Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Elsie

Mi apartamento me parece extraño en cuanto Dorian desaparece de él y odio profundamente que eso suceda tan rápido.

Durante mucho tiempo este sitio ha sido solo mío.

Pequeño, silencioso y perfectamente organizado para una sola persona que trabajaba demasiado y sobrevivía gracias al café y a decisiones cuestionables.

Ahora, en cambio, entro por la puerta y noto enseguida todo lo que falta: ruido, cajones abriéndose y cerrándose de forma de agresiva, sus comentarios absurdos sobre lo que hay en mi nevera y él. Eso me enfada muchísimo.

Han pasado cuatro días desde la pelea y Dorian no me ha llamado, ni ha aparecido, ni ha enviado ni uno solo de esos mensajes ridículos que llevaban semanas colándose en mi rutina.

Al principio pensé que acabaría apareciendo al cabo de unas horas con comida, cara de arrepentimiento y alguna frase suficientemente buena como para hacerme reír antes de que pudiera seguir enfadada. Pero no lo ha hecho.

Ahora mismo mi móvil está completamente vacío de él y lo peor es que sigo mirándolo con la esperanza de recibir alguna señal de Dorian.

Me apoyo contra la encimera de la cocina con una taza de té entre las manos mientras observo el apartamento en silencio.

Hay menos cosas suyas, porque ayer terminé metiendo parte de ellas en una caja para dejar de tropezarme con él cada vez que entraba en una habitación.

El cepillo de dientes, el cargador que apareció junto al sofá hace semanas y una sudadera gris que todavía huele a él están ahora dentro de una caja de plástico en el armario del pasillo.

Aunque no me ha servido de nada, porque sigo notándolo por todas partes: en la cafetera, en el sofá, en el espacio vacío que hay a mi lado en el colchón cuando me despierto.

Aunque la peor parte no es echarlo de menos sino darme cuenta de que ya me había acostumbrado a él muchísimo más de lo que pensaba.

A sus mensajes durante reuniones eternas, a discutir sobre nombres horribles para nuestro bebé, a sus manos en mi espalda cuando cruzábamos una calle y a dormirme escuchando su respiración junto a mí.

Ahora el apartamento vuelve a parecerse demasiado al lugar que era antes de que él apareciera en mi vida y precisamente eso es lo que más me duele.

Mi móvil vibra encima de la mesa y durante un segundo absurdo mi corazón me golpea el pecho con fuerza, pero no es él.

Amara:

Baja en diez minutos.

Voy a secuestrarte.

Resoplo y dejo la taza en el fregadero. Cuarenta minutos después estoy sentada frente a ella en una cafetería llena de plantas, ruido y mujeres perfectamente vestidas que parecen haber nacido sabiendo combinar a la perfección la ropa que llevan para tener a raya su estabilidad emocional. Las odio un poco.

—Tienes cara de querer cometer varios asesinatos —me dice Amara observándome por encima de su taza de café.

—Solo pequeños delitos de momento.

Ella asiente lentamente.

—Eso es crecimiento personal.

Remuevo el té sin demasiadas ganas mientras intento no pensar en nada, pero fracaso enseguida.

—¿Ha hablado con alguno de vosotros? —le pregunto.

Amara tarda unos segundos en responderme.

—Brock dice que sigue trabajando como un psicópata funcional y que probablemente lleva varios días durmiendo fatal.

Aparto la vista hacia la ventana inmediatamente y aunque sé que no debería importarme lo que haga con su vida, sí que me importa.

—No voy a perseguirlo otra vez —murmuro antes de darme cuenta siquiera de que lo he dicho en voz alta.

Amara deja lentamente la taza sobre el plato.

—Eso está bien.

Levanto la cabeza.

—¿Bien?

—Sí, Elsie. Bien. Porque querer a alguien no significa tener que perseguirlo cada vez que entra en pánico.

Esa frase me golpea justo donde tiene que hacerlo porque ahí está exactamente el cambio.

Hace unas semanas habría corrido detrás de Dorian intentando arreglarlo todo, justificarlo o convencerme de que su miedo también debía convertirse en responsabilidad mía.

Pero ahora no, porque ahora ya estoy cansada de todo eso.

—Hay hombres que necesitan tocar fondo antes de entender qué están destruyendo —continúa Amara con calma.

Suelto una risa breve y amarga.

—Pues espero que disfrute la caída.

—Lo dices enfadada, pero sigues enamorada de él.

Aprieto los labios y bajo la vista hacia la taza.

—Eso es lo peor.

Porque sí, es cierto, lo quiero muchísimo y precisamente por eso me duele más de lo que debería.

La conversación deriva después hacia cosas más ligeras, aunque ninguna consigue hacerme creer que esta situación es normal del todo. Hablamos del trabajo, del embarazo y de Brock haciendo sus típicas tonterías.

—Ese hombre va a traumatizar a mi hijo antes de que nazca —murmuro.

—Ya lo ha intentado conmigo varias veces.

Eso me arranca una pequeña carcajada y durante unos segundos vuelvo a respirar con cierta normalidad. Hasta que mi cabeza regresa otra vez a la boda. Últimamente los recuerdos aparecen cada vez más claros y eso empieza a ponerme incómoda.

—Sigo recordando cosas raras de aquella noche —comento distraídamente.

Amara levanta la vista enseguida.

—¿Qué tipo de cosas?

Frunzo ligeramente el ceño intentando ordenar imágenes que siguen apareciendo de forma desordenada.

—Muchísima gente entrando y saliendo de plantas privadas. Empleados cambiando tarjetas constantemente. Personas discutiendo cerca de los ascensores.

Amara se queda quieta unos segundos.

—Yo también recuerdo cosas extrañas.

La observo un instante.

—Además Max estaba raro. Muy raro —continúo—. Recuerdo verlo tenso varias veces durante la noche.

—Max lleva raro desde aquella boda.

Asiento despacio, porque es verdad. No solo él. Todos parecíamos funcionar peor de lo normal aquella noche. Había alcohol y una sensación rara de caos organizado que ahora empieza a incomodarme muchísimo más que antes.

—A veces tengo la impresión de que nadie estaba pensando con claridad aquella noche —murmuro.

—Quizá porque no lo estábamos haciendo.

Cuando vuelvo a casa, dejo el bolso sobre la mesa y durante unos segundos me quedo quieta en mitad del salón intentando acostumbrarme otra vez al silencio. Por suerte, ya no me derrumbo al entrar.

Me preparo algo rápido de cenar y termino sentada en el sofá revisando correos de trabajo con la televisión puesta de fondo sin prestar atención real a nada que aparece en la pantalla.

Las horas pasan rápido y cuando son casi las once, llaman a la puerta.

Al escuchar el timbre, me quedo completamente inmóvil, porque una parte de mí sabe perfectamente quién es antes de abrir.

Camino despacio hasta la entrada y cuando giro el pomo encuentro a Dorian al otro lado. Tiene el pelo mojado por la lluvia, ojeras marcadas y una expresión que nunca le había visto antes. No parece arrogante, ni encantador, ni seguro de sí mismo, sino profundamente agotado.

Nos quedamos mirándonos varios segundos sin hablar y por primera vez desde que empezó todo esto no corro hacia él, ni intento suavizar el momento ni arreglarlo antes de que empeore. Simplemente lo miro.

Dorian traga saliva.

—Hola —me saluda con la voz cansada.

—Hola —le respondo y el silencio vuelve a caer entre nosotros mientras la lluvia sigue sonando fuera del edificio.

—He sido un cobarde —reconoce.

No respondo, porque ya lo sé.

—No dejo de hacer esto cuando las cosas empiezan a importarme de verdad —continúa pasándose una mano por el pelo mojado—. Llevo días intentando convencerme de que desaparecer un poco iba a arreglar algo.

—¿Y lo ha arreglado? —le pregunto cruzándome lentamente de brazos.

Dorian cierra los ojos un instante.

—No —lanza un suspiro antes de continuar—. No sé hacer esto bien, Elsie.

La frase me duele muchísimo más de lo que debería porque esta vez no la utiliza como defensa sino como rendición.

—Ya lo sé —respondo bajando la voz y él asiente despacio con la cabeza.

—Tengo miedo constantemente.

—¿Miedo de qué? —le pregunto alzando la mirada hacia él otra vez.

—De convertirme en alguien que te decepcione dentro de unos años, de ser inestable, de desaparecer emocionalmente igual que hacía mi padre y de que un día me mires y pienses que habrías estado mejor sin mí.

El pecho se me encoje porque ahora sí está diciendo la verdad sin adornarla con humor, ni frases brillantes, ni esconderse detrás de nada.

—No necesitaba perfección —murmuro—. Solo necesitaba que dejaras de huir cada vez que algo se volviera importante.

Dorian baja la cabeza un instante y eso me rompe un poco más, porque parece agotado de sí mismo.

—Lo sé.

Otra vez nos quedamos en silencio, hasta que se atreve a dar un paso hacia mí muy despacio, aunque sin intentar tocarme.

—No dejo de pensar en ti —dice con la voz completamente rota—. En el apartamento, en el bebé, en ti riéndote de mis libros absurdos y en cómo me mirabas antes de que lo estropeara todo otra vez.

Aprieto los labios con fuerza, porque sigo queriéndolo y eso empieza a dolerme físicamente.

—No quiero seguir haciendo esto contigo.

—Pues deja de hacerlo.

La frase me sale más cansada que agresiva y parece afectarle todavía más, porque entiende exactamente lo que significa: esta vez ya no voy a perseguirlo para mantenerlo cerca de mí.

Dorian se pasa una mano por la cara y durante unos segundos parece intentar ordenar algo dentro de su cabeza.

—Llevo cuatro días intentando convencerme de que lo mejor era darte espacio —murmura—. Pero cada vez que llegaba a mi casa solo conseguía pensar que probablemente estabas aquí sola creyendo que habías hecho algo mal y eso me estaba destrozando.

—No creo haber hecho algo mal.

Él levanta la vista inmediatamente.

—No, no lo has hecho.

—Lo que creo es que te asusta cualquier cosa que se parezca al compromiso.

Dorian no responde enseguida.

—Sí —admite al final—. Me asusta muchísimo.

La sinceridad de su voz me deja completamente quieta.

—Mi padre aparecía cuando le apetecía sentirse importante y desaparecía en cuanto algo exigía que se comprometiera de verdad —continúa—. Llevo toda mi vida jurando que nunca sería así y el otro día salí por esa puerta exactamente igual que habría hecho él.

El dolor que noto en su voz me rompe algo dentro del pecho.

—Dorian…

—No estoy intentando darte pena, Elsie. Solo… necesitaba que entendieras por qué reaccioné así.

Lo observo en silencio durante unos segundos y me doy cuenta de que nunca lo había visto tan desarmado. Ahora es solo un hombre aterrorizado de convertirse en alguien capaz de destruir aquello que más quiere y precisamente por eso sigo enfadada, porque lo quiero muchísimo.

—No sé cuánto tiempo más puedo seguir haciendo esto contigo —murmuro al final con un nudo en el pecho.

Dorian baja la vista lentamente y por primera vez parece entender de verdad el daño que me ha hecho.

—Elsie…

—No —lo interrumpo negando suavemente con la cabeza—. Hoy no quiero arreglar nada, ni tranquilizarte, ni convencerte de nada.

Él traga saliva y se queda completamente quieto frente a mí.

—Solo necesitaba que me escucharas.

—Pues ya lo he hecho —le respondo y me quedo en silencio mirándole a los ojos.

Dorian parece querer decir algo más, pero no lo hace. Solo me mira unos segundos con una expresión rota que me deja peor.

Entonces asiente despacio.

—Vale —dice a media voz asintiendo despacio con la cabeza.

El problema es que esa reacción me destroza más que si hubiéramos discutido, porque por primera vez no intenta defenderse, ni convencerme, ni esconderse detrás de una broma. Solo parece un hombre que acaba de entender que puede perder algo que realmente le importa.

Yo también bajo la vista un instante intentando respirar con normalidad.

—Necesito tiempo, Dorian.

Él tarda unos segundos en responder.

—Lo sé.

Nos quedamos quietos frente a la puerta mientras el tráfico continúa con su ruido incesante y por primera vez no tengo claro cómo se puede arreglar esto, porque sigo queriéndolo y eso empieza a parecerse más a una herida que a algo bonito.