Capítulo 16
Elsie
El apartamento vuelve a parecer pequeño en cuanto Dorian no está en él.
Eso es lo primero que noto al cerrar la puerta después de entrar y escuchar el clic del cierre resonando en mitad del salón vacío.
Durante unos segundos me quedo quieta junto a la entrada, con el bolso todavía colgado del hombro mientras intento convencerme de que no pasa nada, aunque fracaso enseguida.
Porque hace apenas dos semanas este sitio era solo mi apartamento y ahora parece un lugar donde falta alguien.
«Qué maravilla. Exactamente el tipo de problema emocional que necesitaba», pienso dejando las llaves sobre la mesa.
Me quito los zapatos lentamente y avanzo hacia el salón.
La manta sigue arrugada sobre el sofá desde anoche.
Hay una taza negra abandonada junto al fregadero y cuando la cojo reconozco inmediatamente el café horrible que prepara Dorian.
Eso me irrita mucho, porque significa que ya distingo incluso esas cosas.
Dejo la taza dentro del fregadero y entonces veo una de sus camisas tirada sobre sobre el brazo del sofá, arrugada y completamente fuera de lugar dentro de mi apartamento.
La observo unos segundos con los brazos cruzados y una sensación rara dentro del pecho.
Anoche estaba aquí, durmiendo conmigo, besándome y discutiendo conmigo en una cafetería horas después.
Dorian Griffiths se ha instalado en mi rutina con una facilidad que empieza a parecer peligrosa.
Cojo la camisa con intención de sacarla de mi vista, pero en cuanto la cojo noto su perfume todavía impregnado en la tela y cierro los ojos un segundo con rabia.
—Perfecto, Elsie. Ya puedes empezar oficialmente tu descenso emocional hacia el desastre —murmuro dejándola sobre una silla.
Justo en ese momento mi móvil vibra encima de la mesa.
Dorian:
¿Has llegado bien?
Miro la pantalla varios segundos hasta que aparece otro mensaje de él.
Dorian:
Brock dice que he gestionado la pelea
como un adolescente con problemas de apego.
Y justo debajo otro.
Dorian:
Quizá tiene razón.
La risa se me escapa antes de que pueda evitarlo y eso solo consigue enfadarme más. Porque incluso después de hacerme daño sigue encontrando la forma de colarse dentro de mi cabeza.
Lanzo el móvil sobre el sofá y me paso ambas manos por la cara intentando ordenar un poco todo esto.
El problema no es que Dorian sea un desastre.
Eso ya lo sabía. El problema es que me he acostumbrado a él demasiado rápido, a sus mensajes, a su voz, a sus manos sobre mi espalda, a que aparezca constantemente donde yo estoy y ahora ya no sé cómo volver atrás.
Dos horas más tarde sigo exactamente igual de alterada y por eso termino sentada frente a Elara en un restaurante italiano pequeño de Manhattan contándole una versión resumida de mi crisis emocional, mientras ella corta una bola de mozzarella con absoluta tranquilidad.
—Déjame ver si lo he entendido bien —dice levantando la vista hacia mí—. ¿Te has acostado varias veces con un hombre emocionalmente inestable, increíblemente atractivo y con claras tendencias al caos y ahora te sorprende que la situación sea complicada?
—Cuando lo dices así parezco idiota.
—No, tranquila. Ya lo parecías antes también.
Le lanzo una servilleta arrugada y ella se ríe. Elara tiene esa capacidad irritante para decir cosas horribles con cara de persona encantadora y por eso resulta imposible enfadarse del todo con ella.
—No es solo eso —murmuro removiendo la pasta de mi plato sin hambre—. Es que ya no parece una aventura absurda ni una mala decisión puntual. Ahora está ahí todo el tiempo.
—¿Y eso es malo?
Levanto la cabeza inmediatamente.
—Sí.
Elara arquea una ceja.
—No te lo crees ni tú.
Resoplo y me dejo caer contra el respaldo de la silla.
—Me he acostumbrado a él demasiado rápido.
—Ah. Ahora sí estamos llegando al problema real.
La miro en silencio unos segundos, porque ese es exactamente el problema. No me asusta el sexo, ni el embarazo, ni siquiera las discusiones. Lo que me asusta es depender emocionalmente de alguien incapaz de garantizarme una estabilidad decente.
Elara parece leerme la cabeza.
—El problema con hombres como ellos no es que huyan —dice tranquilamente mientras deja su copa de vino sobre la mesa—. Es que consiguen que quieras perseguirlos.
La frase me golpea tan fuerte que me quedo quieta, porque entiendo perfectamente lo que quiere decir.
—Odio muchísimo que tengas razón —murmuro.
—Ya. A mí también me pasa conmigo misma constantemente.
Eso me arranca una pequeña carcajada y durante unos segundos consigo relajarme un poco. Hasta que mi cabeza vuelve otra vez a la boda. No sé muy bien por qué. Quizá porque toda esta situación empezó allí y cuanto más tiempo pasa, más extraña me parece aquella noche.
—Últimamente sigo recordando cosas raras de la boda —comento distraídamente.
Elara levanta la vista.
—¿Qué tipo de cosas?
Frunzo ligeramente el ceño intentando ordenar recuerdos que siguen llegando fragmentados a mi cabeza.
—No sé… momentos raros. Gente entrando y saliendo constantemente de plantas privadas. Tarjetas abriendo habitaciones que no eran suyas.
Elara deja lentamente el tenedor sobre el plato.
—Yo también recuerdo cosas extrañas.
La observo un segundo.
—¿Como qué?
Ella tarda un momento en responderme.
—Recuerdo a Dorian intentando sacarte de una de las plantas del hotel.
Eso consigue que levante la cabeza.
—¿Qué?
—No estabais discutiendo exactamente, pero parecíais tensos. Luego apareció alguien hablando con él y tú desapareciste hacia la zona de los ascensores.
Intento recordar la escena y algo borroso aparece dentro de mi cabeza: Dorian sujetándome del brazo, música de fondo sonando bastante fuerte, una discusión masculina cerca de los ascensores y alguien pasando una carpeta oscura de una mano a otra mientras todo el mundo parecía demasiado nervioso.
—Aquella noche fue un caos absoluto —murmuro mientras me invade una sensación de incomodidad.
—Sí, aunque a veces tengo la sensación de que algunas cosas no fueron casualidad.
El comentario se queda flotando entre nosotras unos segundos, pero ninguna sigue tirando del hilo. Porque ahora mismo nuestros problemas sentimentales ya son suficientemente complicados por sí solos.
Cuando vuelvo a casa horas después sigue lloviendo.
Me quito la chaqueta lentamente al entrar y dejo el bolso sobre la mesa intentando no pensar demasiado en nada.
Lo que es otra mala idea, porque el apartamento vuelve a parecerme raro sin Dorian.
Abro uno de los armarios de la cocina y encuentro las galletas que compró para las náuseas.
En la nevera me topo con la botella de zumo que dejó ayer y una nota escrita en un post-it amarillo pegado junto al microondas.
«No comas solo cereales otra vez.
Firmado: tu supervisor nutricional favorito».
Me quedo mirando el papel varios segundos y luego apoyo la frente contra la puerta de la nevera y cierro los ojos.
—Voy a matarlo —murmuro.
Pero justo en ese momento, el timbre suena. Frunzo el ceño y camino hasta la puerta descalza. Cuando abro, me encuentro con que Dorian está al otro lado con el pelo mojado por la lluvia, la camisa pegada al cuerpo y la expresión agotada. Al verlo así, algo se me encoge en medio del pecho.
Él me observa unos segundos antes de hablar.
—No sé hacer esto bien —me dice con tono cansado, pero totalmente sincero.
—Eso ya lo había notado —le respondo cruzándome de brazos.
Dorian baja la vista un segundo y suelta el aire lentamente. Por primera vez desde que empezó todo esto parece realmente perdido, no arrogante ni irónico, solo perdido.
—He intentado irme a casa y actuar como si pudiera dejar esta conversación para mañana —murmura pasándose una mano mojada por el pelo—. Pero no ha funcionado.
Lo observo unos segundos sin decirle nada, porque me ha hecho daño y sigo enfadada.
Una parte de mí quiere cerrarle la puerta en las narices, pero otra parte recuerda su voz esta mañana preguntándome si había desayunado, la forma en que me miró durante la ecografía y el miedo real que había en su cara antes de marcharse.
—No estoy intentando huir, Elsie. Solo… no sé cómo hacer esto sin equivocarme todo el tiempo —dice antes de que le responda.
Me apoyo contra el marco de la puerta mirándolo en silencio. Luego suspiro lentamente y me echo a un lado.
—Entra antes de que acabes cogiendo una pulmonía.
Dorian levanta la vista hacia mí y durante un segundo veo algo parecido a alivio en su expresión y eso quizá resulta todavía peor que todo lo demás.
Dorian entra despacio, como si no estuviera seguro de tener derecho a hacerlo, y eso me irrita casi tanto como me ablanda.
—Estás empapado —murmuro cerrando la puerta.
—Ha sido una estrategia brillante por mi parte. Pensé que presentarme con aspecto miserable aumentaría mis posibilidades de supervivencia.
—No te confíes.
—No lo hago.
Se queda en mitad del salón, mojando mi suelo, con los hombros tensos y la mirada clavada en mí, aunque parece no saber dónde poner las manos.
Camino hasta el baño, cojo una toalla limpia y se la lanzo.
—Sécate antes de que me destroces el parqué.
—No sabía que te importara tanto el parqué.
—No me importa, pero me molesta que tengas razón cuando dices que mi apartamento intenta asesinarte.
Dorian atrapa la toalla y se la pasa por el pelo con una pequeña sonrisa.
—Gracias.
—No te emociones, que solo es una toalla, no un perdón.
Él asiente despacio.
—Lo sé.
Ese «lo sé» me deja sin ganas de seguir atacándole, porque no lo dice como una broma, ni como defensa.
—Has dicho algo horrible esta mañana —le digo cruzándome de brazos al sentarme en el sofá.
—Sí —me responde bajando la toalla lentamente.
—No puedes preguntarme qué quiero de ti como si yo estuviera pidiéndote una cosa absurda. No estoy exigiéndote que sepas ser perfecto, solo trato de no sentirme sola dentro de algo que también es tuyo.
Su mandíbula se tensa, pero no aparta la mirada.
—Lo sé.
—Deja de decir «lo sé» si no vas a explicarme nada más.