Capítulo 21
Dorian
Mi ático nunca me había parecido tan grande.
Eso es lo primero que pienso exactamente a las dos y doce de la madrugada mientras estoy sentado en mitad del salón completamente a oscuras, mirando una copa de whisky que ni siquiera he probado.
Manhattan sigue iluminada al otro lado de las cristaleras y los coches continúan moviéndose sobre el asfalto a pesar de las horas que son. Todo sigue como siempre menos yo.
Llevo más de una hora sentado aquí sin música, sin televisión y sin intentar distraerme de nada.
Antes supongo que habría llamado a Brock, habría salido a tomar algo por el Soho o habría hecho cualquier otra cosa para no pensar.
Pero hoy no hago nada de eso y es mucho peor, porque el silencio de mi casa cada vez se parece más a una derrota o... una pérdida, la de Elsie, la peor.
Me incorporo un poco en el sofá y me paso ambas manos por la cara antes de observar lo que me rodea.
El apartamento está impecable, perfectamente ordenado, pero también completamente vacío de vida.
Nunca me había molestado. De hecho, durante años este sitio ha sido lo que necesitaba: silencio cuando quería silencio, espacio cuando quería desaparecer y nadie esperando algo de mí que yo no estaba dispuesto a darle.
Ahora, en cambio, solo consigo pensar en el apartamento de Elsie, en su sofá incómodo, en sus tazas ridículas, en las cremas hidratantes que llenaban su baño…
Suelto un suspiro y vuelvo a recostar la espalda en el sofá.
Echo de menos a Elsie de una manera que no tiene nada que ver con el sexo y eso es lo que me jode por completo por dentro.
Me levanto despacio y camino hacia la cocina, aunque no tengo hambre.
Abro la nevera por pura costumbre y me quedo mirando el interior durante unos segundos hasta que suelto una risa breve y agotada.
Sé que si ella estuviera aquí habría empezado a insultar mi alimentación hace aproximadamente treinta segundos.
Cierro la puerta lentamente y entonces veo un post-it amarillo pegado junto a la cafetera.
«Compra comida real.
Firmado: la víctima de tu nevera».
Me quedo completamente quieto, porque no recordaba que seguía ahí.
Cojo el pequeño papel de color amarillo despacio y al hacerlo siento cómo se me encoge el pecho con tanta fuerza que me cuesta respirar con normalidad y chasqueo la lengua.
Llevo días intentando sobrevivir a base de trabajo, reuniones eternas y una gran cantidad de café horrible, pero ahora mismo ese post-it me ha dejado más hecho polvo que todo lo que pasó con Elsie.
Apoyo una mano en la encimera y cierro los ojos un instante.
La extraño muchísimo. Echo de menos su voz, verla tirada en mi sofá criticando las películas que me gustan y discutir con ella sobre nombres para el bebé.
Incluso echo de menos cómo llenaba el apartamento de ruido, porque ahora todo vuelve a estar vacío sin ella.
Pero lo peor de todo es que tenía razón cuando me decía que lo que más me asustaba no era el embarazo, sino el compromiso, porque nadie me había importado nunca tanto como para hacerme sentir así de vulnerable.
Cuando era niño, mi padre tenía una habilidad espectacular para aparecer justo cuando empezábamos a acostumbrarnos a que no estuviera.
A veces volvía con regalos caros, entradas para algún partido o promesas que nunca terminaban igual que empezaban.
Recuerdo esperarlo durante horas más de una vez y recuerdo también a mi madre fingiendo que no pasaba nada cuando él cancelaba en el último momento.
Lo peor no era que desapareciera físicamente, sino que nunca sabías cuánto iba a durar la versión de él que sí quería quedarse.
Durante años me prometí que jamás sería como mi padre y aun así llevo semanas haciendo exactamente lo mismo cada vez que algo con Elsie empieza a importarme más de la cuenta.
Media hora después, suena el timbre. Frunzo el ceño y camino hacia la puerta sin tener ni idea de quién puede aparecer a estas horas en mi casa.
Cuando abro la puerta me encuentro frente a frente con Brock.
Sin que le invite, entra en el apartamento, me observa unos segundos y deja las llaves de su coche y su teléfono sobre la mesa del salón sin decir nada al principio.
—Tienes una pinta horrible, tío —murmura finalmente.
—Qué conversación tan estimulante.
Brock me mira a nuestro alrededor lentamente.
—¿Llevas aquí encerrado desde que hablaste con Elsie?
No le respondo, aunque mi silencio habla por si solo. Se deja caer en el sofá y durante unos segundos ninguno habla. Algo raro teniendo en cuenta que Brock Somerset normalmente no puede permanecer callado más de cuarenta segundos seguidos.
—La has cagado fuerte, ¿eh? —suelta al final.
Me apoyo contra la mesa del salón.
—Eso parece.
Brock asiente despacio.
—¿Quieres saber lo más irritante de todo esto?
—Sorpréndeme —le respondo alzando las cejas.
—Que por primera vez te veo asustado de verdad y no tiene nada que ver con el bebé.
Aprieto la mandíbula.
—No tienes ni idea de lo que dices.
—Claro que sí —responde levantando la vista hacia mí—. No tienes miedo de ser mal padre sino de necesitar a alguien más de lo que crees poder soportar.
La frase se me clava directamente en medio del pecho y me deja completamente quieto, porque el cabrón tiene razón.
Todo este tiempo he estado intentando convencerme de que el problema era el embarazo, el futuro o la responsabilidad de ser padre, a pesar de que la verdad es muchísimo más humillante.
El problema empecé a sentir que Elsie era mi sitio favorito en el mundo antes de que me diera cuenta y ahora no sé qué coño hacer con la idea de perderla.
Brock me observa unos segundos más.
—Nunca te había visto mirar a nadie como la miras a ella.
Suelto una risa cansada.
—Eso es porque normalmente huyo antes.
—Ya… Ese ha sido tu problema toda la vida.
Bajo la vista hacia el suelo.
—No sé cómo arreglar esto —reconozco bajando la mirada hasta mis manos.
—Pues aprende.
Levanto la cabeza inmediatamente.
—Qué consejo tan útil. Gracias, terapeuta de Manhattan.
—No te estoy pidiendo que lo hagas perfecto, Dorian. Solo que dejes de comportarte como un idiota cada vez que alguien empieza a importarte de verdad.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero ya no se parece al de antes, porque este no está lleno de rabia sino de cosas que ninguno de los dos quiere decir en voz alta.
Porque llega un momento en el que las excusas dejan de servirte para seguir fingiendo que no te importa alguien y yo acabo de llegar ahí.
Brock se marcha una hora después y yo me quedo solo en este ático, que ahora me parece demasiado grande y silencioso, algo que ya no soy capaz de soportar. Así que cojo el abrigo… y salgo.
Camino por Manhattan sin saber a dónde voy.
Paso por calles llenas de ruido, restaurantes cerrados y parejas que parecen mucho más felices de lo que me resulta soportable ahora mismo.
Finalmente acabo en el Soho, sin saber muy bien cómo he llegado y me siento en un banco, como si fuera un vagabundo sin tener a donde ir en mitad de la madrugada.
Echo hacia atrás la cabeza y en mi mente aparece el hotel de Tribeca, la boda, Elsie riéndose, la música sonando fuerte, el caos…
Me levanto del banco como un resorte y vuelvo a caminar mientras los fragmentos que recuerdo de aquella noche empiezan a encajar mejor dentro de mi cabeza.
Recuerdo haberla encontrado cerca de uno de los ascensores privados completamente borracha y preciosa, discutiendo con alguien sobre no sé qué tontería.
Recuerdo haber querido sacarla de allí, porque algo ya me molestaba incluso entonces.
Luego me acuerdo de sujetarle el brazo mientras ella se reía intentando soltarse y una voz masculina cerca de nosotros diciéndome que la dejara, que está bien donde estaba.
Me detengo en mitad de la acera inmediatamente, porque recuerdo que aquellas palabras que no sé quién dijo me provocaron rabia cuando las escuché. Una rabia irracional y brutal que incluso borracho me hizo querer sacar a Elsie de allí cuanto antes.
Frunzo el ceño intentando recordar algo más, pero no lo consigo. Dentro de mi cabeza solo recuerdo ruido, gente yendo de un lado a otro con mucho alcohol en las venas y la sensación constante de que aquella noche nadie pensaba con claridad.
Suelto aire lentamente y vuelvo a caminar, porque lo importante ahora mismo no es aquella boda sino ella. Y ahora tengo claro que nunca he tenido miedo del bebé, ni de ser padre, sino de lo feliz que me hacía la idea de quedarme con Elsie incluso cuando todo se volvía complicado.
Ella nunca me pidió perfección, solo que dejara de huir, pero yo he convertido eso en una guerra porque no sabía cómo soportar querer a alguien tanto.
Me detengo frente a un escaparate apagado y me observo reflejado en el cristal.
Tengo mala cara, ojeras oscuras y la expresión de un hombre que lleva semanas luchando contra sí mismo.
Estoy exhausto, más que nunca. Estoy cansado de sabotear todo lo que me importa antes de que pueda destruirme primero.
Saco el móvil del bolsillo y abro el chat de Elsie.
Lo miro varios segundos, pero no escribo nada, porque tengo claro que esto no se arregla con frases brillantes, ni con humor o ni con una visita improvisada a medianoche.
Se arregla quedándome con ella, pese a mis miedos, aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo todavía.
Guardo el móvil otra vez y levanto la vista hacia Manhattan. Estoy rodeado de rascacielos inmensos, el tráfico continúa con su ritmo incesante, aunque siento que algo dentro de mí termina de cambiar definitivamente.