Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Dorian suelta aire y deja la toalla sobre el respaldo de una silla.

—Me asusté.

La frase cae entre nosotros sin adornos y, por eso mismo, me descoloca.

—Ya lo había notado.

—No por el bebé —añade antes de que pueda responder—. O no solo por eso. Me asusté porque empezaste a hablar de apartamentos, calendarios y meses por delante y de repente entendí que esto no va a desaparecer, aunque yo me vaya una noche a beber con Brock.

Aprieto los labios y noto cómo algo dentro de mí se mueve.

—Eso tampoco es una gran revelación para mí.

—Pero para mí sí. Y no lo digo para justificarme, sino porque soy un idiota y a veces necesito llegar tarde a las conclusiones más obvias.

Una parte de mí quiere reírse, pero otra quiere llorar o quizá pegarle con la toalla mojada.

—No puedo ser tu campo de pruebas emocional —le digo a media voz.

Dorian se acerca un paso, pero se detiene antes de acercarse demasiado e invadir mi espacio.

—No quiero que lo seas.

—Pues esta mañana lo ha parecido.

— Esta mañana has empezado a hablar del futuro y me entró el pánico. No tengo una explicación más bonita.

El pecho se me encoge y me maldigo para mí porque está diciendo justo lo que no debería cuando sigo enfadada.

—Eso no arregla lo que has dicho.

—No.

—Ni significa que yo pueda confiar en que no vas a volver a salir corriendo la próxima vez que algo te supere.

—Tampoco.

Espero que haga una broma. Cualquier cosa que me permita volver a enfadarme con él, pero no la dice. Se limita a quedarse frente a mí, mojado, despeinado y con una honestidad incómoda que no sé qué hacer con ella.

—Entonces ¿qué hacemos? —le pregunto.

Él baja la vista un instante hacia mi vientre y luego vuelve a mirarme a los ojos.

—No lo sé todo. Pero lo único que tengo clara ahora mismo es que quiero intentarlo sin hacerte sentir que tienes que perseguirme.

—No pienso perseguirte —le digo.

—Bien.

—Ni convencerte.

—Perfecto.

—Ni esperar a que decidas si te apetece quedarte según el día.

Dorian asiente con seriedad.

—Eso también me parece razonable.

—Me estás dando la razón y eso me pone nerviosa.

Por fin se le escapa una risa pequeña.

—Estoy probando una técnica nueva. Se llama no empeorar la situación.

—Totalmente revolucionaria…

—Brock no la aprobaría.

Se me escapa una carcajada sin que pueda evitarlo y me odio un poco por ello. Dorian lo nota, pero esta vez no sonríe como si hubiera ganado algo. Solo respira con un poco más de calma.

Me recuesto en el sofá porque de pronto estoy agotada y él se queda de pie, esperando a que yo marque la distancia, algo totalmente nuevo para él.

—Puedes sentarte —murmuro.

—¿Seguro?

—No te pongas prudente ahora. Me confunde.

Se sienta en el extremo contrario del sofá, dejando espacio entre los dos y ese hueco dice más que muchas disculpas. Porque lo deja ahí para mí y para que sea yo la que decida.

Durante un rato no hablamos. No resulta cómodo, pero tampoco incómodo. Solo estamos cansados, con la lluvia cayendo fuera y una toalla mojada abandonada sobre mi silla.

—He encontrado tu post-it en la nevera —digo al final.

Dorian gira la cabeza hacia mí.

—¿El de los cereales?

—Sí.

—Solo era una intervención nutricional.

—No, eso era una amenaza pasivo-agresiva.

—También —ser ríe.

Miro hacia la cocina y luego vuelvo a mirarlo.

—Eso es lo que más rabia me da —admito.

—¿El post-it?

—No, que estás por todas partes.

Su expresión cambia un poco.

—Elsie…

—En mi cocina, en mis mensajes, en mi nevera, en las citas médicas, en mi cabeza. Y cuando dices algo como lo de esta mañana, me doy cuenta de que has entrado mucho más de lo que yo pensaba y que ahora no sé cómo sacarte sin tener la sensación de que pierdo algo.

Dorian se queda muy quieto y yo también, porque no pensaba decir eso de forma tan clara ni tan pronto. Él traga saliva y por primera vez desde que lo conozco parece no tener nada para defenderse preparado.

—No quiero que tengas que sacarme —murmura.

—Entonces aprende a quedarte sin convertir cada paso en una emergencia.

Dorian asiente despacio.

—Voy a intentarlo.

—Eso no es una promesa perfecta.

—No sé hacer promesas perfectas.

—Mejor, porque las perfectas suelen ser mentira.

—Pero sí puedo prometerte que no voy a desaparecer porque esto deje de ser fácil.

Me quedo mirándolo, aunque todavía no me lo creo del todo, pero deseo creerle y eso ya es un problema enorme.

—Puedes quedarte esta noche —digo al final, mirando hacia la mesa para no mirar su cara—. En el sofá.

Dorian tarda un segundo en responder.

—El sofá intenta romperme la espalda.

—Es eso o la calle.

—Entonces… el sofá suena maravilloso.

Me levanto antes de que me ablande más de la cuenta y camino hacia el dormitorio para buscar una manta.

Cuando vuelvo, Dorian sigue en el mismo sitio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada.

Parece enorme en medio de mi salón pequeño, pero también parece cansado y fuera de lugar.

—No ronques —le advierto dejándole la manta sobre el regazo.

—No ronco.

—Eso dicen todos los hombres antes de arruinar noches ajenas.

—Rogers…

Nos miramos un instante y algo parecido a una sonrisa aparece entre los dos, imperfecta y bastante triste. No estamos bien, ni reconciliados, ni seguros, pero está dentro de mi apartamento y yo he sido quien ha abierto la puerta.

Me doy la vuelta para irme al dormitorio, aunque antes de cruzar el pasillo me detengo.

—Dorian.

Él levanta la vista.

—¿Sí?

Trago saliva y apoyo una mano en el marco de la puerta.

—Mañana hablaremos de lo que ha pasado. Sin huir.

—Sin huir —repite asintiendo con la cabeza.

Yo también asiento antes de entrar en mi habitación y cerrar la puerta despacio. Al otro lado, escucho a Dorian moverse por el salón unos segundos y entonces el apartamento vuelve a quedarse en calma, pero ahora ya no lo siento vacío.