Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Dorian

Despertarme en el sofá de Elsie Rogers debería resultar incómodo, provisional y ligeramente humillante. El problema es que solo resulta incómodo.

Abro un ojo y tardo varios segundos en recordar dónde estoy. El techo no es el de mi ático, el ruido de la calle se oye más fuerte de lo habitual en mi casa y mi espalda acaba de informarme de que este sofá no fue diseñado pensando en hombres de un metro noventa.

Me incorporo despacio y noto la manta que ella me dejó anoche cayéndome hasta la cintura.

La miro unos segundos y veo que es una manta vieja, suave, de un color indefinido entre gris y un color indeterminado, que dejó de tener nombre hace años.

Huele a detergente, a ella y a una tranquilidad que no sé si me pertenece, pero que empieza a gustarme cada vez más.

«No estamos bien», pienso mientras me paso una mano por la cara. Pero sigo aquí y eso ya es bastante nuevo.

Me levanto intentando no hacer ruido, aunque el sofá cruje de forma absolutamente ofensiva.

Camino hasta la cocina y me quedo observando sus armarios con la sensación de estar entrando en territorio hostil.

Elsie tiene el tipo de cocina en la que nada está donde debería estar.

Las tazas viven lejos de los platos, las cucharas aparecen en un cajón aparte del resto de cubiertos y la cafetera parece decidida a castigar a cualquiera que no haya nacido en Brooklyn.

Aun así, preparo café. Mal, pero lo preparo…

Tengo la certeza de que algo no va bien en cuanto el líquido empieza a salir con un color demasiado oscuro y una densidad demasiado espesa.

—Perfecto —murmuro—. Café con textura...

Estoy buscando azúcar cuando escucho su voz desde el pasillo.

—¿Estás intentando envenenarme o solo matar a mi cafetera?

Me giro y veo a Elsie aparece con una camiseta enorme, el pelo revuelto y cara de mujer que acaba de despertarse dispuesta a pelear con quien se le ponga a tiro. Está descalza, medio dormida y preciosa de una forma que me borra cualquier comentario inteligente.

—Estoy preparando café —respondo levantando la taza.

—Eso no es café. Eso es petróleo —afirma observando el contenido.

—Digamos que es un café con carácter.

—Como mínimo debe tener antecedentes penales.

Cuando pasa a mi lado, me quita la taza de la mano.

El roce de sus dedos contra los míos dura apenas un segundo, pero mi cuerpo se acuerda de demasiadas cosas demasiado rápido.

Anoche, después de la pelea, no la toqué, dormí en el sofá y respeté las distancias.

Eso debería hacerme sentir noble. En lugar de eso, me siento como un adolescente idiota intentando no mirar las piernas de una mujer embarazada que lleva una camiseta mía, porque al parecer mi vida ha decidido volverse una comedia cruel.

—Esa camiseta es mía —digo antes de poder evitarlo.

Elsie baja la vista hacia la prenda.

—La encontré en el sofá.

—Eso no explica por qué la llevas puesta.

—Es cómoda —suelta encogiéndose de hombros.

—Rogers, eso suena peligrosamente a convivencia.

Ella me apunta con la cucharilla.

—No te emociones. Solo estoy aprovechando recursos textiles abandonados.

—Me siento utilizado.

—Bienvenido a la vida adulta.

Se mueve por la cocina arreglando el desastre que he provocado con la cafetera y yo me quedo apoyado contra la encimera observándola. No digo nada y me limito a observarla, algo que también es nuevo para mí.

Antes, cuando miraba a Elsie, pensaba en besarla, provocarla o quitarle la ropa antes de que volviera a insultarme.

Ahora, en cambio, pienso en que sabe exactamente dónde está cada cosa, en que frunce la nariz cuando el café le sale bien y en que mi camiseta le queda mejor a ella que a mí. Esto empieza a ser gravísimo.

—Deja de mirarme así —murmura sin girarse.

—No estoy haciendo nada.

—Eso es lo sospechoso.

Sonrío un poco.

—¿Has dormido?

—Sí.

—¿De verdad?

Elsie deja la cafetera sobre el fuego y me mira por encima del hombro.

—Dorian, no puedes vigilar mis horas de sueño mientras destrozas mi cocina.

—Puedo hacer varias cosas mal a la vez.

Eso le arranca una carcajada, que no dura mucho, pero me basta para respirar mejor durante unos minutos, porque media hora después discutimos por espacio en el baño.

Ella intenta lavarse la cara mientras yo busco mi cepillo de dientes, que ha desaparecido, probablemente devorado por sus cremas hidratantes.

—No puedes ocupar todo el lavabo —protesta Elsie empujándome con la cadera.

—Tengo hombros anchos. Es una condición genética, no puedo hacer nada —le suelto encogiéndome de hombros.

—Tienes ego con articulaciones.

Me aparto unos centímetros y ella se inclina para coger una crema. Su brazo roza el mío, su pelo me toca la mandíbula y durante un segundo el baño se vuelve demasiado pequeño. Elsie también lo nota, se queda quieta y yo bajo la vista hacia su boca.

—No —murmura.

—No he dicho nada.

—Pero ibas a hacerlo con la cara.

—Mi cara tiene autonomía limitada.

Ella resopla, aunque no se aparta enseguida y eso me deja tocado para el resto de la mañana.

Después me voy a una reunión y me descubro enviándole mensajes cada vez que mi cabeza se escapa del trabajo.

Dorian:

He investigado sobre quesos

prohibidos durante el embarazo.

Esto parece una dictadura láctea.

Elsie:

Trabaja.

Dorian:

Estoy trabajando…

En nuestra supervivencia nutricional.

Elsie:

La palabra «nuestra» te está quedando grande.

Dorian:

Pero la llevo con elegancia.

Elsie no responde durante diez minutos.

Elsie:

He comido.

Me quedo mirando esas dos palabras como un idiota, mientras Brock, sentado al otro lado de la mesa de reuniones, me observa con una sonrisa repugnante.

—Te ha escrito.

Bloqueo el móvil.

—Métete en tus asuntos.

—Esa cara solo puede significar dos cosas: sexo o carbohidratos. Y como estás en una reunión conmigo, voy a apostar por los carbohidratos.

—Estás enfermo.

—Solo me mantengo atento al desarrollo de tu crisis doméstica.

No le contesto porque, sinceramente, no sé cómo defenderme.

Las siguientes semanas transcurren de una forma rara: sin que nadie decida nada y, al mismo tiempo, cambiándolo todo.

Dejo una camisa en su apartamento, luego unas zapatillas, un cargador, un libro sobre embarazo que intento esconder debajo del sofá y que Elsie encuentra en menos de veinticuatro horas.

—¿Esto es tuyo? —me pregunta levantándolo con dos dedos.

—No.

—Dorian.

—Quizá Brock lo compró.

—¿Brock te ha comprado un libro llamado Embarazo sin perder la cabeza ?

—Podría ser una broma —disimulo encogiéndome de hombros.

Elsie se queda mirándome.

—Lo has subrayado.

—Sí. Me fiaba más del papel que de internet.

Intenta no reírse, pero fracasa y yo descubro que su risa empieza a convertirse en una recompensa peligrosa para mí.

Unas semanas después la acompaño a otra revisión médica.

Esta vez no llego tarde, no hago bromas sobre la sala de espera y no finjo que el folleto de lactancia es un menú de restaurante experimental.

Supongo que empiezo a estar preparado y sé comportarme…

Hasta que escucho el latido. El sonido llena la consulta y me deja completamente quieto.

Elsie mira la pantalla con los ojos brillantes y yo noto que algo dentro de mí se queda sin sitio donde esconderse.

Ya no es una idea, ni una consecuencia, ahora es real, tiene un corazón y un cuerpecito y una parte de él es mía.

—Vale —digo soltando aire muy despacio—. Perfecto. Genial. Ahora hay oficialmente un mini ser humano con mi ADN. Fantástico.

Elsie se ríe con ganas. Yo la miro y su risa me salva de hacer algo mucho peor.

—Estás blanco —susurra ella.

—Acabo de escuchar un corazón diminuto funcionando dentro de ti. Creo que tengo derecho a decir estupideces durante unos minutos.

Cuando salimos de la clínica, Elsie me coge la mano en la calle sin decir nada.

Solo un momento, pero yo lo siento durante todo el día.

Esa noche acabo otra vez en su apartamento.

No sé en qué punto exacto hemos dejado de fingir que mis visitas son excepcionales, pero ahora tengo una bolsa con comida en una mano y las llaves del coche en la otra mientras Elsie abre la puerta en pijama y con cara de haber sobrevivido a una jornada laboral horrible.

—Traigo cena —anuncio.

—Si es algo con quinoa, puedes volver a irte.

—No vuelvas a insultarme así.

Ella coge la bolsa y revisa el contenido.

—Pasta.

—Con verduras.

—Has escondido verduras debajo de queso.

—Estoy aprendiendo a negociar contigo.

—Eso ha sonado casi paternal.

—Retiro lo dicho, entonces. He comprado queso.

Entramos en la cocina y en menos de diez minutos estamos discutiendo por el espacio, por el orden de los cubiertos y por si mi forma de cortar el tomate constituye un delito.

—Dame el cuchillo —me ordena Elsie estirando la mano.

—Tengo esto controlado.

—Dorian, estás haciendo sufrir al tomate.

—Es un tomate fuerte.

Ella intenta quitármelo y acabamos pegados frente a la encimera, con su espalda contra mi pecho y mi mano todavía sobre el cuchillo. La cocina es pequeña y mi paciencia, en ese momento, mucho más. Así que inclino la cabeza y le beso el cuello.

—Estamos haciendo la cena —me advierte cerrando los ojos un instante al notar el roce de mis labios sobre su piel.

—El tomate puede esperar.

—Nuestro hijo necesita nutrientes.

—Nuestro hijo necesita padres menos tensos.

Ella suelta una risa entrecortada y esa mezcla de humor y deseo me empuja justo al lugar del que llevo todo el día intentando mantenerme lejos.

La giro despacio hacia mí sin prisa con la necesidad absoluta de besarla hasta que deje de pensar.

Elsie me agarra de la camiseta y tira de mí y eso basta.

La beso y ella me responde enseguida, abriendo los labios bajo los míos con una impaciencia que me enciende por completo.

Mis manos bajan hasta sus muslos y la siento sobre la encimera mientras su respiración se rompe contra mi boca.

—Esto es culpa tuya —murmura ella.

—Siempre me das mucho poder en tus malas decisiones.

—No te acostumbres.

—Llegas tarde para eso.

Le beso el cuello, la línea de la mandíbula y el hombro que su pijama ha dejado al descubierto.

Ella me pasa las manos por el pelo y tira lo justo para hacerme perder el hilo de cualquier pensamiento útil.

Justo en ese momento, la bolsa de comida cae al suelo, una cuchara termina en algún sitio debajo de la mesa y Elsie se ríe contra mi boca cuando intento apartar un recipiente sin dejar de besarla.

—Tu cocina me odia —murmuro.

—Mi cocina tiene criterio.

—Tu cocina está celosa.

Ella vuelve a reírse y luego me besa de una forma que me deja sin bromas. Ahí cambia todo. El deseo sigue ahí. Está en sus piernas alrededor de mi cintura, en mi mano bajo su pijama y en cómo se le calienta la piel cada vez que la toco.

Pero también hay una confianza absurda, una comodidad nueva y la sensación de que no estamos usando el deseo para esquivar lo que sentimos, sino para acercarnos un poco más.

La llevo hasta el sofá, porque la encimera es pequeña y porque mi autocontrol lleva rato dando pena. Caemos entre cojines entre risas. Elsie se queda encima de mí un momento y me mira con el pelo cayéndole alrededor de la cara.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—Eso nunca es nada contigo.

Le aparto un mechón de la mejilla.

—Estaba pensando que podrías dejar de estar tan guapa en momentos logísticamente complicados.

—Qué forma tan rara de pedir sexo.

—Estoy evolucionando. Dame margen.

Me besa antes de que pueda añadir nada más y lo que ocurre después no tiene el ansia salvaje de antes.

Tiene algo más difícil de soportar. Nos tocamos con deseo, sí, pero también con una atención que me deja más expuesto que cualquier desnudez.

Le quito la camiseta despacio, ella me desabrocha los pantalones con manos rápidas y torpes y durante unos minutos solo existen su boca, su piel y la forma en que vuelve a buscarme cada vez que me separo un centímetro.

Cuando entro en ella, Elsie hunde la cara en mi cuello y me agarra de los hombros.

Me quedo quieto un segundo solo para sentirla y entender que esto ya no se parece a ninguna otra vez.

—Dorian… —murmura con la voz rota.

Empiezo a moverme despacio, pegado a ella, besándole la boca cada vez que la respiración nos deja. Sus manos recorren mi espalda, mis hombros y mi nuca. Las mías no saben dónde quedarse, porque quiero tocarla entera y, al mismo tiempo, no quiero perderme ni una reacción de su cara.

Ella se ríe una vez, muy bajito, cuando el sofá cruje bajo nosotros.

—La cama habría sido más digna —susurra.

—Mi dignidad murió en tu baño esta mañana.

—Eso fue por intentar usar mi crema facial.

—Era hidratante. Parecía universal.

La risa se nos mezcla con otro beso y después ya no hablamos mucho más, porque nuestros cuerpos acaban diciendo mejor lo que ninguno sabe pronunciar.

Elsie se mueve conmigo, contra mí, alrededor de mí, hasta que el placer le cambia la cara y yo pierdo cualquier intención de ir despacio.

La beso cuando llega, sintiendo cómo tiembla bajo mis manos, y la sigo poco después con la frente apoyada contra la suya y el nombre de ella saliéndome de la boca sin ningún tipo de defensa.

Después nos quedamos enredados en el sofá piel con piel y sin hacer una broma para cortar el momento. Elsie tiene una pierna sobre las mías, la camiseta del pijama abandonada en el suelo y la cabeza apoyada contra mi pecho. Yo le acaricio la espalda despacio, todavía intentando recuperar el aire.

Elsie sigue encima de mí, medio dormida, con una pierna sobre las mías y la respiración tranquila contra mi pecho.

«Podría acostumbrarme a esto».