención de meterla directamente dentro de la caja del armario, pero el problema es que con el embarazo se me ha desarrollado mucho el olfato y al cogerla noto que todavía huele a él.

—Perfecto —murmuro cerrando los ojos un segundo—. Exactamente esto es lo que necesitaba hoy.

Lanzo la sudadera dentro de la caja y sigo moviendo cosas por el salón intentando recuperar una sensación de control que llevo semanas con la sensación de que he ido perdiendo poco a poco.

Antes este apartamento funcionaba bajo normas simples.

Todo estaba ordenado, limpio y colocado exactamente donde yo quería.

Ahora parece el escenario posterior a una ciudad bombardeada.

Hay un libro sobre embarazo encima de la mesa que Dorian dejó abierto por la mitad. Un vaso suyo sigue dentro del fregadero e incluso encuentro uno de sus post-it pegado a la nevera.

«Compra fruta real. Las galletas no son un grupo alimenticio».

Lo arranco inmediatamente y lo dejo encima de la encimera en lugar de tirarlo a la basura y eso me cabrea todavía más, porque sigo enamorada de él y una parte horrible de mí continúa esperando que aparezca por la puerta.

El timbre suena exactamente nueve segundos después de pensarlo y me quedo completamente quieta en mitad del salón.

El corazón empieza a galopar en medio de mi pecho con fuerza mientras miro hacia la entrada y durante un instante me planteo no abrir.

Pero entonces vuelve a sonar y termino caminando hacia la puerta despacio.

Cuando abro, Dorian está al otro lado. Tiene muy mala cara, ojeras oscuras, va muy despeinado y una expresión cansada que no encaja nada con el hombre impecable que normalmente parece capaz de controlar cualquier situación. Hoy no es ese hombre, hoy no es más que un hombre exhausto.

—Hola —dice después de unos segundos en los que solo nos hemos mirado sin decir nada.

—Hola.

Su mirada baja un instante hacia la caja que tengo detrás de mí en el salón con sus cosas, porque ahora está tan llena que ya no le cabían más cosas dentro del armario, y algo cambia ligeramente en su cara al reconocer su ropa dentro.

—Estabas ordenando.

—Sí.

Asiente despacio con la cabeza y me fijo en que trae flores, ni comida, ni tiene ninguna de sus frases brillantes preparadas y que siempre le han servido para quitar hierro a nuestras discusiones. Ahora solo parece agotado y eso resulta muchísimo más incómodo que cualquiera de sus bromas.

—¿Puedo entrar? —pregunta finalmente.

Podría decirle que no, de hecho, es lo que debería hacer, pero me aparto y le dejo que pase.

Entra despacio y mira alrededor de mi apartamento en silencio.

Noto cómo reconoce enseguida los huecos vacíos donde antes estaban sus cosas y sé que eso le afecta, se lo veo en su gesto.

Cuando está en el comedor, cierro la puerta de entrada y me cruzo de brazos con lentitud.

—Si has venido a decirme cuatro frases bonitas y desaparecer otra vez, puedes ahorrártelo.

—No he venido a hacer eso —me responde y aprieta un poco la mandíbula.

—Entonces explícate mejor que la última vez.

Sé que mi comentario le duele, porque se lo noto. Antes de empezar a hablar, camina un poco por el salón antes de detenerse cerca del sofá y hundir sus dedos en el pelo ara echárselo hacia atrás.

—Llevo días pensando en qué decirte, pero todo suena mal dentro de mi cabeza.

—Eso no es demasiado tranquilizador.

—Sí, tienes razón —me responde bajando la mirada hacia la punta de sus zapatos.

Mientras lo observo, lo veo que está muy perdido y eso me pone todavía más nerviosa.

—Elsie, yo… —empieza, pero se detiene a mitad de frase, frunce el ceño y lanza un hondo suspiro—. Joder. No sé hacer esto.

—Eso lo tengo bastante claro.

Asiente lentamente sin discutirlo.

—Tienes razón.

Nos quedamos en silencio, pero por primera vez Dorian no intenta escapar y se queda ahí delante de mí.

—No puedes aparecer solo cuando tienes miedo de perderme —murmuro al final.

Dorian baja la vista un instante.

—Tienes razón —reconoce a media voz.

—Entonces dime por qué debería creer que esta vez no vas a volver a irte.

Ahí sí se queda completamente callado. Lo observo esperando a que me dé una respuesta rápida o cualquier cosa que le permita escapar del momento, pero no dice nada, solo permanece quieto delante de mí nervioso y cansado.

—No tengo ninguna respuesta brillante para eso —admite finalmente—. Solo sé que llevo toda mi vida largándome cuando algo empieza a importarme de verdad y que estoy cansado de hacerlo.

Aprieto los labios con fuerza.

—¿Y qué cambia ahora?

Dorian tarda unos segundos en responder.

—Tú.

Esa palabra cae entre nosotros sin adornos y noto inmediatamente cómo se me encoge el estómago.

—Eso no es suficiente.

—Ya lo sé —responde enseguida—. Por eso estoy aquí.

Lo miro en silencio.

—No quiero prometerte cosas perfectas que luego no sepa cumplir —continúa diciendo despacio—. Ni voy a decirte que de repente ya no tengo miedo o que voy a hacerlo todo bien, porque probablemente volveré a equivocarme y seguro que más de una vez.

—Muy inspirador todo —le contesto con sarcasmo.

La comisura de su boca se curva un poco, pero no llega a ser una sonrisa.

—Lo que intento decirte es que esta vez no quiero volver a huir cuando sienta que algo me supera.

Suelto aire lentamente y aparto la vista hacia la cocina, porque seguir mirándolo empieza a dolerme físicamente.

—Me has hecho mucho daño, Dorian.

—Lo sé.

—No puedes desaparecer de repente y luego esperar que todo siga igual.

—No lo espero —me dice buscando mi mirada con sus ojos.

—Pues parece que sí.

—No —niega con la cabeza—. Solo necesitaba verte y dejar de esconderme detrás de excusas de mierda.

Me apoyo contra la encimera de la cocina intentando mantener cierta distancia mientras él sigue de pie cerca del sofá sin atreverse a acercarse a mí, algo que también es nuevo para él. Antes habría intentado tocarme, besarme o distraerme de la conversación, ahora simplemente permanece quieto.

—He sido un desastre contigo —acepta al cabo de unos segundos.

—Sí.

—Y aun así sigues siendo la primera persona con la que no siento ganas de salir corriendo.

El pecho se me encoge y odio muchísimo que siga teniendo ese efecto en mí.

—No sé si eso arregla algo.

—No, no lo arregla —reconoce enseguida—. Pero es verdad.

Lo observo durante unos segundos intentando encontrar arrogancia, manipulación o alguna de sus defensas habituales, pero no encuentro ninguna, solo parece agotado de pelear contra sí mismo.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuro finalmente—. Que sigo esperando que vuelvas a irte otra vez.

Dorian traga saliva.

—No quiero hacerlo.

—Pero es lo que has hecho hasta ahora.

—Sí.

Su sinceridad me desarma más que cualquier disculpa perfecta.

Camino hasta el sofá y me dejo caer despacio sobre él, porque me siento emocionalmente agotada.

Dorian duda unos segundos antes de sentarse y acaba haciéndolo, dejando espacio entre los dos.

Cuando lo hace no habla, ni me presiona, ni intenta acelerar nada y eso hace que todo resulte más difícil.

—Brock vino a verme —empieza al cabo de un rato.

Levanto la vista hacia él.

—¿Y eso debería preocuparme?

—Muchísimo, probablemente.

Eso consigue arrancarme una pequeña risa cansada antes de que pueda evitarlo. Al escucharla, me mira y noto cómo algo se rompe en su expresión un instante.

— He pasado días pensando en el ruido de tu cafetera por las mañanas y en cómo siempre te enfadas cuando dejo vasos en el fregadero —murmura—. En tu sofá horrible, en tus tazas ridículas y en cómo discutías conmigo por comprar cualquier cosa cara.

La emoción me sube demasiado rápido al pecho.

—Eso es un resumen bastante raro de una relación.

—Es que el problema nunca fue solo acostarme contigo, Elsie.

Su voz baja ligeramente.

—El problema fue empezar a sentir que contigo quería quedarme incluso cuando me daba miedo hacerlo.

Las lágrimas aparecen antes de que pueda impedirlo y parpadeo rápido intentando controlarme, pero ya es tarde. Dorian lo nota inmediatamente y se tensa.

—Joder… —murmura incorporándose un poco—. No llores, por favor.

—No me digas que no llore ahora mismo, porque te juro que eso empeora la situación.

—Vale. Perdón. Tienes razón —asiente con la cabeza.

Me cubro la cara un segundo, avergonzada, porque odio llorar delante de nadie y todavía más delante de él.

—Estoy cansada —admito con la voz rota—. Cansada de sentir que cada vez que algo empieza a ir bien contigo tengo que prepararme para el momento en que vuelvas a asustarte y desaparezcas de nuevo.

Dorian baja la cabeza lentamente.

—Lo sé.

—No quiero vivir esperando eso constantemente.

El silencio vuelve a caer entre nosotros, aunque esta vez Dorian no se va, ni intenta terminar la conversación.

No se mueve y sigue sentado delante de mí soportando cada una de mis palabras, aunque le haga daño escucharlas.

Y eso cambia algo, porque por primera vez siento que no está intentando escapar del momento incómodo.

Simplemente se queda aquí conmigo dentro de él.

Me limpio las lágrimas rápidamente con rabia.

—Esto es humillante.

—No, no lo es.

—Estoy llorando por un hombre incapaz de gestionar sus emociones sin provocar una catástrofe.

—Eso sí ha sido bastante específico.

Suelto una risa rota entre lágrimas y él baja la vista un segundo, probablemente aliviado de escucharme respirar otra vez.

Entonces hace algo todavía más extraño, porque no intenta besarme, ni arreglarlo, solo se acerca despacio hasta mí y me abraza sin utilizar eso para distraerme de la conversación.

Simplemente me rodea con los brazos y se queda quieto conmigo y eso termina de romperme.

Porque él siempre intentaba solucionar las cosas rápido con humor, sexo o alguna frase capaz de desarmarme antes de que pudiera seguir enfadada, pero ahora no.

Ahora solo me sostiene mientras lloro contra su pecho en mitad de mi salón desordenado y siento, al fin, que no está tratando de salvarme, solo se queda conmigo.