Capítulo 19
Dorian
Descubro que Alistair Hudson tiene una habilidad irritante para soltar frases que parecen inofensivas y quedarse después dentro de la cabeza durante horas.
Exactamente eso ocurre un martes por la tarde, en una reunión en la empresa, que en teoría debería girar alrededor de contratos, inversiones y cifras millonarias y que acaba convirtiéndose en una crisis emocional encubierta sin que entre en los planes de nadie.
—La gente como nosotros siempre encuentra la forma de arruinar lo que más le importa —comenta Alistair mientras revisa unos documentos sentado frente a mí al otro lado de la mesa de la sala de reuniones.
Lo dice tranquilo, sin dramatismo y sin siquiera mirarme directamente. Precisamente por eso la frase resulta peor.
—Qué conversación tan esperanzadora —le respondo levantando la vista hacia él con lentitud.
—Solo digo que el autocontrol deja de servir cuando las cosas importan de verdad.
Sigo observándolo unos segundos y veo cómo continúa leyendo el contrato con la calma propia de alguien acostumbrado a pensar demasiado antes de hablar. Alistair nunca parece alguien que se mueva por las emociones y eso vuelve sus comentarios todavía más incómodos.
—¿Eso era sabiduría empresarial o intentas arruinarme la tarde deliberadamente? —pregunto apoyándome contra el respaldo de la silla.
—Llámalo experiencia —me responde permitiendo que aparezca una sonrisa mínima en su boca.
No le respondo, aunque tampoco hace falta. Porque el problema es que la frase ya ha encontrado sitio dentro de mi cabeza.
La reunión termina veinte minutos después, pero yo sigo exactamente igual de alterado cuando salgo del edificio y subo al coche.
Manhattan está cubierta por una capa fina de humedad, que convierte las avenidas en un reflejo interminable de luces rojas y amarillas.
Normalmente eso me ayudaría a despejarme un poco, pero hoy no, hoy solo consigo pensar en Elsie, en su apartamento, en la ecografía y en cómo hablamos de apartamentos, horarios médicos y nombres absurdos para el bebé como si todo esto fuera estable y como si yo también lo fuera.
Aprieto una mano sobre el volante mientras el tráfico avanza lentamente y durante un instante aparece una imagen que llevaba años sin cruzarse por mi cabeza: mi padre llegando tres días tarde a mi cumpleaños con una sonrisa perfecta y un reloj carísimo en la muñeca, mientras mi madre y yo fingíamos que no pasaba nada.
Mi padre no era un mal hombre, de hecho, eso sería más fácil de gestionar para mí.
El problema de mi padre es que era inconsistente.
Aparecía muchísimo cuando quería sentirse importante y desaparecía en cuanto algo le exigía que estuviera presente.
Él era el de las promesas a medias, la presencia intermitente y el cariño de cara a la galería.
De pronto me doy cuenta de algo que me deja el estómago completamente cerrado y es que empiezo a reconocer cosas suyas en mí. Cuando llego al apartamento de Elsie estoy agotado de mi propia cabeza. Ella abre la puerta descalza y en cuanto me ve, sonríe ligeramente.
—Tienes cara de querer demandar a alguien.
—Ha sido un día largo —disimulo, entro y dejo las llaves sobre la mesa mientras ella vuelve hacia la cocina.
—He pedido comida —me informa—. Porque no confío en tu capacidad culinaria después del incidente del café tóxico.
—Aquello fue una experiencia sensorial intensa.
—Aquello parecía alquitrán caliente.
Normalmente eso me habría hecho gracia enseguida, pero hoy tardo más en reaccionar y Elsie lo nota.
—¿Qué te pasa? —me pregunta girándose hacia mí.
—Nada.
—Otra vez esa respuesta no.
Me aflojo la corbata lentamente mientras intento disimular.
—Solo estoy cansado.
Ella me observa unos segundos más antes de suspirar.
—Vale. Pues intenta no asesinar emocionalmente a nadie esta noche.
La frase pretende ser una broma, pero me golpea de lleno por razones que ella no entiende y porque exactamente eso es lo que empiezo a temer que puede suceder.
La cena transcurre entre bromas a medias y varios intentos míos de parecer relajado, aunque fracaso por completo, pero me esfuerzo en disimularlo tanto como puedo.
Un rato después, Elsie termina sentada en el suelo del salón rodeada de bolsas y cajas abiertas mientras revisa ropa diminuta para el bebé.
—No entiendo cómo algo tan pequeño necesita tantas cosas —murmura levantando unos calcetines absurdamente minúsculos.
La observo desde el sofá y me parece que está preciosa y feliz, aunque esa felicidad empieza a darme miedo de verdad.
—Mira esto —dice enseñándome un pijama ridículo con estrellas—. Es horrible.
—Es diminuto. Por tanto, automáticamente resulta adorable.
Ella sonríe mientras sigue organizando cosas a su alrededor. Después, coge otra caja.
—Creo que voy a mover la estantería al dormitorio para hacer espacio.
La frase parece completamente normal, pero en cuanto la escucho noto algo que se tensa dentro de mí. Porque ya no estamos hablando solo de mover muebles o de hacer espacio en un apartamento. Ahora hablamos de habitaciones, de futuro y de una vida donde se supone que yo voy a quedarme.
Elsie levanta la vista enseguida.
—¿Qué?
—Nada.
—Dorian.
Me paso una mano por la nuca intentando bajar la presión que empieza a acumularse dentro de mi pecho.
—No hace falta reorganizar todo ahora mismo.
Ella frunce ligeramente el ceño.
—Solo quiero mover una estantería para que quepan mejor las cosas.
—Ya, pero llevamos semanas hablando de habitaciones, apartamentos y escuelas como si todo estuviera decidido ya.
El ambiente cambia inmediatamente y Elsie deja la caja en el suelo despacio.
—¿Perdona?
—Solo digo que quizá estamos yendo muy rápido.
—Estoy embarazada de casi cinco meses. Claro que esto va rápido.
Sé que tiene razón y ese es precisamente el problema, porque cuanto más real se vuelve todo, más miedo tengo de convertirme exactamente en el hombre que nunca quise parecerme.
—No puedes ponerte raro cada vez que hablamos del futuro —continúa ella levantándose del suelo.
—No me estoy poniendo raro.
—Claro. Por eso llevas dos horas con cara de hombre al que acaban de decir que su vida va a complicarse muchísimo.
Aprieto la mandíbula.
—Quizá no deberías dar por hecho ciertas cosas todavía.
Elsie se queda quieta.
—¿Qué significa eso exactamente?
No respondo enseguida y ella lo interpreta todavía peor.
—Hostia… —murmura soltando aire lentamente—. ¿En serio estamos otra vez aquí?
—No estoy diciendo eso.
—Entonces explícate mejor.
La presión dentro de mi pecho empieza a crecer otra vez y ya no sé distinguir qué parte es miedo y qué parte es puro instinto de huida.
—No sé si soy la persona que crees que soy —suelto al final.
El daño aparece en su cara inmediatamente y eso me destruye más rápido que si hubiera pegado un grito, porque Elsie no parece enfadada, sino decepcionada.
—Yo nunca te he pedido que seas perfecto —dice bajando la voz—. Solo te he pedido que dejaras de actuar como si quedarte fuera una condena.
—No entiendes lo que intento decir.
—No, Dorian. El problema es que sí lo entiendo.
Da un paso atrás y ese gesto me duele más que cualquier discusión que hayamos tenido.
—Llevas semanas construyendo algo conmigo y cada vez que empiezas a sentir que es de verdad te entra el pánico.
—No es tan simple.
—Claro que lo es. Te asusta quedarte.
—¿Y a ti no te asusta depender de alguien que puede decepcionarte?
La pregunta me sale más agresiva de lo que pretendía y Elsie parpadea lentamente.
—Por supuesto que me asusta —responde—. La diferencia es que yo no utilizo ese miedo para destrozar todo cada vez que empiezo a ser feliz.
Su frase me atraviesa el pecho, porque de nuevo tiene razón.
Miro alrededor del apartamento y de pronto veo pruebas de mí por todas partes: mi cargador junto al sofá, una sudadera encima de una silla, libros, cajas abiertas, ropa diminuta del bebé…
Vida, rutina y algo parecido a hogar. Sin embargo, mi primera reacción ante todo eso ha sido entrar en pánico exactamente igual que mi padre. La sensación me deja sin aire.
Elsie me observa unos segundos más esperando algo, quizá una explicación, una solución o cualquier cosa, pero no tengo ninguna, porque cuanto más la quiero, más miedo tengo de arruinarle la vida.
—Dorian… di algo.
Abro la boca, pero no sale nada. Elsie baja la vista un instante y cuando vuelve a mirarme noto que algo acaba de cerrarse dentro de ella.
—Vale —murmura asintiendo despacio—. Ya está.
—Elsie…
—No. No vuelvas a intentar arreglarlo ahora.
Da media vuelta y empieza a recoger las cajas del suelo con movimientos rápidos.
—No quiero pelear contigo —le digo a media voz y ella se ríe sin humor.
—Pues felicidades. Porque creo que acabas de pelear exactamente solo.
Me acerco un paso hacia ella.
—No estoy intentando irme.
Entonces Elsie levanta la cabeza y me mira con una tristeza que me deja completamente roto.
—Pero siempre acabas colocándote emocionalmente cerca de la puerta.
No tengo respuesta para eso, porque vuelve a tener razón. Nos quedamos mirándonos unos segundos y entonces hago exactamente lo que juré que no haría: coger las llaves. Elsie lo ve enseguida, pero esta vez no intenta detenerme y eso me destroza mucho más de lo que esperaba.
Camino hacia la puerta notando su mirada clavada en mi espalda y, justo cuando voy a abrir, escucho su voz detrás de mí.
—No puedes seguir haciéndome esto.
Me quedo quieto un instante. Quiero girarme, volver atrás y arreglarlo, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo sin acabar cargándome algo más. Así que salgo otra vez del apartamento.
La lluvia me golpea la cara en cuanto piso la calle y empiezo a caminar rápido por Manhattan sin saber muy bien adónde voy.
Los coches pasan levantando agua junto a la acera, la gente sigue moviéndose bajo los paraguas y la ciudad continúa funcionando con total normalidad, pero yo no.
Porque por primera vez entiendo algo con una claridad horrible: acabo de hacer exactamente lo que prometí que nunca haría.