Capítulo 18
Elsie
Descubro que comprar cosas para el bebé junto a Dorian Griffiths es una experiencia cercana al colapso nervioso exactamente doce minutos después de entrar en una tienda infantil del Upper East Side y verlo discutir con una dependienta sobre la seguridad estructural de una cuna.
—No digo que vaya a romperse —le aclara él señalando una esquina de madera con gesto serio—. Solo digo que si un adulto de mi tamaño se apoyara aquí con suficiente fuerza, esto cedería.
La mujer lo mira horrorizada.
—Señor, los adultos no deberían meterse dentro de la cuna.
—Eso suena poco inclusivo por su parte.
Me tapo la cara con una mano mientras intento no reírme.
—No le hagas caso —le digo a la dependienta—. Lleva semanas leyendo foros de padres primerizos y ahora cree que es ingeniero infantil.
—Solo estoy investigando.
—Ayer buscaste «¿Puede un bebé desarrollar traumas por colores agresivos?» a las tres de la mañana.
Dorian se gira hacia mí lentamente.
—Porque el naranja de aquella habitación era ofensivo.
—No era naranja, era melocotón —le aclaro.
—Para nada, ese color provocaba ansiedad cromática.
La dependienta decide abandonar la conversación y se aleja hacia otra pareja, mientras yo sigo caminando entre minicamisetas, peluches y muebles absurdamente caros.
La verdad es que todavía no entiendo cómo hemos llegado aquí. Hace unas semanas Dorian solo era una mala decisión para mí y ahora está comparando cosas para nuestro bebé con la concentración de un experto negociador en acuerdos internacionales. Eso debería asustarme más de lo que me asusta.
—Este cochecito parece preparado para sobrevivir a una guerra —comenta él levantando uno negro enorme.
—También pesa como un tanque.
—Nuestro hijo merece suspensión de calidad.
—Nuestro hijo ni siquiera ha nacido todavía.
Dorian arquea una ceja.
—Precisamente por eso tenemos tiempo para tomar buenas decisiones.
La frase entra en mi cabeza y noto algo raro dentro del pecho, porque ya no habla del bebé como una consecuencia absurda de aquella boda.
Habla como alguien que ya se imagina formando parte de todo esto dentro de unos meses y eso me descoloca por completo.
Intento dejar de pensar en ello mientras sigo mirando ropa diminuta que parece diseñada para bebés ejecutivos de Manhattan.
—No pienso ponerle un mono con orejas de oso —le advierto.
—Cobarde.
— Eso parece un disfraz capaz de traumatizar a un niño.
—Es adorable.
—Dorian, solo mide veinte centímetros.
—Y ya tiene mejor armario que Brock.
Eso me arranca una carcajada y él sonríe un poco al escucharla. Últimamente pasa mucho. Me observa como si cada carcajada mía fuera una pequeña victoria personal y odio profundamente lo bien que me hace sentir eso.
Dos horas después terminamos cargados de bolsas, una manta absurdamente suave que Dorian insistió en comprar porque «un bebé necesita buenos tejidos» y veinte minutos de discusión sobre nombres horribles para el bebé.
—No pienso llamar a mi hijo Alexander —le digo mientras salimos a la calle.
—¿Por qué no? Es elegante.
—Porque parece el nombre de un hombre que demanda restaurantes por servir el vino a temperatura incorrecta.
—Es un motivo razonable.
—Tú demandarías restaurantes por diversión —añado negando con la cabeza.
—Solo si se lo merecen.
Empieza a llover ligeramente mientras caminamos por Manhattan y Dorian me quita automáticamente dos bolsas de la mano antes de que pueda protestar. El gesto le sale tan natural que ya ni siquiera discutimos por ello. Eso también me da miedo.
—¿Y qué nombres te gustan a ti? —me pregunta mientras esperamos a que el semáforo cambie a verde para cruzar la calle.
—No lo sé todavía.
—Rogers, llevas semanas rechazando todos los míos.
—Porque todos suenan a directores ejecutivos o a villanos de película.
—Eso es falso. Ethan era normal.
—Ethan suena a chico que hace paddle surf y tiene podcast.
Dorian se queda callado dos segundos.
—Ahora me cae mal Ethan.
Me río otra vez y él me mira de reojo con esa expresión que últimamente aparece cada vez más. Menos chulesca. Más tranquila. Y precisamente por eso mucho más peligrosa.
El grupo está reunido en el Lumière esa noche y Brock tarda aproximadamente ocho segundos en volver insoportable la conversación.
—Quiero dejar claro que pienso ser el padrino favorito de ese niño.
Devon levanta lentamente la vista desde su copa.
—Eso implicaría que algún adulto irresponsable te deje acercarte a un recién nacido.
—Tengo muchísimas cualidades paternales.
—Has perdido tres teléfonos este mes —le recuerda Amara.
—Eso solo demuestra mi capacidad de adaptación.
Elara se ríe apoyando la barbilla en la mano.
—Yo solo quiero presenciar el momento en que Dorian descubra que los bebés lloran también de madrugada.
—Ya lo sabe —intervengo antes de que él responda—. Lleva semanas viendo vídeos educativos.
Todos giran la cabeza hacia Dorian.
—Hostia —murmura Brock llevándose una mano al pecho—. Ya está completamente perdido.
—No estoy perdido.
—Además, subrayó un libro —añado.
—Esto es peor de lo que imaginaba —afirma Brock llevándose la mano al pecho con teatralidad.
Dorian me lanza una mirada asesina.
—Tú prometiste que eso iba a quedar entre nosotros.
—No. Lo que prometí fue no hacer fotos.
—¿Y las hiciste?
—Quizá —me encojo de hombros mientras hablo.
Amara se ríe bajito mientras Devon niega con la cabeza como un hombre agotado por la humanidad.
—No entiendo cómo habéis conseguido volver doméstico a Griffiths. Hace seis meses ese hombre consideraba compartir cepillo de dientes una violación de los derechos humanos.
—Sigo pensándolo —protesta Dorian.
—Mentira —le digo automáticamente—. Hace semanas que dejaste un cepillo en mi apartamento.
Toda la mesa estalla en carcajadas.
—Cuestión de practicidad —se defiende él.
—Lo que tú digas —respondo divertida.
Dorian abre la boca para responderme, pero entonces algo cambia en el ambiente.
Porque Max, que llevaba varios minutos distraído mirando el móvil, levanta la cabeza de golpe hacia la entrada del restaurante y se queda completamente quieto.
Sigo su mirada y veo que una mujer acaba de entrar en el Lumière.
Es morena, elegante y tiene una presencia que hace que varias personas se giren al verla.
Es Diana. No la conozco bien, porque apenas la he visto un par de veces, pero reconozco inmediatamente la tensión que aparece en Max al verla.
Su mandíbula se endurece y los músculos de su espalda también.
Y por primera vez desde que lo conozco deja de parecer tranquilo.
Ella también lo ve. Solo dura un instante, pero resulta suficiente.
Diana aparta la mirada primero y continúa caminando hacia otra mesa del restaurante mientras Max baja lentamente la vista hacia su copa.
Nadie dice nada. Ni Brock, ni Devon, ni siquiera Elara. Eso me llama muchísimo la atención, porque este grupo comenta absolutamente todo.
Dorian nota que estoy observando a Max y acerca un poco más su silla a la mía debajo de la mesa.
—No digas nada ahora —murmura cerca de mi oído.
—¿Tan grave es?
—Más bien… complicado.
Vuelvo a mirar a Max y tengo clarísimo que ahí hay una historia importante que ninguno se atreve a nombrar todavía. Por suerte, unos segundos después, Elara cambia de tema antes de que el ambiente se vuelva más raro.
—Bueno, volviendo a temas menos traumáticos… sigo pensando que Griffiths va a convertirse en uno de esos padres insoportablemente protectores.
—Eso es ridículo —protesta Dorian.
—Ayer discutiste con una mujer en una tienda, porque el peluche tenía ojos «emocionalmente inquietantes» —le recuerdo.
—Parecía poseído.
—Era un conejo de peluche —añado.
—Era un demonio textil.
Las risas vuelven a la mesa y el ambiente se relaja otra vez, pero algo sigue flotando dentro de mí después de observar a Max. Porque por primera vez entiendo que todos nosotros estamos jugando a construir algo mientras arrastramos historias que todavía pueden explotarnos en la cara.
Más tarde, cuando salimos del restaurante, Manhattan sigue húmeda por la lluvia y Dorian me coloca automáticamente la chaqueta mejor sobre los hombros.
—Empiezas a resultar peligrosamente eficiente cuidándome —murmuro mientras caminamos hacia el coche.
—Estoy desarrollando habilidades nuevas.
—Eso da miedo.
—A mí también.
Subimos al coche y durante unos minutos conduce por la ciudad hablando de tonterías, de nombres imposibles y de cómo Brock acabaría enseñándole palabrotas al bebé antes de los tres años.
—No pienso dejarlo solo con Brock hasta que tenga edad legal para defenderse —afirma Dorian.
—Eso es bastante razonable.
Él sonríe un poco y luego se queda callado unos segundos.
—He estado pensando que quizá deberíamos mirar apartamentos más grandes después del verano.
La frase la dice de forma tranquila y natural. Sin drama y sin darse cuenta siquiera de lo que implica. Yo giro lentamente la cabeza hacia él y veo que sigue conduciendo con una mano sobre el volante de forma relajada.
—Brooklyn empieza a quedarse pequeño —continúa—. Y necesitaríamos una habitación más. También deberíamos buscar algo en una buena zona escolar.
Mientras le escucho, me quedo completamente quieta, porque ni siquiera está planteándolo como una posibilidad lejana. Está hablando de futuro, del nuestro, y lo hace como alguien que ya se imagina dentro.
Dorian nota mi cara unos segundos después y me mira de reojo.
—¿Qué?
—Nada.
—Rogers…
Trago saliva y aparto la vista hacia las luces de Manhattan al otro lado de la ventanilla.
—Solo… me sorprende escucharte hablar así.
—¿Así cómo?
—Como alguien que piensa quedarse.
Dorian tarda un segundo en responderme.
—Supongo que porque quiero hacerlo.
El pecho se me aprieta tan fuerte que tengo que mirar hacia otro lado inmediatamente, porque lo peor de todo no es escucharlo decir eso sino la felicidad absurda que siento al oírlo.
Cuando horas después estamos en mi cama, la habitación está oscura, la lluvia sigue golpeando suavemente las ventanas y Dorian duerme medio pegado a mí, con un brazo alrededor de mi cintura y la respiración relajada contra mi cuello.
Últimamente dormimos juntos, nos despertamos juntos, discutimos por el café, por muebles para el bebé y por nombres horribles.
Vivimos dentro de una especie de rutina improvisada que empezó como un accidente y que ahora ya se parece demasiado a una vida real.
Me muevo un poco y Dorian abre un ojo automáticamente.
—¿Qué pasa?
—Nada. Vuelve a dormirte.
—¿Estás bien?
Asiento despacio y él se acerca más a mí casi dormido, enterrando la cara contra mi pelo. Me quedo quieta escuchando su respiración y entiendo que lo peor no es enamorarme de Dorian Griffiths, sino que ya no puedo imaginarme nada de esto sin compartirlo con él.