Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Dorian

Desayunar con Max Hammond debería considerarse oficialmente una actividad de riesgo.

Eso es algo que descubro exactamente a las ocho y cuarto de la mañana mientras él toma un café frente a mí en la zona privada del ala ejecutiva con la misma expresión tranquila de hombre capaz de detectar debilidades ajenas antes incluso de que existan oficialmente.

El problema es que hoy la debilidad ajena soy yo.

—Tienes mala cara —comenta dejando la taza sobre la barra.

—Qué conversación tan estimulante para empezar el día.

—No pretendía estimularte. Solo describirte.

Resoplo mientras reviso unos correos en el móvil intentando aparentar normalidad. Pero fracaso rápido, porque llevo aproximadamente veinte minutos leyendo el mismo mensaje sin entender una sola palabra de lo que pone.

Anoche dormí en casa de Elsie. Dormí de verdad. Sin salir corriendo después de tener sexo, sin inventarme una excusa y sin sentir la necesidad de desaparecer antes de que todo se volviera más serio y eso me está dejando el cerebro completamente inutilizable.

—Brock cree que vas a acabar viviendo en Brooklyn rodeado de plantas y biberones —continúa Max con calma.

—Brock también cree que los documentales financieros son entretenimiento.

—No te desvíes del tema.

Me guardo el móvil en el bolsillo y me apoyo contra el respaldo de la silla.

—¿Tenéis todos una obsesión colectiva con mi vida ahora o cómo funciona esto exactamente?

Max me observa unos segundos sin responderme enseguida.

—¿Piensas quedarte con Elsie cuando deje de ser divertido?

La pregunta me golpea tan rápido que noto algo tensándose dentro del pecho, porque ahí está el verdadero problema.

Hasta ahora todo esto había sido deseo, caos, discusiones y sexo.

Ahora, en cambio, hay ecografías, médicos y planes de futuro.

Y yo nunca he sido un hombre que piense demasiado más allá del día siguiente.

—Qué pregunta tan acogedora para un martes por la mañana —murmuro intentando sonar relajado.

Max ni se inmuta.

—No te estoy juzgando, Dorian. Solo quiero saber si tú mismo sabes dónde te estás metiendo.

No le respondo, porque ese es exactamente el problema que empieza a volverme loco. Quiero quedarme con Elsie, lo sé, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo sin acabar estropeándolo todo.

Dos horas después sigo igual de alterado. Firmo documentos, respondo llamadas y discuto con un inversor incapaz de decidir nada en menos de media hora. Aun así, mi cabeza sigue atrapada en la misma pregunta: «¿Piensas quedarte cuando deje de ser divertido?».

Cuando llego a la clínica para la ecografía llevo toda la mañana raro y Elsie lo nota enseguida. Está sentada en la sala de espera mirando el móvil, pero en cuanto levanta la cabeza y me ve, frunce ligeramente el ceño.

—Tienes cara de querer asesinar a alguien —me dice mientras me meto las manos en los bolsillos.

—Ha sido una mañana larga —resoplo.

—Eso no explica esa expresión.

Me siento a su lado y noto inmediatamente cómo busca mi mirada unos segundos más.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —niego con la cabeza.

—Dorian.

—Rogers.

Ella resopla.

—Te estás poniendo insoportable otra vez.

Esa frase normalmente me habría hecho gracia, pero hoy no y eso es una mala señal.

La consulta resulta peor esta vez y creo que es porque todo lo relacionado con el embarazo ya no parece algo lejano ni abstracto.

El médico nos habla sobre semanas, revisiones y próximas citas, mientras yo miro la pantalla del ecógrafo intentando entender cómo algo tan pequeño puede ponerme la cabeza del revés de esta manera.

Entonces se escucha el latido, rápido y constante.

Miro de reojo a Elsie y noto cómo se tensa un poco.

Cuando giro la cabeza hacia ella la veo observando la pantalla sin apartar los ojos, con una mano apoyada sobre el vientre sin darse cuenta siquiera de que lo está haciendo.

Ese gesto me impacta, porque de pronto ya no veo que esto es un error ni una situación caótica de la que podamos salir en algún momento.

Veo algo real y que ha llegado para quedarse.

Me cuesta respirar un segundo y tengo que apartar la vista.

Cuando salimos de la clínica, Elsie me observa de reojo mientras caminamos.

—Vale, ya puedes decirme qué te pasa —me dice recolocándose el bolso en el hombro.

—No me pasa nada.

—Eso empieza a sonar sospechosamente parecido a mis propias mentiras.

Intento responder algo rápido, pero no me sale ninguna frase útil. Otra mala señal. Seguimos caminando unos metros y ella vuelve a mirarme.

—¿Te ha agobiado la ecografía?

—No.

Mentira, claro que me ha agobiado, porque ahora ya no puedo fingir que esto sigue siendo una mala decisión reversible.

—Pues llevas todo el rato muy raro —insiste ella.

—Quizá estoy cansado.

—No. Cuando estás cansado haces más bromas. Ahora estás callado.

La miro un instante y aprieto la mandíbula. Odio muchísimo que ya me conozca tan bien.

Terminamos entrando en una cafetería cerca de la clínica porque Elsie dice que necesita comer algo antes de volver al trabajo. Yo pido dos cafés automáticamente y ella me mira al instante.

—La señora de la tienda ecológica estaría muy decepcionada contigo.

—La señora de la tienda ecológica puede irse a la mierda.

Eso le arranca una pequeña carcajada y durante unos segundos consigo relajarme un poco. Hasta que vuelve a hablar.

—Tengo que reorganizar el calendario del próximo mes —murmura mirando algo en el móvil—. Entre las revisiones, el trabajo y todo lo demás esto empieza a complicarse bastante.

Asiento distraídamente.

—También tendré que mirar apartamentos más grandes dentro de unos meses seguramente —dice pensando en voz alta.

La frase entra en mi cabeza y algo se bloquea de golpe. Elsie levanta la vista enseguida al notar mi cara.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez no.

Me paso una mano por la nuca intentando relajar la presión que empieza a acumularse dentro de mi pecho, pero no lo consigo.

—No hace falta organizar toda tu vida ahora mismo.

—Dorian, no estoy organizando mi vida, solo trato de organizar cosas básicas.

—Ya, bueno… quizá no hace falta hablar de mudanzas y horarios médicos como si lleváramos veinte años casados.

La expresión de Elsie cambia al instante y deja el móvil sobre la mesa despacio para mirarme.

—¿Perdona?

—Solo digo que quizá estamos acelerando esto un poco.

—Estoy embarazada de casi tres meses. Claro que esto va rápido.

Sé que tiene razón. Lo que pasa es que ahora mismo no consigo pensar con claridad.

—No puedes ponerte así cada vez que menciono algo del futuro —continúa ella.

—No me estoy poniendo de ninguna manera.

Elsie suelta una risa breve, pero sin humor.

—Claro. Por eso llevas desde que has llegado actuando como si quisieras salir corriendo.

La frase me golpea justo donde más duele.

—No estoy huyendo.

—Pues empieza a parecerlo.

Aprieto la mandíbula.

—Quizá deberíamos dejar de actuar como si ya tuviéramos todo decidido.

Elsie parpadea lentamente.

—Nadie está haciendo eso.

—No lo sé.

—¿Qué significa exactamente «no lo sé»? —me pregunta frunciendo el deño.

La presión dentro de mi pecho empieza a convertirse en miedo de verdad, porque una parte de mí entiende perfectamente qué está pasando: me importa ella, me importa todo esto y es precisamente eso lo que me da miedo.

—No sé qué quieres de mí —suelto al final.

En cuanto las palabras salen de mi boca entiendo que acabo de decir lo peor que podía decir y Elsie se queda completamente quieta.

—Exactamente ese es el problema —murmura unos segundos después con decepción en su tono.

—Elsie…

—No, tranquilo. Ya lo he entendido.

—No quería decir eso.

—Entonces ¿qué querías decir?

Abro la boca, pero no digo nada, porque no tengo respuesta a su pregunta. Porque la verdad es mucho más humillante: quiero quedarme, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo sin acabar cargándomelo todo.

—Voy a volver al trabajo —me dice poniéndose de pie y cogiendo su bolso.

—No te vayas así.

Ella me mira unos segundos y noto perfectamente cómo vuelve a levantar barreras conmigo, las mismas que tanto me había costado que bajara.

—No pasa nada, Dorian. Tú mismo acabas de dejar bastante claro dónde estás.

—No pongas palabras en mi boca que no he dicho —le contesto cabreado.

—Pues explícate mejor la próxima vez.

—Estoy intentando procesar todo esto igual que tú.

—No. Tú estás intentando encontrar una salida cada vez que esto deja de parecerte divertido.

La frase me atraviesa el pecho porque una parte horrible de mí sabe que tiene razón.

Nos quedamos mirándonos varios segundos en mitad de la cafetería mientras todo sigue moviéndose a nuestro alrededor.

Entonces veo la carpeta que contiene la ecografía asomando dentro de su bolso y por primera vez entiendo algo con una claridad brutal: esto ya no puede desaparecer. Ni el bebé, ni ella, ni lo que siento.

—Necesito aire —murmuro levantándome.

Elsie baja la vista inmediatamente y noto que acabo de romper algo, porque ya no parece enfadada, sino cansada y eso es muchísimo peor.

Salgo de la cafetería y empiezo a caminar sin rumbo bajo la lluvia de Manhattan.

Los coches pasan junto a la acera levantando el agua de los charcos y yo intento respirar con normalidad, pero no puedo.

Porque por primera vez entiendo que si Elsie decidiera echarme de su vida… No sería capaz de soportarlo.